Ya es viernes. Llegan tres poemas, dos ensayos y un cuento para acompañarte el fin de semana.
Prepárate un café, agarra un buen rincón y ve los logros del español antes de que ganen el Nobel.
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Obj. 6: Memento mori
de Irma Torregrosa
Nunca te gustaron las fotos. Prefiero vivir lo de ahora, no buscarnos en el eco de lo que vivimos antes. Las pocas que conservo fueron tomadas por mí; incluso imprimí algunas. Si el tiempo ha de devorarse todo, no pongamos resistencia. [...]
Nota del editor: Cuando dos artes se hablan, es como una carta de amor que no debía leerse. Sales entendiendo mejor a ambas—aunque no sé si ambas querían ser entendidas así. Torregrosa le hace eso a la fotografía por medio de la poesía; me hace ver el elemento cruel y triste de capturar momentos e intentar, desesperadamente, darles vida. Me siento mal por la fotografía en su lucha por lograrlo. Pero me siento bien por la humanidad que logra sentir tanto y proyectar tanto en los breves instantes que captura una imagen. Ahí sí me compro el dicho trillado, que una fotografía vale más que mil palabras.
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Lo que ocurre mientras pasa
de Antonella Magliocco
Se cuece el arroz, la lluvia resbala por el vidrio como si supiera que no es vista. Un niño bosteza. Una mujer parte un pan en dos mitades iguales sin saber que eso también es poesía. El reloj no grita, solo sigue. Los platos se secan al lado del fregadero, y el amor, ese animal doméstico, duerme enrollado en el sofá esperando que alguien lo mire sin decirle nada. Todo es tan pequeño que duele. Tan callado que retumba. [...]
Nota del editor: Cuando me preguntan, ¿por qué leer poesía? pienso en los versos de Magliocco. Lo de la poesía, en su principio, es una habilidad de ver al mundo con otros ojos; de que una cazuela te hable de amor y unas pantuflas del olvido. Ese es el gran logro de un poeta; lograr una sensibilidad que te cambia lo cotidiano. Lo de Magliocco lo leo como el primer paso de una pedagogía para lograrlo. Una poesía tan generosa que te regala la capacidad de entender toda la poesía.
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tamagotchii
de Sara Hernández
pequeña-deidad-digital quisiera preguntar al ser-sonámbulo que le venera ¿conoces tu hambre? ¿sabes nombrar la hendidura primera? ¿o sólo vas estrellando tu esqueleto contra el cascarón gritando tu concavidad? ¿qué sabes tú de una existencia pendiente de un hilo invisible —la atención de un ser que observa desde una dimensión inaccesible—? [...]
Nota del editor: Siempre he creído que hay tres tipos de poesía. No son exclusivos entre sí; son como tres círculos que se sobreponen a beneficio del autor. La poesía emotiva—que, como el nombre sugiere, la guía el deseo de escribir sobre emociones—; la poesía descriptiva—que se enfoca en el objeto; piénsese en poemas a paisajes y demás— y la poesía reflexiva—que, más que sentir, te hace pensar; aunque la reflexión ha de ser su propia forma de emoción—. Este último tipo es una especie en peligro de extinción. Afortunadamente, tenemos a poetas como Hernández que, con tan solo un verso, te hacen sentir que todo ha cambiado: “¿tú también sientes que existes sólo si alguien te mira?”
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Miedo al éxito (o a nuestra propia grandeza)
de Claudia Wool
Cuando el logro se convierte en una definición rígida, la persona creativa teme que la próxima obra —o el próximo camino— le fuerce a abandonar la identidad validada por el éxito.
Has trabajado sin descanso en tu último proyecto. Un libro, una colección de joyas, una serie de óleos, un nuevo curso... Y te ha ido estupendo. Has disfrutado el proceso, has recibido elogios, ganado dinero y robustecido tu portafolio. Ahora, estás otra vez de frente al documento en blanco, intentando iniciar un nuevo ciclo. La sonrisa de la victoria ya no se siente tan dulce ni tan natural. La burbuja explotó y, si quieres seguir jugando, tendrás que inflar una nueva. De solo pensarlo se te aprieta el estómago.
[…]
Nota del editor: Alguna vez, en la universidad, la fortuna de ver a Louise Glück en una conferencia. En ella, dijo que el rol de la literatura era “hacernos saber que alguien más ha sentido eso que sentimos; que no estamos solos”. Lo de Wool me parece un ejemplo claro de ello. Se salió a buscar testimonios y evidencias para que autores—como un servidor—entendamos que ese miedo al triunfo del que habla es algo fundacionalmente humano. Ese es un gran regalo; uno de los más grandes.
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La ilusión de la perfección
Conversación con Gustavo Rodríguez
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
Cuando entré a la habitación que habían preparado para nuestra entrevista, Gustavo Rodríguez abandonó el libro que le acompañaba y se levantó de inmediato—pero sin señas de premura—. Me dio la mano con una sonrisa y, con un gesto sencillo, me ofreció la silla donde estaba sentado.
Confieso que me tomó desprevenido.
Por lo que entiendo, llevaba rato en ese cuarto. El suficiente para que la silla se sintiera propia y el sofá de a un costado, se entendiera cómo el de “visitas”—o el de los entrevistadores que nos formábamos para hacerle preguntas—. Rodríguez, no lo entendía así. Me ofreció lo suyo sin conocerme más que de las notas que le habrán pasado antes y uno que otro comentario del equipo editorial.
Lo negué, por supuesto. Fui al sofá; Rodriguez se quedó en su silla.
En ese gesto, ahora entiendo, está una parte de su persona. La de Rodríguez es una generosidad que va desde el asiento hasta la oración. El de platicar con un escritor más joven sin refrenarse en la verbosidad ni en las ideas.
[…]
Nota: Lo más difícil de esta entrevista—quizá de todas—fue encontrar un título que resumiera lo que es hablar con Gustavo Rodríguez. Me fui por “La ilusión de la perfección” que es, a su vez, una paráfrasis de una frase suya en lo que discutimos. Me parece que resume lo que es hablarle. Aunque sea breve, aunque, después, escuchando la grabación, me surjan dudas, en ese breve momento compartido, tuve la ilusión de que, lo que me decía, era perfecto. Tal y cómo la ilusión de las ciudades grandes, como su Lima, tiene el mismo efecto; o la de la literatura; o la de los ideales.
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Y si quieres hacerle una pregunta a nuestro editor, presiona este botón:
La ofrenda
de José Luis Vidales Peña
En una jaula revestida de aluminio descansaba un pájaro: una golondrina diferente a las demás. Su plumaje era oscuro, las alas demasiado grandes y su pico parecía una daga de obsidiana. Saltaba de un lado a otro mientras Alyssa, su dueña, lo contemplaba.
Para Alyssa, Gambito no era una mascota. Significaba compañía. Un confidente; un amigo. Ella disfrutaba hablando con él hacia el atardecer, sentada en el sofá, mientras tocaba su protuberante panza en donde se gestaba un niño hacía ocho meses y medio.
El primer encuentro entre Alyssa y Gambito sucedió cuando ella regresaba de su trabajo como investigadora en el Museo de Antropología de la Ciudad de México. Alyssa, francamente, estaba teniendo un mal día. Encima, tenía dolor de cabeza y de espalda—que el embarazo potenciaba durante aquellos días—. Era como vivir la dosis del infortunio de dos personas en el cuerpo de una.
Al llegar a casa, se despojó de la cartera y se cambió al vestido de noche. Aunque apenas eran las seis de la tarde, salió al patio a respirar aire fresco.
Entonces apareció. Sentado en una rama del árbol más alto, mirándola con curiosdad a través de sus negros ojos, enclaustrados por un tenue delineado blanco. Ella mantuvo el contacto visual, maravillada.
[…]
Nota del editor: El género del misterio implica el descubrimiento. Hay una realidad que evade a los personajes y que, el lector, va descubriendo con ellos. Para Vidales, es más compleja. Su cuento es uno que, aunque limitado a un área geográfica, juega con las nociones del mito en América Latina; con la idea de límites sagrados y las consecuencias de romperlos. El lector latinoamericano, acá, invierte el rol. Desde un principio, espera la consecuencia y solo ve, aterrorizado, cómo los personajes caminan hacia ella. El misterio no es misterio para el lector, pero sí para la obra misma. Eso es un mérito que reconocerle a su prosa.
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Cada semana, publicamos una crónica o ensayo en formato largo. Son las apuestas que hacemos y están disponibles para nuestros suscriptores pagados.
Esta semana, Renata Álvarez León habla de Santa Fe, al poniente de la Ciudad de México. Sana Fe es el centro financiero de la capital mexicana; un lugar de rascacielos, avenidas amplias y centros comerciales. Pero, también, es el pueblo aledaño sobre el que se construyó para hacer la urbe globalizada y que perdura, todavía, rodeado por autopistas de paga. Es un ensayo sobre el diseño urbano y, a su vez, de cómo un sueño utópico se puede volver en una pesadilla cotidiana.
Una ciudad sobre basura
Fracasos, lecciones y reflexiones desde Santa Fe, CDMX
Cuando uno se aproxima a Santa Fe—en coche, porque no queda de otra—alcanza a ver rascacielos infinitos que se asoman a lo lejos. Horas en el tráfico concluyen aquí: una jungla de concreto al poniente de la Ciudad de México. Desde el coche, la ciudad parece cambiar casi de golpe.
Para llegar a Santa Fe, cruzo un túnel que atraviesa una de las muchas montañas que lo rodean. Justo antes de la frontera que divide la ciudad de su estado vecino, este moderno hub financiero se levanta entre cañadas y laderas empinadas. Casi de la nada, el túnel me escupe en un distrito totalmente distinto del que vine. No es necesario leer el letrero que marca mi entrada. El tráfico, los edificios y los centros comerciales amontonados todos me dicen lo mismo: ya llegaste a Santa Fe.
Al ver los edificios de acero y las estructuras de cristal es difícil imaginar que las calles por las que manejo llevan casi el mismo tiempo que yo siendo parte de la capital. Santa Fe seguía en pañales cuando nací hace 25 años. Hoy es el distrito financiero más importante de la capital y uno de los más significativos del país.
[…]
Nota del editor: Yo, a Álvarez León, le tengo una deuda grande: me enseñó una palabra—aunque creo que no lo tiene del todo claro—. Más que una palabra, diría que es un concepto. El vocablo es palimpsesto; su definición es un pergamino griego sobre el que se escribe una y otra vez sin importar que, antes, ya hubiera texto. Pero, de Álvarez León, me llevo algo distinto. Me llevo el palimpsesto como una forma de entender la vida. Las ciudades, como habla de Santa Fe, son manuscritos sobre los que escribimos hasta el cansancio; lo mismo
Lee la crónica completa:
Para la crónica de la semana, colaboramos con Arturo Trujillo para capturar la realidad que se vive en el pueblo de Santa Fe. El resultado es un foto ensayo que muestra la vida del México cotidiano y agrega a los argumentos de Álvarez León.
Acá, compartimos un par de las imágenes del foto ensayo.









Nota del editor: De fotografía sé poco (algunos dirían que eso me hace mejor juez). Pero de lo que sí sé, es de la sinceridad. Las fotografías de Trujillo, como todo buen arte, son sinceras. Son honestas. Son de gente en su día a día y de un barrio que se extiende a pesar de las autopistas que lo asfixian.
Ve el foto ensayo completo:

























