Este ensayo fue escrito por Antonio Carlos Leite. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
No había garantía de que se diera, pero aun así se dio. El presidente estaba en medio de revisiones médicas y negociaciones sobre una guerra distante. La reunión prometida no estaba en la agenda pública y las garantías habrán sido solo palabras; promesas.
De São Paulo a Washington hay unas once horas de vuelo—sin contar las posibles escalas—; las suficientes para reflexionar a detalle sobre la reunión y temer que no se haga. Más con una agenda ocupada, decenas de prioridades que balancear y el hecho de que, hace poco, se había reunido con su rival.
Aun así, hizo el tiempo. Se cumplió.
Donald Trump abrió la Oficina Oval por más de una hora a Flávio Bolosnaro, el senador brasileño quien lidera a la derecha en la siguiente elección presidencial de su país. Lo escuchó y atendió; dicen que incluso preguntó por su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, ahora preso por intentar derrocar a su oponente.
Hizo tiempo para atenderlo y luego hizo más. Tomó acciones sobre Brasil; su mano entró en la contienda.
Pero antes de lo político, estuvo el gesto. Una fotografía junto a Bolsonaro hijo. Trump sentado en el escritorio Resolute; Flávio a su lado.
Los dos sonríen.
Sus manos visibles, pero sin tocarse.
Sigo las elecciones brasileñas desde mi infancia. Ya son más de 50 años desde entonces. En los 70s, en plena dictadura militar, los brasileños solo teníamos el placer de votar en las elecciones de ciudades al interior del país. En las capitales de los estados, los alcaldes eran designados por el régimen. No era una contienda real: casi siempre se daban entre dos o tres candidatos afines a la dictadura.
Y aún entonces, no eran del todo nuestras.
Desde aquella época, escuchaba comentarios sobre la interferencia del gobierno de Estados Unidos en los rumbos de Brasil, siempre de forma discreta; casi susurrada. La discreción era obligada. Después de todo, en las dictaduras, cualquier palabra mal dicha o mal entendida puede tener consecuencias severas. Había discreción del otro lado de la historia. La intromisión de la Casa Blanca nunca fue asumida, divulgada ni anunciada en voz alta. Era una mano invisible, aun si era una mano.
Bueno... nunca digas nunca.
Este año, en las elecciones en Brasil la mano se hizo presente en la forma de un líder ajeno. Los susurros cambiaron por un barullo intenso y al centro de esta polarización cada vez mayor entre izquierda y derecha está el presidente estadounidense Donald Trump.
Y Trump es todo menos discreto.
En esta historia, lo interesante no es la intromisión misma, sino cómo algunos personajes están al centro del poder de control sobre la repercusión de sus actos. Cómo los dos punteros electorales parecen ver la mano y hacer lo posible por usarla, también.
De un lado, está el presidente en turno, Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido dos Trabalhadores (mayor fuerza de izquierda en el país). Al otro, se encuentra Flávio Bolsonaro, senador en turno por el derechista Partido Liberal y, crucial, hijo del ahora preso expresidente Jair Bolsonaro, acusado de intentar un golpe de Estado contra su rival. Ambos se preparan para una contienda en octubre donde las encuestas sugieren una sutil y creciente delantera para Lula.
Pero, como muestra esta historia, eso puede cambiar.
A principios de mayo, Trump recibió a Lula da Silva en la Casa Blanca. La reunión se prolongó mucho más de lo previsto. El presidente brasileño consiguió que se aceptaran algunas de sus peticiones, entre ellas la de no tener una entrevista pública junto a su colega norteamericano. Así, Trump, idolatrado por la derecha en todo el mundo, dio inesperadamente y sin motivos claros, un impulso a la candidatura de uno de los principales representantes de la izquierda en el planeta. En Brasil, la disputa no se libra por los votos de izquierda o de derecha. Esos ya están consolidados. Lula y Bolsonaro hijo buscan atraer a los millones de votantes del centro. Para hacerlo, intentan formar una imagen de “moderados”. Al posar junto a Trump, Lula envió un mensaje: “Soy un estadista de alcance mundial y diálogo incluso con quienes tengo diferencias”. Y provocó en Flávio la necesidad de dar una respuesta...
Decisiones desagradables
La suma de los acontecimientos ya es naturalmente compleja. Por aquí, el resultado de esa suma es siempre, siempre imprevisible. Hay que ver tan solo la situación en la que terminó metido Flávio Bolsonaro, sin tener ninguna intención de ello: necesitaba una fotografía junto a Trump, necesitaba equilibrar el juego.
Y la consiguió.
El candidato fue a una reunión en la Casa Blanca, sin duda una concesión poco común para un senador brasileño; posó junto al presidente estadounidense. Trump equilibró la balanza y ahora impulsa su candidatura presidencial con su apoyo. Lo hizo de manera concreta. Tras escuchar la petición de Bolsonaro hijo, atendió su petición de clasificar como terroristas a dos organizaciones criminales brasileñas.
En las elecciones, la imagen lo es todo. Y la de Flávio venía desgastada por la revelación reciente de una llamada donde pedía dinero a un banquero responsable del mayor escándalo del país. Trump le dio una fotografía y un discurso contra la violencia. El hijo de Bolsonaro recuperaba terreno, pero...
Pero Trump es Trump. No es fácil estar cerca de un hombre imprevisible.
La mano se hizo notar.
A la familia Bolsonaro le gusta presentarse como amiga de Trump y del gobierno norteamericano. Sin embargo, todos lo sabemos: el presidente y la gran mayoría de las naciones no tienen amigos, tienen intereses.
Pocos días después del encuentro en la Casa Blanca, una comisión del gobierno estadounidense recomendó la implementación de aranceles de hasta el 37.5 % sobre productos brasileños. Además, pasó a criticar el sistema de pagos más utilizado por los brasileños, llamado PIX por hacerle competencia injusta a empresas privadas estadounidenses. El sistema es eficaz, rápido, absolutamente popular y, lo mejor de todo, gratuito. Se convirtió en un competidor gigantesco de los sistemas para pagos bancarios como Visa y Mastercard. En otras palabras, el PIX atrajo la furia de gigantes norteamericanos. Y nadie hace eso sin recibir algún tipo de respuesta.
El “voto” de Trump
La pregunta era: ¿de dónde vino esa iniciativa? La política nacional hizo lo suyo.
El presidente Lula acusó a Flávio Bolsonaro de haber propiciado las medidas contra Brasil—tanto los aranceles como las amenazas contra PIX. Él lo niega. Cosas de campaña.
Lo importante aquí no es saber quién tiene razón, sino observar el papel central asumido por Trump en la elección brasileña. Es ver la mano, que deja de ser invisible.
No existe registro de una interferencia tan evidente, tan clara y, a veces, tan grosera de un presidente estadounidense en las disputas electorales brasileñas. Sobre todo, porque la historia aún no acaba. Se espera una decisión de la Casa Blanca en los próximos días. La mayor expectativa pende sobre las posibles medidas contra el PIX en el sistema financiero internacional. De tomar una posición en contra del sistema de pagos, jugarían con el más sensible de los órganos humanos: el bolsillo. Y le daría a Lula argumentos muy fuertes para atacar la candidatura de Bolsonaro hijo.
En una elección tan reñida como la actual, cualquier alteración en el tablero puede cambiar totalmente el juego. Y la mano de Trump está por hacer su movimiento. Se encuentra entre defender a las empresas norteamericanas o evitar desgastes para un candidato con el que mantiene enormes afinidades ideológicas y políticas; entre apoyar a gigantes financieros de Estados Unidos o a Flávio Bolsonaro.
En el corto plazo, la respuesta parece bastante obvia: los intereses están por encima de todo. Sin embargo, conviene recordar que estamos hablando de una elección en una potencia regional, de cuatro años de mandato y de una polarización entre derecha e izquierda.
¿Cuál será la elección de Trump?
Es difícil saberlo. Solo hay una certeza: será ruidosa, muy diferente de otras épocas, cuando Estados Unidos también influía en los rumbos de los países ubicados en su patio trasero, pero lo hacía de forma discreta, silenciosa.
Elegantemente cruel.
Antonio Carlos Leite es periodista hace 39 años. Ha trabajado con algunas de las redes de comunicación más importantes de Brasil como Globo, SBT y Band. Además de dirigir redacciones, ha sido articulista en periódicos impresos, publicaciones web, presentador en programas de TV y radio.




