Es viernes. Con él, viene el 3,2,1: nuestro segmento creativo y de reflexión en Perpetuo.
Como cada semana, hemos compilado seis propuestas atrevidas del español en poesía, ensayos y cuento, con autores que van desde México hasta Argentina con historias desde Francia hasta Colombia.
Si hay un hilo esta semana, pienso que es el de la redención. La redención de formas, como hace Sanchez al traer, al español, la poesía breve. La personal que busca Yacamán en su narrativa. Y la de una sociedad entera, como en el cuento de Ordoñez. Todos vehículos para que lo que no tenía atención, termine mereciéndola—y que lo merezca en este idioma—.
Así que, Prepárate un café, agarra un buen rincón y ve los logros del español antes de que ganen el Nobel.
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Nota del editor: Es una pena que, en español, no desarrolláramos, hace siglos, la tradición de poesía breve. Pienso, sin duda, en los haikus o los tankas de la tradición japonesa. También en los limericks angloparlantes. Salvo las bombas yucatecas y los refranes, que hemos limitado a la psique popular, no tenemos un género entero que se dedique a la mesura. Cuando pienso en poemas en español, sin duda, pienso en poemas largos.
Sanchez, me parece, es un remedio a esa ausencia. Es una poeta de la austeridad; de versos contados para expresar emociones que te ocupan la mente por toda la vida.
Me parece impropio seguir hablando. Ya he usado más palabras que las que ella usa en los tres poemas a continuación.
Glaciar
Guardo el eco
de su caída
adentro.
Necesito conocer
la distancia
que me separa de mí.
Saber si lo que perdí
lo encuentro en el hielo
o en el agua.
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Comienzo
Me despido
de lo que no es mío
me desnudo de lo ajeno
quiero llenarme de viento.
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Promesa
Pronunciar
solo las palabras
esenciales.
Vaciarme
de la ciudad.
Inaugurar
la transparencia.
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Nota del editor: Hay gente que vive la poesía. Yo, temo, solo la leo y—retraído, en ocasiones contadas—la escribo. Ruetter tiene ojo para esas sutilezas que, en vida, reflejan lo que está en el poemario. Pienso mucho en ese gesto que describe de Sanchez; el enviarle el libro con unas florecillas amarillas junto a la dedicatoria. La poesía, pues, se vive. Sanchez la vive tan bien.
Flores, poesía y silencio
por Jessie Ruetter
Quietud. Un estado de calma. Un pensamiento blanco y despejado.
Esos son los tres elementos que necesita la poeta María Belén Sanchez para escribir.
Los encuentra muy temprano por la mañana o muy tarde en la noche. La escritura es una actividad solitaria por naturaleza, y quizás es por eso que escribe mejor en esos momentos del día que son como pausas en el tiempo; antes de que empiecen a sonar los despertadores, cuando reina la paz nocturna sobre todos los durmientes y con la tranquilidad que solo brinda el silencio de madrugada.
Cuando se apagan los ruidos y las interrupciones, su escritura florece apacible.
Lee el ensayo completo y considera suscribirte a Bibliofilia:
Nota del editor: Un tema recurrente de mi trabajo como editor—y quizá, el que más me cuesta—es el de poner categorías a textos que, en esencia, se resisten a las convencionalidades. Cada vez más, le agarro simpatía a Borges que nos mandó a todos por un tubo y dijo que escribía ficciones en lugar de cuentos; inquisiciones, en lugar de ensayos.
Con Yacamán y este texto, me sucede lo mismo—aunque, por fortuna, no me envió por un tubo—. El paralelo más claro en el que pienso es con Annie Ernaux, la nobel francesa que escribe en base a su vida; a sus diarios. El de Yacamán, es un texto personal; un testimonio. Lo es, claro, de un evento, pero también de su vida y todo lo que pasó antes y después. Me hace pensar en cómo la vida se define en antes y después; solo no sabemos cuáles son los momentos claves.
El tren
por Teresa Yacamán
No hay día más importante que el 14 de julio.
En 1789, ese fue el día en que el pueblo de París asaltó la Bastilla—una prisión que representaba el poder absoluto de la monarquía francesa. Así, inició la Revolución.
En 2016, ese mismo día, más de 84 personas perdieron la vida en un atentado terrorista en la ciudad de Niza, al sur de Francia. Fue también el día en el que, aunque mi cuerpo sobrevivió, mi alma murió un poco.
Lee el texto completo:
Nota del editor: Este cuento de Ordoñez es un salvoconducto hacia lo que se vive pero no puede contarse. Lo es de manera literal, usando la ficción para contar historias desde puntos que nos son inaccesibles—quizá, ese es el poder más grande de la ficción. Pero también, por atreverse a contar eso que, por lo general, evadimos. El cuento es un acto narrativo por definición. Con Ordoñez, es tanto más poderoso porque se atreve a narrar desde lugares que se resisten a ser narrados.
N.N.
Escrito por Daniela Ordoñez
Hay algo en mi hombro. Me detiene. Arrugado, como una uva pasa. Me agarra. Por fin salgo del agua—es un río; uno marrón y ancho—. El aire se ve dorado a mi alrededor y está cargado de vapor y sudor.
Esta no es mi casa.
—¡Aquí hay otro!— grita un hombre que me sujeta de la axila, intentando subirme a una canoa. Sus brazos son más oscuros que los míos. Otro me agarra del lado contrario y tira de mí. Mi pierna choca contra un remo. ¿Dónde estoy?
—Esta sí no es de por aquí cerquita. Mire lo pálida.
Pues lo sé. Intento decírselo, pero no sale nada de mi boca.
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