
Este ensayo fue escrito por Celeste Tossolini. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
Vengo viajando hacia Argentina y, mientras avanzo, no dejo de pensar en el odio que circuló durante estos últimos días. Cuando intento ubicar el origen de esta argentofobia renovada, lo primero que aparecen son las redes sociales. Es ahí donde la he visto expresarse con mayor intensidad: en comentarios, publicaciones y videos que convierten a un país entero en una caricatura y a una selección de fútbol en el blanco de un resentimiento que parece ir mucho más allá de la cancha.
Sin embargo, fuera de las pantallas, mi experiencia ha sido otra. Durante este tiempo me paseé con distintas camisetas de Argentina por las calles de Ciudad de México, entré a bares, recorrí colonias, vi partidos en lugares diversos y atravesé terminales de aeropuertos internacionales de la región. Y, frente a mis ojos, no ocurrió nada de todo aquello que las redes parecían anunciar. Solo encontré sonrisas, miradas cómplices de otros compatriotas y alguno que otro grito espontáneo de: «¡Argentina!», «¡Messi!».
Y es que, no lo sé, será sintomático de la época, esta en la que nadie puede mirarse a la cara y ser sincero. Parece servir más expresar el odio a través de una red social. Pienso al respecto y lo relaciono con un fenómeno parecido a ese del «voto escondido» del que hablamos en la actualidad: la cantidad de gente que vota a Javier Milei, por ejemplo, y no podemos saber quién es porque parece darles vergüenza decirlo en voz alta. ¿Todavía? No lo sé.
En estos tiempos parece que todo sucede muy rápido. Hemos pasado, en poco tiempo, de ser una selección muy querida —tan solo cabe recordar que, hace cuatro años, en Catar, todo el mundo quería que Messi ganara la Copa—a ser el equipo malvado; ese al que especialmente los países latinoamericanos le han deseado lo peor durante todo el Mundial. La imagen de Argentina frente al mundo dejó de ser la de un país diverso y lleno de matices para transformarse en un personaje plano: el villano arrogante que necesita ser castigado por la comunidad internacional.
Volvamos a las redes. Hay varias cosas importantes acá. Lucas Malaspina, consultor en comunicación política y asuntos públicos, hizo un análisis muy valioso de lo que está sucediendo en el entorno digital. Y coincido plenamente con su tesis principal al afirmar que no existió una única campaña coordinada contra Argentina, sino la confluencia de públicos que llegan al rechazo de Argentina por diferentes motivos y que, en las redes, terminan por reforzarse y alimentarse entre sí. Todo muy de esta época.
Lucas habla de «capas». Menciona primero la futbolística: «Hay una primera capa puramente futbolera: el cansancio frente a un campeón que lleva años ganando, la gente que apoyaba a Cristiano Ronaldo y que ve a Messi con envidia, sumado a la tendencia a apoyar al equipo más débil, que es la que reúne a los países cuyos equipos fueron eliminados». A esto se agrega una memoria previa de comportamientos provocadores de jugadores e hinchas argentinos. De eso vamos a hablar luego.
La segunda capa que analiza Lucas es, claro, la política. Para muchos públicos internacionales, la Argentina actual ya no se separa con facilidad de la figura de Javier Milei. Nuestro presidente es el más conocido a nivel global de nuestra historia, y también es sabida su cercanía con Trump, sus alineamientos con el gobierno de Netanyahu y con Israel en general. Eso hace que una selección históricamente asociada con la insubordinación latinoamericana, los derechos humanos y episodios históricos como el de Maradona enfrentándose a los poderosos, empiece a ser leída, también, como la representación deportiva de un país políticamente alineado con el poder occidental.
La tercera es cultural y hasta racial. Circula desde hace un tiempo—desde que tengo memoria, diría yo—una imagen de Argentina como un país blanco, arrogante, europeísta y que se percibe superior al resto de América Latina. Acá es donde aparecen argumentos tan pequeños como «Argentina es racista porque no tiene negros en la selección», que otro día lo podemos discutir pero no es el objetivo de este texto.
Considero que todo esto se alimenta con un ingrediente principal—puede ser otra capa—que se observa bastante en las redes: la crítica al comportamiento de los argentinos, el argentinismo—ese que molesta a tantos—. Somos un país irreverente y eso a muchos les cae muy mal. En este contexto se ha potenciado la crítica que ha sonado, más bien, así: arrogantes, soberbios, creídos, quilomberos, rebeldes. En este punto hay que extenderse.
La marca país
La irreverencia argentina está en la forma de discutir en la mesa familiar, en la costumbre de poner en duda a quien se presenta como autoridad, en el humor que ridiculiza al poderoso y en la sospecha permanente frente a las jerarquías. Argentina actúa sin el respeto o la sumisión que tradicionalmente se espera ante cosas o personas aparentemente «superiores», las normas o lo establecido.
Todo lo anterior molesta a muchos. Porque algunos han deseado vernos rendidos a los pies de los poderosos en muchos momentos de la historia y no lo han conseguido. Eso desconcierta a varias sociedades del mundo: que no se acepte esa posición de subordinación en todo momento. Y por eso nos tildan de irrespetuosos, maleducados. Pero, aunque resulte difícil de entender, eso que se califica como negativo desde el exterior es uno de nuestros mayores orgullos como nación.
Esto ya fue estudiado por uno de los politólogos más importantes de la historia, argentino, claro. Guillermo O’Donnell lo analizó en el año 1984 en un ensayo alucinante que tituló «¿Y a mí qué me importa?». Ahí, el autor aborda recursos lingüísticos contrastantes entre Río de Janeiro y Buenos Aires y lanza un audaz análisis sobre la conexión entre lo «micro» y patrones «macro» agregados de comportamiento político en ambos países.
El trabajo parte del análisis de un libro de Roberto DaMatta y de una frase que se repetía a menudo y en voz alta en las calles de Río, cuando dos personas discutían: «¿Vos sabés con quién estás hablando?» («Você sabe com quem está falando?»). El que recibía esa pregunta se quedaba callado, intimidado. Y O’Donnell lo contrasta con una interlocución argentina: «¿Quién se cree que soy yo?», a la que su memoria porteña recuerda haber oído responder muchas veces: «¿Y a mí, qué mierda me importa?».
Lo que desde el exterior se percibe como arrogancia es, para nosotros, una marca país que nos identifica y nos llena de orgullo: forma parte de la identidad con la que nos pensamos. Argentina es un país que jamás naturalizó la sumisión ni aceptó las jerarquías como el orden inevitable de las relaciones.
Esa irreverencia puede reconocerse en los estudiantes, en las madres, en los trabajadores y en las mujeres. Está en la Reforma Universitaria de 1918, cuando los estudiantes cordobeses se rebelaron contra una universidad jerárquica y clerical y convocaron a la juventud latinoamericana a conquistar su autonomía. Está también en el 17 de octubre de 1945, cuando miles de trabajadores irrumpieron en el centro político de Buenos Aires, reclamaron su lugar como protagonistas de la vida nacional y alteraron para siempre las jerarquías sociales del país. En las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que enfrentaron a la dictadura y desafiaron al terrorismo de Estado. Y en el movimiento feminista argentino, desde la irrupción de Ni Una Menos hasta la marea verde, que convirtió demandas largamente relegadas al ámbito privado en una movilización política capaz de ocupar las calles, disputar poderes arraigados, transformar las leyes e inspirar a toda una región.
En el fútbol, esa irreverencia encontró quizá su expresión más acabada en la figura de Diego Armando Maradona. Contra Inglaterra, en 1986, marcó primero un gol con la mano y, apenas cuatro minutos después, el que sería elegido como el Gol del Siglo. La picardía y el genio, la transgresión y la belleza, quedaron reunidos en una misma actuación. Pero también está en la gambeta, en la cultura del potrero y en esa costumbre argentina de jugar como si las reglas pudieran discutirse, los poderosos pudieran ser vencidos y el escenario más solemne pudiera convertirse, de pronto, en un espacio propio.
En la música, esa irreverencia atraviesa desde el tango y el cuarteto hasta el rock nacional. Está en las letras que convirtieron el lenguaje de la calle en cultura, en los ritmos populares que sobrevivieron al desprecio de las élites y en músicos que se negaron a guardar silencio frente al autoritarismo. Está en Charly García cantando mediante metáforas aquello que la dictadura prohibía nombrar; en Mercedes Sosa haciendo de su voz una forma de resistencia y está presente también, en una tradición de rock que convirtió la rebeldía juvenil, el humor y la provocación en parte central de la cultura argentina. Pero también está en lo que jugamos y quizá en ninguno de manera tan clara como en el juego de cartas. El truco premia la picardía y la provocación. En el truco, como en buena parte de nuestra cultura, importa tanto lo que uno tiene como la insolencia con la que se atreve a jugarlo.
Pero podemos ir mucho más atrás y más bien buscar sus raíces en la propia conformación de la sociedad argentina moderna. Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza, en un ensayo titulado «La democratización del bienestar», analizan cómo la sociedad de inmigrantes que se consolidó durante la primera mitad del siglo XX se caracterizó por relaciones sociales frontales, desprovistas de las actitudes tradicionales de respeto frente a las jerarquías. Donde lo individual coexistió con una extendida práctica asociativa y con una fuerte valoración de la educación y de la cultura letrada. Luego, con el avance de la industria, la agricultura y el comercio, emergió durante la primera mitad del siglo XX en el país una clase media cargada de expectativas, conocimiento y, claro, la demanda de derechos.
Tal vez allí se encuentre una de las claves de esa irreverencia: en una sociedad que aprendió a pensarse a sí misma no desde la obediencia, sino desde la expectativa de ascenso social, acceso a la educación y el derecho a reclamar un lugar.
Es por ello que cuando la FIFA y las autoridades de seguridad prohibieron el ingreso de banderas, camisetas y carteles que hicieran alusión a las Islas Malvinas—por considerarlos mensajes políticos, y la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, se paseó por los medios nacionales anunciándolo—, unos muchachos encontraron la manera de responder. Y esos muchachos, al finalizar el histórico encuentro contra los ingleses, hicieron llorar de emoción y orgullo a gran parte del país con una sábana de hotel intervenida. «Las Malvinas son argentinas», leímos. Y lloramos.
Y es que, hay algo ahí: los dueños del mundo—o quienes se creen eso—no han soportado, con el paso de los años, que una nación de la que esperan—incluido su propio presidente—que ocupe un lugar de colonizada, no lo acepte, y en cambio juegue, se pelee, y se sienta aún más orgullosa de su propia cultura, la cual renace cada vez que la tumban.
Una irreverencia en el deporte, en la música, en el habla, en la escritura, en la industria de la moda y en el porte, así como en el humor, en la amistad, en la manera de relacionarnos entre nosotros y para con el mundo, en la política. Y así podría seguir.
La final de 2026 terminó de una manera dolorosa. Argentina perdió ante España en la prórroga. Después de haber defendido durante todo el Mundial la conquista en Catar, la selección quedó a pocos minutos de volver a levantar la Copa. El pitazo final dejó silencio, lágrimas y una tristeza difícil de explicar para quienes creen que se trata solamente de fútbol.
Durante semanas, una selección a la que muchos habían convertido en villana volvió a llevarnos hasta una final del mundo, volvió a emocionarnos. Lo hizo rodeada de rechazo, provocaciones y deseos de verla caer; y, aun así, consiguió que un país entero volviera a reunirse alrededor de una pelota.
No podemos responder a toda esta ola en contra de nosotros y al pensarlo bien, entiendo que algunos no lo entiendan. Esto es lo que elegimos ser: un manifiesto de amor y orgullo por nuestra tierra, en una época de odio interno y externo exacerbado. Este Mundial fue un viaje hermoso.
Celeste Tossolini es una politóloga argentina egresada de la Licenciatura en Ciencia Política por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba, maestra en Ciencia Política por el CIDE (México). Es analista, y escritora colaborando con diversos medios de alcance nacional como Milenio.



