Esta semana, el 3,2,1 de Perpetuo es cortesía de Arkham.
Arkham es una empresa líder en el manejo de datos e implementación de I.A. en América Latina. El equipo tiene la misma ambición que nosotros: hacer cosas grandes desde el mundo hispanohablante. Les tenemos mucha estima. Más aún sabiendo que buscan al mejor talento del mundo hispano y, ese talento, suele venir de los mejores lectores.
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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana.
Andan buscando por el Espíritu Santo
de Ordalvas
Paseando en estas tierras, tierras de las más recias, Se me aparece el regio espíritu del agua: Frutal fluido, alada turquesa tarazada Con naranjas que crecen escamadas de sangre En espaldas callosas de carnudos caimanes; Lanchas hacen estelas en ahogados manglares Y mangos caen muertos como aves tropicales, Como símbolos nacionales. [...]
Nota del editor: Yo, que de religioso tengo poco, me sorprende la empatía que le tengo a los versos de Ordalvas. Se me fue, al leerlos, que el título hablaba del Espíritu Santo y, por ese detalle mío, pensé que sus palabras eran más abstractas y se referían a una búsqueda incansable de un orden dentro de las cosas—uno que, tantas veces, nos evade—. Quizá eso es el mismo Espíritu Santo; una forma de entender nuestra naturaleza. Quizá eso quería Ordalvas, usarlo como vehículo junto con imágenes de una naturaleza que existe por cuenta propia. Quizá solo leí mal, pero qué bueno es leer mal, en algunas ocasiones.
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Estampida
de Katherine Catú
Estas palabras me acarrean. Me pisotean con violencia. Siento cómo caen en mi cabello las gotas de sudor y baba que brotan de su conmoción. Cómo intentan arrancar la furia de su boca gruñendo con misterio y pasión. [...]
Nota del editor: Basta con escuchar hablar a un par de autores para entender por qué los versos de Catú eran una apuesta tan clara para Perpetuo. Hay algo en el proceso de la escritura que trasciende al autor. Algunos caen en metáforas religiosas; otros lo describen como alguna harmonía. Catú es la primera que me encuentro que aprecia ese acarreo de las letras con un miedo meritorio. Los que escriben saben lo que es sentir que algo te lleva sin que te percates ya del rumbo. Hay mucho romanticismo en ello, pero también hay pavor. (Y eso sin meternos en lo mucho que se asemeja a tantas otras cosas en la vida que nos llevan con ellas).
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Temblores
de Xavier Burguete
Y habrían sido en total 40 días: de no salir por si tocaban la puerta, de dejar libre la línea, no fuera a llamar en mala hora el destino, destino que—cabe aclarar— no llama, sino alcanza a cada cual cuando le toca: en cantinas y antesalas, en el vestíbulo mismo de la negación. Me alcanzó, en la larga espera. [...]
Nota del editor: Sonrío cuando veo que la poesía ha llegado a rincones actuales; cuando los poetas no se entretienen con metáforas de hace siglos como ninfas y semidioses; cuando, en su lugar, hablan de gasolineras como hace Bruguete. Lo hace un un idioma simple pero certero que, sí, trae una que otra imagen de antaño. Pero, en general, su poesía se siente como hablarle a un amigo en lugar de que te declame un trovador—esos mismos que, desde hace siglos, nadie recuerda—.
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La Castañeda - La Escabrosa
de Iñaki Pérez
A partir de 1970, los arquitectos, Abraham Zabludovsky y Teodoro González de León, fueron levantando dieciséis edificios de once pisos cada uno al sur de la ciudad. Esta obra que decoraría el Periférico del entonces Distrito Federal sería bautizada como “Las Torres de Mixcoac”.
Se dice que la gente empezó a habitar en masa este complejo habitacional a partir de 1972 y que los primeros meses de muchas familias fueron realmente duros: vivían experiencias paranormales, las cuales perduraron y se convirtieron en leyendas.
El interés que encontré en este lugar es debido a una de estas historias: Santiago, un buen amigo, me contó que él creció en una de esas torres. Era muy pequeño y no recuerda nada, pero su madre le cuenta que por las noches, dentro del mismo complejo, si uno salía a caminar por los pasillos arbolados, podía escuchar gritos de desesperación y de ayuda. En esta misma época, ella dice que había un vecino que todas las noches escuchaba el sonido de cadenas y que cada noche que pasaba, se sentían más cercanas.
[…]
Nota del editor: La historia es, por definición, una disciplina de hechos. Quiere probar lo ocurrido con evidencia. Si se interesa por los misterios, lo hace como el matemático con los problemas: con ánimo de resolver. Por eso, el texto de Pérez se siente tan innovador. Es el de un historiador que se adentra en la historia sin querer matar los mitos y leyendas—sin corregir a la gente de la Ciudad de México—.
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Una tragedia actual
de J. L. Sabau
Hace unos días, en lo que considero un error garrafal, borré todas mis conversaciones de WhatsApp. Podría hacer excusas—estaba tratando de crear un perfil de WhatsApp Business, a recomendación de un amigo; traté de restaurar mi copia de seguridad pero la aplicación me jugó en contra—; podría decir muchas cosas pero sería evadir el hecho. Lo ocurrido es que, por despiste mío—por no entender, del todo, cómo funcionaba la aplicación—perdí unos ocho años de conversaciones.
Perdí los mensajes que me enviaba con mi abuela, ahora que no está—y a pocos días de que se cumplan años de su muerte—; perdí los audios que me mando todos los días con mi madre y los mensajes con mis hermanas. Perdí, afortunadamente, una serie de mensajes vergonzosos del José Luis puberto y sus amigos; también, una biblioteca interminable de contenido político—todo falso—compartido por tíos en grupos familiares.
Perdí, pues, gran parte del testimonio de mi existencia estos últimos años.
[…]
Nota: Supongo que esto que escribo es una letanía personal. La de haber perdido un pedacito de la vida mía al borrar todos mis mensajes de WhatsApp hace unos días. Es, también, una reflexión sobre los tiempos que vivimos y cómo distan de otros tantos por más esfuerzo que yo haga por evitarlo. Perdí mis mensajes y creo que eso es algo triste. Por eso quise escribir del tema.
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La trampa
de Aldo Yahuaca
Un pedazo de queso. Perfecto. Delicioso…
Me acerco solo para verlo mejor. Es de esos quesos que exigen cuchillo: firme, pero cremoso; cortado en un círculo exacto, casi geométrico. El resto de la casa es miseria: paredes húmedas, olor a moho, agua estancada. En medio, el queso. Una promesa amarilla. Absurda.
Doy un paso. Estiro la mano. Estoy a punto de tomarlo…
Entonces algo se adelanta a mis dedos y toma el queso con desesperación. Ni siquiera lo huele. Lo muerde directo, con los ojos cerrados.
Un segundo antes del golpe, sentí que la casa también estaba mirando. Primero el chasquido metálico. Luego el impacto. Una viga cae y le aplasta el cuello de un solo golpe, dejándolo colgado de su propio peso.
[…]
Nota del editor: Al hacer tan obvio su objeto de estudio—un ratón hecho humano—, el cuento de Yahuaca nos obliga a extrapolar su metáfora más allá de la crueldad con que tratamos a ciertos animales. Nos hace pensar en las muchas y abundantes crueldades que permitimos hasta el cansancio. De cómo, afuera, el mundo sigue sin percatarse de las aberraciones que suceden adentro de nuestros hogares. No sé si pueda dejar de pensar en ellas tras leer este cuento. No sé si debería hacerlo, siquiera.
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Es probable que no hayas pensado mucho en Paraguay. Quizá, no has pensado nada en el país en los últimos meses. Y quizá, eso fue algo intencional. No de tu parte, sino de un país diseñado para guardar secretos; uno donde se han congregado dictadores y criminales en busca de evadir la realidad.
Federico Perelmuter vivió en Asunción por cinco años de su infancia. A ratos, vuelven episodios de esos años para revelarle la naturaleza compleja del país. Uno donde la gente va para desaparecer.
El país de los secretos
No sentí pena cuando me enteré que los sicarios lo mataron a balazos frente a la puerta de su casa asuncena. Dicen que fue por botón. No se lo merecía—quién sí—pero tampoco era inocente. Las mentiras, mi papá me recordaba de joven, tienen patas cortas. La vileza siempre descubre su castigo. Era el padre de Adrián; alguien que alguna vez conocí, integrante deleznable de un mundo de infancia que, en ese momento, me resultaba inescapable y hoy recuerdo sin nostalgia.
Me contaron de los eventos que voy a relatar en una cena familiar, un martes o miércoles de septiembre. El helado se derretía sobre la mesa cuadrada. Mi mamá, sabiendo que el finado no era santo, me lo contó con el leve asombro de quien sabe que no puede permitirse otra cosa, de quien esconde su regocijo justiciero y apenas perverso. Me reí: “Bien puesta la tuvo el hijo de puta”, dije, siempre con un son de venganza exagerado. Ya llegará mi escarmiento por esa risa.
[…]
Nota del editor: Pienso demasiado en esta crónica. Sobre todo, en lo que implica el silencio ajeno. Me hace creer que, si ignoro algo, no es por decisión propia. Es, quizá, intencional, como el Paraguay toma distancia del mundo y los criminales, muchas veces, se aprovechan de ello. Sí, es una lección magistral de historia paraguaya. A su vez, es una lección de
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La Universidad Central Venezuela
Ahora que Venezuela está en boca de todos, es momento de hablar de Caracas. Para ser más precisos, de su arquitectura y de cómo perdura en un intento de modernidad a pesar de años en el abandono.
Edgardo Ibarra fotografió la Universidad Central Venezuela para mostrar esta tensión temporal. Un campus hecho hace años que se mantiene en lo moderno. Un foto ensayo que toma edificios y los transforma en historia.






Ve el foto ensayo completo:

























