Esta semana, el 3,2,1 de Perpetuo es cortesía de Polilla.
Polilla es una librería independiente en la Ciudad de México y una editorial que comparte nuestra misión de dar más voces a los mejores autores del español. Están en la Ciudad de México pero su visión es más grande: darle un espacio a la literatura latinoamericana.
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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana.
Teníamos un papayo
de Ordalvas
¡Ay! Teníamos un papayo Que dio tres papayas con pulgón, Papayas enanas, Que aun así fueron aprovechadas Por las ardillas y los pájaros.
Nota del editor: Por años. mi padre tuvo un árbol que llamó un limonero en nuestro patio. El condenado nunca dio flor a cosa alguna que pareciera un limón; solo unos engendrillos diminutos que, un día a otro, desaparecían sin llegar a gestar. Esa historia me ha parecido, siempre, triste; la de mi padre soñando de limones crecidos de su patio sin jamás poderlos llevar a su cocina. Ordalvas, como buen poeta, me hace ver que, tal vez, había otra lectura a la vida como hay tantas de los versos.
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Poema #5
de Lourdes Suyai López
Mitigadas magulladuras bajan por todos lados, surcan espacios silvestres y los vuelven cal y concreto, hacen de la piel un cuenco abierto y sangrante. Pesadumbre que lame heridas de pus y queloides de un cuerpo azotado, latigueado, cercenado, mi cuerpo embadurnado en albores que no recuerdan a la vida, sino a otra cosa más finita, tal vez menos tediosa, seguramente más terrible. A veces tratan de socorrer no solo este cuerpo que está latigueado de culpa, sino tal vez también a todo lo demás, que es mucho peor [...]
Nota del editor: Cuando leí Funes el Memorioso pensé en lo horrendo que sería vivir sin poder olvidar lo pasado. Ahora que leo a Suyai, pienso que quizá no pueda; miro mis manos y noto un par de cicatrices—unas de cuando era niño; otra de hace unos días—. Pienso que cargamos con lo ocurrido en la piel y, también, en nosotros mismos. Si escogemos olvidar, es solo un acto momentáneo. Qué buena es la poesía que te hace pensar tanto.
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Selección
de Samuel Lundy
IX.
Si me preguntas a mí, es Esculapio el que nos debe a nosotros un gallo.
El pobre no tendría nada que hacer si nuestros cuerpos
no marcharan con terquedad hacia la fosa de azufre compartida
desde que nos alumbra otro cuerpo que, también,
está en marcha resoluta.
[...]Nota del editor: Si tuviera que resumir lo que une a estos poemas de Lundy, diría que es la interferencia de la vida en las ideas. Lundy balancea ese acto poético de hablarle a ninfas y dioses con la cotidianeidad de un examen o encontrarte a un ser querido. El poeta suele pensar que solo se puede lo uno o lo otro; para Lundy—como para todos, a quien engañamos—es algo que vive en la hermandad. Bueno el poeta que lo reconoce.
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La anti-Navidad de Paul Auster
de Sebastián Guido
“El cuento de Navidad de Auggie Wren” ocupa un lugar especial dentro de la prolífica obra de Paul Auster, quien escribió ensayos, novelas, poemas, hasta guiones cinematográficos, pero donde escasean los cuentos. De hecho, este es su único cuento publicado. Apareció el 25 de diciembre de 1990, en The New York Times, y como el propio Auster relata, es el resultado de un encargo: le pidieron que escriba una historia navideña.
Está entre mis cuentos favoritos. Primero, porque está narrado de forma ligera, sin ornamentos, evita esa impostura postmoderna de autores necesitados a cada frase de llenarse de citas o demostrar lo mucho que leyeron. Me gusta la gran literatura que se disfraza de pequeña literatura. El camuflaje del arte menor, que parece estar escrita al voleo, a las apuradas, excusándose a sí misma, y en su simplicidad encierra cuestiones humanas irresolubles.
[…]
Nota del editor: Si el buen cuento es ese que logra contar una historia mientras cuenta otra, un buen ensayo es el que desarrolla un argumento mientras desarrolla otro. Este es un ensayo sobre Paul Auster, por ejemplo, pero es, en verdad, un ensayo sobre la escritura. Por ser un ensayo sobre la escritura es, en verdad, un ensayo sobre lo que nos interesa a los humanos; lo que nos hace leer. Esas matrioskas literarias contienen la frontera de la literatura; esa donde habita Guido.
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Las golondrinas de San Luis Obispo
de J.L. Sabau
Antes de partir a la universidad, pasé un par de días con mi abuela paterna en un rancho a las afueras de Toluca. De rancho tenía poco. Solo era un nombre que sobrevivía al tiempo, recordando las épocas en que un par de gallos y una yegua rondaban por el campo diminuto. Ahora, los establos se han vuelto en cuartos amueblados. Solo quedan un par de perros para hacer compañía y una guacamaya que llegó como regalo inoportuno. Por emprendimientos de antaño, un par de invernaderos para hortalizas que rompen la armonía de árboles viejos y arbustos mal formados. A sus alrededores, otras casas que han perdido su encanto campesino, haciendo, en su lugar, una privada con caminos empedrados. Las piedras gritan al presente que lo recuerde; en el viento tan frío de invierno, ruegan por un instante del pasado. Sus plegarias nos llegan; inadvertidamente las respetamos. A pesar de tanto cambio, es inimaginable hablar del hogar de mi abuela sin referírsele con el cariñoso nombre de «El rancho».
Nota: Quizá el mejor debate que hay en literatura es si encontramos las metáforas en el mundo o las metáforas nos encuentran a nosotros. Si, en el afán de hacernos autores, obligamos a que la vida se acople a nuestros deseos o, en el afán de vivir, la vida nos acopla a las palabras. Mi respuesta, como un ensayista que siempre ha querido ser poeta, es que encontramos metáforas. Así me pasa con esas golondrinas de las que escribo y añoro.
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DEADLINE
de Sofía Ciarlo
Aquella fila de personas era larga. Larguísima. Tan larga que no se podía ver el principio. Al final de la cola se encontraba don Ramón.
Don Ramón, con sombrero de copa y más capas de ropa que una cebolla, revisaba desde el final de la cola la multitud en fila. De repente, un sonoro grito lo sacó de sus pensamientos:
—¡Lo que me faltaba! —justo detrás de don Ramón se colocaba un señor rechoncho y semejante a una coliflor vestida—. ¡Una cola torcida!
[…]
Nota del editor: Este cuento es uno sobre la transmutación. La misma que, en la mitología griega, hace de Zeus un toro y en la católica a Cristo en una oblea. Solo que, en la historia de Ciarlo, es en el sentido contrario. Usualmente, lo divino se hace común. Para ella, lo común se hace divino a un grado que ya no puedes quedarte parado en una fila sin pensar en lo que escribe.
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¿Qué harías con tal de encontrar el amor? ¿Viajarías al otro lado del mundo? ¿Hablarías con alguien que no entiende tu idioma? ¿Le pagarías miles de dólares a un asesor por consejo?
Pues todo eso pasó en el estelar de esta semana. Natalia Mandujano reconstruyó la relación entre un hombre mexicano y su ahora esposa bielorrusa. Como él, frustrado con las mujeres de su país, viajó a Europa del Este para encontrarla y cómo ella, buscando salir de su situación, lo encontró.
De Bielorrusia con amor
o cómo importar una esposa a México
de Natalia Mandujano
El vestido rojo de Dasha se mecía con cada paso que daba. Estaba tomada de la mano de Jorge Alberto, quien, en unos minutos, se convertiría en su esposo. Ambos lucían rosas blancas. Ella cargaba un modesto ramo en su mano izquierda mientras que con la mano derecha tomaba la de su prometido; él portaba una sola como broche en el pecho.
Sus pocos invitados, familia y amigos de Jorge Alberto—en su mayoría desconocidos para Dasha—rodearon el kiosco donde les esperaba una jueza del registro civil, portando un vestido vino que combinaba con el satinado de la novia. Sobre una mesa al centro, ya estaban listos los documentos necesarios para hacer oficial la unión, alumbrados por un enorme foco de luz anaranjada y chillona.
Dasha y Jorge Alberto, cuyos nombres fueron alterados para este texto, se miraron a los ojos y, rodeados de familia y amigos, se juraron amor eterno en un inglés enredado y casi incomprensible. Él, con acento mexicano; ella, con acento bielorruso.
[…]
Nota del editor: Mandujano escribe con una capacidad que falta mucho en el periodismo moderno: la de sustraer la opinión de todo lo escrito. Me parece impresionante y admirable. Esta historia está rogando ser comentada y, aún así, no ocurre el comentario. Deja que el lector la analice por cuenta propia y llegue a su propia conclusión. Eso, en una época que todo se explica, es un acto enorme de confianza en el lector.
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El clásico joven en 35 mm
Hacía tiempo que no pensaba en la poesía que hay en el estadio de futbol como con este foto ensayo de Andrea Ibarra. Su cámara da a las gradas; no al partido. Ahí ocurre un acto fascinante. Miles de personas se apasionan y gritan por un evento que queda fuera de su control. Como el que pide a algo superior. Ahí hay algo mágico que solo captura quien, como Ibarra, se va a vivirlo en el estadio.






Ve el foto ensayo completo:

























