Esta semana, el 3,2,1 no tiene un patrocinador. En su lugar, para celebrar el fin de año, decidimos trabajar con Oportunidades de Esperanza, una organización sin fines de lucro que busca apoyar a las comunidades más necesitadas del sur de México.
Este año, están realizando una colecta para regalar juguetes a niños en las zonas marginadas de Quintana Roo, Campeche y Chiapas.
Si quieres apoyar en la causa y hacerle la Navidad a un niño, puedes donar el monto que gustes en el siguiente enlace:
Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana
Tesituras
de Anahí Maya Garvizu
Hay días que terminan con la misma rapidez con que las hormigas se llevan los restos aplastados de la larva en la corteza. Lo entendimos sólo al darnos cuenta que nadie se detendría por nosotros. *** ¿Qué buscas en esa carta de tinta azul? Tu voz hablando de las flores pequeñas del sauco. [...]
Nota del editor: Hay una tensión tan clara en este poema como la que vivimos con la naturaleza. Es la de esa primera persona que, a la vez, es capaz de darle la bienvenida a hormigas en su casa y preguntar, a otro, cómo avispas le perforan la piel. No hay otra manera de describir ese balance. Somos, a la vez, seres que buscan la naturaleza y seres que la sufren.
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Reinvención de un lugar
de Anahí Maya Garvizu
Tras la hilera de árboles las casas crecen al borde de la carretera. Una caravana de camiones con troncos fragmentados un patio de tierra con sábanas húmedas en el tendedero. Un muchacho llevando un pato cabeza abajo, un grupo de gallinas remueve el barro buscando una lombriz. La maleza cubre el nicho de un cemento improvisado. El aire caliente entra por la ventanilla. Los campos de algodón, los frutos silvestres. Vas perfeccionando la atención del recuerdo aunque a veces pierdes los detalles del viento que como un paisajista de pulso invisible hace el efecto de un aerógrafo con los cirros en el cielo.
Nota del editor: Si hay una llave para entender la poesía de Maya, ha de ser la forma en que este poema se va degradando de lo objetivo a lo subjetivo en lo que a la naturaleza se refiere. Arranca con lo directo; casas detrás de hileras de árboles. Termina con lo subjetivo, paisajistas que pintan cirros en los cielos. En todo, está la mano humana tratando de hacer propia lo natural.
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Escala de grises
de Anahí Maya Garvizu
En el negativo se divisa el caballo de infancia su galope permanece inmóvil. Es más fácil mirarlo así sin rastros de su pata podrida. La imagen difusa oculta sus rasgos pero cuando llega el alba su inercia galopa y galopa suspendido en el tiempo indicios de los paseos sin rumbo del rocío sobre su color pardo, de su relincho ante una sombra en el camino. [...]
Nota del editor: Salgo de leer estos versos que puede haber una forma sutil y tierna del futurismo; una donde no todo es una violencia desenfrenada y una velocidad como para despeinarte. Hay, también, el futurismo de Maya; el de los objetos que se mueven con gracia entre las cosas. Unos movimientos apenas perceptibles pero, aún así, lo suficientes para causar el difuminado en las palabras.
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Dejé de bañarme todos los días y no me arrepiento
de Luis Orlando León Carpio
Querido lector,
Lo confieso: un día me salté la ducha.
Lo digo con pudor porque sé que ahora mismo voy a ofender a mucha gente, desde el Río Bravo hasta la Patagonia.
Para ser sincero, me salté otro día.
Ya está: me entrego a la justicia latinoamericana.
Bueno, quizás me salté uno más…
En algunas ocasiones durante el invierno danés, me duché unas tres veces a la semana. Ahora sí me someto a la implacable mirada acusatoria del continente del realismo mágico. Cada vez que despertaba con la idea de “vaya, me he saltado el baño otra vez”, sentía cómo se resquebrajaba una estatua de Bolívar y Martí volvía a morir en Dos Ríos.
Pero antes de que comience el juicio, suéltenme las manos y déjenme elaborar mi coartada. Esta historia me absolverá.
[…]
Nota del editor: Por más que quiero leer lo de León Carpio como un ensayo o una epístola abierta—que, al final, vienen siendo lo mismo—, toca reconocer que no. Que lo suyo ya es otra forma de escribir para la cual aún no tenemos las palabras bien marcadas. Es la escritura del internet; del blog; del Substack. Una de frases cortas que ayudan a la idea central y capturan la atención en un mundo que la pide más y más. De seguir por este rumbo, León Carpio puede colocarse como maestro de un arte naciente—cuán pocos, en la historia, pueden hacerlo—.
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El bosque no tiene oídos, el campo no tiene ojos
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
Recuerdo, hace ya mucho tiempo, sentarme en las playas vírgenes de Cozumel con amigos en un campamento escolar. Como daba al este la playa, no pudimos ver el sol ser devorado por el mar, aunque sí que vimos el atardecer. Una amiga, entonces, volteó y me dijo “¿no te parece hermoso?” hablando del atardecer. Le dije algo de la forma “ah, sí” para cerrar la conversación. Le mentí. No sentí mucho más que la incomodidad de un traje de baño mal puesto y cómo la arena se me metía entre los dedos. Del atardecer y su belleza, tenía poco que decir.
[…]
Nota: Siempre he pensado que la buena poesía se puede dividir en tres: descriptiva (la que te cuenta cosas que son), emotiva (la que te cuenta cómo se sienten las cosas) y reflexiva (la que te hace pensar). Maya tiene una combinación innegable de las tres. Sus versos te hacen sentirte vivo con los paisajes que va describiendo, pero también, al terminar el poemario, no podía dejar de pensar en el humano y su vínculo con el entorno. De ahí, esta reseña.
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Soledad
de Melani Colmenares
Soledad era una mujer de contextura delgada y alta. Sus huesos se dibujaban en su piel como se ven las columnas de un edificio que se está derrumbando. Era una mujer de setenta años. Disfrazada por la vejez, poseía una inquebrantable desproporción por sus ideas. No le gustaba que nadie la llamase intelectual, aunque así lo fuese. Todos en su vida se habían ido dejándola. Al parecer, reunirse con personas en el transcurso de su vida no era para ella la mejor opción. Todos y todas la dejaron sola, completamente sola: sus hijos marcharon, su esposo se fue, sus amigos no existen, sus padres murieron, sus hermanos se alejaron.
[…]
Nota del editor: Lo de Colmenares es, en resumidas cuentas, una capacidad para el mito que se reserva a las sociedades enteras. Más que un cuento, escribió el misterio de los hechos y la fascinación de una gente a por ellos. Hay algo del proceso que le habla al alma de la humanidad. Algo que hace digno leer lo que escribe.
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Cada semana, publicamos una crónica o ensayo en formato largo. Son las apuestas que hacemos y están disponibles para nuestros suscriptores pagados.
Esta semana, publicamos algo distinto: unas memorias en vida. Para ser precisos, las de la madre de Julia Didriksson Muriedas quien, por años, se ha negado a vivir una vejez tradicional, armando una comuna para mujeres de la tercera edad en la Ciudad de México e, incluso, casándose consigo misma.
Me autorizo a ser feliz
Cuando mi mamá se casó consigo misma a los 60 años y otras formas atípicas en las que vive su vejez
Ante el Ministerio de la Felicidad de las Mujeres, institución inventada por las amigas de mi mamá—la protagonista de este texto—, Pilar se comprometió a escucharse y amarse, cuidarse y respetarse, a reconocer sus fortalezas, a aceptar con amor sus vulnerabilidades y, con toda certeza, se autorizó a ser feliz.
El 9 de octubre del 2015, en una celebración nupcial con más de 100 invitados e invitadas, mi madre, Pilar Muriedas, se casó con ella misma a los 60 años. Esa tarde, con un vestido blanco, sencillo y bello, con el cabello pintado de rosa y morado y colgando de su cuello un collar mezcalero, mi mamá encabezó la calenda por las calles del centro de Oaxaca, acompañada por una banda de viento un mono de calenda—no dos—que personificaba a “la novia”.
Yo, usando el vestido de bodas con el que se casó mi abuela materna en 1948, caminé al lado de Pilar y de mis dos hermanos, también vestidos de blanco, siendo cómplices de otra de sus locuras; bailando la música de banda y tomando sorbitos de mezcal en canutos de carrizo que también adornaban nuestros atuendos. Entre las personas convocadas a la fiesta, se encontraban familiares, sus amigas y amigos de toda la vida, compañeras de la organización feminista oaxaqueña que dirigíó durante 10 años, y unos cuantos colados que se maravillaron con la idea de una boda sologámica.
[…]
Nota del editor: La buena literatura logra que lo personal se haga universal; que las memorias de una sola persona le hablen a todas, sin importar dónde se encuentren. Eso pasa con la crónica de Didriksson Muriedas; lo que son memorias se hace, indiscutible, en un texto reflexivo sobre la vejez y cómo queremos vivirla. Eso es un mérito.
Lee la crónica completa:
La gente del lago
Por siglos, los Urus de Bolivia vivieron en conjunto con el lago Popoo. Tanto así que, en su idioma, la palabra con la que se describen es qotzuñi; hombres del lago. Eso, ahora, se lee en pretérito. El lago Popoo ha años que se secó. Los Urus, sin embargo, siguen viviendo en lo que, antes, fueron sus costas. Su idioma sigue diciendo que son gente de los lagos.






Nota del editor: Conocí a Zilberman cuando, hace ya unas semanas, presentó un cortometraje sobre la gente del Lago Popoo en la Ciudad de México. Sabía que esa historia debía contarse; algo me decía que no bastaban las palabras. Ahora, viendo sus imágenes, me queda claro que ese era el caso.
Ve el foto ensayo completo:

























