La semana ha acabado—al menos, en lo laboral—. Es hora de descansar y hacerlo con literatura.
Por eso, les traemos la edición más reciente de 3,2,1: nuestro segmento creativo y de reflexión. Como cada semana, hemos compilado seis propuestas atrevidas del español en poesía, ensayos y cuento.
Esta semana no hay un tema en común más que la gratitud de este editor. Todos los textos del 3,2,1 son de autores que he conocido por serendipia y, de una forma u otra, acabaron creyendo en este proyecto. Algunos, por coincidir en un vuelo; otros, por escribirme de la nada para publicar con esta revista. A todos les guardo estima ya que muestran como, no solo está más que vivo el español, sino que, la escritura en el idioma sigue siendo buena excusa para la conexión.
(Y bueno, es la primera edición de cartas al editor).
Así que, Prepárate un café, agarra un buen rincón y ve los logros del español antes de que ganen el Nobel.
Todo con tu membresía de Perpetuo.
[Y entonces...]
De Marina Garza
Y entonces, mi lengua se acostumbró a tu idioma, tu
respiración casi musical se armonizó con el tempo de mis
latidos.
Tus huellas dactilares se empalmaron con mis esquinas y
dobleces.
Las energías punzantes y embriagantes
se alimentaron una de la otra.
Mis ojos memorizaron cada uno de tus matices;
cada rincón y pasillo tuyo.
Lloviste.
Mi flora se nutrió de tu rocío y mi sueño…
paulatinamente
se coordinó con tu temperatura.
Nota del editor: Garza escribe con esa honestidad del amor joven que hace a uno pensar en Neruda. Quizá, con una sutileza mayor; la de dejar la pluma sin resolver misterios. Esos, se vuelven en metáforas a las que un lector de cualquier rincón de la tierra hispanohablante pueda descifrar con su propia experiencia y notar, en poesía, el amor que sintió en carne propia.
Comparte el poema:
Ahí viene la chota
de Marcello Artana
Crecimos donde el calor se pega al alma,
tirando botes por la calle como si la noche no tuviera memoria.
Atrás del pick-up, con la música alta y el mundo chiquito,
tirando desmadre sin pensar en el después.
Trucha, ahí viene la chota—
y las risas se apagan como focos fundidos—.
Los pasos rápidos, los corazones más.
No corríamos solo de ellos,
corríamos de nosotros mismos.
A las fiestas íbamos sabiendo
que al volver, alguien te iba a oler los dedos,
como si la inocencia tuviera aroma.
Y en diciembre, los guantes no eran por el frío,
sino para no dejar huellas que delaten.
[…]
Nota del editor: Artana—aunque, quizá, no lo sepa—mantiene viva esa ambición del siglo pasado de los grandes autores latinoamericanos. La ambición desmedida por totalizar. En este caso, el crear un poema que refleja la vida entera sin dejar un lado abandonado. Lo hace con la inocencia de uno contra la preocupación ajena; los juegos infantiles y la realidad política que pasa mientras uno. Una ciudad que cambia y una persona que cambia con la ciudad. Es valioso porque la vida es así. En la poesía, apostamos por agrandar un solo detalle; faltan más poetas que reflejen todos los detalles a la vez; faltan más Artanas.
Háganse un favor; lean el poema entero.
Lee el poema entero:
Cierta gente
de Fidel Gutiérrez
Pienso en el espacio, la distancia, el silencio.
El recibimiento efusivo,
el tiempo insuficiente,
la creencia del retorno certero,
la vida impermanente.
Un acuerdo tácito:
“la mirada imaginaria de las personas ausentes”.
Sin demandas, ni cuestionamientos.
Coloco mi atención en ellos,
imagino sus días,
recuerdo sus gestos,
comparto sus anhelos.
Acaso logro sentir – también – su recuerdo de mí
y a veces nos basta.
Nota del editor: Llevo horas viendo la cita dentro del poema de Gutiérrez—“la mirada imaginaria de las personas ausentes”—. Trato de hacer un inventario de esas miradas en mi vida reciente; de lo que, quizá, el planeaba: las miradas de gente que ya hacen falta y hace tiempo no veo—o nunca podré ver de nuevo—. Pero también, pienso en gente que me ve con miradas imaginarias y, por ello, parece ausente; perdida. Ese es el sazón de Gutiérrez; un manejo de la palabra que deja la puerta abierta a un sinfín de metáforas.
Comparte el poema:
Desde Caracas
La historia de Yummy y Venezuela
de Alexia Urdinola Garcés
Caracas amanece como siempre: montañas verdes que parecen guardar la ciudad y, entre ellas, avenidas que respiran a trompicones. Un mototaxi esquiva un hueco del tamaño de una bañera; una señora vende empanadas envueltas en papel de diario; un billete de cinco dólares cambia de manos como si fuera un talismán. El tráfico es un rumor constante, mezclado con el eco de reguetón y las bocinas impacientes. Aquí, la rutina es una coreografía entre la escasez y la inventiva.
Nadie querría poner un negocio entre sus calles. Menos uno de entregas. Menos de una startup de tecnología.
Aún así, se hace. Se funda, se crea y triunfa.
En medio de este paisaje —hermoso y roto a la vez— un joven decidió levantar una empresa que, contra todo pronóstico, sobreviviría para convertirse en un símbolo.
Es, en medio del frenesí caraqueño, que nace Yummy.
Nota del editor: Suelo rehuir a las historias de startups. Me parece que todas son iguales y pueden resumirse en una versión californiana del “camino del héroe”—hombre ambicioso quiere sueño; se acerca; se dificulta; falla—. Cuando Urdinola me presentó la historia de Yummy, sabía que había algo más. Había algo de locura y un misterio—quién se atreve a armar una empresa en Venezuela—; pero, más que eso, era una historia moderna de Venezuela. Y lo que es más, una historia de optimismo en un país que lo necesita. Me parecía una decisión obvia publicarla.
Lee el ensayo completo:
Cartas al editor: El abuso sigue y sigue
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
Era temprano cuando vi el mensaje. Fue tarde cuando lo entendí. Tardé un día en contestar. Así los hechos.
Un amigo querido—uno que ha apoyado a Perpetuo desde el inicio—me había dejado una nota en WhatsApp. Decía lo siguiente:
“¿No tiene que ver lo de ahorita, con el militar, con eso que escribiste?”
Nota del editor: A partir de esta semana, inauguro una sección que, confieso, ha sido mi mayor fantasía desde que lancé a Perpetuo. Es decir, las cartas al editor—o se hace, a mí—.
Me hacen muchas preguntas y quiero poder contestarlas al aire—también, sirve que el proceso de construir Perpetuo se hace más público—. El editor, al final, no debería ser una rata de escritorio que se niega a ver la luz. Debe escribir y opinar. Debe virar la publicación y comentar. Es una pena que otras publicaciones hayan perdido la tradición de hacerlo. Aquí en Perpetuo, será la norma.
Lee el texto completo:
Y si quieren escribirle al editor:
Presa
Escrito por Juan José Toro García
En San Silvestre la soledad es importante al pescar con anzuelo. Uno necesita calmarse y sentir el caudal a través del hilo que descansa sobre las manos, dejando que el agua del Pagüey fluya hasta San Vicente y se lleve podridas remembranzas que terminarán allá lejos en Apure. Suelo visitar con frecuencia este tramo que se aleja del río, la íngrima belleza de su atardecer me ayuda a extirpar malas memorias y a sacar pavones. Los peces pican y el sol se acuesta por un extremo, mientras la luna se asoma frágil por el otro, para empezar a pintar el río en una prematura oscuridad. Les juro que eso es lo que vine a ver. Estoy aquí por el sol y por la luna, por los escamosos pavones y por la cicatrizante soledad. Lo menos que iba a desear era ver a la hija de los Aguilar bañándose en la otra orilla sin pudor, como si nadie la estuviese viendo. Como si yo no la estuviese viendo.
Nota del editor: Siento que, después del Boom, América Latina ha tratado, hasta el cansancio, de alejarse de la tradición de autores como García Márquez. Es una pena. Agradezco que no nos volviéramos una repetición infinita de realismos mágicos pero, en hacerlo, muchas veces, perdimos las historias de periferias; pueblerinas. Esas regiones donde el realismo mágico no es un recurso literario; es, en verdad, como piensa la gente misma—en un balance entre realidad y ficción—. Toro García es uno de los que rescatan esa tradición sin caer en más de lo mismo. Es un hijo del boom sin la pubertad insensata de negarlo.
Lee el cuento completo:








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