Llegó el 3,2,1: el segmento creativo y de reflexión de Perpetuo.
Cada viernes, compartimos las seis propuestas más interesantes del español en tres poemas, dos ensayos y un cuento (por eso, 3,2,1). Es un respiro creativo, como alguna vez lo he llamado; pero también, es reconocer que las ideas vienen no solo de crónicas y argumentos.
Esta semana, el hilo que conecta todos los textos, desde los poemas de Sáenz hasta el cuento de Ceballos, es el del escritor consciente; ese que entiende que está escribiendo y que lo leen. A veces juega con que no lo lean; que quizá es una fantasía. Pero sabe, al final, hay alguien observándolo. Ya sea la historia, como en los diarios de Ribeyro que analiza Adame, o un amante, al otro lado del teléfono, cuando mandas un mensaje oportuno, como pasa con Ceballos.
Así que, Prepárate un café, agarra un buen rincón y ve los logros del español antes de que ganen el Nobel.
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Nota del editor: Trataré de limitar mis comentarios. En la siguiente sección, escribí toda una reseña de Saénz y su poesía. Ahora, me contengo a decir que, de ella, admiro su voluntad por la maravilla. Cada fragmento de su poemario es una oda al asombro con temas distintos. Temas que se te aferran en la memoria y vuelven, una y otra vez.
Juntos, escogimos tres fragmentos de su poemario más reciente, Espejismo. Piensen en ellos como tres momentos de fascinación de los más de doscientos que tiene el libro.
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Espejismo [21-23]
21
Y es que para el amante, Barthes, en sus Fragmentos de un Discurso amoroso, es mi deseo lo que deseo, y el ser amado no es más que su agente. Así, la causa de amar, o de estar enamorado, deja atrás al amado, feliz de elevarme humillando al otro...sacrifico la imagen al Imaginario. Así lo que se pierde al irse el otro, no es la persona, sino el imaginario mismo. Lloro por la pérdida del amor, no de tal o cual. El otro es solo lo que yo he hecho de él, y ha cobrado valor por ser el objeto de mi deseo, de mi amor. Usted no es más que un mito que yo he creado, su forma real no importa, la puedo descartar porque su realidad no puede alcanzar la belleza de mi fantasía.
Lee el fragmento completo:
Espejismo [81-86]
81
Si Narciso toca el agua se desvanece su retrato y crecen flores en su pecho, con su nombre. Perdurar es inevitablemente cambiar de forma.
82
Jung habla de una vieja historia en que un niño va a un rabino y le pregunta por qué ya nadie ve la cara de Dios, como en los viejos tiempos. El rabino le responde que hoy en día nadie puede rebajarse tanto.
83
No one can stoop so low, dice en inglés, que quiere decir tanto agacharse como rebajarse, humillarse. Yo tomo las humillaciones que me ha brindado como prueba de mi amor, pero tal vez solo sean de sumisión, o de un sentido torcido del sufrimiento que merezco. Y es que ante el hubris algo, o alguien, tiene que humillarse. Cada año, supongo yo, hay menos creyentes subiendo Monserrate de rodillas. Pero, ¿para qué creer en un dios que quiere que suframos?
Lee el fragmento completo:
Espejismo [98-99]
98
El hecho es no confundirse, no creer que porque algo le pasa a uno le está pasando objetivamente al mundo alrededor también, o en vez, de a uno. Sentir desolación, escasez, no quiere decir que el mundo sea un desierto. Hay desiertos en el mundo, hay sufrimiento, pero no es todo lo que hay. Aferrarse a la desilusión es mirar al mundo desde un huequito hecho con aguja sobre un papel negro, lamentando la poca luz que se ve.
99
Las anteojeras que se les ponen a los caballos son para que no se distraigan, o se acuerden que están siendo sometidos. Para que puedan halar la carroza, hay que mantener los dos caballos igualmente tensionados, si se tensiona un lado por encima del otro indefinidamente, se empieza a dar vueltas. Hasta que decidamos dejar de excavar.
Comparte el poema completo:
Nota del editor: Cuando leo a autores contemporáneos—y, siendo generoso, me agrego unos cien años de autores de pilón—me sorprende su distancia con el Quijote o con la Celestina. No soy purista. No quiero que todo sea cómo los clásicos. Pero sí me asombra cómo, antes, escribíamos de una forma tan ajena a cómo pensamos; a cómo vivimos, incluso. La mayor virtud de Sáenz, es la mayor virtud de este siglo: el haberse liberado de toda pretensión para reflejar, en palabras, las ideas que tenemos adentro.
Como alguna vez escribió García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”
La vida; en fragmentos
por, su servidor, J.L. Sabau
No sé si nosotros, modernos, pensamos tan distinto a los antiguos como para justificar nuestras brechas tan grandes en la escritura. Si es que, por años, escribíamos para otros, haciendo esfuerzos sobrehumanos por apaciguar a un público que, contra toda expectativa, pensaba igual como nosotros. Si, al giro del siglo veinte, con guerras en puerta y crisis abundantes, tomamos el coraje necesario para vernos de adentro y escribir cómo pensábamos, sin miedo a lo que otros dirían. O si tiene que ver con cómo evolucionan los idiomas o cómo las sociedades se abren para incluir más gente en sus diálogos.
Desconozco los motivos—seguro gente más lista los tendrá claros—. Sé, solamente, que, si existe una marcha de la literatura, es una hacia lo personal; hacia escribir para uno y no para otros. Dejar, atrás, la métrica de la Odisea y aceptar la desmedida de nuestras ideas.
Seguimos dando pasos en ese sendero. Ahora, el más reciente, es de Julia Sáenz Lorduy con su poemario, Espejismos.
Nota del editor: Tengo un diario. Llevo ya un par de años con él. Nadie lo ha leído más que yo mismo. Aún así, siento el vicio del escritor de tener, siempre, una audiencia y pensar que, mis actos mundanos, son dignos de ser leídos. A veces le escribo a esos lectores imaginarios, pensando que, quizá, lleguen a existir. Adame me hace debatir por qué lo hago; me hace pensar que hay algo menos sincero en mis acciones—y eso, quizá, es lo que significa ser un escritor—.
El fracaso como poética
por Alex Adame
En el siglo anterior hay varios casos de escritores que, durante su vida, escribieron un diario personal con la conciencia o el deseo de algún día publicarlo (el de Ricardo Piglia, por ejemplo, el de Mario Levrero). Esta manera de escribir un diario es contraria a la del diario clásico, por llamarlo de algún modo. Esos en que, históricamente, se han encontrado tras la muerte de su autor, entre sus papeles, y que después se hace un trabajo de transcripción. Tolstói, por ejemplo, llevaba dos diarios; el primero de ellos lo escribía con la conciencia de que alguien lo iba o lo podía leer eventualmente y el segundo, más secreto, más íntimo, lo escribía, digamos, escondido, con el genuino deseo de que nadie nunca lo leyera (este es el caso, también, de los diarios de Pizarnik o Kafka, por ejemplo). Para decirlo en una frase, en la primera forma de escribir un diario personal se piensa en un lector y en la segunda, en el diario clásico, no. Me parece que esa diferencia lo cambia todo, determina literariamente el resultado final del texto.
Lee el ensayo completo:
Nota del editor: Lo de Ceballos no es un cuento propiamente dicho. Si lo es, no es un cuento de ficción, con personajes y aventuras. Es un deambular; es una caminata por la ciudad que era de uno y, lento, deja de serlo. Son las ideas que vienen en ese andar andamiadas por la historia. Por eso último, le dedicamos esta sección. Porque los cuentos, más que aventuras, son historias—son vehículos, narrados, para la reflexión—. Tal y como logra Ceballos.
Migrante
Escrito por Andrea Ceballos
El olor a aceite quemado burbujea en la olla oxidada. Brisa con peste a meados de perro o vagabundos o ambos, se combina con el tufo de garnachas mexicanas. Colores afanados visten a los edificios desnudos para quitarles el frío. Se escucha, a los lejos, un mariachi cantando Cielito Lindo como si se tratara de un himno. Las trompetas se combinan en el viento con los pitazos desesperados de los chilangos deseosos de salir de esta ciudad saturada.
Las mentadas de madre contaminan aún más el aire negro de mugre que me prohibió manejar. Entonces, camino. Me vuelvo turista en la capital que me mira con resentimiento por haberla abandonado. Salto entre los baches de la calle. En algunos, caigo y mi pie me reclama al contacto con el tercer mundo. Cada rincón me susurra un recuerdo y despierta la nostalgia. En la esquina entre Colima y Durango vomité la mitad de la botella que bebí en mi cumpleaños. En la Fuente de la Cibeles, bailé con mis amigas. En el Parque México paseaba a Loretta con el perro de mi ex para tratar de que fueran amigos; nunca lo logramos.
Lee el texto completo:
Cada semana, buscamos artistas que puedan unir los seis textos de la semana de manera gráfica. Esta semana, tenemos ilustraciones de Ernesto Testi, un ilustrador global (pregúntenle de los países de donde viene) y con un acento indescifrable entre sus raíces cubanas y francesas junto a su vida en México. Logró, en estas ilustraciones, mostrar un hilo conductor; el de hacer concreto lo abstracto que pensamos. Con agua y pintura, refleja lo inexacta que es la mente y, con trazos claros, muestra cómo, del barullo, se forman ideas claras.
Puedes ver más de su trabajo aquí.








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