1982
de Rolando Ojeda
El día 31 de julio del 2026, el jurado calificador del primer concurso de ensayos de la revista Perpetuo otorgó una mención honorífica al ensayo «1982» del autor argentino Rolando Ojeda.
El ensayo fue publicado en El estelar—la newsletter insignia de Perpetuo donde publicamos textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. Si quieres recibirla, suscríbete a Perpetuo.
A los once años me pasaron tres cosas: escribí un poema, me habló el amor de mi vida y descubrí que soy un cobarde.
Empecemos por el poema. Solo me acuerdo la primera estrofa. No creo que haya tenido más que dos, pero nunca lo sabremos. Si no me falla la memoria, decía algo más o menos así:
Soldado que en las Malvinas, tierra argentina tú estás, desde Rosario te pido, que, en un coro fraternal, cantemos la canción patria, nuestro himno nacional.
No está mal. Hoy de ninguna manera usaría el “tú”, y mucho menos la construcción “coro fraternal”. Para ser sincero, tampoco escribiría poemas. Pero era 1982, tenía once años y creía que escribir bien era usar un lenguaje pulido, frases emotivas y unos modos muy distintos a los que usaba para hablar con mis amigos. Tenía once años y escribía como un viejo.
Había otra estrofa. Sé que hablaba de “evocar a los héroes”, y que en algún momento usaba palabras como “forjar” y “honor”. Por mucho que lo intente, no logro recordar nada más.
Iba a séptimo grado, estábamos ganando la guerra de Malvinas y en la escuela nos pidieron que escribiésemos cartas para los soldados.
—Están lejos, extrañan; su apoyo les da valor, les recuerda por qué luchan— nos dijeron.
Las cartas iban a llegar junto con los abrigos, golosinas y todo tipo de alimentos donados por el pueblo en las fantásticas colectas que se organizaban en todo el país.
Imaginaba a los soldados, agazapados en las trincheras, leyendo cartas y comiendo chocolates mientras esperaban que el enemigo dejara de disparar. Los imaginaba guardándolas en el bolsillo antes de asomar la cabeza y disparar como si no hubiese un mañana.
Sí, lo admito, de chico miraba mucho la serie “Combate” y romantizaba la guerra. Porque en mi cabeza la guerra era algo lejano. La guerra de Malvinas, además, era justa.
¿Quién podía dudar de nuestros derechos sobre las islas? Solo un tonto o alguien tan malvado y ambicioso que, solo por eso, no tendría ninguna chance de ganar. Porque todo el mundo sabe que las guerras las ganan los buenos ¡y nosotros éramos los buenos!
Para mi niño de once años, la guerra era lejana, justa y también inevitable. Porque con los ingleses, imperialistas, piratas y ladrones, no se puede dialogar; ¿y quién se niega a dialogar? Obvio, el que no tiene razón.
Unos años antes, en 1979, estuvimos a punto de entrar en guerra con los chilenos cuando quisieron robarnos el canal de Beagle. Pero vino el Papa, entendieron que había que dialogar y se evitó la guerra.
En esa época, mi amigo el Claudio decía que era al pedo molestar al Papa por esa boludez, porque su hermano, que era grande y había hecho la colimba, afirmaba que nuestro ejército era mil veces superior al de los chilenos. Es como comparar el Lotus 79 del Lole Reutemann con el Citroën de mi viejo, repetía una y otra vez.
Mientras el Claudio daba su discurso, el resto de los pibes planificábamos dónde juntarnos por la noche para jugar a las escondidas a la luz de la luna, mientras se hacía el simulacro de apagón.
En el 79, la guerra era aún más lejana.
Pero dejemos a los chilenos en paz y volvamos al poema. Significó varias cosas importantes: la seño me puso un excelente; lo leyó en voz alta para todo el grado. Los chicos empezaron a invitarme a sus casas a tomar la leche y, lo más importante, María Florencia, por lejos la chica más linda de toda la escuela, me felicitó.
—Escribís muy lindo Rolando —dijo y casi me desmayo.
¡María Florencia sabía mi nombre!
La alegría duró poco. Muy pronto los hechos confirmaron algo que en el fondo sospechaba: mi cobardía.
Todo empezó en los recreos. En algún momento dejamos los juegos de siempre y empezamos a hablar de la guerra. En la tele interrumpían la transmisión para informar las heroicas acciones de nuestras fuerzas a través de los famosos comunicados oficiales. Tanto triunfalismo contagiaba al pueblo y los chicos no éramos la excepción. Discutíamos sobre aviones, sobre barcos, sobre tropas y cosas por el estilo.
Un día, creo que fue Roberto, mencionó la edad de los soldados. Y dijo algo más: que si se morían todos los de dieciocho iban a llamar a los de diecisiete, a los de dieciséis y nos dimos cuenta que, si la guerra duraba cuatro o cinco años, nosotros, unos pibitos que estaban terminando la escuela primaria, íbamos a ser opción.
—Yo sé tirar con un aire comprimido— dijo uno.
—Mi tío tiene una escopeta para cazar perdices, le voy a decir que me enseñe a disparar —dijo otro.
Yo no dije nada, pero en ese instante supe que iba a desertar. De ninguna manera iba a ser parte de una guerra de verdad; por nada del mundo iba a disparar a nadie… Y me dio vergüenza.
Hacía bastante tiempo que sospechaba mi cobardía: dormía con la luz prendida, no me gustaba patear penales, pasar a dar lecciones, ni las películas de terror. Me daba pánico pasarme con el colectivo y, por supuesto, jamás le dirigía la palabra a María Florencia. Pero esto, no querer luchar por mi país, condenarme al destierro y convertirme en desertor, era por lejos, la muestra más incuestionable de mi falta de valor.
Más tarde, en casa, tuve un pensamiento aún peor. Pensé que al ser de la clase 70, uno de los más chicos del grado, me iban a llamar después que mis compañeros, un pensamiento que me trajo algo de alivio y mucha, mucha culpa.
La guerra duró setenta y cuatro días. Bastante menos de los cuatro o cinco años necesarios para que nos llamaran. En junio ya había terminado y yo estaba pensando en otra cosa: Maradona, el mundial de España y cómo invitar a María Florencia a mi cumpleaños.
La deserción nunca fue necesaria.
La cobardía quedó guardada, sin estrenar, para otra ocasión.
Rolando Ojeda (Rosario, Argentina, 1970) es paramédico y autor. Ha publicado dos libros: Anécdotas urgentes y Rosarinos.



