Ya es viernes. Llegan tres poemas, dos ensayos y un cuento para acompañarte el fin de semana.
Prepárate un café, agarra un buen rincón y ve los logros del español antes de que ganen el Nobel.
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Yo te jacarando
de Maria Valles
Yo te jacarando, pero solo mientras estas tengan flores y bajo mis pies el camino se pinte de morado.
Después encontraré otro verbo para darte—como he encontrado siempre—.
Te he conjugado tantas veces, de tantas formas, en palabra y cuerpo,
[…]
Nota del editor: Alguna vez escribí que la poesía es el arte de lo breve; de decir mucho en poco. Una de las avenidas para ello es la creación lingüística que solo puedo llamar como obvia; el encontrar palabras que siempre—SIEMPRE—hemos necesitamos, al grado que, sin tenerlas en un diccionario, se entienden a la perfección. Para cualquiera que haya vivido el purpureo florecer de las jacarandas, este poema de Valles tiene tal propiedad. Para los que no, pueden pensar en sinónimos tan hermosos como cerezar, guayacanear o, el menos apreciado, pero siempre útil, flamboyanear.
Lee el poema completo:
Trastorno de acumulación compulsiva
de Irma Torregrosa
I.
Cuando su esposo murió, o quizá desde antes,
mi abuela comenzó a llenar su casa de objetos.
Mesas con las patas rotas, trastes quebrados, sartenes sin mango, zapatos con la suela despegada. Tablas con clavos llenos de óxido. Televisiones que a duras penas encendían. Herramientas que encontraba en la calle, artefactos que guardaban cosas recogidas de quién sabe dónde, ropa de gente que nunca conoció. Partes de máquinas que ya no existen.
Nunca sabes qué puede servir, dice siempre.
[…]
Nota del editor: En una entrevista a García Márquez y Neruda, el primero dijo al segundo que solo hay dos tipos de autores: hay poetas que quieren ser novelistas y novelistas que quieren ser poetas. Torregrosa me da la esperanza que los dos pueden reconciliarse y, algunas personas, pueden contar historias con el detalle de la novela y la certeza breve de la poesía.
Lee el poema entero:
Luna caprichosa
de Diana Chávarri
Hoy la luna llena esconde su amarilla luz
detrás del denso bosque
que humedece los senderos
de estas tierras sencillas.
Pacientemente observo sus rayos tímidos
que deja entrever entre las copas de los árboles más altos.
Esa aparente timidez es la máscara que hoy usa,
pues la luna de fresa del solsticio de verano
es poderosa e ilumina con majestuosidad.
Respiro lento,
siento calma,
me muevo poquito,
no sea que mi presencia la asuste
y busque en las nubes
un pretexto
para esconderse de mí.
[…]
Nota del editor: Necesitamos más poemas de la luna; también de las hojas y de los ríos. Necesitamos quitarnos esa pretensión moderna que todo está dentro de uno y que la poesía solo existe para la reflexión con metáforas abigarradas. Cualquiera que haya visto la luna, de noche, sobre un bosque, entenderá a lo que me refiero. Cualquiera puede leer el poema de Chávarri y admitir cuán cierta es su descripción. En eso, estoy seguro, está su mérito. La vida nos da poesía por su cuenta; es cuestión de encontrarla.
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Leer para existir
de Myhrra Duarte
Mi hija duerme; es Año Nuevo y estoy metida en la cama esperando a que me pida su toma de las 12. Para matar el sueño, descargué una novela de dragones que una amiga me mandó por Instagram. Dicen que es el Harry Potter de nuestra era, y estoy tan cansada que tomé como medicina esta promesa de pausa y nostalgia.
Pasó lo que se siente como unas cuantas páginas y me di cuenta de que, en unos días, mi hija cumple tres años. En estos años —alumbrada por la lámpara de mi celular, abajo de una manta, junto a su cuna, esperando en la fila de la escuela, en breves minutos entre siestas—he leído más de setenta tomos de este género, además de mis lecturas habituales. Me llama la atención que siempre tengo que justificarme a otros —y a mí misma— que no he dejado de leer “buena literatura”—y me pregunto: ¿en qué se parecen estas historias y por qué tantas mujeres estamos experimentando un nuevo enganche con ellas?
Pienso en las líneas argumentativas que contestan a la realidad del otro lado de la página: ¿Te agendaron tres reuniones seguidas? Seguro que entrenar para ser un jinete de dragón sería menos cansado. ¿Tu pareja no muestra interés por tu día en casa? El príncipe de los demonios seguro mataría por ti… ¿No recuerdas quién eras antes de ser mamá? Tu mejor amigo, que también es un hombre lobo, te sacaría de aventura para que te reencontraras con tu fuego.
[…]
Nota del editor: Hay este axioma en el mundo editorial que es tan certero que, quizá, sería mejor llamarlo como dogma: la literatura de verdad se solventa por ventas de literatura inferior; de libros de autoayuda u otros textos como esos. Lo de Duarte es romper esa frase y decir lo que impera; que la novela rosa también tiene su mérito y que hay motivos claros por los cuáles ha triunfado. Que tiene sus consecuencias, sí; tiene problemas. Pero también es parte de la literatura. Un argumento necesario que me alegra encuentre su hogar en Perpetuo.
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Cartas al editor: Metáforas mexicanas
de, su amigo, el editor, J.L. Sabau
La semana pasada, un amigo me preguntó a qué escritor mexicano admiraba. En el mensaje, contesté con las dos palabras que conforman su nombre: Carlos Fuentes. Aquí, en esta carta, me explayo un tanto más.
Es Fuentes al que admiro, sí. No es el único. También a Paz y Pacheco; a Garro y Castellanos. Paso por un par de novelas ejemplares como Morir en el Golfo o Arráncame la vida; que pienso en Juan Rulfo, por supuesto, y en ese Comala plagado de fantasmas. Este país, entre el final del Usumacinta y el principio del Río Bravo, ha dado ya un mundo entero de autores. Pero, de entre ellos, vuelvo siempre a Fuentes. Mi respuesta es clara: es Carlos Fuentes.
[…]
Nota del editor: Nunca conocí a Carlos Fuentes. Eso no es excusa para reconocer la falta que me hace. Le tengo un afecto desmesurado; es, a mi gusto, el autor que más se ha acercado a resolver este nudo abigarrado que llamamos nación. Por eso, ahora que falta, le escribo con nostalgia.
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Y si quieres hacerme una pregunta,
Reina de la alegría
Escrito por J.L. Sabau, su servidor
Viéndose al espejo, exhausta tras el día, María notó cómo los brillos de su vestido se pegaban sobre la piel desnuda. En un par de años, cuando la vista comenzara a fallarle, habría pensado que su cuerpo se asimilaba a una noche estrellada y sus pezones eran dos planetas nacientes; desconocidos. Entonces, cuando la memoria hubiera borrado toda fijación infantil por la victoria en contra del azar, habría sido una de esas imágenes dignas de recordar al cerrar los ojos por vez postrera.
Pero no.
Esto pasó en la juventud, donde los días se sienten como años y los años como días; cuando todo gira alrededor de obsesiones impuestas por ajenos—llámeseles padres, amigos; el sueño colectivo—. Entonces, en lo único que pudo pensar fue en una metáfora evidente—ausente de mérito poético por su obviedad, pero plagada del más genuino pesar—: el carnaval se le había pegado hasta en la piel; se negaba a dejarla.
[…]
Nota del editor: Recuerdo, de pequeño, cuando venían las reinas del carnaval a la escuela. Recuerdo cómo todos corríamos a tomarnos fotos y cómo, cada año, todos iban con la reina principal y, si venía la reina de la alegría, quedaba ignorada o relegada a una segunda ola de atención. Hace poco revisté la idea; pensé en lo que eso significaría para una persona—para tantas amigas que sé han competido por el título y han puesto su esperanza entera en conseguirlo—. De eso va Reina de la alegría; de lo que yacía detrás de las sonrisas de las reinas en las fotos.
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Cada semana, publicamos una crónica o ensayo en formato largo. Son las apuestas que hacemos y están disponibles para nuestros suscriptores pagados.
Esta semana, Sofía Yaliztli Ackerman Sandoval exploró todo lo que ha pasado desde la desaparición forzada de 43 estudiantes en la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa. Es la mejor lectura para entender cómo ha evolucionado el movimiento y la frustración en México.
La gota que derramó el vaso
A mediados de junio del año pasado, tuve la oportunidad de visitar Ayotzinapa, un poblado enclavado en las montañas de Guerrero, a una media hora de la capital del estado, Chilpancingo. Es un lugar cuyo nombre todos en este país hemos escuchado, pero que pocos conocen en persona. Un sitio citado en los medios nacionales, en debates académicos y en conferencias presidenciales, pero cuya realidad cotidiana permanece apartada de todo: tranquila, serena y sobre todo, trabajadora.
El 26 de septiembre de 2014, la localidad de Ayotzinapa se convirtió en una parte esencial de la historia contemporánea de México. Aquel día, un grupo de estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” salió del poblado con la intención de tomar tres autobuses para emprender un viaje de 295 kilómetros rumbo a la Ciudad de México, donde planeaban participar en la marcha anual del 2 de octubre. Ese plan nunca se concretó. Tras intentos de las autoridades por detener la toma de los camiones, 43 de ellos desaparecieron. No fueron asesinados, ejecutados ni secuestrados: simplemente, desaparecieron.
Ese día, cuarenta y tres familias dirían sus últimas palabras a sus hijos sin saber que, meses después, el país entero les hablaría.
[…]
Nota del editor: Hoy, por la noche, se cumplen once años de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. El pueblo de México sigue sin respuestas contundentes. La crónica de Ackerman Sandoval es una lectura esencial; es un reconocimiento de todo lo que ha pasado en tanto tiempo. Si ves las protestas hoy, en la calle o la televisión, y te preguntas el por qué se sigue marchando, aquí tienes tu respuesta.
Lee la crónica completa:























