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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana.
Faringitis
de Mariana Anaya
El doctor dijo que no había nada de qué preocuparse. Solo un virus, de esos que andan sueltos estos días. Reposo, agua, cama y que descansen mis poesías. Bufanda, guantes, gorro y pronto debería pasar. Mientras tanto, ¿cómo hacerte leer mi mente? Mi aliento secuestrado por algo más, por una vez. [...]
Nota del editor: Aunque ya llevo años de amistad con Anaya (los suficientes para que el formalismo de usar su apellido me parezca insensato) me cuesta siempre el recordar que eso que leo es parte de su vida. Que conozco el departamento donde pasó reposo de la enfermedad y las gentes de las que habla. Cuando la leo, me encuentro solo con emociones y un intento constante de mi mente por encontrarle un símil en la vida mía. Eso hace la buena poesía; borra a la autora y deja, tan solo, al lector frente de ella.
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Anotaciones de mares remotos
de Sebastián Sánchez
A veces el mar, navego como la vida: desde la orilla.
Bordeando el mar, la selva, seductora, impenetrable.
Nota del editor: El haiku es más cercano a la cirugía que a la literatura. Necesita un nivel de precisión tan grande que en las ediciones, una sola letra importa y cambia, por completo, el significado de los versos. Sánchez es, por ende, más cirujano que poeta; aún si sus versos sugieren maestría en ambos dominios. Hagan el ejercicio de cambiar un solo tiempo gramatical. Así hicimos, en debate, al editar sus versos; así me percaté de su talento.
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pueblojóven
de Maribel Garrancho
Contaminemos de una vez y demos a nuestra rigidez salida que el vernos mezclados no debería ser un impedimento a la sabiduría. Que nos frena, que no nos deja ver que llegan con el afecto y la valentía del que está lejos y cerca a la vez. [...]
Nota del editor: Garrancho escribe como quien sabe que va a ser leída más allá de sus fronteras tanto geográficas como las físicas que le impone la lengua. Escribe como quien sabe que hay verdades mayores que contar y para quien los versos son la forma de hacerlo. Escribe, en fin, como quien le escribe a la historia y no a las personas; me alegra que, en esas dedicatorias históricas, cayeran sus versos en mis manos y Perpetuo pueda contribuir a su misión. Nosotros, los humanos, somos un accidente; la audiencia es la historia.
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Noticias del Imperio
de Santiago Hernández
En los últimos años asistimos a un fenómeno que, aunque visible en la superficie de la vida cultural madrileña, aún no ha sido nombrado del todo. La presencia mexicana en España se ha vuelto tan densa, tan cotidiana y tan evidente, que exige una lectura que vaya más allá de las coincidencias o de los ciclos diplomáticos. Estamos frente a un momento mexicano en España que no es consecuencia de generación espontánea: es resultado de una trama compleja de circulación intelectual, movilidad económica, políticas culturales y afinidades afectivas entre dos países que comparten una historia común, pero sobre todo un futuro en conversación que curiosamente transita una evidente tensión diplomática.
[…]
Nota del editor: Hernández tiene un argumento tan interesante que no he dejado de pensar en él desde que lo leí. Creo que a él le pasa lo mismo y por ello vuelve constantemente a la pregunta ¿cómo pasó? ¿cómo es que México ha ido conquistando espacios culturales en España? Leer a Hernández es impregnarte de su entusiasmo e intriga; es quedarte con sus dudas y planteártelas días después. De eso, soy testigo.
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Una televisión que no uso
Notas de un mundo sin pausas
de su amigo, J.L. Sabau
Hace unas semanas—quizá meses, pero los pretéritos me agobian—compré una nueva televisión para mi apartamento. Fui víctima del consumismo, lo confieso; de las falsas promesas de una experiencia mejorada y de tener acceso a enemil aplicaciones de las cuales uso tan solo tres. Ha sido, por mucho, la compra más reflexiva que he hecho aún si, en su momento, fue por un vendedor bien informado que me sacó una oferta inesperada y yo, sumiso, no encontré un argumento válido para negarme. Sería poco decir que me sumió en una crisis de la que, a duras penas, me voy percatando de sus consecuencias.
[…]
Nota: Yo deseo que todos tengan algo en su vida que les cause tantas crisis y pensares como a mi esa televisión que compré. Por algo quise escribir de ella. Ha sido el objeto en el que más he pensado y al que más crisis le debo—en el sentido filosófico y no en el literal—en los últimos meses. Y quizá eso es lo importante; no tanto la televisión—que uso poco—, más bien los pensamientos que evoca. Quisiera que todos pudieran pasar por tantas ideas por un solo objeto. Porque sí, te genera un sentimiento de perdición muchas veces, pero el proceso de llegar a él es fascinante.
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Besando la cruz, estás tú
de Angie Lucía Puentes Parra
Su piel estaba disfrutando de los 28 °C; el aire dulce y caliente atravesaba cada poro de su rostro; se sentía libre y acompañada por tantos hombres. Era la única mujer porque había decidido ir a visitar a un amigo que se estaba hospedando con varios de sus amigos; era un viaje entre “cuates”, sin “viejas”; sin embargo, ella había viajado desde muy lejos y la invitaron. Uno de los hombres tenía un poncho con la bandera de su país, el otro respondía mensajes en su celular. A medida que avanzábamos, el aire empezó a adormecer a los presentes. El del poncho se quedó dormido contra el vidrio. El del celular no aguantó más y se recostó en la silla de atrás. Ella estaba al lado, observando la manera en que los otros cantaban notas agudas y altas : “Desde hace ya más de tres años, recibe cartas de un extraño, cartas llenas de poesía, que le han devuelto la alegría. ¿Quién será quien sufre en silencio? ¿Quién puede ser su amor secreto? Ella, que no sabe nada”.
[…]
Nota del editor: Si la memoria no me falla, García Márquez arrancó sus memorias con una frase que leía similar a “por contar las historias como se recuerdan y no como pasaron”. Es una pena que el maestro no viviera para ver este intento de Puentes que se siente como los recuerdos de un viaje. Tanto a la vez que abruma pero también cautiva y encanta. Una combinación de música, palabras, lugares y pensamientos. O lo que es lo mismo, un fragmento de una vida.
Lee el cuento completo:
Para entrar a universidades de élite de Estados Unidos, no basta con los exámenes y las cartas de recomendación. Los alumnos tienen que mostrar un carácter ambicioso que los lleve a crear algo nuevo—aún si, muchas veces, queda en el abandono tan pronto entran a la universidad—. En pocas palabras, tienen que hacerse CEOs de empresas u ONGs.
Brunella Tipismana fue una de esas alumnas que, eventualmente, entró a Yale. Pero para hacerlo, fue parte de un patrón que le trascendía. Con la mirada crítica, volvió a los años de su aplicación y examinó ese patrón para encontrar lo que lentamente se forma en la nueva meritocracia global. El resultado fue la crónica de la semana.
Sobre ser CEO a los 16 años
Notas sobre la nueva meritocracia adolescente
A inicios de 2018 me fue bastante bien en un par de exámenes y recibí una beca para acabar el bachillerato en el extranjero. El colegio que me becó—cuya pensión anual costaba diez años del sueldo de mi madre—buscaba crear «líderes transformadores que tengan un impacto positivo hoy y en el futuro», y era, no por casualidad, tierra fértil para over-achievers como yo.
Mis compañeros pasaron nuestros dos últimos años de bachillerato sacando buenas notas—pero también creando apps, fundando start-ups, bocetando patentes de health-tech y viajando a Tailandia a liderar talleres de enriquecimiento educacional. Yo cofundé una conferencia sobre justicia social y pasé, además, un verano en un programa que aspiraba a «empoderar a jóvenes de todos los sectores de la sociedad para ser líderes de cambio positivo de por vida». Vistas las cosas en retrospectiva, era previsible que en LinkedIn o en las postulaciones a la universidad muchos acabáramos autodenominándonos CEO o Founder o CEO and Founder de nuestras respectivas iniciativas. Cuando me gradué, en mayo de 2020, creía que lo que había visto era algo excepcional. Y tal vez lo era, pero me estoy adelantando.
[…]
Nota del editor: Este texto me pega en lo particular. Así como Tipismana, fui a una universidad de élite en los Estados Unidos; así como ella, no era el estudiante promedio. También fui CEO, solo que de un noticiero llamado Oddin Noticias, donde hablaba de política años antes de que pudiera votar. También fui presa de tantas fuerzas que no supe explicar hasta que encontré las palabras de Tipismana para hacerlo.
Lee la crónica completa:
El silencio mineral
Nuestro editor, Tomás Lemus, arranca los foto ensayos del año con una exploración a blanco y negro de Tepoztlán—un pueblo a menos de dos horas de la Ciudad de México—. Combina, en su lente, la imponente naturaleza de la zona, coronada por el Tepozteco, con la cotidianeidad del pueblo de calles tranquilas y transeúntes escasos.






Nota del editor: Más que pensar en las imágenes por sí solas, lo importante del trabajo de Lemus es pensar en la falta de colores. Al quitarle los tonos a Tepoztlán, la transforman por completo. No la hacen vieja, como diría el cliché; le quitan, si algo, la abrumadora presencia que tienen sus calles iluminadas y puestos de micheladas. Lemus es, entonces, más que un fotógrafo, un restaurador: alguien que restaura el esplendor de Tepoztlán.
Ve el foto ensayo completo:·

























