Nota del editor: Esta semana anunciamos a los ganadores de nuestro concurso de cuentos. El lunes anunciamos los dos primeros lugares y hoy, en esta edición del 3,2,1, anunciamos dos menciones honoríficas. Esto implica una edición especial del 3,2,1. En lugar de ser tres poemas, dos ensayos y un cuento, por primera vez, tenemos tres poemas, dos cuentos y un ensayo.
Esperamos disfruten la demasía de cuentos este viernes. Volveremos a nuestra estructura habitual la semana entrante.
Esta semana, el 3,2,1 es posible gracias al apoyo de FANDANGO.
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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana.
Goliat
de Cielo Uscanga
Caes ante los temples ajenos
y concibes el propio como un estado de peligro
un peligro a ti
a tu madre
a los otros.
Condenados aquellos que te quieren
los que no saben respirar sin ti
[los que no sabemos respirar sin ti
los que no pueden parpadear o hacer un ruido cuando te acercas.
Náufrago de ti
de tu patria
de tus vicios
del cariño.
[...]Nota del editor: No sé a quien le escribe Uscanga y ese es su mayor logro. La segunda persona no abunda en la poesía; cuando lo hace, suele ser melosa. La de Uscanga, en su lugar, es certera como una flecha que llega al lugar que su arquero quería. Lo hace sin tener que decir nombres. Deja que el lector imponga en ese “tú” amorfo a quienquiera que se imagine. Logra que lo personal se haga universal; logra hacer poesía del mayor nivel.
Lee el poema completo:
Disculpa engreída
de Samuel Lundy
He sucumbido ante mi absoluta
carencia de justicia, de convicción
de amor
hacía ti;
manando de ti,
drenado de ti.
He sido — aún; siempre —
un cobarde
que se ha alimentado de tus ojos
agobiados
sin poder secarlos, cerrarlos, cuidarlos.
Sin verte a ti en ellos.
Nota del editor: Si el amor es deseo, el desamor es un deseo más fuerte. Quizá, toca ser más precisos—pero, para eso, están los versos de Lundy—. El amor será nostalgia y el desamor melancolía al saber que no volverá. Eso siento al leer este poema que hace de todo por entender el amor que se ha ido, hasta dibujar fútiles corazones de tiza. Solo queda el lamento. Solo queda la tristeza. Solo quedan los versos de Lundy que le hablan al alma de todos los que, alguna vez, hemos tenido un corazón partido en dos mitades y que ningún esfuerzo logra reunir.
Lee el poema completo:
El gran inventor
de Xavier Burguete
Yo no soy aquel que defiende la nada.
No veo el futuro ni asgo el tiempo.
No me llamo Zacarías:
soy todo sueños y todo sed.
No estoy hecho para deslaves,
[no he visto a Dios.
y no espero que sea mañana
el día que cuaje la nieve sobre el asfalto.
Que se lea en mi faz la entrega total
a una idea que yo no profeso.
[..]Nota del editor: Me hace pensar, este poema, en el Sísifo de Camus; ese que sigue empujando su roca hasta la cima de un monte solo para ver cómo cae. Nunca compartí con Camus que ese Sísifo estaba contento con su situación; al menos no del todo. Los versos de Burguete me parecen más honestos. Es emocionante, sí, esa creación sin sentido, como el que hace las dunas que describe solo para que se las lleve el viento. También es de una frustración enorme y desgarradora. El resultado no es un medio, como sugiere Camus; no es una tácita aceptación de los hechos. Son dos extremos que pueden habitar en una sola realidad, así como leo a este poema entre la ambición y la frustración; así, también, es la vida.
Lee el poema completo:
Si alguna vez me ves por la calle, abrázame
de Andrés Falconer
Nerea estaba sentada en el redondeado borde de una de las desvencijadas bancas del viejo quiosco del parque de La Merced. Intentaba resguardarse inútilmente de los primeros vientos gélidos de la tarde, y aún no se había percatado de que llevaba quince minutos desconchando nerviosamente el escaso barniz que cubría la madera, mientras alternaba su visión entre la esquina por la que Pablo debía de haber aparecido hacía media hora y los agujeros a medio reparar de lo que alguna vez había sido un techo en condiciones.
Se preguntaba si después de tanto tiempo sin verse, el chico habría olvidado las reglas del juego. Esperaba que no. Después de todo, ella no había olvidado ni los besos, ni los abrazos: aún se veía caminando por las calles de San José con la cabeza apoyada sobre su hombro, sintiendo la textura del cuero auténtico de su chaqueta de segunda, y el subyacente sabor picante de los tabacos Burley y Virginia de los Chesterfield rojos que quedaba impregnado en sus labios, luego del primer impacto frutal del Oldboy que solían beber los viernes de comedia en el Jazz Café, mientras escuchaban el monólogo de Mr. Cloaca y se partían de risa en sus butacas al lado de la barra.
[…]
Nota del editor: La sorpresa. Esa es la virtud de Falconer. No hay un instante de este cuento que viera venir con antelación y eso, en un mundo lleno de estructuras repetitivas y programas planeados, se agradece en demasía. Me sorprendió con su ternura que gira a brutalidad en cuestión de párrafos; con una historia de retorno que se hace en crueldad. Me sorprendió al no darme espacio alguno para saber lo que se venía. Necesitamos más sorpresas en esta vida.
Lee el cuento completo:
La Carretera
de Javier Alberto Ramos Gómez
La línea es tan solo un número infinito de puntos; el rectángulo un número infinito de líneas; la Carretera un número infinito de rectángulos. En el silencio de mi habitación cierro los ojos y veo la Carretera. Veo sus cuatro carriles corriendo hasta desaparecer en el horizonte de cualquier dirección que uno mire. La visión me dura menos de un segundo, aunque se siente como una eternidad. En esa brevedad siento el espacio tornarse denso; es difícil pasar entre los vehículos, aún más difícil pasar sobre ellos. Abro mis ojos. No sé dónde se acaba la Carretera; mucho menos donde empieza.
Nadie sabe en qué momento apareció la Carretera, ni cuál es su verdadera extensión. Por años se intentó determinar si tenía un principio o un final —fuese físico o temporal— sin tener suerte alguna. El primer intento de conocer sus orígenes fue un fracaso, como está bien documentado en la Enciclopedia Francesa.
[…]
Nota del editor: La reflexión es, también, una forma de emoción. Es el calor que se te forma en la barriga cuando, al fin, logras entender en principio un tema difícil y que, conforme develas sus detalles, va subiendo por el esófago hasta manifestarse como un suspiro por la boca. Esa es la sensación que me llevé diez, quince veces, al leer La Carretera; hacia tiempo que los cuentos no le apostaban tan claramente a la reflexión. Borges ha de estar sonriendo su cementerio en Suiza.
Lee el cuento completo:
El violeta
de María Camila Castrillón Gutiérrez
En el año 40 d.C el último rey de Mauritania, Ptolomeo, fue ejecutado por el emperador romano Calígula, por usar una capa púrpura, mostrando lo preciado que era este color en la antigüedad. No fue hasta 1856 que William Henry Perkin, al intentar sintetizar quinina—el único tratamiento contra la malaria conocido hasta el momento —accidentalmente obtuvo el primer tinte sintético, la anilina morada, llevando el color a las masas.
Pero ¿qué tenía el morado de especial? La respuesta se encuentra en cómo se forman los colores.
Los objetos absorben ciertas longitudes de onda y el color final será la mezcla de las ondas sobrantes. Las ondas de mayor energía, como el azul, son las más absorbidas. Por otro lado, tenemos los colores formados por dispersión y amplificación. En este caso el color final se debe a que tipo de ondas logran dispersarse y amplificarse sobrepasando a las demás. Las longitudes de menor energía como el rojo son las que con menor frecuencia se amplifican.
[…]
Nota del editor: Desde la llegada del internet—y, más recientemente, la masificación de modelos de inteligencia artificial—hemos perdido la tradición enciclopédica en la literatura. Es una pena; ya no está la costumbre de abrir un libro para resolver una duda y salir con tantos otros conocimientos del tema que surgen dudas adicionales. Castrillón me parece una reversión digna de este patrón. Su ensayo sobre el violeta es lo más cercano que he tenido en mucho tiempo a las tardes que pasaba en Wikipedia o los días que mis padres añoran junto a enciclopedias. Por esa nostalgia y la curiosidad que evoca, toca agradecerle a Castrillón por regresarnos a una época donde leer y aprender eran verbos más grandes y comprensivos.
Lee el ensayo completo:
El día 31 del mes de enero del año en curso, un jurado compuesto por tres editores y el editor general de la revista otorgaron el primer premio del concurso de cuentos de Perpetuo a “La cabaña de los enanos” del escritor cubano Pedro Sosa Tabio y el segundo premio a “Talacha de Tapachula” del escritor mexicano Pedro González Moctezuma. Sosa Tabio aplicó con el seudónimo Past; González Moctezuma lo hizo con el seudónimo Nicanor Iturrino.
Como parte del galardón, dedicamos el texto estelar de esta semana a estos cuentos: la primera vez que Perpetuo dedica su espacio insignia a escritos de ficción.
La cabaña de los enanos
Mi primer día en la cabaña duró una eternidad, como era de esperarse. Solo, en medio de un bosque, sin televisión, sin internet; con mucha comida, sí, pero lejos de cualquier indicio de civilización excepto por la cabaña.
Mis amigos me hicieron venir porque “vas a disfrutar mucho de la naturaleza y de la soledad, y hay un lago bellísimo a solo un kilómetro”, pero en verdad fue para mantenerme alejado del alcohol. Me negué al principio, por supuesto; entonces inmiscuyeron a mi familia y entre todos me obligaron.
Es cierto que a veces son solo un par de cervezas, pero otras veces un par de botellas; y que en las noches es imposible hablar conmigo, porque no se me entiende una mierda; y que vomité en la fiesta del bautizo de mi sobrina; y que caí desmayado en la primera hora de la despedida de soltero de un compañero de trabajo... Pero, ¿y Lisa qué? ¿Quién todavía piensa en Lisa, además de mí? ¿Y los enanos? ¿Qué se supone que haga con ellos?
Ese primer día no vi a los enanos. Tragué panes con salchichas como un cerdo, salí a caminar por la frontera de árboles inacabables que separa a la cabaña del mundo exterior, meé y cagué en algunos de ellos. Si tenía que ser un ermitaño salvaje, iba a hacerlo bien.
Me aburría. Todo era muy tranquilo, quizá incluso relajante. Entonces cayó la noche y quedé como testigo de la lucha desigual entre una linterna y unas pocas velas contra la oscuridad casi absoluta.
[…]
Nota del editor: No dejo de pensar en los enanos. No puedo. Pienso en esa metáfora de Sosa Tabio como pienso en los conejos de los que escribía Cortazar en Carta a una señorita en París. Es de esas metáforas tan poderosas—en una época donde evitamos la metáfora—que me hacen pensar más a detalle en la realidad compartida. Me hacen pensar en el pesar y en cómo lidiar con él; me hacen pensar harto y sentir y llorar. Y eso, en las páginas tan contadas que usa, es un lgoro
Lee el cuento completo:
Talacha de Tapachula
Treinta mil pesos por jugar fútbol un fin de semana no está nada mal, la neta. Pero si esos treinta mil varos implican viajar a las entrañas del monstruo y poner en riesgo la vida no suena como una oferta tan buena. Pero bueno, para los que nos ganamos el pan en la talacha este tipo de oportunidades se presentan cada cierto tiempo y hay que tomarlas. Además, ya no había marcha atrás, ya estábamos llegando a Tapachula.
Nos recogieron en el aeropuerto y nos llevaron a una casa de seguridad. Me sacó de onda ver a toda esa banda armada y lista para los madrazos siendo tan amable con uno. Estoy seguro que después de recibir secuestrados, sicarios y policías, que llegue un grupo de futbolistas de la Ciudad de México es una experiencia agradable para los matones. Luego luego se vio, hasta nos pidieron fotos.
En corto ya estábamos destapando las primeras chelas y abriendo las bolsas de botana cuando se asomó una niña que tenía la quijada trabada. Tenía la mandíbula tan tensa que se ve que hasta le dolía la cabeza, pero no era prognata y era muy joven como para que se le hubiera torcido por la coca. Así era su cara, namás. Tendría unos 12 años, pero se movía con más seguridad que los pistoleros y los futbolistas. Nos abordó para decirnos que el primer partido se jugaría a la mañana siguiente y que iba a haber una cena normal en una hora, que no nos llenáramos de papitas, pinches puercos. Tampoco les recomiendo emborracharse, se juegan mucho en el partido de mañana.
Nos cagamos. Normalmente en los torneos de talacha uno cobra lo que le prometieron sin importar el resultado. O sea, nosotros esos treinta varos ya los teníamos en la bolsa. Pero ahora estaba claro que el monstruo no se iba a tocar el corazón si no cumplíamos sus expectativas.
La cosa con ese monstruo tan presente entre nosotros y al mismo tiempo tan escurridizo, es que cualquier chingadera lo puede molestar y eso te cuesta la vida. Pasó con el comerciante que no tenía cambio en la esquina de mi casa o la chava que no quiso aflojar unos besos en el antro. Ambos molestaron ligeramente al monstruo y pues se los quebró. Así.
[…]
Nota del editor: Esta historia, más que de futbol, es de las fuerzas que nos mueven sin que nos percatemos. Ya sea el dinero—presente desde la primera oración—o la pasión o el patriotismo; incluso la venganza. Por algo, cada palabra te implora leas la siguiente. Eres sujeto de las mismas fuerzas que mueven al narrador. No sé si las entiendo del todo, pero sé que me mueven también.
Lee el cuento completo:
Lo que trajo la nieve
Mariana Anaya empuja el foto ensayo a una nueva frontera esta semana. Usualmente, trabajamos de las fotos al texto, con un autor contando la historia de lo que capturó su cámara. Esta vez, Anaya hace lo inverso. Sus imágenes, por sí solas, contarían la dicha de una nevada parisina; de niños jugando en la nieve. Sus palabras lo cambian por completo. Es la historia de quienes ven la nieve no como la diversión momentánea, sino como una realidad ineludible. La de vagabundos que no tienen otro espacio que la calle parisina cubierta de nieve y plagada de frío.






Ve el foto ensayo completo:































