En Perpetuo, queremos ser la revista que te exponga a los mejores libros—el lugar al que vayas para saber qué leer y recibir un vistazo del rumbo de las letras—. Por eso, esta semana, en colaboración con la editorial Sexto Piso, les compartimos este adelanto del libro «Del miedo y los extranjeros: Una historia de la xenofobia» de George Makari.
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Prólogo: Fuera de Beirut
Tal vez parezca irrisorio, pero la mayor parte del tiempo no me he dado cuenta de lo entrelazada que está esta historia con la mía. No me considero una persona asimilada porque, supongo, lo soy. Nunca he pronunciado la expresión «Soy hijo de inmigrantes». Me resulta disonante escribir siquiera esas palabras. Apestan a necesidad y suenan falsas, pues ya no me percibo de esa manera. ¿Hijo de extranjeros? Después de reconocer algo así, un mecanismo de reacción automática bien engrasado me anima a recitar de un tirón la lista de virtudes y lealtades a mi lugar de origen. Mis padres, al igual que muchos inmigrantes, acabaron siendo expertos en hacerlo, a menudo mortificándose y ondeando banderas. Y, sin embargo, mucho después de convertirse en ciudadanos estadounidenses, persistieron en el sobreentendido de que todos esos caprichosos títulos y distinciones..., ¡uf!, pudieran ser un conjuro inútil y hasta convertirse en un insulto o una burla que se volviera contra ellos porque un acento sospechoso refutara que se habían formado en Harvard.
Nada de esto me rondaba la cabeza cuando a finales de 2016 viajé a Londres. Había ido allí a promocionar mi nuevo libro. Aquel país, desconocido para mí, estaba a punto de votar a favor de abandonar la Unión Europea. No tenía ni idea. ¿Nigel Farage? Jamás había oído hablar de él. En una tienda de jerséis próxima al Museo Británico, el dependiente hablaba con entusiasmo de proteger a Gran Bretaña de la imperiosa invasión de los turcos. Qué raro, pensé. No obstante, me venía a la cabeza otra cosa: tenía una cita concertada con mi agente literaria, que sin duda me preguntaría por mi siguiente proyecto. Absolutamente agotado por mi reciente maratón, no tenía ningún plan, ninguna idea, nada. Sarah me hacía preguntas. Era una entusiasta ayudante siempre preparada para tomar notas. Balbuceé algo y hablé del problema de la «mentalidad foránea», de cómo nos habíamos equivocado al imaginarnos unos a otros. Podría haber hablado de cíborgs. Resultó embarazoso. Regresé a Nueva York y, poco después, el Reino Unido votó a favor de abandonar la Unión Europea. Al cabo de pocos meses, Estados Unidos eligió un nuevo presidente: Donald Trump. De repente acudió una palabra a la mente de muchas personas. Era una palabra terrible, un tanto desconcertante, y muchos trataban de comprenderla en el mismo momento que un diccionario online la calificaba como «palabra del año». Xenofobia. Sonaba ligeramente «ajena» y psiquiátrica. Al ser yo mismo psiquiatra, decidí examinarla.
Supuse que el comienzo de su historia sería tan antiguo como la propia condición humana. Desde la aparición de nuestros primeros antepasados en las llanuras del este de África los seres humanos han estado en continuo movimiento. El Homo sapiens, una especie migratoria, se instalaba en un lugar y, después, debido al miedo, los enemigos, la sequía, las hambrunas, las plagas o alguna expectativa amenazadora avistada en el horizonte, se desplazaba. Al mismo tiempo que anhelábamos un hogar, un lugar de descanso envuelto en recuerdos y provisto de sentido, nos veíamos empujados a marcharnos. Desde la expulsión del paraíso de Adán y Eva hasta los guerreros de Troya derrotados, o los viejos pueblos hopi apartados de sus mesetas, nuestros mitos hablan de gentes que se marchan lejos para abandonar un lugar bendecido por los dioses, dubitativos sobre cuál podrá ser el próximo lugar de descanso. Una vez barridas las polvorientas capas del olvido, ¿quién no es descendiente de algún viaje parecido a este? Ya sucediera la semana pasada en una lancha neumática o hace siglos en un buque de la Armada Real, fuéramos encadenados o envueltos en seda, ¿no nos hemos sentido todos en algún momento como extranjeros, con los ojos muy abiertos, en un lugar extraño y abarrotado?
Una vez que esos nómadas atracaban o atravesaban unas montañas, se topaban con otros que los habían precedido. Un extraño se encontraba cara a cara con otro. Quienes ya estaban establecidos en el lugar normalmente tenían cierta ventaja. Aun así, se preguntaban si aquellos extranjeros habrían llegado con malas intenciones. ¿Querrán arrebatarnos lo que es nuestro? ¿Acabaremos siendo extranjeros en nuestra propia tierra? Fruto de esos miedos se construyeron muros; también barreras de naturaleza menos visible.
Estos encuentros incómodos deben de ser tan antiguos como nuestra especie. En consecuencia, cuando algunos colegas se enteraron de que yo estaba trabajando en una historia de la xenofobia, quedaron un poco desconcertados. ¿Cómo podría yo escribir una historia de miedos que parecían intrínsecos a todos los tiempos? Parecía quijotesco, borgiano, como escribir una historia universal de la risa. Los primeros registros escritos de que disponemos apuntan a que, en términos generales, en muchas civilizaciones los extranjeros suscitaban miedo y desconfianza. Algunos de esos relatos han llegado a especular con la idea de que, para los hombres primigenios, todos los extranjeros eran de hecho enemigos. En muchas lenguas, las palabras para nombrar al extranjero y al enemigo son la misma. Así pues, podríamos concluir que el de la xenofobia es un problema eterno, anidado en lo más profundo del corazón humano. Como tal, cualquier historia de este comportamiento requeriría recoger toda la sangre derramada y todos los cráneos resquebrajados que descansan sobre la tierra..., una tarea infinita sin principio ni fin.
Del miedo y los extranjeros no trata de eso. No pretende hacer un registro de todos los maltratados, esclavizados o masacrados por actos que hoy calificaríamos de xenófobos. Se trata más bien de la narración de otra historia oculta que subyace en esta palabra. Empecé a preguntarme lo siguiente: ¿quién consideró en primera instancia que este tipo de reacciones eran «fóbicas», es decir, irracionales y erróneas? ¿Cómo y dónde despertó una conciencia desde la cual algunos proclamaron que era irracional maltratar a los extranjeros? ¿Cómo crearon esas voces una ética en virtud de la cual este tipo de conductas fue considerado paulatinamente digno de censura? ¿Y cómo emergieron conceptos diversos para explicar estas actitudes peligrosas?
En el año 2016, cuando escribí en mi motor de búsqueda de internet «x-e-n...», no aparecía nada que pudiera ayudarme a resolver estas cuestiones. Había una definición: el miedo y el odio a los extranjeros; pero, a diferencia del antisemitismo, o el racismo o la homofobia, parecía que la xenofobia no tenía historia. Pruebe a echar un vistazo. Lo único que encontrará son referencias vagas y pasajeras a la Antigüedad griega, no mucho más. Esta ausencia llevó a que algunos concluyeran que el concepto mismo era un concepto vacío, poco más que una acusación sacada de la nada. Para los legisladores, la palabra parecía ser una abstracción sinónima de formas de discriminación específicas, cada cual mejor definida por el objetivo de su odio, ya se basara en la raza, la religión, la etnia, el género, la sexualidad o la clase social. Dado que cada uno de esos motivos de azote poseía su propia historia ancestral, no serviría de nada añadir una abstracción como la xenofobia a la lista de reconocimiento de agravios.
He llegado a la conclusión de que este rechazo es erróneo. En primer lugar, la xenofobia es radicalmente distinta. Cuando hablamos de antisemitismo, de islamofobia o de homofobia nombramos a un grupo maligno, mientras que quienes practican la discriminación siguen sin estar definidos, siguen siendo unos desconocidos en sí mismos. La xenofobia corrige ese desequilibrio y orienta nuestra atención hacia la fuente del problema, con lo que abre una línea crítica de investigación. Porque, como durante más de un siglo han señalado autores que abarcan desde Josiah Royce hasta James Baldwin, muchas veces nuestra lengua ha dado a entender inadvertidamente que la naturaleza del problema reside en las características definitorias del «grupo problema». ¿Y si la vida social de Estados Unidos, se preguntó Royce en 1908, se definiera mejor no en referencia a un «peligro negro» o un «peligro amarillo», sino más bien por la presencia del «peligro blanco»? ¿Qué les pasaría a ellos?
Del miedo y los extranjeros expone una serie de intentos de aislar, definir, investigar y responder a esa pregunta. Nuestra historia empieza con un estallido de inventiva y la impactante aparición del término, seguida de una reorientación radical y una expansión que dio a la palabra sus connotaciones éticas y políticas posteriores a 1945. Como veremos, el término xenofobia apareció en francés e inglés vinculado a los debates occidentales originarios acerca del nacionalismo, la globalización, la raza y la inmigración. En ese sentido, Del miedo y los extranjeros hunde sus raíces en dichos escenarios y no se propone ser una historia global. No es mi intención insinuar que estas formas de discriminación, ni mucho menos las respuestas éticas y políticas que se les han dado, se hayan producido solo en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, debo dejar que otros examinen esas historias.
En el siguiente capítulo repaso los esfuerzos cada vez más frenéticos por descubrir y aplacar las causas de esta amenaza. En respuesta a una serie de calamidades determinantes, concretamente a las masacres nacionalistas de la Primera Guerra Mundial, al genocidio belga en el Congo y más tarde al holocausto nazi, se plantearon una serie de esfuerzos concertados para averiguar cuál era la fuente concreta de lo que entonces se consideraban de forma generalizada un miedo y un odio irracionales. Hubo autores que presentaron términos y conceptos nuevos para comprender estas fobias a las minorías, los extranjeros y los recién llegados, herramientas como el «estereotipo», la «proyección», el «Otro» y demás. Tras ello, propongo un modelo provisional y global de la xenofobia construido a partir de esas obras.
Del miedo y los extranjeros concluye con una reflexión sobre la «nueva xenofobia» que repentinamente parece plantarnos cara. La tecnología global y la integración económica, la crisis financiera de 2008, la crisis migratoria europea originaria de Oriente Próximo y el norte de África y los migrantes de América Central a Estados Unidos han puesto a la defensiva a los valedores occidentales de la globalización. La retórica manchada de sangre ha señalado como objetivo a los turcos, los árabes, los judíos, los africanos, los negros, los mexicanos y los musulmanes, por nombrar solo unos pocos ejemplos. Con Trump y sus aliados nacionalistas blancos, el Brexit y el auge de una ultraderecha envalentonada en lugares como Hungría, Polonia, Alemania, Suiza, Francia, Italia o Suecia, ya no podemos ignorar el hecho de que la xenofobia, esa maldición tribal, ha regresado.
Como psiquiatra e historiador, normalmente trabajo protegido por un biombo. Sin embargo, en este caso parecía algo imposible, incluso engañoso. ¿Cómo iba a escribir una historia sobre migrantes, conflictos sectarios, fronteras e imperios en declive sin tener en cuenta cómo me han moldeado a mí mismo estas cuestiones? Pensemos, por ejemplo, en mi tocayo.
A mi abuelo, George Jacob Makari, nacido en 1877 en una aldea de pescadores libanesa, lo subieron a un transatlántico con su tío, su tía y su primo. Él no tuvo voz ni voto en la decisión, pues solo tenía ocho años. Sus padres lo habían entregado desesperados ante la perspectiva de vida que le esperaba, por su condición de cristiano ortodoxo griego, entre unos otomanos cada vez más intolerantes y pendencieros. Al cabo de unos días complicados en un mar infinito, llegó al puerto de Nueva York y le formularon preguntas en un idioma que no comprendía. Las autoridades le rebautizaron con el nombre de George Jacob, una nueva identidad para el Nuevo Mundo. La pequeña troupe se abrió paso a continuación hasta Austin, Texas, donde tenían parientes. Durante una temporada, el chico fue vendedor ambulante; los matones lo acosaban y trataban de atormentarlo. Mucho después, le contaría a su hijo historias heroicas sobre cómo engañaba astutamente a aquellos salvajes. Unos cuantos años más tarde llegó su hermano pequeño, Mike Jacob «McCarie» (aquí entra en juego una fonética extraña). En 1909, ambos fundaron Jacob Brothers, una tienda que vendía alfombras turcas y persas. Colgaron un rótulo inmenso y vivían en la parte de arriba. Transcurridos cinco años, George reservó su primer pasaje de regreso a su lugar de origen en busca de más existencias.
El sentido de la oportunidad de mi abuelo fue pésimo. Justo cuando ese hombre de treinta y siete años con afición a las historias del salvaje Oeste desembarcó en una tierra natal que apenas era capaz de recordar, estalló una guerra mundial. Comenzaron las matanzas de cristianos a manos de turcos, los viajes oceánicos se volvieron peligrosos y, en un giro de los acontecimientos propio de aquel escenario bíblico, hubo una plaga de langostas. Después vinieron los bloqueos de los aliados, se consideró a los cristianos enemigos internos y la poca comida que había disponible era confiscada por los soldados otomanos. Entonces llegó la hambruna. Figuras esqueléticas y quejumbrosas hurgaban la basura en los alrededores del Monte Líbano recogiendo entre los desechos cáscaras de naranja y huesos raídos. Los niños engullían malas hierbas. Bajo el régimen de sus amos bárbaros murieron unas doscientas mil personas, un tercio de la población, víctimas de un delito que en aquella época no tenía nombre. Atrapado en medio de aquel torbellino, mi abuelo se propuso ayudar a su familia: recuperó su segundo apellido, se casó y nunca más volvió a marcharse.
Mis padres, nacidos en esa misma aldea junto al mar, adquirieron uso de razón cuando el Imperio otomano solo existía ya como un mal recuerdo. En el marco del acuerdo secreto Sykes-Picot, que repartió la región entre Francia, Gran Bretaña, Italia y la Rusia prerrevolucionaria, su patria se convirtió entonces en protectorado francés. El Líbano era una confederación multiconfesional compuesta por musulmanes suníes, drusos y chiíes, judíos sefardíes, refugiados armenios y una mezcla de viejos cristianos de la Iglesia oriental entre los que había católicos sirios y griegos, caldeos, ortodoxos sirios y orientales, melquitas y maronitas. Cuando esta colonia logró deshacerse de Francia y se declaró independiente el 22 de noviembre de 1943, era una nación plagada de herejes.
Las potencias imperiales de Occidente habían cedido, pero no se habían marchado. Su rivalidad por conquistar corazones y mentes trazó una línea divisoria que atravesaba el centro mismo de mi familia. Mi madre, Wadad Tamer, asistió a Les Soeurs de Nazareth, donde las monjas francesas la rebautizaron con el nombre de Odette. Su jornada escolar comenzaba con una efusiva interpretación de «La marsellesa». Su diario íntimo, sus oraciones y de vez en cuando sus sueños se presentaban en una lengua que sus padres no comprendían. A siglos de distancia, mi padre fue trasladado a otro universo. Matriculado en escuelas británicas y estadounidenses, su nombre experimentó una metamorfosis y dejó de ser Jacob para convertirse en Jack. En la época en que ingresó en el campus de la Universidad Americana de Beirut ya estaba poseído por las historias de su padre sobre forajidos texanos y era famoso por recitar poemas sobre el puente de Brooklyn, una maravilla que no había visto nunca. La muerte de su padre en un accidente automovilístico en 1938 hizo que el joven soñara con esa otra patria de la que tanto había oído hablar. En 1945, siendo un joven médico, le fue concedida una beca para cursar unos estudios sobre enfermedades tropicales en Londres y, a continuación, otra para acudir a Harvard, lo que dio comienzo a su carrera en la medicina estadounidense. En 1955, mis padres se casaron y se trasladaron formalmente a Estados Unidos. Se despidieron de su tierra natal compuesta de minorías para establecerse en otra, un lugar supuestamente tolerante y plural cuya ideología era, es preciso advertirlo, un sueño.
Mis progenitores, formados para ser peones de una partida de ajedrez que jugaba la vieja Europa, descubrieron que el destino tenía otros planes para ellos. Una inmensa marea los había barrido, los había revuelto en un enjambre de identidades cambiantes e imperios desaparecidos y, a continuación, los había arrojado a estas costas. Aturdidos, desembarcaron de golpe en una parcela de media hectárea en Nueva Jersey. Confusos y con la mirada perdida, mis hermanas y yo nos criamos como portadores inconscientes de extravagancias, dichos, jergas, hábitos y costumbres británicas, francesas, bizantinas y libanesas. Éramos ortodoxos griegos –es decir, árabes cristianos–, lo que nos convertía para muchos en una paradoja que anulaba el yo. En casa hablábamos una mezcla de inglés, francés y árabe levantino. Sin embargo, de puertas afuera de nuestra casa de dos niveles, Grace, Doris y yo aprovechábamos esta ventaja. No teníamos ningún acento, nuestros nombres de pila eran estadounidenses y nuestra existencia se desarrollaba en el seno de la entonces inmensa clase media. Podíamos hacer desaparecer nuestro pasado.
Parecía el lugar perfecto para pasar desapercibido. A excepción de los diezmados pueblos indígenas, allí todo el mundo había salido de algún barco. Aun así, mis padres siguieron estando fuera de lugar. El kibbe y el za’atar solo servían para recordarles lo lejos que estaban de la espiral de sensualidad de aquel lugar donde abrieron los ojos a la vida, del que se había convertido en su primer mundo, tal vez el único tan encarnado en sus cuerpos como para evocar toda la seguridad y la comodidad de la palabra hogar. Cada día que pasaba los empujaba más lejos de los sonidos, los aromas y las imágenes que dieron forma a sus primeros días. Acabé por reparar en que nunca habían abandonado verdaderamente aquellos lugares que conformaron su realidad. Hablaban sin cesar de su inminente regreso. En las fiestas, donde abundaban las conversaciones informales sobre béisbol y negocios, mi padre susurraba Una ghareeb ma hal’alum: «Soy un extraño entre estas personas». Yo pensaba que también acabaría siéndolo yo mismo.
Las cosas no acabaron así. Enseguida me vi obligado a escoger. Siendo niño, mi madre me aconsejó que, si me incordiaban en el patio del colegio, pusiera la otra mejilla; pero al cabo de unos cuantos experimentos decidí que era un pésimo consejo. Aprendí a contraatacar cuando los abusones se burlaban del acento de mi madre. Mientras tanto, mi mente vacilante recibió el impacto del concurso The Dating Game, la serie de televisión El hombre del rifle, los disturbios de Newark de 1967, la señora Walsh leyendo La telaraña de Carlota, Mark Twain, Thomas Alva Edison, la banda de funk Sly & the Family Stone, las cifras de bajas del ejército en las noticias de la CBS, Nixon, el heroísmo clásico de Mohamed Alí, el Apolo XI, las minifaldas, Farrah Fawcett, los hippies descalzos junto al estanque de los patos, el Chevrolet Camaro, Clyde (Nueva Jersey) y los New York Knicks. Y, por encima de todo, me enamoré de ese disolvente mágico y universal llamado rock and roll. Adopté toda clase de pavoneos, me dejé el pelo largo, llevaba mis vaqueros Landlubber caídos, me negaba a ir a la iglesia y leía como si me fuera la vida en ello. Mis padres observaban perplejos, a veces desconcertados. Yo estaba decidiendo de qué lado estaba. Dolorosamente para todos nosotros, no era del suyo.
Me entregué al E pluribus unum y albergaba una culpa preñada de incertidumbres más personales. Como es natural, percibí el desdén: el profesor de Harvard que despachó a mi padre diciendo que «un pequeño árabe» jamás podría hacer cosas grandes, o la lógica de que todos los árabes son terroristas, tan extendida durante el período en que A. M. Rosenthal fue director editorial de The New York Times. No era racismo; ese término se reservaba para la brutal lucha que libraban los afroamericanos. Y aunque yo era técnicamente un semita, mi problema no era aquello a lo que cualquiera se refería con antisemitismo. Da igual lo que fuese. Yo quería escapar de la condición extranjera de mi familia. Aunque cabría catalogar aquello como asimilación, también podría calificarse como un pequeño acto de autoaniquilación.
Cuando me enfrentaba al impreso de alguna solicitud o a un documento oficial, titubeaba. Yo habría marcado de buena gana la casilla «estadounidense de finales del siglo xx», pero no existía tal opción. Cuando aparecía la opción «otro», me zambullía en ella alegremente. Muchas veces no estaba disponible. Como no era negro, hispano, ni judío, tenía una confusa variedad de color de piel, grupo lingüístico y religión, yo debía de ser... ¿esa curiosa categoría estadounidense de «blanco»?
Cuando me marché para acudir a la universidad, abandoné con entusiasmo todas esas tensiones. Como congelados en el tiempo, aún puedo ver a mis padres en aquella calle adoquinada de College Hill, en Providence, agitando los brazos para despedirse como si estuvieran en la otra orilla de un océano. Como presa de un ataque, empecé a escribir, trabé amistades profundas, toqué en un grupo de rock y me enamoré. Luego, durante mi último año de universidad, mi magistral mentor, el poeta afroamericano Michael S. Harper, en una de sus aterradoras horas de tutoría me miró con sus enormes y certeros ojos y, agarrando una tira de mis vacuos poemas estadounidenses de finales del siglo xx, pronunció como una esfinge: «Makari, ¿dónde está su historia?». Yo susurré que no sabía muy bien a lo que se refería, pero por supuesto que lo sabía.
Aterrizamos en Beirut en 1974, un año antes de que empezaran los disparos. Yo tenía trece años. Bajamos vacilantes del vuelo de la Pan Am, el asfalto nos recibió con una bocanada de calor. Hicimos la cola correspondiente, mostramos nuestros pasaportes, recogimos las maletas y, a continuación, las embutimos en un viejo Mercedes de color burdeos. Se había hecho de noche, así que era más fácil respirar. El taxi subió traqueteando por una carretera oscura como el carbón e iluminada por una sucesión de tenues luces anaranjadas. Bajo su brillo, los rostros de mis padres resplandecían de expectación; adoraban esos veranos largos, el regreso a su otro hogar. Yo estaba empezando a quedarme dormido cuando, de repente, al virar en una curva, el conductor se detuvo. A cierta distancia, unas llamaradas se elevaban hacia el cielo. Pude distinguir a lo lejos una fila de neumáticos ardiendo y los rostros arrebolados de unos shebab con el pelo muy largo y kufiya. No sabía quiénes eran, pero estaba seguro de que estaríamos bien. Al fin y al cabo, pensé con la lógica de un niño, nosotros no habíamos hecho nada.
Nuestro chófer no pensaba lo mismo. Giró en redondo, apagó los faros y se escabulló por un camino polvoriento y oscuro. Debimos de atravesar un olivar o una granja. No lo sé con seguridad. Nadie hablaba en medio de aquel silencio inquietante. Las ramas de los árboles golpeaban en los costados del coche. Finalmente, reaparecimos detrás del puesto de control. El taxista volvió a encender los faros y nos metimos zumbando en la autostrade. No se dijo ni una palabra más. Ese verano, nuestros familiares nos advirtieron de que no fuéramos a Sidón ni a Tiro. Comprendí vagamente que podríamos volver a encontrarnos con cortes de carreteras y hombres armados. No habíamos hecho nada, pero estaba empezando a quedarme claro que la inocencia por sí sola no bastaba.
Durante dos meses jugué a las cartas con mis hermanas, escuché una de nuestras cuatro cintas de casete de música pop de la década de 1970 y floté en las tranquilas aguas de la caleta de nuestra localidad. Por las noches, en el porche, los adultos se reunían para beber arak, chismorrear, hablar de política y reírse. Algunos llevaban pistolas enfundadas. Cuando acabó el mes de agosto, llenamos las maletas con los recuerdos que nos llevábamos y, sin incidente alguno, regresamos al aeropuerto. Me despedí de mi cariñosa abuela con un beso, un tanto perturbado por la premonición de que no volvería a verla.
Recuerdo que ocho meses después, cuando mi padre me llevaba en coche a la escuela, el Líbano apareció de repente en radio WINS 1010: «Usted nos concede veinte minutos y nosotros le damos el mundo». Por un brevísimo instante me sentí orgulloso. ¡Nuestro pequeño país estaba en el mapa! Aquel entusiasmo se desvaneció enseguida. Durante las semanas siguientes, a las siete en punto, nos reuníamos ante el televisor y captábamos precarios fragmentos de vídeo de calles acribilladas por tiroteos y edificios de hormigón que se venían abajo con un quejido atronador. Justo cuando yo procuraba desaparecer sumergiéndome en Estados Unidos, mis padres contemplaban espantados cómo su tierra natal ardía en llamas. Eran como marineros atracados en una costa oscura y bulliciosa que acabaran de despertarse y hubieran descubierto que el capitán había prendido fuego a sus barcos. Después de años de fantasear con el retorno, no había regreso posible.
Pasaron los meses. Una atrocidad fue llevando a otra. Las matanzas aumentaban. Los combatientes se dividían y se multiplicaban hasta que estallaba la refriega. Jamás intervino ningún árbitro, y lo que resultaba aún más impactante para mi imaginación infantil: parecía no haber ninguno. A lo largo de los años siguientes, el redoble de despachos terroríficos fue alterando nuestros días. Por la noche, acostado en la cama, mientras contemplaba la última salvajada, sopesaba una idea que todos teníamos, pero ninguno decía en voz alta. ¿Qué habría sucedido, me preguntaba, si mis padres no se hubieran marchado? ¿Qué le habría sucedido a un adolescente impulsivo como yo?
El Líbano fue antaño una confederación aparentemente tolerante y plural que albergaba a muchos forasteros. La guerra comenzó entre dos bandos: los maronitas del Líbano y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), exiliada. Se transformó en una batalla entre cristianos y musulmanes. Más tarde se fragmentó en un confuso cubo de Rubik de combatientes. Las sectas religiosas formaron milicias. Los nacionalistas tomaron las armas en defensa de un Estado panarabista y tuvieron por rivales a socialistas y comunistas. Siria invadió el país para salvar a una parte y, después, cuando resultó conveniente, cambió de bando. Israel lo invadió para desmantelar la OLP y, en ese proceso, radicalizó al islam chií, que con ayuda iraní formó Hezbolá. Estados Unidos envió tropas, pero luego se retiró cuando un atentado terrorista contra sus acuartelamientos mató a doscientos cuarenta y un marines. Por el camino fueron asesinados periodistas, pacificadores y primeros ministros, se incendiaron pueblos y aldeas, y los supervivientes se apiñaron en refugios antiaéreos. Después de haber sido una nación, a un infinito número de tribus les había dado por matarse y secuestrarse de un modo tan incesante que aquello acabó convirtiéndose en una metáfora. Ahora «Beirut» era una advertencia: esto es lo que sucede cuando los vecinos se transforman en extraños, los extraños se convierten en enemigos y la sociedad se disuelve en un baño de miedo y odio.
Para mí fue extraño. Entre todas esas sectas desconcertantes había muchos más parecidos que diferencias. Todas eran levantinas que hablaban el mismo dialecto, todas cultivaban el mismo sentido del humor con juegos de palabras, devoraban la misma gastronomía, respetaban las estrictas reglas de la hospitalidad y abordaban cualquier compra como una obra de teatro en tres actos: regatear, escenificar la marcha y llegar a un acuerdo. Eran rápidas con los proverbios y se emocionaban con las canciones de Fairuz. Y, sin embargo, unas distinciones muy sutiles entre sus diversas identidades se habían convertido en cuestión de vida o muerte.
Recuerdo el sonido metálico que nos despertó en mitad de una noche y que nos reunimos a rezar cuando toda aquella crueldad televisada se volvió real. La tante Evelyn vivía en el lado equivocado de la Línea Verde, esa frontera que de repente atravesaba Beirut. Como aquella anciana viuda era ortodoxa griega, como su piso estaba aquí y no allá, en virtud de una lógica enfermiza, mi tía fue capturada por unos milicianos que la mataron asfixiándola. Mis padres empezaron a recibir cartas que describían rayos que recorrían el cielo, el pop-pop-pop de la artillería nocturna y las bombas que caían formando un arco de silbidos de destrucción. Dos de mis primos favoritos lograron escabullirse durante un ataque nocturno con fuego de morteros; se embarcaron en un buque con destino a Chipre con unos cuantos dólares cosidos a los pantalones vaqueros y consiguieron atravesar los océanos hasta llegar a nuestra casa en Nueva Jersey. Un misil fosforescente incendió la casa de otra tía mía cuando corría para lanzarse a la calle. En las cartas que recibíamos había un estribillo, una consternación recurrente. Cada vez más, esas notas de nuestra familia hablaban del doloroso reconocimiento de que su querida tierra se había transformado en un escenario bíblico, en un lugar que se consideraba imposible que conocieran los vivos. Una y otra vez, hablaban de su país diciendo que era el infierno.
Al cabo de cien mil muertos y casi un tercio de la población del país desplazada, de repente terminó; aunque, después de quince años de carnicería, ¿quién se atrevía a confiar en ello? Se decretó una amnistía general. Como si despertaran de un delirio, los enemigos reaparecieron y reanudaron su vida en común. ¿Qué había sucedido? ¿Había algún nombre para esto? La guerra civil libanesa tuvo los rasgos característicos de otros colapsos sociales similares, pero ¿por qué? ¿Cómo saltó por los aires una nación próspera y tolerante? Una vez que empezaron las matanzas, vi que un ciclo violento arrastraba a muchos hacia su vórtice. Cuando la tragedia hundió los colmillos en sus carnes, ciudadanos antes pacíficos y razonables se entregaron a la violencia y la venganza. Esta metamorfosis me obsesionó, la forma en que gentes buenas podían convertirse en asesinos a sangre fría y la forma en que esa misma transformación ha tomado con demasiada frecuencia los jirones ensangrentados de la historia en sus manos.
Tres semanas antes de que se declarara la paz en el Líbano, me casé en Nueva York un día de sol radiante. Desde aquella azotea del SoHo, mi futuro resplandecía. Sin embargo, congelado en el tiempo, otro futuro posible me asaltaba: el de un joven de quince años y pelo oscuro arrojado a una madriguera de callejones en Beirut, medio trastornado por el dolor, obsesionado por los animales que le habían hecho todo aquello a él, a su familia, a su clan. En mi imaginación, me he sumido en esta otra potencial existencia contrafáctica, un destino alternativo del que me salvé por azar. Es una mera fantasía, pero las fantasías pueden regir una vida. Me he dedicado a la psiquiatría —durante todo el día me esfuerzo por resolver conflictos interiores y exteriores—, un trabajo que más de un paciente ha calificado como negociaciones de paz. Cuando hago bien mi trabajo, soy el árbitro que interviene.
Y así, en otoño de 2016, cuando una críptica palabra griega despertó mi interés, la persistente pregunta de mi profesor regresó con contundencia: «¿Dónde está tu historia?». Xenofobia es una palabra repleta de exiliados arrojados al mar, de sueños con un buen recibimiento y del relampagueante fantasma de la violencia. En toda su extensa amplitud caben mi tocayo que migró a Texas; mis desconcertados padres, a menudo perdidos en Nueva Jersey; un novato en su primer año de instituto irguiéndose en el asiento cuando las noticias inauguraban en la radio una década de guerra civil y, finalmente, el descendiente de todos ellos: un psiquiatra que, al escuchar los gritos estridentes y crecientes de la división, necesitó recordar y comprender.
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