En 1894, México recibió a su primer automóvil: un Delaunay Belleville con 21 caballos de fuerza y una velocidad máxima de 16 km/h. Su llegada causó gran alboroto en la Ciudad de México: una maravilla y, al mismo tiempo, un terror absoluto.
En las notas de la época se menciona cómo lo veían como un aparato del diablo, ¿cómo no habrían de pensarlo así? Un colosal armatoste de metal que se movía por su propia voluntad sin necesidad de mulas o caballos era algo que parecía inconcebible. Desde ese momento y hasta el día de hoy, el automóvil se ha integrado como un miembro de la familia mexicana, se le tiene que alimentar, bañar, llevarlo a sus citas. Nos hemos doblegado ante él, todo con el fin de facilitarle la vida a esa máquina.
Nos vendieron la tecnología como una promesa de liberación, herramientas diseñadas para facilitar la vida humana, absorber el trabajo pesado y regalarnos tiempo para lo que realmente importa. Sin embargo, al estar desarrollada e integrada dentro de un sistema económico capitalista que se nutre y se reproduce a través del excesivo consumo humano, se convierte en un método de opresión y control. El automóvil es, a mi parecer, un ejemplo claro de este tipo de tecnología.
Nos bombardean con anuncios que prometen paraísos: bosques idílicos, lagos cristalinos y carreteras vacías donde el conductor vive en un refugio libre de ir a donde le plazca. En esta fantasía no existe el tráfico, el oscilante costo de gasolina ni odiosas distracciones. El auto materializa las peores actitudes del sistema en el que vivimos: nos promete independencia mientras, insidiosa y lentamente, nos encadena cada vez más.
Lejos de emancipar, el automóvil encierra, moviéndose lentamente por la ciudad en una perfecta paradoja: miles de personas a pocos metros de uno al otro pero confinados cada uno a su cubículo, compartiendo espacio pero realmente sin compartir nada más que un carril. Esto causa que el tráfico no solo sea un problema de movilidad, se convierte en un tema de aislamiento y soledad.
No debería de ser sorpresa que, cuando una persona llega a casa después de pasar horas en el tráfico solo quiera descansar; el automóvil y el traslado se convierten, por ende, en una extensión del trabajo. Puede que la hora de salida sea las cinco o seis de la tarde, pero el trabajo continúa frente al volante, hay que preocuparse por otros coches, motocicletas, semáforos, malas señalizaciones, etc. El conductor se convierte en el capitán de su propia fatiga mental y sin ningún tipo de compensación más que llegar a casa, y ni siquiera con la satisfacción de haber cumplido un reto sino con el drenaje absoluto de haber sobrevivido a la jungla de las calles.
Ese tiempo de desplazamiento entre el hogar y el lugar del trabajo, es acechado y aprovechado por los medios de comunicación y propaganda como la radio o anuncios sobre la vía pública. Al estar en un automóvil donde uno no tiene a dónde mirar más que coches detenidos, es fácil desviar la atención hacia cualquier tipo de estímulo visual o auditivo que nos presenten. El estar en un auto, a diferencia de cómo nos lo quieren presentar, no es un momento de tranquilidad y libertad sino un constante hostigamiento mercadotécnico, el glorioso marketing en todo su esplendor intentando convencerte que necesitas comprar más, necesitas mejorar tu auto, necesitas gastar en Zara, necesitas unirte a una nueva casa de apuestas, ver la nueva serie que todos están viento, etc.
Cada vez parece más lioso el evitar comerciales de cualquier tipo (a menos claro, que quieras pagar por el excelente y bondadoso servicio premium). Incluso el silencio se convierte en un privilegio. Claro que esto no se detiene aquí ya que el sistema no solo incita a comprar más, sino que le quita y le da valor a la vida de los humanos dependiendo de en qué y cuánto se gasta. No basta con tener un auto cualquiera, tiene que reflejar el poder adquisitivo de una persona. Es popular en mi colonia, y estoy seguro que en muchas otras también, ver casas sin pintar, con un rimero de desechos en la acera pero con un carro deportivo del año.
Ha faltado hasta ahora incorporar el rol que juega el gobierno en este caos en el que nos hallamos. No es sorpresa para nadie que el verdadero interés que ha tenido el gobierno es el de darle prioridad a las empresas automotrices y de vialidades sobre la calidad de vida y de un transporte público eficiente y seguro para los ciudadanos. ¡Y, cómo culparlos !Según El Economista, mantener un carro promedio por un año (con factura de $260,000 MXN) tiene un costo superior a los $50,000 pesos.
Esto involucra más fondos para las gasolineras, para las agencias de automóviles, estacionamientos y muchos más benefactores de nuestro dinero. A escala mayor, se venden licitaciones para construir carreteras, casetas, centros de verificación, etc. Este comportamiento se puede ejemplificar con los puentes peatonales del país, construidos con escaleras o rampas no conforme a los códigos de construcción, en varias ocasiones con ángulos demasiado altos lo cual causa que sea fatigante subirlos.
Consecuentemente, y racionalmente para el peatón, se prefiere atravesar una avenida congestionada para llegar al otro lado: el peatón pasa a un segundo plano. En vez de invertir en vialidades hechas para el humano, con sombra, banquetas amplias, cruces bien señalizados y semáforos bien mantenidos entre otros, se prefiere gastar en la comodidad de los autos para que estos puedan circular sin tema alguno. Irónicamente, ahora las calles se encuentran en un estado deplorable en casi cualquier zona de la Ciudad de México y el Estado de México. (La pregunta de a dónde se va ese dinero que debería ser destinado a las reparaciones y mantenimiento de las vialidades las dejaremos para otro momento)
El automóvil tiene el potencial de ser una herramienta diferente, a fin de cuentas, no hay nada inherente malvado u opresivo de una máquina que se mueve en cuatro ruedas. A pesar de ello, hoy sirve más como una jaula móvil; una que demanda tiempo, dinero y energía constantemente. Mañana, de la misma manera que ayer y antier, millones de personas encenderán su auto para pasar horas detrás de un volante. El tráfico no desaparecerá, los anuncios seguirán ahí, quizá ahora promocionando la vestimenta de invierno en vez de otoño.
Quizás lo mejor que podemos hacer es aceptar que no hay una salida y reconocer la estafa que nos quieren vender. Cada día aceptamos ser objetos para nuestras propias máquinas y mientras sigamos creyendo que nos otorga libertad, esa jaula se va haciendo más y más pequeña.
Este ensayo fue escrito por César Bustamante para Perpetuo.



