Ya es viernes. Llegan tres poemas, dos ensayos y un cuento para acompañarte el fin de semana.
Prepárate un café, agarra un buen rincón y ve los logros del español antes de que ganen el Nobel.
Todo con tu membresía de Perpetuo.
Nota del editor: Lo de Tamar es una poesía que no es para todos. Es una poesía osada que llega a la frontera más distante de la literatura: la del idioma mismo. Sus versos los leo como un intento por estirar las oraciones a su máximo—hasta ya no saber, siquiera, si lo son—y de pedirle a las palabras que trabajen al extremo. Esa poesía es la que más mérito se merece; es de valientes. Si funciona, habrá cambiado al idioma. Me atrevería a decir que su gente aún no ha nacido, pero bien puede ser que se está gestando.
[Velar la translucidez del agua]
de Catalina Tamar
Velar la translucidez del agua
procurar que se recupere
el habla
en la boca no se enuncia
el cantar de una pájara sin lengua palabra
la lengua no encuentra su lugar palabra
la palabra se opone a crecer
la palabra no existe
la palabra nido no vuela
la palabra en contra de sí misma
no es más palabra que error
la palabra se posa en tus manos
y lloraComparte el poema:
[Sacar de la boca el incendio]
de Catalina Tamar
Sacar de la boca el incendio
librar la garganta
de tu lengua fuego
decir lo trapicado
siete veces después
las grietas se escapan de tu pecho
por eso no aprendo a rugir
el amor que no tuve
sigo buscando tu voz
acunar mi sangre
la ceniza se disipa en el agua
pero aún no encuentro la palabra
debo quemar los silenciosComparte el poema:
[Tus manos se desprenden del agua]
de Catalina Tamar
Tus manos se desprenden del agua las heridas renuncian a sus tajos y surge un brote certeza de habitar tiempos diferentes nada se enardece si no disponemos del sacrificio destruir toda seguridad convertir el fuego en suavidad ligera
Comparte el poema:
La metafísica es la mar
de Tomás Lemus
«Un incendio se disputa el mar». Un verso que acecha, calcula, ataca y muerde al lector. Poema en su propio derecho. Le sigue una página en blanco: calma, silencio, nada. Y de nuevo ataca al lector, al ritmo de dos a la vez. Tocar el Agua (Queltehue Ediciones, 2025), de Catalina Tamar, es un poemario que urge, que inventa y que demanda ser inmediato. La de Tamar es una poesía que no discrimina recursos para crear esta urgencia: espacio, forma y fondo se mezclan y se decantan para hilar un poema.
Los precursores de Tamar se anuncian y nos preparan para su obra. Mistral (y quizás todos los chilenos, y todos los vanguardistas) entregan a Tamar una forma que sabe explorar de manera madura. Pero, igualmente, encuentro al leer a Tamar una inquietud metafísica (y marina), un diálogo y una casi obsesión con la dualidad que me produce un eco de Machado: «Todo hombre tiene dos batallas que pelear:/ en sueños lucha con Dios;/ y cuando despierta, con el mar», o de Gorostiza: «cuando todo —por fin— lo que anda o repta/y todo lo que vuela o nada, todo,/se encoge en un crujir de mariposas,/regresa a sus orígenes.»
[…]
Nota del editor: Yo evado las reseñas así como los prólogos y caminar bajo la lluvia. Hay gente que le gusta; a mi me incomoda. Por eso, el mérito de Lemus es doble. Ha hecho una reseña que te hace pensar tanto como el poemario mismo. Es un esfuerzo por reconstruir en argumento lo que solo existe en verso. Sobre todo, un esfuerzo digno que enriquece al poemario original.
Lee el ensayo completo:
El ensayo está muerto
Cartas al editor #5
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
He llegado a la conclusión que el ensayo ha muerto. Quizá, en nuestro idioma, no llegó, siquiera, a dar sus primeros pasos. Me pregunto si se le puede hacer nigromancia; me pregunto qué implica para nuestro idioma.
Verán—prometo llegar a la pregunta de la semana; pero ocupo algo de contexto—. En las últimas semanas, han llegado decenas de aplicaciones a Perpetuo. Diría cientos, pero mi certeza no es tan grande—debería medirlo mejor, pero se me van los días—. Solo sé que, ahora, todas las mañanas, dedico una hora entera a catalogar los envíos y asignarlos a los editores correspondientes antes de leerlas y comentarlas.
Como parte del ritual, clasifico los textos en cuatro cubetas: poemas, ensayos, cuentos y “otras vainas” para todo lo que no encaje en estas categorías artificiales. Al hacerlo, me he percatado de un patrón indiscutible. Solo hoy, subí más de veinte ensayos y unos diez cuentos. Ensayos, hubieron solo dos. Uno de ellos, más bien, eran unos monólogos literarios que enviaron como poesía. Así ha sido desde que inició Perpetuo. Mucha poesía; mucho cuento. Casi nadie escribe ensayos.
[…]
Nota: Hace unos días me preguntaron qué es lo que más disfruto escribir. Contesté que ensayos con algo de miedo. Agregué: “pero esos se leen menos que la poesía”. Entonces, no sabía los hechos de los que escribí. Eso no les quita lo tenebrosos. Hay algo latente dentro de mí que me dice el ensayo está muerto. Quise aventurar unas respuestas esta semana.
Lee el texto completo:
Y si quieres hacerme una pregunta:
Paredes lloronas
de Andrea Ceballos
Tan pronto como cruzo el portón negro y anticuado, entro en un mundo color amarillo con olor a carnitas que me hace piojito. Soy niña, soy su chiquita. Tengo siete años otra vez y mis abuelos me ven como se ve a la luna cuando está completa. Arrastro los pies por el piso que revela la antigüedad de la casa. Juego a saltar las rayas que unen cada adoquín; si caigo en una, pierdo. Tengo siete años.
La pared llora. Tiene cicatrices negras de lluvia. La casita tiene marcas de nacimiento: rasguños de tanto juego y callos de tanto uso. Mi abuela gasta todo su dinero en reparar su hogar porque es la única forma en la que puede seguir cuidando de mi abuelo. Pero ésta se resiste. Grita. Grita que ahí la vida y la muerte habitan. Las enredaderas se enredan. La pintura se despega. Los baños se inundan. La tubería se oxida. La casa se arruga. Como ella, como todos. Los cimientos piden ayuda. Como ella, como todos.
[…]
Nota del editor: Ceballos tiene dos grandes méritos. El primero es el de expresar, tan claramente, esos versos tan lindos de Eliot: “Tiempo presente y tiempo pasado // Son ambos quizás presentes en tiempo futuro,”—esta es una historia de como el pasado se aferra al presente; de cómo se rehusa a ser olvidado a pesar de sus guerras con el tiempo. El segundo, del que ya escrito, es su capacidad camaleónica de escribir sin ser clasificada. Si hoy está en cuentos, es porque, tras un debate largo, aquí la pusimos. Pudo haber estado en ensayos; pudo haber estado en poesía. Pudo estar en la categoría que se merece, titulada “cosas que Ceballos haría”.
Lee el cuento completo:
Cada semana, publicamos una crónica o ensayo en formato largo. Son las apuestas que hacemos y están disponibles para nuestros suscriptores pagados.
Esta semana, Sofía Otero narra la historia de Las Barrancas, una comunidad en la costa del Golfo de México que, por años. ha tratado de salvarse ante un mundo cuyos contornos cambian inclementemente. Es una historia de resistencia y, también, de frustración. Es una historia del México moderno.
No me quiero ir de aquí
La comunidad costera que se resiste al desplazamiento
Claudia Ramón Ochoa lleva años sin acercarse voluntariamente al mar. Creció entre las olas, las redes de pesca, los peces y la sal. Ahora, le huye a la marea.
Su primera casa estaba a la orilla, a unos cuantos metros de la costa. Suficiente distancia para poder disfrutar del mar por las mañanas, y no temerle al oleaje por las noches.
Eso cambió.
Las tormentas se convirtieron en amenazas.
En octubre de 2022, el mar se tragó la primera fila de casas de Las Barrancas: una pequeña comunidad afromexicana en la costa de Veracruz. Una de las viviendas desaparecidas pertenecía a la prima de Claudia. Su esposo, marino en la Armada, se la había construido.
“Ni siquiera están los escombros. Nada más les tocó ver cómo todo su esfuerzo se iba, se quebraron sus ventanas, sus láminas, no pudieron rescatar absolutamente nada”, recuerda Claudia cabizbaja.
[…]
Nota del editor: Esta vez, cierro con algo de contexto sobre por qué toca leer esta crónica en este momento específico—si bien, estoy convencido, captura una faceta de la humanidad que podría leerse en cien años y seguir siendo válida—. En las últimas semanas, una serie de lluvias voraces ha causado estragos en México, quitándole la vida a decenas de personas. La crónica de Otero se lee, en ese contexto, como un augurio de cuán poco preparado estaba México para toda crisis climática.
Lee la crónica completa:








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