Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Desbloqueo mi celular y abro Instagram: deslizo por fotos aéreas que exhiben la destrucción total de Rafah, en Gaza; les sigue un video del concierto de Céline Dion y otro sobre las polémicas de Sabrina Carpenter; más abajo, un tutorial de maquillaje para una boda de noche; una nota que retoma la denuncia de un colectivo en 2021 sobre el hallazgo de mil seiscientos dientes de leche en una fosa clandestina en Michoacán; y termino el scrolleo con una promoción de rebajas en una tienda más de fast fashion.
Navego por un tránsito entre lo banal y lo violento; entre videos y fotos con una increíble falta de contexto y, con ello, una posible pérdida de la capacidad de sentir empatía frente a lo que observo desde la distancia de una pantalla.
Algo similar me ocurrió el primero de septiembre de 2026 cuando me enteré, a través de un reel de Instagram, sobre el asesinato de Jonathan Meléndez. Era conocido por formar parte de la banda mexicana Camilo Séptimo, en la que tocaba el piano y componía canciones. Vivía en Zona Esmeralda, en el municipio de Atizapán, veinticuatro kilómetros al norte del centro de la Ciudad de México. Esa tarde, un hombre amarró con cinta adhesiva y mató a tiros a Jonathan, a su esposa Ana Paula, a su hija Sofía, a Aleyda, la trabajadora del hogar, y al perro de la familia. Dentro del mismo departamento estaba el otro hijo de la pareja, de seis años, que logró esconderse debajo de una cama mientras todo ocurría y permaneció ahí por varias horas hasta ser encontrado.




