Este cuento fue publicado en el volumen VII de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Aquella mañana el aire estaba tan frío que dolía al respirar. Ana se ajustó las zapatillas, cruzó el umbral de su casa y comenzó a correr. Solía anestesiarse con la rutina: corría algunos kilómetros hacia el parque, daba tres vueltas exactas a la fuente y regresaba antes de que el reloj marcara las 7 a.m. Un circuito impenetrable para el azar.
Ana padecía un pánico atroz al fracaso y a la mediocridad. Para ella, el control no era un hábito: era la única forma de mantener a salvo su vida perfecta, a sus tres hijos y a su matrimonio idílico.
Sin embargo, al llegar a la esquina habitual, un camión de mudanzas le bloqueó el paso.
Detuvo el trote. El corazón le dio un desproporcionado vuelco ante la grieta impredecible que se abría en su plano. Tuvo dos opciones: esperar o girar a la derecha, por una calle arbolada por la que jamás había transitado. El impulso de no detenerse fue más fuerte. Dobló a la derecha.
Fue entonces cuando el entorno comenzó a descomponerse en un denso silencio.
Una brisa helada le acarició el rostro y el cielo se tornó de un gris plomizo y pesado. Le pareció insólito; ella siempre veía el clima antes de salir y la aplicación anunciaba un día despejado. Unos metros más adelante pasó frente al negocio de un matrimonio de ancianos por donde siempre transitaba; juraba que a esa hora estaría abierto, pero la cortina de hierro permanecía abajo, oxidada, como si llevara años sin levantarse. Qué raro, pensó, pero prefirió no darle importancia y aceleró el paso.
Retomó el camino a casa. Tenía el corazón a mil por la agitación y las gotas de sudor frío le caían por la frente.
Al llegar a su cuadra, frenó en seco. Su auto rojo no estaba estacionado. Se extrañó, pero existía la posibilidad de que su esposo lo hubiera llevado a lavar. Con la llave apretada en la mano sudorosa, abrió la puerta.
Lo que vio la dejó estática.
Su casa no era la misma. La arquitectura era idéntica y la chapa encajaba a la perfección con su llave, pero la atmósfera olía a humedad y encierro. Sus muebles, que recordaba de un cálido tono gris, ahora destacaban por ser de un color negro casi opaco. Tampoco había rastros de sus tres hijos, ni juguetes en el suelo, ni olor a desayuno.
Desde la penumbra del pasillo salió su esposo, Alejandro. Era el mismo rostro, el mismo cuerpo, pero la miraba de una manera que jamás le había visto antes: una mirada fría y de ojos cansados.
—¿Qué haces aquí, Ana? —preguntó él. Su voz era un susurro raspado que le erizó la piel—. Dijiste que no volverías.
—Alejandro... ¿de qué hablas? —balbuceó ella, dando un paso atrás—. Los niños... ¿dónde están los niños?
El rostro de Alejandro se desfiguró. Soltó una risa amarga, incrédula, que se cortó de golpe.
—¿Te estás burlando de mí? ¿Esto es una broma, verdad? —dijo dando un paso hacia ella, con los ojos inyectados en rabia—. ¿O es que ya olvidaste cómo hace ocho meses intentamos por última vez tener un bebé? Estabas ahí cuando el médico nos dijo que era imposible ¿y vienes ahora a hacerme esta escena?
—El verdadero problema —continuó Alejandro, recogiendo unos pasaportes de la mesa del despacho— es que la gente a la que le debo no acepta cuentos de hadas y sigo tapado en deudas.
El celular de Alejandro comenzó a sonar…
—Vete, Ana, sigue tu camino, ya aquí no queda nada más que salvar.
Sin volver a mirarla, Alejandro caminó hacia la salida trasera y desapareció, dejándola completamente sola, en la oscuridad de esa casa tan suya y tan ajena.
El pánico la devoró. Se negaba a creerlo. Corrió desbocada hacia el baño y cerró la puerta con seguro. Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, se quitó la ropa deportiva y se miró al espejo. Se palpó abajo en el abdomen, en busca de la marca imborrable de sus partos. Se pasó los dedos por la suave superficie del vientre: la cicatriz de la cesárea no estaba. Su propio cuerpo negaba la existencia de sus hijos.
Entró en un estado de shock absoluto. Salió al pasillo tambaleándose y vio las fotos de la pared: era una boda rápida, triste, sólo ellos dos. Ni un solo rastro de los niños: ni un juguete, ni un dibujo. La realidad era otra: se había casado con un estafador y la maternidad parecía una fantasía que le acompañaba a ella sola.
Escuchaba un celular sonar; supuso que era el suyo… ¿si no de quién? Más aún: si era su celular, ¿quién la llamaba? ¿Encontraría otra sorpresa? Lo dejó sonar, ¿para qué contestar siquiera? El dolor de la pérdida de sus hijos y el cambio radical de su esposo le ahuyentaron todo deseo. Entró en depresión repentina.
Sin salida, Ana se dejó caer al suelo, se abrazó las rodillas y se hundió en ciega angustia. Cerró los ojos con toda la fuerza de su alma, deseando con cada fibra de su cuerpo despertar de esa pesadilla.
Apretó los párpados hasta que el dolor le provocó destellos de luz tras los ojos; el frío del suelo se convirtió en su única compañía… De pronto, el silencio, testigo de la escena, fue interrumpido por el sonido de la autopista principal.
Un cálido rayo de sol le golpeó los párpados. Ana abrió los ojos de golpe, tomando una gran bocanada de aire. Estaba de pie en la esquina de siempre. El aire ya no quemaba. Miró hacia la calle de la derecha: el camión de mudanzas seguía allí, bloqueando el paso, pero los motores sonaban cotidianos.
Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y corrió de regreso por el camino de siempre. Al pasar por la cuadra anterior, el corazón le dio un vuelco, ahora de alivio: la cortina metálica del negocio de los ancianos estaba arriba, el sol iluminaba el escaparate y la pareja conversaba tranquilamente en el umbral.
Llegó a su casa sin aliento. Cruzó la puerta y vio los muebles grises; sintió el olor a café recién hecho y escuchó el murmullo de la mañana. Alejandro se apresuraba por el pasillo, acomodando las mochilas para llevar a los más grandes al colegio.
Ana, bañada en llanto, se lanzó a abrazarlos y a besarlos con desesperación. Ellos la miraban desconcertados, como si estuviera exagerando por completo.
—Mamá, te fuiste a trotar sólo una hora —dijo Melany, acomodándose el uniforme mientras la miraba con una burlona sonrisa.
Alejandro le dio un beso rápido en la mejilla, divertido por la escena, mientras apuraba a los grandes para salir.
Sin poder contener los temblores en las manos, Ana corrió por el pasillo, directo al cuarto del hijo menor. Al abrir la puerta despacio, vio a Noah dormido plácidamente en su camita. Se acercó, sin importarle el sueño del chico y le pegó su mejilla al pecho. Sintió el trabajo de sus pulmones en cada respiración mientras lloraba con prisa.
Nunca supo de quién fue la llamada en aquel lúgubre pasillo de sus memorias. Tampoco volvió a desviarse del camino.
Delia Barreto Silva (Venezuela). Escribe cuentos infantiles, relatos de ficción y un blog sobre maternidad, donde comparte experiencias y reflexiones cotidianas. Le inspiran los vínculos humanos, la esperanza y las historias capaces de emocionar, acompañar y quedarse en el corazón de quien las lee.



