Esta semana, el 3,2,1 de Perpetuo es cortesía de Polilla.
Polilla es una librería independiente en la Ciudad de México y una editorial que comparte nuestra misión de dar más voces a los mejores autores del español. Están en la Ciudad de México pero su visión es más grande: darle un espacio a la literatura latinoamericana.
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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana.
Asecho
de Cielo Uscanga
Me recibirán con los brazos abiertos
los ángeles y los arcángeles
que tú,
serpiente,
negabas.
Mirarás al vacío
encontrando tan sólo tu reflejo,
copiarás del justo
y condenarás al bueno.
¿Dónde quedó la ternura
que depositó en ti tu madre?
[...]Nota del editor: Los poemas revelan. Avivan lo que yace oculto en las cosas que nos rodean o, en estos versos de Uscanga: la gente. Este poema me hace pensar en Paz y sus máscaras mexicanas; en cómo ocultamos nuestras personas detrás de imágenes ajenas. Me hace pensar en esa ternura que se desvanece y en ese veneno que se mezcla con la saliva. Quiero creer que la gente es buena; sé, me temo, que los versos de Uscanga son buenos por ser reales.
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Suya
de Florencia Zárate
¿Quién te nombra sin boca por detrás de tus hombros? —¿será el viejo espíritu del viento?— Sube entre las cañas un suspiro entrecortado: —¿Será de aquel que cerró sus ojos para no verte más?— —¿Será una de tus fantasías que vino a cenar?— A cenarte vino. ¿Quién se adueña de tu alma sellada, esquiva a toda ley, distante ya de las plegarias inútiles? ¿Quién te nombra sin boca pero llama en la oscura selva de tu presentimiento? ¿Quién te llamó a plena luz, te mordió la sombra hasta la médula? Los perros babeaban rabia bajo los pórticos, a la hora en que la noche es más cerrada. [...]
Nota del editor: Lo verdaderamente espeluznante del terror, es que nos gusta; es que las salas se llenan en cines de todo el mundo para ver historias de asesinos y payasos macabros. Ahí hay algo de la naturaleza humana que no he visto reflejado más que en los versos de Zárate. Esa decisión final de su poema—ese «suya», con el que cierra—dice más de nuestra especia que tantos libros de psicología como los hemos creado con los años.
Lee el poema completo:
Lamiak I
de Santiago Gozálvez Perera
No hay gatos en Madrid, Sus calles de gris se me visten Y reconocen la lluvia de siempre Que desiste en su huida al sur. No hay gatos en Madrid, Los cachorros son bastardos del anís Y del sol viejo. Hoy no me apetece ir a Gran Vía, Me quedo en la salina ficticia, En los olivares negros, En el serrín de estaño.
Nota del editor: Ya no quedan gatos en Madrid. Tal vez, ya no los queden ni en poblados remotos donde la gente no se muda. La historia de este siglo nuestro es una historia dinámica; de mudanzas y vidas que caben en maletas. No sé si sea algo bueno; tampoco si sea algo malo. Es solo el final de los siglos donde nadie se iba y el principio de estos donde nos movemos incontrolables. Hay que aplaudir a Gozálvez por describirlo; más aún con tan pocos versos.
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Quiero ser
de Emilia Salazar
Quiero ser una mujer a la que le dan flores, porque sí, las quiero. Porque quiero saber que pensaron en mí, que ocupo parte de las cabezas y corazones de personas que no me quieren perder. Quiero ser una mujer que da sus memorias, sus miedos, su mente y su tiempo. Dar lo que soy sin sentir que es demasiado, porque no lo es, solo tal vez no tienes suficiente espacio para mí. Quiero ser una mujer que cargue en su cuerpo la memoria de todas las personas a las que ha amado, llevar sus nombres tatuados en la piel como un mantra de amor. Quiero entregarme sabiendo que no todos crecieron con los mismos prejuicios que la sociedad les impuso a las mujeres como yo. Mujeres que nacieron para ser libres, para volar y explorar. Mujeres que quieren sentir y conocer, sin miedo al reproche o al sentimiento de un vacío que llega cuando te das cuenta de que abriste tu alma y solo encontraste manos que tomaron sin sembrar nada a cambio.
[…]
Nota del editor: Salazar nos recuerda lo artificiales que son las fronteras que hemos trazado entre las formas de la literatura. Lo suyo es un ensayo en el sentido más propio de la palabra; es un intento por entender su tema central—en este caso, de entenderse a si misma—. Para lograrlo, usa herramientas poéticas como la repetición y las metáforas. Usa de todo para que que su argumento avance, como en esos momentos afortunados cuando nos liberamos de las barreras y nos enfocamos en lo que importa: el acto de escribir.
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A Nait in Brodgüei
Sobre ver Buena Vista Social Club
de J.L. Sabau
Por un lapso ínfimo—por dos horas y pico, contando el intermedio—tuve la vaga ilusión de sentirme de vuelta en casa. Cesaron los fríos de fuera del teatro, mismos por los que llevaba cuatro capas de ropa y una bufanda gruesa; los sonidos de la calle se cambiaron por el graznido de una trompeta amarga. Y lo más importante: el español reemplazó al inglés. Eso fue lo que, en una tarde de invierno, implicó sentarse a ver Buena Vista Social Club. No el recinto cubano; el musical que le hace honra y que tomó por sorpresa a Nueva York.
Nota: Sé que escribo mucho del español y de la importancia de este idioma. Era predecible, supongo, al fundar una revista como Perpetuo. Lo que me ha sorprendido, es cuán fácil es escribir del tema en estos tiempos. Me encuentro con motivos de orgullo en el Super Bowl y en Broadway. Este último, merecía su propia reflexión, misma que le doy ahora.
Lee la reseña completa:
La memoria de los carnívoros
de Antía Alfonso
Me acordé de ti, de cuando éramos niños. Siempre hay sol, pero en la tarde llovizna y el agua levanta todo el calor del suelo. Tú sabes que si eso pasa me quedo dormida. Cuando la humedad me alcanzó sentí que cientos de pequeños dientes me mordían los pies y por eso me puse a soñar con la vez que mi abuelo trajo a los conejos a la casa. No sé si todavía lo recuerdes porque éramos muy chicos, pero fue un domingo. Lo sé porque nos dijo que se los compró a una gitana afuera de la iglesia y después la abuela dijo que no merecíamos nada. Estaba enojada porque, como casi todos los domingos, no quisimos levantarnos de la cama para ir a misa.
[…]
Nota del editor: Pienso mucho en una frase casi al final de este cuento de Alfonso. «En eso te convertiste, en una anécdota que me gustaba contarle a los extraños». Pienso en lo mucho que pega cuando, como en este caso, la historia está en presente; ese tiempo en el que vivimos siempre. Pienso en lo mucho que me duele pensar que estos días serán anécdotas, aún si los siento tan presentes. Pienso en cómo los carnívoros no olvidan; nosotros tampoco.
Lee el cuento completo:
Si manejas a las afueras de Bogotá, te adentras a una reserva natural y, con paciencia, esperas y esperas, tal vez—y sólo tal vez—puedas encontrarte a un oso de anteojos. Esta especie esquiva ha sido la vida de Sebastián Di Doménico. Por años, los ha fotografiado; ha hecho carrera guiando a otros a verlos.
Santiago Wills conoció a Di Doménico hace años. Desde entonces, ha querido contar su historia. El resultado es la crónica de unas horas contadas en un bosque colombiano. Es, también, una historia sobre paciencia y, a su vez, de cómo el humano interactúa con el mundo animal.

Hombre oso
—¡Ese, ese de ahí es el Estrello!
Desde el asiento del copiloto, Sebastián Di Doménico —fotógrafo de naturaleza, embajador de Sony para Latinoamérica y aficionado a escuchar música de videojuegos en los viajes— señaló una valla al lado de la carretera. Acomodó sus gafas de transición y una bandana con la imagen de un jaguar sobre su cabello antes de aplastar su rostro contra el vidrio. La imagen carbón de un oso andino pasó rápidamente a la derecha de la camioneta.
—Antes le decían Estrella porque pensaban que era una hembra— dijo Di Doménico conforme avanzábamos hacia el pantano.
El Estrello tenía entre 20 y 30 años, hocico crema y las marcas blanquecinas en forma de espejuelos que le dan el otro nombre común a su especie: oso de anteojos. Esas mismas manchas son en parte responsables de su nombre científico, Tremarctos ornatus, del griego trema (hoyo) y arctos (oso), y el latín ornatus (decorado). En la frente, sobre pupilas cobrizas, una mancha nubosa con silueta de diamante permitía reconocerlo de inmediato. Parches de canas iluminaban su rostro en las últimas imágenes que le tomaron.
—Desde el año pasado no volvió a aparecer—añadió Di Doménico, bajando la voz— Probablemente, está muerto.
[…]
Nota del editor: No sé si esta es una historia de humanos o de osos o de la forma en que los humanos pensamos en los osos. La he leído unas tres o cuatro veces desde que la edité y, con cada una, quedo convencido de una teoría diferente. Quizá esa última mantiene la verdad, es un texto de la relación entre especies. De cómo nuestros encuentros con animales pueden definirnos y lo que eso, a su vez, implica. Sé tan solo que es un texto infinito; que me queda leerlo otras tantas veces.
Lee el texto completo:
Mi manera de estar despierta
Las imágenes de Linda Esperanza Aragón se niegan a quedarse en la fotografía. Retrata un caribe colombiano dinámico; uno que te sugiere—que te grita—hay un antes y un después del leve cerrar de la cámara para capturar un instante. Uno que te recuerda cómo la fotografía consiste de instantes y, por más que la cámara lo intente, el mundo continua. La vida sigue. Los momentos, proceden.






Ve el foto ensayo completo:
























