«Right now we are miles and miles away on a different island, but a sound like this.. it still travels!”
- Monólogo inicial (y final) de Buena Vista Social Club
Por un lapso ínfimo—por dos horas y pico, contando el intermedio—tuve la vaga ilusión de sentirme de vuelta en casa. Cesaron los fríos de fuera del teatro, mismos por los que llevaba cuatro capas de ropa y una bufanda gruesa; los sonidos de la calle se cambiaron por el graznido de una trompeta amarga. Y lo más importante: el español reemplazó al inglés. Eso fue lo que, en una tarde de invierno, implicó sentarse a ver Buena Vista Social Club. No el recinto cubano; el musical que le hace honra y que tomó por sorpresa a Nueva York.
La noche me vino en dos sorpresas, que resumen, en realidad, mis impresiones de la obra y todo argumento para recomendarla. La primera, fue lingüística. Sabía que era una historia sobre Cuba y que su música venía de la isla. Como en el teatro, así como en la literatura, prefiero llevarme por la ignorancia que los prejuicios, no sabía más que ese detalle negligible. Pensé que, siendo en la Gran Manzana—en la capital cultural de los Estados Unidos—; la música sería inspirada pero no precisa. Algo como, contra toda expectativa, los mariachis de Coco cantaron en inglés para las pantallas extranjeras. Esperaba, pues, un son isleño pero con palabras extranjeras. Algo que me hiciera sentir contento ante la llegada de la música hispana a estas tierras, pero reconociendo los límites que esto conlleva.
Ya imaginarán lo sentido cuando escuché el surgir de las eñes y las erres de una banda caribeña. Cómo, sin alzar un telón ni indicaciones propias, se iban acercando los músicos a sus instrumentos, a medio escenario y, como pasaría en cualquier barecillo de estas tierras, comenzaban a afinarse como las primeras gotas de lluvia. De ahí, el relámpago. Por el camino del sitio mío un carretero alegre pasó. Las palabras esas, del son, estaban en español. Así pasó con todas las canciones en secuencia. Los diálogos, en anglosajón; la música—carajo, la música—, esa estaba en español.
Me impresionó porque el esfuerzo fue genuino. Porque la música se negaba a traducirse. Aún cuando los artistas, pareciera, no hablaban este idioma en el que escribo, hacían todo por cantarlo y entender que el Buena Vista Social Club tiene de inglés solo sus dos últimas palabras, pero las primeras son en español. ¿Cómo no sentir algo de orgullo? ¿Cómo no sentir pasión por este idioma cuando actores aquí, en Nueva York, tuvieron que aprenderse de memoria nuestras sílabas para ser parte del espectáculo?
La segunda sorpresa, más grata todavía, fue la de la unión que, desde mi partida de los Estados Unidos—por esos años universitarios ahí pasados—, confieso había olvidado. La unión que hace, por la distancia, sentir yo cercanía por la historia de dos hermanas cubanas cuando, a la isla, la separa, de México, todo un Golfo. No discutimos tan a detalle como deberíamos el poder de estar fuera para enfocarnos en lo que nos une más que en lo que nos separa; de sentirnos, más que cubanos o mexicanos o colombianos o argentinos; sentirnos, pues, como latinos o hispanos o cualquier palabra que se enfoque, como yo, en la belleza de este idioma compartido y no en si somos del Caribe o del Pacífico. Como dije al principio, me sentí en casa de una forma que, de haber visto la obra en la Ciudad de México, me habría evadido.
Esa virtud, que muchas veces ignoramos, es la gran fortaleza del español. Es la lengua de tantas gentes en tantas geografías que, aunque hace siglos, fue impuesta, toca escucharla ahora como una fuerza capaz de unir más que separar. De sentirnos cercanos al Buena Vista Social Club aún si, como yo, nunca has pisado La Habana.
Hubo, de esto segundo, una sorpresa aún mayor. La de ver que esa conexión me trascendía como latinoamericano y que, incluso, le llegaba a los gringos. Que, detrás mío, una señora, claramente del país, se emocionó tanto del espectáculo que gritó un “arrrrrriba” sin poder hacer la erre de nuestro idioma. Que otra, en el intermedio, corrió a ver si había algún lugar en primera fila disponible y, al notar que no se podría, le dijo a sus hijas “I’ve never felt so alive”; “nunca me he sentido tan viva”. Que, al final de la obra—que no resumo, porque las mejores reseñas son de emociones y no de tramas—, se paró el teatro entero para aplaudir con una velocidad no vista hace rato.
Decir, en fin, que salgo convencido, tras ver Buena Vista Social Club, que este idioma nuestro tiene futuro. Si, por años, ha dominado el inglés y nuestro español ha quedado en la espera, su hora ya está sonando en los relojes de la relevancia. Si ya en Manhattan, el español llega hasta las obras, no tengo dudas que pronto lo hará en más rincones todavía. Será cuestión de tiempo hasta que no solo la música, sino también los diálogos sean en castellano; cuestión de décadas, cuestión de años. Así hasta que, debajo de Broadway, tengan que escribir, a su vez, Brodgüei para seguir las normas de nuestro español.
Sonará descabellado. Lo sé. Pero igual lo era la idea de que un teatro entero, en un país ajeno, pagara cientos de dólares por asiento para escuchar cómo cantan en español. Que lo hicieran para ver bailar al son cubano y escuchar el chisporroteo desenfrenado del bongó. Sonaba descabellado, pero aun así, pasó.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




