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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana
[No lo sé, señor..]
de Diego Labrador
No lo sé, señor... La tierra está lisa como de costumbre Y la gente pasa con una herida agigantada Como un siglo de lluvia en la mirada Y hay un dolor de muerte que ahora llaman vida Y yo aún no sé nada, señor... Sé que hay algo extraño que me dejan Como una cruz, planetaria y eterna Y hay una ciega flor que muere En mis manos marchitas. [...]
Nota del editor: Nunca he podido rezar. Me cuesta capturar, en un par de palabras, todo lo que diría a un poder mayor. Muchas veces, he visto como la gente, de rodillas, implora en las bancas frías de la iglesia. He visto como ignoran el clamor de otros creyentes o la soledad de un templo vacío. Ahora, al verlos, siento que por sus mentes pasan los versos de Labrador, aún si, en verdad, solo recitan padres nuestros y aves marías.
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Abyecto
de Julia Menéndez
Y cuando ya empiezo a plantear que quizá las líneas no son rectas por placer, tropiezo con una curva intacta, olvidada, abrumada y pidiéndome perdón. Indecisa, le supuse las disculpas. Y mirando su esquina entendí su mirada. —No me pidas perdón— le dije. —No me mires así— respondió. Y yo la quise tocar para entender su volumen. Y ella no se pudo mover por querer pensar que yo no estaba.
Nota del editor: Para Menéndez, no se necesitan imágenes complicadas. Le bastan un par de líneas para hacer la geometría de la otredad—y, con ello, la topología de la vida misma—. Si esto logra con un par de versos, me entusiasma ver a dónde irá cuando escriba epopeyas.
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Mixquic
de Juan Carlos Ancona Leal
Te evanesces, flotas entre flores amarillas
como una aparición,
lejos, uno del otro
—cuánto brillo irisado— cada vez más distante
hacia otra latitud;
te difuminas, vuelves a andar por el sendero
en la cesura desprendida del panteón
—cuánto fulgor irradias,
cuánta luz hay en ti, cuánto resplandor en la muerte—Nota del editor: Habrá un motivo por el cual, a la muerte, le decimos “el más allá”. Porque, como las direcciones, se siente distante pero no inaccesible. Está tan cerca que la podemos tocar si así lo quisieramos. En eso pienso con la poesía de Ancona. Una que transparenta las barreras entre vivos y muertos que, tan artificiales, nos hemos formado.
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Religión
de Consuelo González Dávila Boy
Otra vez voy tarde.
Trabajo de nueve a seis en la cafetería junto a donde cursé la primaria. Un barrio bonito de ricos con todo lo que los barrios bonitos de ricos tienen: árboles de distintas especies, jacarandas esporádicas, música en las esquinas. Música. Eso es lo que más me impacta.
Escribí sobre eso el otro día, cuando iba de regreso a mi casa y me topé con un saxofonista tocando una pieza apasionadamente. Pasó frente a él una señora que se notaba que llevaba prisa y, sin pensarlo dos veces, dejó una moneda en el estuche del saxofón. Siguió su camino y yo no pude evitar detener el mío, pues ante mí había presenciado un acto religioso. Hasta me dieron ganas de decir amén.
[…]
Nota del editor: Lo de González es un ensayo en el sentido puro y sincero de la palabra. Es un intento por batallar con un cocnepto tan claro como el título y tan evidente como los muchos “amén” que coloca a lo largo de su plegaria cotidiana. No tiene que proponer argumentos, solo explorarlos. Queda en manos del lector encontrarlos y apropiarlos. A veces temo que no haya futuro en los ensayos hispanos: a veces, como hoy, me entusiasmo. Estamos en buenas manos.
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Esperando a Keanu
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
Hay algo triste—fundamentalmente, triste—del arte. Lo descubrí hace poco, por accidente. Creo que ese cliché nunca fue dicho con tanta certeza.
Estaba en Nueva York. El motivo del viaje es irrelevante y predecible a la vez: trabajo. Lo que importa es que, tras mucho antojo, decidí darme el lujo de ver una obra de teatro en Broadway. En particular, quise ver la puesta en escena más reciente de Esperando a Godot, la obra de Becket; ahora con el protagonismo de Keanu Reeves.
[…]
Nota: Beckett me parece el maestro de la frase. Ha logrado crear un arte donde no importa otra cosa. Solo las oraciones solas; a veces en conjunto. La obra es un vehículo para entregarlas como pudo ser un poema o una novela. Estos días, he tenido un buen recuerdo de ello; de eso es de lo que escribo..
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Tiempo de sequía
de Jose Sanz Mora
Ahora que se cumplen tres años sin que del cielo haya caído una sola gota de agua, Pedro Agravio entierra al viejo Nicolás con sus propias manos en el antiguo humedal. Mientras lo hace, levanta la vista y no puede creer lo que está viendo.
El viejo Nicolás apareció en el pueblo hace seis meses. Bajó de uno de los autobuses de línea, que vienen de la capital y continúan después hasta la costa, con una bolsa deportiva, vieja como él, agarrada por las asas. Hacía un calor pesado y polvoriento. Después, entró en el bar de Pedro Agravio y pidió anís con coñac. De eso ha pasado ya mucho tiempo. Pedro lo ha traído ahora al humedal desde la parte alta del valle, tumbado a horcajadas sobre el lomo de su caballo, vestido con el mismo traje azul oscuro con el que llegó. Pero muerto. Ha caminado a su lado, sujetando de forma solemne las riendas con la mano derecha, como si él solo bastase para conformar el cortejo fúnebre más digno que el viejo pudiera tener.
[…]
Nota del editor: Sanz escribe con la audacia de quien entiende el cuento. Sabe, por ende, que la historia debe ser contada, pero que el cuento no puede depender de la historia, tan solo. Por algo se atrave a revelar, desde el principio, su final; se atreve a dejar lñas cartas sobre la mesa y dejar que el lector, intrigado, llegue al final. Eso es maestría; maestría de verdad.
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Cada semana, publicamos una crónica o ensayo en formato largo. Son las apuestas que hacemos y están disponibles para nuestros suscriptores pagados.
Esta semana, Daniel Fonseca explora el estado de excepción en Honduras—una medida radical que prometía pacificar a un país asediado por pandillas—. Sobre todo, es un vistazo al fracaso del gobierno y cómo, a meses de su inicio, Honduras sigue siendo uno de los países más peligrosos de América Latina.
Vivir así
Crónica del Estado de Excepción hondureño
Quienes lo conocen y lo aman dicen que Marco* ya ni siquiera era dieciochero y que lo que le hizo la Policía Militar es cruel e injusto. Dicen que no había necesidad porque ahora él era una ovejita en los brazos de Cristo, reformado y bueno, y que la droga se la plantaron: que la Policía Militar se la plantó, cuentan ellos, porque lo vieron pobre y joven, con un tatuaje de un uno y un ocho y porque vive en una zona controlada por el Barrio 18 que es la vieja pandilla de Marco pero ya no más —dicen los que lo conocen y lo aman—, y como no tenían razones para llevárselo le pusieron la bolsita entre sus cosas y dijeron esto es tuyo te vamos a llevar y así fue, se lo llevaron, y Marco, que ya no andaba en cosas de la pandillas sino que vendía frutas y que se había reformado tan bien que Dios lo bendijo con una refri para que la fruta la vendiera fresquita, ahora está en el mamo y no en su casa con familia ni su refri.
Podría decir: en el barrio de Marco ya no se vende fruta fresca porque hoy está preso, acusado de vender droga y sus familiares y amigos dicen que los militares se la plantaron.
Podría decir: en el barrio de Marco, su vieja pandilla controla y Marco vive en su barrio porque no tiene dónde más.
Como si tuviera sentido.
[…]
Nota del editor: Esta semana, Honduras ha estado en boca del mundo entero. Primero, por el perdón que el presidente estadounidense Donald Trump dio al expresidente Juan Orlando Hernández. Luego, por las elecciones presidenciales el fin de semana pasado. Ahora, más que nunca, necesitamos contexto de lo que ocurre, día a día, en el país. Necesitamos plumas como la de Daniel Fonseca que se lanzan a escribir la realidad hondureña.
Lee la crónica completa:
Cuando no estemos
Las imágenes de Jorge Cabrera, en un principio, estaban como secuaces de la crónica que publicamos esta semana. Sin embargo, mientras más las veíamos, más pensábamos que merecían un espacio propio en Perpetuo. Uno que nos permite explorar el horror fuera de la palabra; más bien, en la cotidianeidad con que los latinoamericanos se enfrentan a la policía.






Nota del editor: Supe que teníamos que hacer un foto ensayo de Cabrera cuando vi la imagen de policías hondureños cuestionando a gente en un autobús. Sobre todo, al ver la mirada preocupada de una señora con cubrebocas. Hay algo tan profundo de ver, con desconfianza, a quienes deberían inspirarla. Eso es un logro monumental de estas imágenes. Uno que quería, ante todo, se mantuviera para otras generaciones.
Ve el foto ensayo completo:








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