12:10 p. m.
Francisco se cepilla el (poco) cabello (que le resta). Llegó de paso a casa de su mamá en la colonia Nuevo Repueblo. La calle es Capitán Diego Rodriguez, para ser más precisos. Hoy es jueves, día de la visita semanal. Le trajo el mandado, un dominó, un vasito de café y varios abrazos. Ya va de salida; hoy le toca trabajar hasta la una. Se despide tranquilamente, se termina el panqué casero con el que acompañaron su café y pasa por última vez al baño.
De salida, Francisco recoge de la mesa las llaves de su Ford pickup del ‘99. Se abre un portón blanco que anuncia la partida, se sube a la camioneta y doña Lupita le manda la bendición a distancia, que se pierde al cierre del portón.
12:32 p. m.
Los vidrios de la camioneta van abajo, el viento está especialmente agradable. Le cae muy bien en la piel el clima de hoy al casi cincuentón. En la radio está sintonizada la 1420 de amplitud modulada; suena Los caminos de la vida de Los Diablitos. Está casi perfecto el día, lo único que le falta son tres cuartos más de gasolina a la camioneta.
Lleva ya dos cuadras, listo para dar vuelta a la izquierda.
12:35 p. m.
Después de otras cinco cuadras, Francisco está a punto de sentir algo más que el viento. Se frena de repente, pues ya no hay más calle adelante, sino una moto con dos personas obstruyendo el paso. Dos jóvenes, ninguno mayor de veinte años. Él comprende, muy a su pesar, que la camioneta está a punto de dejar de pertenecerle: se lo confirman los gritos del exterior. Está a punto de ceder, pero las emociones se apoderan de él y acaba por decidir que a menos que la venda, choque o regale, esa troca es suya.
Envalentonado, regresaría más palabras, seguramente gritos, de no ser porque uno de sus asaltantes ya está a menos de un metro de él:
—Sobres don, sálgase rápido que hace más tráfico.
—No.
—¿A cabrón, cómo que no? Como va, si no, le toca plomo.
—Que me toque lo que me tenga que toca…
¡BANG!
Ni un grito.
12:37 p.m.
Sangrando, en shock y hasta el tope de adrenalina, Francisco solo puede hacer una cosa: regresar con su mamá. La radio en pausa, el viento en aparente parálisis. Su mente se pasea entre ver a su madre santa y el nuevo orificio que le acaban de hacer. Llega más rápido de lo que se fue; la sangre es un constante recordatorio de una muy probable cuenta regresiva que está por finalizar.
Ni apaga la camioneta. Toca seis veces el barandal con su anillo de oro blanco, el que lo une a su esposa desde hace veinte años. Sale su mamá después de medio minuto, o media hora, o medio día.
12:42 p.m.
—¡MI HIJO! ¿¡QUIÉN FUE M’HIJO!? ¡¿POR QUÉ TE HICIERON ESTO?! ¡AY SEÑOR, YA ME LO QUITASTE! ¡¡¡MI HIJO!!!
Francisco no oyó nada de esto. Apenas y podía abrir los ojos; la tranquilidad que le provocaba haber cumplido con ver a su mamá le barrieron la adrenalina del cuerpo. Ahora sólo había dolor y un pesado sueño. Cansancio.
—Amá, no se vaya a manchar. Estoy lleno de sangre.
1:26 p.m.
Llega finalmente la ambulancia. Se llevan a Francisco al hospital más cercano, a cualquier puerta de Urgencias que le sirviera al moribundo. Pronto lo van a intervenir. Por lo pronto, el sueño ganará esta batalla.
Tres días después, 4:30 p.m.
Francisco sobrevivió. Sigue con dolor, pero nada se compara a la desidia que le provoca lidiar con la burocracia de que te metan un balazo mientras estás sentado en tu cama de hospital: comparezca ante las autoridades pertinentes, declare su versión, alegue por su camioneta…
La camioneta. Se la van a llevar por una disque investigación. Ahora sí que esa opción no la consideró cuando se negó a entregárselas a los jóvenes asaltantes. Ni modo.
Tres semanas y un día después, 3:56 p. m.
Se terminó la supuesta investigación. Ya suficiente perdió Francisco sin poder sacar el jale con ninguno de sus dos negocios: la tienda de abarrotes “Muñeca”, que llevaba sin surtir casi un mes, y su chambita de hacer fletes express uno que otro día. Se dirige al lugar donde está retenida su camioneta. La verdad es que no la recordaba tan sucia como ahora. Después de más burocracia y un pago (e insultos por el pago), regresa a su posesión la camioneta.
Maneja de regreso. Hoy no le toca visita, pero quiere ver de nuevo a su mamá. Hoy no se puede dar el lujo de llevar café.
4:19 p. m.
Hoy, por alguna razón, no funciona la radio. Francisco no se desgasta en hacerla funcionar. Después de su “accidente”, ya pocas cosas le enfadan realmente. La música para el trayecto no es una de ellas.
Se estaciona, finalmente, ante el portón que tocó por última ocasión hace casi un mes. Se asegura de no dejar nada a la vista; abre la puerta y se baja. Antes de que su pie pudiera tocar la calle, un objeto metálico cayendo, rodando hacia abajo por la inclinación de la calle, llama su atención. Voltea a ver el suelo. Es un casquillo de bala.
—Quien me mandaba a nacer aquí, de veras…
Fernando Hernández Tovar es originario de Monterrey, Nuevo León, México. Estudia la licenciatura de Letras Hispánicas en el Tec de Monterrey, formándose como académico e investigador. Escribe por necesidad, principalmente poesía.




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