Añelo
El Dubai que nunca fue.
Esta crónica fue escrita por Verónica Bonacchi para Perpetuo.
La música suena fuerte. Es una cumbia que retumba en el local, un lugar desproporcionadamente amplio convertido en lavandería. Al fondo hay tres lavarropas y en una de las paredes, de un verde esmeralda recién estrenado, cuatro repisas de metal. En sus estantes se apilan más de 40 bolsas con ropa limpia y doblada: son mamelucos, algunos rojos, la mayoría azules. El sitio es tan grande que también se venden productos de limpieza, aromatizantes para autos, comida para perros, de todo un poco. Queda en la parte de arriba, como le dicen en esta ciudad a los barrios que crecen efectivamente arriba, en la meseta que balconea sobre un valle cada vez más escuálido.
Es sábado. Son las 10:30 de la mañana. Afuera sopla un viento insaciable que levanta hojas, y desparrama la tierra de las calles. Todo parece opaco, apagado.
La mujer que atiende la lavandería está sentada detrás del mostrador. Lleva su pelo oscuro recogido bien alto, sonríe. Tiene 29 años y hace 17 que vive acá. Nació en un campo que queda a 15 kilómetros, pero a los 12 se vino porque acababa de ser madre y quería que su hijo pudiera estudiar.
Al principio se instaló con unos tíos en el casco histórico del pueblo, que está en la parte de abajo de esta meseta, en el estrecho valle que bordea el río Neuquén. En aquel momento, intentó terminar el colegio, pero el cuidado del bebé y la necesidad de generar algo de dinero le hicieron abandonar los estudios. Trabaja desde entonces y hoy cría tres hijos, de entre 7 y 17 años, en su propia casa, acá arriba.
Dice que está bien, que este es su lugar, pero no se deja deslumbrar. Fue testigo de la calma previa y de la euforia posterior. “Ahora, acá tenemos el gas, tenemos el petróleo. Pero si no lo sabemos aprovechar, el día de mañana esto se va a terminar y acá no va a quedar nada. Esto se va a terminar y nos vamos a tener que arreglar con lo que teníamos antes”, dice dos, tres veces más.
La mujer se llama Soledad Guzmán y acá es Añelo, un pueblito de la provincia de Neuquén, en el norte de la Patagonia argentina, que por puro azar de la geografía quedó ubicado en el corazón de Vaca Muerta, la formación sedimentaria del jurásico que se ha transformado en la tierra prometida y la esperanza de todo el país por sus reservas de gas y petróleo no convencional.

En Añelo, la taquicardia comenzó poco después del 28 de agosto de 2013. Ese día se convirtió en ley el acuerdo que habían firmado la petrolera de bandera argentina YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) y la estadounidense Chevron. Representó el comienzo del primer desarrollo masivo de fracking fuera de América del Norte. Fue histórico.
Añelo, tan modesto, inició una mutación bestial: la población del paraje rural—hasta entonces dedicada a la cría de chivos—, se triplicó; los habitantes vieron cómo la ruta principal se transformaba en un desfile incesante de camiones, camionetas, autos último modelo; cómo lo que se amasaba en las panaderías dejaba de ser suficiente y se agotaba antes de las siete de la mañana; cómo el que tenía un poco de tierra construía o vendía para sacar algún rédito inmobiliario; cómo las 16 cuadras de largo se volvieron insuficientes; cómo al pueblo que apenas tenía servicios, lo llamaban “la capital del shale”.
El paisaje bucólico quedó desfasado.
Ahora, en agosto de 2025, donde antes había poco y nada, hay 17 hoteles—uno de ellos con helipuerto y con un toro enorme y dorado que es la réplica exacta del que está en Wall Street, en Nueva York—; hay estaciones de servicio abiertas las 24 horas; supermercados, restaurantes, un casino, boliches; hay corralones y obras en construcción, casi todas destinadas a levantar departamentos o dormis de dos o tres pisos para trabajadores del petróleo.
Y también lo otro: donde antes había una vida de campo apacible, ahora hay precios leudados al calor de los sueldos petroleros; más presencia policial; temblores de tierra, olor penetrante de los residuos de la actividad, ruidos que antes no existían, vicios y codicias que tampoco.
Nadie sabe con precisión quién dijo la frase, pero aquí es leyenda: a Añelo le prometieron que para 2030 sería la Dubái argentina; el clon patagónico de la lujosa capital del emirato árabe, con todas sus luces y modernidad. Soledad, que tuvo que ir a parir a sus hijos a 54 kilómetros porque no había ginecólogos y que todavía viaja 107 kilómetros para que a uno de sus hijos lo atienda un neurólogo en la capital de Neuquén; ella, que ahora vive arriba, en la meseta donde el pueblo crece a ritmo desaforado, donde las calles todavía son una huella de polvo y no todos tienen gas; Soledad sonríe, incrédula.
Esta tierra, en el norte de la Patagonia argentina, es puro contraste: puede ser un valle verde y fértil o un páramo; mesetas elevadas barridas por un viento obstinado. Los dos paisajes son cruciales. Uno representó el principal motor económico y la base sobre la que creció la población inicial de la zona: gente atada a la vida campestre, crianceros, agricultores. El otro, es el presente. No por la tierra yerma donde crecen arbustos achaparrados y grisáceos, sino por lo que hay debajo, tres kilómetros y medio debajo de ese suelo inane.
Lo que no se ve, ahí abajo, es la segunda reserva de gas no convencional y la cuarta de petróleo no convencional del mundo. Eso es Vaca Muerta, una formación sedimentaria del jurásico que abarca 36 mil kilómetros cuadrados subterráneos. Fue un geólogo norteamericano, Charles Weaver, el que la descubrió en 1931 y la bautizó con ese nombre infausto, sin ninguna razón aparente. Pero pasaron más de 80 años antes de que YPF confirmara su potencial. Ahora y desde hace poco más de una década, doce empresas nacionales y extranjeras perforan el suelo para llegar al reservorio enquistado.
Como el petróleo y el gas que hay abajo no brota naturalmente hacia la superficie, hay que punzarlos y estimularlos. Por eso se los llama no convencionales. Y por eso, también, necesitan que se le inyecten a presión millones de litros de agua con arenas silíceas y un cóctel de químicos para fracturar la roca, para mantener abierta la grieta y para que finalmente el tesoro atrapado empiece a fluir.
La técnica se llama fracking y es una proeza del hombre y sus máquinas: una suerte de alquimia que después de abrirse paso en la tierra—unos 3.500 metros en forma vertical primero y otro tanto o más en forma horizontal después—, revive lo que parecía destinado a permanecer inerte; lo lleva a la superficie y lo transforma en la madre de las esperanzas del país.
Los números—y eso se repite mucho—, son apabullantes. Por ejemplo, agosto de 2025: el mes marcó un récord para la producción de Vaca Muerta. De acuerdo a los datos públicos de la Secretaría de Energía de la Nación, los yacimientos llegaron a una producción de 547,545 barriles por día y son responsables del 64% de la producción nacional; además, las exportaciones de combustibles y energía tuvieron un incremento interanual del 40%.
Es difícil seguir los récords de la actividad en Vaca Muerta: todos los meses, y a veces todas las semanas, las compañías petroleras, los gobiernos y la prensa especializada, registran una marca que supera a la anterior. Los números cambian a la velocidad de las pantallas de los aeropuertos con sus arribos y salidas. Lo que abunda, muy cerca de Añelo, es la espectacularidad.
Los daños ambientales y las controversias—y eso se menciona menos—, también son extraordinarios. La relación entre el fracking y la sismicidad es materia de estudio y de polémica. Prohibido en la mayoría de los países de Europa y practicado sobre todo en Estados Unidos, Canadá y China, pero también en México y Chile, el fracking está cuestionado no sólo porque aumenta la posibilidades de terremotos, sino también por la cantidad de agua que necesita para las fracturas; por los químicos que se le agregan; por la posibilidad de que ese fluido contaminado se filtre en las napas y acuíferos, y también porque altera las economías regionales, la fisonomía de los pueblos y porque los deja convertidos, la mayoría de las veces, en una zona de sacrificio.
Todas las actividades tienen su propia jerga. La petrolera suele usar palabras en inglés. Dice fracking, dice shale oil y shale gas, dice tight, kick-off point, upstream, downstream. También dice cutting y flowback para referirse a la materia residual, a la tierra que se mezcla con restos de petróleo y químicos, al agua negra, contaminada e inservible que regresa desde abajo, después de darle vida al tesoro.
Muy cerca de Añelo—tan cerca como cuatro kilómetros, tan lejos como diez—, en enormes terrenos al aire libre, hay sumideros oscuros de agua negra y toneladas de ese lodo mezclado con petróleo y químicos, unas montañas negras de materia inútil y contaminante.
En la meseta, allí arriba, los desechos son removidos con máquinas y tratados para disminuir el contenido de hidrocarburos. Son siete los predios que reciben la basura de toda Vaca Muerta. Se los llama plantas de disposición final. Pero no alcanzan: a mayor producción, mayor generación de residuos. La contracara de cada récord.
Sólo entre 2022 y 2023, el volumen de residuos considerados peligrosos generado por la industria hidrocarburífera, creció, en promedio, un 35,2%, según los datos del sitio argentino Chequeado.com. La peor parte se la llevó el flowback, es decir, las aguas negras. Esastuvieron un salto del 119.9% de un año para otro: la industria generaba 5.1 millones de litros en 2022 y pasó a 72 millones de litros en 2023. Hasta hoy, además de juicios en marcha contra las empresas que deberían ocuparse de esos residuos, no hay tratamiento que revierta la situación.
Javier Grosso, geógrafo de la Universidad Nacional del Comahue, e integrante del Observatorio de Sismicidad Inducida, lleva apuntes meticulosos de lo que ocurre en la región desde que comenzó la actividad. En un mapa, marca el lugar que se sacude; la mayoría de las veces coincide con el sitio en el que se está fracturando la tierra a toda máquina.
De acuerdo a sus registros y a los del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (Inpres), un organismo estatal que tiene su sede en San Juan, una de las provincias con más terremotos de la Argentina, solo este año y hasta el 14 de septiembre, la provincia de Neuquén tembló 98 veces; 79 de esos sacudones fueron inducidos por el fracking. Aunque llevan medidos nueve meses, 2025 es el año de más sismos en la zona. Sólo por comparar, en 2018, cuando recién comenzaba la actividad, hubo apenas diez temblores.
“En cercanías de Añelo—a menos de 50 km de distancia—en 2025 ocurrieron 44 sismos, todos asociados al fracking. Y de esos 44 sismos, seis tuvieron registros de percepción en el pueblo. Los dos más fuertes fueron el 14 de febrero y el 8 de septiembre. Ambos con una magnitud de 3.7 en la escala Richter”, dice Grosso.
En lengua de los pueblos originarios, Añelo significa “paraje olvidado o ciénaga de la muerte”. Ahora, es el punto cero de una actividad que está cada vez más presente en toda esta geografía y sus alrededores.
Lo que está abajo marca el ritmo de lo que está arriba. Pero en la superficie, el corazón de Vaca Muerta no late a ritmo constante.
Para llegar a Añelo, en el noreste de la provincia de Neuquén, hay que transitar la ruta 7; una arteria crucial. Conocida como “la ruta petrolera”, está hundida justo ahí donde calzan las ruedas, vencida por el peso de los camiones que transportan maquinarias, arenas para la industria, combustible. Parece la columna vertebral de un monstruo raquítico.
Por la cantidad de accidentes que hubo este año en esta ruta donde circulan más de 3,000 vehículos por hora, la máxima permitida es de 80 km/h.
En el último tramo, aunque es sábado, hay operativos policiales cada 25 kilómetros. No sólo hay agentes de tránsito, también hay ambulancias con sus luces parpadeantes, encendidas, listas para salir. En lo que va del año, sólo en los 54 kilómetros previos a Añelo, hubo nueve muertes. “Uno es una tragedia; nueve es una masacre”, dijo la secretaria de Emergencias de Neuquén, Luciana Ortiz Luna. “Suena muy feo lo que voy a decir, pero las rutas se están convirtiendo en tumbas”, agregó.
A lo largo del trayecto, el paisaje va mutando. Primero se ven chacras, ya verdes. Más cerca, cigüeñas que se inclinan como autómatas, buscando restos de petróleo. También máquinas, conductos, torres petroleras, cuadrados de tierra perfectamente raleados, válvulas, tuberías, caños protegidos por celdas de metal. Más cerca aún, mecheros altos, con fuego en la punta. Forman parte del paisaje de Añelo, parecen antorchas olímpicas, siempre encendidas. En la industria, es lo que se llama venteo, la quema de gas natural asociado con la extracción de petróleo, una práctica que libera metano a la atmósfera.
Recién este año, la provincia de Neuquén aprobó la creación del “Programa de Monitoreo y Mitigación de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero en el Sector Hidrocarburífero”, que obligará a las empresas petroleras a informar las emisiones de metano, dióxido de carbono y óxido nitroso.
Soledad vive cerca de una de esas antorchas. “A veces, es de noche y el mechero alumbra todo el barrio. Es complicado vivir con eso cerca: hace mucho ruido, igual que los camiones que pasan todo el tiempo. No es solamente que alumbra y que parece que hubiera una luna más, o un sol, uno a veces, se despierta en la madrugada por el ruido del venteo. A eso hay que sumarle que el viento trae el olor de los residuos petroleros. Eso es muy fuerte, sobre todo en verano, con el calor. Eso se evapora y el olor viene para acá”.

Antes de entrar a Añelo, sobre el margen derecho de la ruta, hay nueve vagones de subte. Están abandonados a la vera del camino desde 2016. La empresa Delmet Recycling compró en una subasta los vagones Mitsubishi que circulaban originalmente por la línea B de la ciudad de Buenos Aires (única ciudad de la Argentina que tiene el servicio de subterráneo) y los trasladó aquí, pleno desierto patagónico, 1,209 kilómetros al sur.
El proyecto, repiten aún hoy los lugareños, era armar un shopping con los furgones, que incluyera patio de comida y atracciones. Pero la obra nunca arrancó. Ahora, alrededor de los vagones, comidos por la herrumbre crecen pastos altos, hay vidrios rotos, basura. En Google Maps, hay tres fotos que registran ese lugar de Añelo. Lo llaman Cementerio de vagones.
Hay otro proyecto de shopping en el centro de la ciudad. Inspirado en las construcciones norteamericanas, se pensó como un paseo de compras al aire libre, con estacionamiento en el medio y cinco locales de doble altura de cada lado. Pintado de un color terroso que se confunde con la meseta que queda atrás, quedó inconcluso, como si lo hubieran olvidado antes de ponerle las luces, los carteles, las terminaciones. Ahora tiene uno de los tres cajeros automáticos que hay en el pueblo y locales destinados a indumentaria de trabajo que parecen siempre cerrados. Nadie pasea por ahí.
Añelo es, en términos relativos, el pueblo que más ha crecido de toda la Argentina. De acuerdo al último censo poblacional que se realizó en el país en 2022, el lugar pasó de tener unos discretos 2,689 habitantes en 2010 a 6,477 habitantes. Creció un 140%. Ningún otro tuvo ese despegue formidable.
Pero esos números no alcanzan. El salto en los registros no da cuenta de una realidad que para los lugareños es cotidiana: la de los 13,000 trabajadores que no viven en el lugar pero llegan cada día, entre las siete y ocho de la mañana y se van ocho o diez horas después, en las combis y las camionetas que los devuelven a sus hogares, a otras ciudades; la de los 7,500 que se hospedan en los hoteles, a veces por una semana, a veces por 15 días, según el régimen que cumplan en las compañías petroleras.
El actual intendente, Fernando Banderet, dice que el movimiento diario en la ciudad llega a veces a las 30,000 personas por día. Y hay, todavía, otro número más que no figura en el censo pero sí en su oficina: cada semana llegan un promedio de 5.5 familias atraídas por la promesa de Vaca Muerta. El 80% de los que viven hoy en Añelo llegaron de otras ciudades y provincias del país. Vinieron a buscar lo que no encuentran en otro lugar: futuro.
Milton Morales fue intendente durante el período anterior, del 2019 a 2023. Ahora es delegado de la región Vaca Muerta, que nuclea a varios pueblos distribuidos en medio de ese órgano vital para el país pero relegado en los planes. Es un cargo nuevo que consiste en recorrer las localidades y hacer de nexo con el gobernador de Neuquén, Rolando Figueroa; plantear las necesidades. La mayoría le resultan conocidas: durante su gestión como intendente, Morales vio a muchas familias acercarse a Añelo, atraídas por la publicidad de Vaca Muerta.
“Siempre trabajamos para tratar de que se quede solamente el padre o la madre y que el resto vuelva a su lugar de origen. Muchos venían con lo puesto, en un auto, pensando que acá hay laburo, oportunidades. Y la verdad es que no es tan fácil. No es que llegás y entrás a trabajar en una empresa. Y mientras tanto, sostenerse es muy difícil. La vivienda es carísima porque la industria marca el valor del alquiler, de la comida, de todo. Muchos venían y se armaban una carpa, allá arriba, con los nenes. En invierno, ahí no sobrevivís”, dice Morales.
Evelyn es técnica mecánica electricista. Tiene 32 años. Lleva puesto el clásico mameluco azul y borcegos de la mayoría de los trabajadores de la industria. Camina por la vera de la ruta 7. Acaba de terminar su jornada laboral. Va rumbo al monoambiente que comparte con una compañera de trabajo. Nació en una localidad cercana y hace un año consiguió un puesto como operaria de una de las petroleras. No sabe cuánto tiempo se va a quedar en Añelo. Dice que el sueldo que recibe—unos 1.000 dólares—le alcanza para pagar la mitad del departamento y el resto se le va en comida; que no sale a los boliches ni anda mucho por la calle. “Acá no podés hacer nada, salvo juntarte, hacer algo en una casa. Ir al boliche es arriesgado. Acá, la mayoría son hombres y se agarran a las piñas, se apuñalan a la salida del boliche, es complicado”, dice.
Muchas de las compañeras de trabajo han decidido mudarse a una ciudad cercana, que queda a 54 kilómetros, para ahorrar. “Pero para venirte tenés que hacer dedo, y eso también es peligroso”, dice.
Un poco más allá, Patricia, que es de Catamarca y vino desde el norte del país siguiendo el rastro de la promesa, atiende en un puesto de comida rápida. Lleva puesta una cofia y anota mecánicamente la cantidad de empanadas que pide cada uno de los trabajadores, todos de mameluco, que hacen fila. Se vino con su familia con la esperanza de morder una tajada de las ganancias del petróleo. Pero dice que no consiguió nada y que la atención al público en un carrito de comida apenas le alcanza.
Lo que encuentran no siempre resplandece.
Milton Morales llegó a Añelo cuando tenía 19 años. Nació cerca de Neuquén capital y había estudiado para docente, pero lo sedujeron los sueldos de la industria del petróleo que en las últimas décadas del siglo XX, tenía una escasa presencia en el lugar. Al principio no tuvo suerte y se tuvo que emplear de lavacopas en un restaurante. Lo que siguió fue meteórico: a los 21 logró entrar a una empresa como operador de equipos de mediciones y enseguida se metió en el poderoso gremio de petroleros. “Cuando tenía 23 años, salió la propuesta de trabajar políticamente. Fui el delegado más joven que tuvo el sindicato. Y a los 24 gané la primera campaña en la intendencia: fui en una boleta como primer concejal y ganamos la elección”.
Desde entonces está ligado a la administración pública. Llegó a intendente y ahora es delegado de Vaca Muerta. Dice que en sus distintas funciones vio pasar a todos los presidentes del país por Añelo. “Yo recibí a Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández, recibí a todos los presidentes en Añelo. Era el apogeo de lo que iba a generar Vaca Muerta, de lo que significaba para el país. Había un tema recurrente que siempre me marcaban: lo de la Dubái Argentina. Yo siempre les decía: ‘Para Dubái nos falta mucho’. Hubo incluso un presidente que en algún momento también me dijo: ‘Ustedes van a ser Manhattan’. Y yo le decía: ‘Ustedes hablan de Dubái, hablan de Manhattan, hablan de grandes urbes a nivel internacional, y lamentablemente yo tengo un pueblo en el cual administro pobreza’. Esa es la realidad”, dice ahora.
Morales está convencido de que el pueblo atravesó “dos tormentas”. Una fue en 2013, cuando se consolidó el desarrollo, con la firma del convenio YPF- Chevron. El impacto que generó eso en Añelo fue colosal.
“La ciudad arrancaba a las seis de la mañana, y a las 6:20, las panaderías ya estaban vacías, la estación de servicio se quedaba sin combustible, los comercios, vacíos. A las 11, todos trataban de reponer las provisiones para la tarde y para que los vecinos pudieran comprar”. Justamente esa fue la segunda tormenta: unir lo que no tenía relación, trabajar para la convivencia.
En esos primeros tiempos, dice Morales, “no había boliches bailables, no teníamos un supermercado, eran todos negocios chiquititos de las familias del pueblo: despensitas, tiendas de ropa. Fueron cambios tremendos para una localidad que se pensaba muy pequeña, que sólo tenía su casco antiguo, con calles de ripio, estrechas. Te cruzabas con un viejo poblador, y te decía: ¿qué están haciendo con el pueblo? Esto es una locura, ¿qué van a hacer? Perdimos la tranquilidad”.
De esos, dice también Morales, muchos prefirieron irse. “Trabajamos para vincular a los nuevos con los viejos habitantes, pero muchos no pudieron adaptarse. Se fueron a otras localidades en las que pudieron seguir viviendo de la forma que estaban acostumbrados, con el gallinero en el fondo del patio y el caballo en la puerta”.
Cecilia Romero es de las que vino en plena ebullición, en una de esas tormentas. Lleva 11 años viviendo en Añelo y se siente parte de este paisaje, como si hubiera nacido acá. Se vino de Rosario, una de las grandes ciudades de la Argentina, en el centro del país, donde se celebra la creación de la bandera nacional, donde nació Lionel Messi. Se vino con Juan, su marido y sus tres hijos. Fue una apuesta enorme. Dejaron trabajos, casa, escuelas, comodidades, para venirse a lo que apenas conocían. Hasta entonces, Añelo había sido para ellos el lugar de las vacaciones de verano, adonde venían a visitar a sus cuñados que tenían chacra y campo, en la parte de abajo del pueblo, cerca del río.
Para 2014, los familiares quisieron lotear parte del terreno y construir habitaciones para los trabajadores del petróleo que empezaban a llegar en masa y necesitaban alojamiento, así que Cecilia y su marido decidieron hacerse cargo de lo que quedaba del campo. Hicieron lo que nadie en aquel momento: apostar por el pasado, la vida campestre. Y se vinieron. Los chicos pasaron de la escuela de doble turno con inglés, al único establecimiento que había en Añelo; de caminar por avenidas a andar en tractor, y montar a caballo; del shopping, el cine, el rugby y el hockey, a criar chanchos, terneros, gallinas, para vender y comer.
“Al principio fue duro. Llevaba a los chicos a la escuela y quería hacer como en Rosario, aprovechar la siesta para hacer compras, pero todo estaba cerrado. Me llevó ocho meses entender la dinámica del pueblo, adaptarme al ritmo y dejar atrás la vorágine de la ciudad. Fue duro, pero si volviera el tiempo atrás, lo volvería hacer”, dice Cecilia, que es docente, participa en el área de deportes de la municipalidad y que se enorgullece de cada progreso, como la apertura de dos nuevas instituciones educativas.
Ahora, sus tres hijos ya están en la Universidad. Pero cuando su hija era una adolescente, y Vaca Muerta un esplendor, se las tuvo que ver con la queja de que no se podía ir a los boliches o bares porque en el pueblo había más hombres que mujeres, muchos más hombres que mujeres y además adultos. “Todos petrocas”—se ríe Cecilia—, como les dicen acá a los trabajadores del petróleo.
Trabajar como docente la hizo conocer el desarraigo de los que llegan y no se quedan. Por ejemplo ahora, agosto de 2025. “Vienen del norte del país, del sur, de todos lados. Inscriben a los nenes en la escuela y cuando les pedimos la dirección, aún no tienen. Estamos solucionando ese tema, nos dicen. No saben todavía adónde van a vivir. Eso lo veo todo el tiempo. Hay un papá que inscribió a su nene en la escuela el 21 de julio. Venía desde Mendoza. Era camionero, estaba a cargo de su hijo, y lo habían trasladado a Añelo. El 5 de agosto ya se habían ido. Vienen con grandes expectativas y se van. Este año, en la escuela, eso pasó por lo menos seis veces”.
Hace algunas semanas, su marido, Juan, se descompuso. Eran las 10 de la noche. No supo bien qué hacer. Pensó en llevarlo a Cutral Có, una ciudad que se fundó junto al primer pozo de petróleo convencional de la provincia, en 1933, y que queda a 89 kilómetros, en el sentido contrario a Neuquén, por la ruta 17. “Se llega más rápido ahí, el camino está mejor, no está destruído. Acá, en Añelo, a esa hora, no hay dónde atenderte. Y al hospital, nadie de acá te lo recomienda. Como mucho te ponen un suero y nada más. Y si no, hay que esperar a que abran al otro día las clínicas privadas de las empresas petroleras, y pagar”, dice.
El Hospital de Añelo, que fue creciendo de a parches junto con el boom petrolero, estrenó este año una ampliación. Pero aún faltan profesionales que quieran establecerse en el pueblo, y aún hay especialidades que no existen en la ciudad, como ginecología, neurología, neonatología. El área que se amplió—150 metros cuadrados, construidos con aportes del gobierno de la provincia y de una de las petroleras que operan en la zona—, es lo que se llama Centro de Día, un espacio para el tratamiento ambulatorio de personas con padecimientos mentales o de consumo problemático.
Abajo, a la hora de la siesta, hay poca gente en las calles de Añelo. El viento arrastra tierra suelta, hace frío, los negocios de la avenida principal ya están cerrados. Son los mismos locales que estaban hace más de una década, antes de Vaca Muerta y la promesa de Manhattan y Dubái: una tienda de ropa sencilla, un bazar que exhibe juguetes, artículos para la cocina, chucherías económicas, y algunos bares donde se sirven platos elaborados en el día. Sólo la estación de servicio y su bar de comida rápida, muestran actividad.
Por las calles, hay seis vendedores ambulantes, andan de a pares. Dos de ellos llevan canastos con especias: bolsitas cerradas con pimienta, ají molido, orégano, chimichurri. Lo ofrecen en nombre de una fundación, Remar argentina, que les da trabajo a las personas después de un proceso de desintoxicación y rehabilitación. Otros dos llevan sobre sus cabezas una caja con plantines de flores: las inclinan para que se tienten los automovilistas que paran en la estación de servicio. La tercera pareja lleva espejos, unos modelos angostos, livianos, sin pretensiones, que pueden colgarse en una puerta para tener un plano medio. No tienen suerte con esos vidrios insulsos que acá abajo—sol tenue, viento, tierra—, reflejan lo que hay.
Añelo era distinto hace un siglo. Todavía tiene un monumento a los crianceros. Es un conjunto escultórico que celebra a los hombres que aún hoy arrean sus rebaños hacia pastos más verdes en cada verano. Está sobre una plaza de cemento y representa a dos mujeres que saludan a dos gauchos a caballo junto a varios chivos. Exactamente detrás, está el casino; enfrente, una serie de puestos de comida que bordean la ruta 7 justo donde se une con la 17, la otra arteria esencial de la actividad petrolera, y justo donde una rotonda desvía el tránsito hacia la enorme subida a la meseta.
Ahí arriba, el viernes 22 de agosto, uno de los hoteles más grandes de Añelo (con gimnasio, restaurante, sala de reuniones, cancha de fútbol de césped sintético, luces de neón que iluminan el amplio frente), inauguró junto a las autoridades locales, la réplica del Toro de Wall Street. La original, en Nueva York, es una escultura de bronce que pesa 3,200 kilos y es famosa porque los turistas hacen colas de hasta media hora para sacarse una selfie y tocarle los testículos al toro. Dicen que trae suerte en los negocios.
Aquí, en la meseta, el animal dorado está plantado sobre una superficie circular de cemento, iluminada. Con la inauguración, agregaron una placa, donada al municipio. Dice esto: “Esta famosa escultura en Nueva York representa la fuerza, el poder y el optimismo del mercado financiero. El toro simboliza el crecimiento económico, la audacia y la agresividad necesaria para enfrentar el mundo de las finanzas. En Añelo lo transformamos en un emblema propio: progreso, energía y tierra de oportunidades. Tocarle los huevos representa atreverse a desafiar al poder y la riqueza, ser audaz y atraer buena suerte. Es un símbolo de confianza frente a los grandes desafíos financieros”.
Lo rodea toda la tierra de la meseta. Es sábado. No hay nadie alrededor.
Verónica Bonacchi es periodista. Nació en 1970, en la Patagonia Argentina. Vivió veinte años en Buenos Aires y ahora regresó a su ciudad natal. Trabajó en el diario La Nación, en la sección espectáculos; es colaboradora de la revista mexicana Gatopardo, y ahora dirige el suplemento literario del diario Río Negro. “Sauzal Bonito, la tierra que tiembla” y “La masacre de los pingüinos”, ambos publicados en Gatopardo, fueron nominados a los premios Gabo.







