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Ahora, sin más, volvemos a los tres poemas, dos ensayos y un cuento de la semana
Nota del editor: Rosa Berbel tiene esta capacidad sobrehumana de hacer propias las palabras. No lo digo en un sentido cursi y vacío. Su poesía es una que toma el vocablo y le recuerda al lector sus significados infinitos. Cuando lo ha logrado—cuando ya está ese poder en su máximo esplendor—les agrega definiciones que superan las establecidas. Juega con el idioma; lo hace propio. En el hacerlo, empuja el español a nuevas fronteras. No sé cómo se verá nuestro idioma en un siglo, pero estoy seguro que tendrá palabras berbelianas.

[Un país de líneas rectas]
de Rosa Berbel
Un país de líneas rectas asombra a sus amantes. El amor desafía y se rinde a lo geométrico. Va encontrando sus propias, sinuosas maneras de afirmarse. Desde el cielo se ve la intransigencia, lo fácil que sería que el jardín rebasara su parcela, la torpe rigidez de los contornos. [...]
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[En mi recuerdo]
de Rosa Berbel
En mi recuerdo los pájaros nos picotean la cabeza hasta hacernos sangrar. Somos fantasmas y niños, niños y fantasmas. Me agarro de tu mano y grito aunque el terror no aparece en el recuerdo o aparece tan solo para un ojo que no existe. El terror no está en el pájaro ni en la sangre ni en el juguete que cae al suelo con estrépito. Está en la imposibilidad de la memoria. [...]
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[Está a cargo del poder ]
de Rosa Berbel
Está a cargo del poder quien está a cargo de la fantasía. Cuando me desperté estaba llorando y una luz blanca lo ocupaba todo. Las lágrimas no me dejaban ver qué había al otro lado del jardín. Una nueva flor exótica, un animal herido, el árbol milenario dando frutos. [...]
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Identidad borrosa, rasgada, violenta
de Alejandro Acuña Sevilla
La violencia es un camino sin retorno. Consideremos que iniciar una discusión sobre la identidad abre las puertas a infinidad de maneras para expresar individualismos. Estos rara vez tienen algo de original; justifican la repulsión hacia ciertas costumbres, aunque también dan pie a sólidos colectivismos que no tardan en llegar a nacionalismos, patriotismos, fascismos, americanismo (yo le voy al América); enfermizos ismos que nos acuerpan acaso ilusoriamente en la experiencia social-humana como abrigos otorgados por un propio Dios-padre-que-todo-lo-ve-y-de-todo-nos-protege, con gruesas capas de piel social capaces de dotarnos de armas de alto calibre para sobrevivir en la jungla y el concreto, en el llano, la montaña, el pueblo chico infierno grande, el espacio imaginario y frágil como burbuja que se alimenta circularmente con la concepción y expresión de nuestra propia “identidad”.
[…]
Nota del editor: Si la literatura hubiera que resumirla en solo dos elementos, diría que esos son el fondo y la forma. Lo uno es lo que se dice; lo otro es cómo se dice. Para Acuña, estas van de la mano de manera clara. Este ensayo es una lucha personal por encontrar la identidad propia; una lucha violenta e incómoda. Sus palabras son igual de certeras que la emoción descrita. Es de las raras veces que un autor logra que los dos elementos se hablen.
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Un accidente llamado Rosa
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
Descubrí a Rosa Berbel por un accidente bibliotecario. No recuerdo el día exacto—quién recuerda los inicios, ahora que estamos de por medio—. Sé, tan solo, que fue una tarde de marzo, después de clases, cuando estaba, todavía, en la universidad y las hojas volvían a salirles a los árboles tras el imprudente invierno; sé, tan solo, que desde entonces Rosa me es un misterio.
Admito, con la sinceridad que me permito, apenas, por los años de distancia, que fui a la biblioteca para olvidar mis pesares. De haber sido más responsable, habría tomado el libro que me tocaba para una clase de historiografía—no recuerdo ya si era aquel sobre migración a Argentina o el de maquiladoras en Medellín; tampoco, como ahora es claro, habré hecho gran esfuerzo en leerlos—. Pero en ese entonces, la responsabilidad me parecía irresponsable. Tocaba algo de rebeldía justificada.
[…]
Nota: Mi mayor fracaso es no poder escribir crítica literaria. Los dioses de la escritura seguro sonríen con esa oración. Necesito una historia; una emoción. No me basta con concatenar una serie de frases para que los editores, con precisión quirúrgica, tomen su favorita y la coloquen al reverso de un libro. Por fortuna, con Rosa Berbel, tengo la anécdota justa. Por fortuna, me ha enseñado tanto, sin conocernos, que creo hacerle justicia por medio de una crítica que, más bien, se asemeja a la crónica.
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Una obra fecal
de Alonso Millet
Caminaba por la Francisco I. Madero, idiotizado por la terca intención de visitar el Palacio de Cultura Banamex, también palacio del ex emperador Iturbide, quien —dicen— aún deambula por los pasillos desnudo, a sabiendas de que uno entre millones puede verlo. Eso lo escuché del profesor Fabrizio, tan detractor de las conspiraciones como defensor de sus teorías.
Como ha de suponerse ya, iba solo. Lula, mi amiga, desertó del plan sobre la hora; Estoy en el hospital, wey, me van a quitar el apéndice, me escribió por guats, y quedé en ir a visitarla más tarde. A pesar de las múltiples llamadas, no conseguí a nadie para llenar su plaza: Qué puta hueva ir al centro, se sinceró Shisha —Eduardo—; Carnal, tengo un evento, se inventó Ana —Anastasia—; ¿Por qué querría ir contigo?, preguntó Julieta —con quien había sido un patán—. También quise invitar a mi hermano, recién mudado a la Ciudad de México: …, …, …, … (Buzón de voz, su llamada se cobrará al terminar los tonos siguientes). Luego me resigné, resignación que se convirtió en terquedad, esa actitud parida en cesárea por recelos y expresada sensualmente, a manera de autoseducción, por medio del elegante enunciado siguiente: Se lo pierden, putos, se van a arrepentir.
[…]
Nota del editor: No estoy seguro que entienda el cuento de Millet; tampoco sé si debía entenderlo. Pero tampoco sé si entiendo la vida misma o si es una concatenación de eventos que, uno tras de otro, se suceden en un orden que evade a los vivos. Lo que sí tengo claro es lo mucho que reí en medio de su paisaje ecléctico y desmarañado de la Ciudad de México—¿hay, acaso, otra forma de describir a esta ciudad?—. La vida es, a su manera, un cuento de Millet. Caótica y confusa, pero divertida en sus momentos justos.
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Cada semana, publicamos una crónica o ensayo en formato largo. Son las apuestas que hacemos y están disponibles para nuestros suscriptores pagados.
Esta semana, Jessica Roldán Rivas escribió sobre Futuro, un partido local en Jalisco, México. El partido inició como una promesa de cambio: una política joven y local. Pronto, se enfrentó con la realidad de la política. En 2024, tras años de derrotas y la dificultad de gobernar con pocos escaños, Futuro competiría en una coalición con Morena, el partido más grande del México moderno. Pero ni eso sería suficiente para que Futuro tuviera un mañana.
Futuro Jalisco
Anatomía de una apuesta (y de una derrota) sobre lo público
Existen esfuerzos colectivos que funcionan como plataformas donde las personas depositan sus causas, sus sueños y sus miedos; espacios para disputar poder y habitar instituciones que, por diseño o por costumbre, parecían ajenas. En esos lugares cabe la posibilidad de construir y el atrevimiento de soñar, aunque el sueño generalmente sea un terreno peligroso. En Jalisco, hasta hace poco, ese vehículo se llamó Futuro.
Fue una apuesta local por acercar a personas y causas a una forma distinta de hacer política, a contracorriente de la lógica de los partidos tradicionales, pero aceptando—aunque para muchas personas resultara incómodo—que la vía partidista era la condición de posibilidad para incidir en la estructura ya existente.
[…]
Nota del editor: Más que la historia de un partido, lo de Roldán es, a mis ojos, la historia de todos los que soñamos con la política. Es la historia de un idealismo que se encuentra con las dificultades de la realidad. Es una historia sobre madurar y, quizá, porque todos queremos ser, siempre, niños.
Lee la crónica completa:
Las fotografías de Diego Orvañanos capturan a México en un solo día. Mejor dicho, en la anticipación de un día. Muestran cómo el país, en las últimas semanas de octubre, se pinta de anaranjado por esos pétalos diminutos del cempasúchil. Nunca había asumido lo obvio; que esas flores que decoran siempre los altares el día de muertos, tenían que venir de algún sitio. Nunca habría pensado que, en un solo sitio, dominaría un solo color tan preciso. Imágenes imperdibles.









Nota del editor: No sabía que existían tantos tonos de naranja en este mundo. No sabía que, a la distancia, aún tan lejos, con las fotos resumidas en la cuadrícula de esta galería, podría distinguir los matices tan sutiles de las flores y sus pétalos, Esas también son historias, pequeñas; imperceptibles. Bendita la cámara de Orvañanos por capturarlo.
Ve el foto ensayo completo:
Las ilustraciones de poemas en esta edición, así como mi reseña de la poesía de Rosa Berbel, fueron hechas por Daniela Zorrilla, una de las artistas mexicanas más atrevidas.
Nota del editor: Zorrilla es atrevida como pocas artistas lo son. Si no fuera porque ella sola se pone límites—ahora, por ejemplo, pintar con, tan solo, tonos de azul—, estaría convencido que nadie podría ponérselos. Se rehusa a pintar en bastidores tradicionales; en su lugar, usa el añil. Su pintura no es tan solo el pincel, es la tela misma donde hace su arte. Esa negación de las normas es la mayor forma de libertad.







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