Crecimos donde el calor se pega al alma,
tirando botes por la calle como si la noche no tuviera memoria.
Atrás del pick-up, con la música alta y el mundo chiquito,
tirando desmadre sin pensar en el después.
Trucha, ahí viene la chota—
y las risas se apagan como focos fundidos—.
Los pasos rápidos, los corazones más.
No corríamos solo de ellos,
corríamos de nosotros mismos.
A las fiestas íbamos sabiendo
que al volver, alguien te iba a oler los dedos,
como si la inocencia tuviera aroma.
Y en diciembre, los guantes no eran por el frío,
sino para no dejar huellas que delaten.
En la calle, turnándonos el cuidado
—échame aguas —decías,
mientras meabas junto al poste,
y ese acto simple se volvía lealtad.
El tiempo era una sombra,
y el castigo el mismo si llegabas a las seis o a las doce.
Así que fierro — unos tacos más, una vuelta más,
la promesa muda de que no pasa nada,
todavía.
Y tu mamá, esperando con el Jesús en la boca,
como si su fe fuera el único chaleco antibalas
contra los errores que íbamos coleccionando.
Luego crecimos, o eso dijimos.
La ciudad cambió.
Donde antes había puestos, ahora hay cafés sin alma.
Donde jugábamos, ahora hay letreros en inglés
y rentas que nadie de aquí puede pagar.
Pensábamos que los problemas eran grandes,
una fiesta, una patrulla, una llamada de tu madre.
Pero la vida se encarga de mostrarte
que hay otras formas de no llegar a casa,
otras maneras de olvidar quién eras.
Y aún así, algo se queda:
esa voz interior, mitad conciencia, mitad compa,
que dice si ya vas tarde, que valga la pena.
Pero hay días en que ni eso alcanza,
y terminas marcando desde el C4,
voz quebrada, mirada baja,
Jefa… ya voy pa’ la casa.
Y entiendes,
que lo que antes era juego
se volvió espejo.
Porque en algún punto, sin darte cuenta,
llegó la chota.
Marcello Artana es originario de Nogales, ciudad fronteriza en Arizona. Estudió Administración de Empresas con especialización en Economía en Babson College y actualmente trabaja en consultoría empresarial.



