Este cuento fue escrito por Emiliano Montani. Puedes leer más del autor en la biografía al final del texto.
La concha de mi vieja, dijo Mariano mientras se refregaba los ojos y notaba que tenía una resaca terrible y se le partía la cabeza. Estaba sucio, con manchas de tierra en el jean y olía horrible, a chivo y mugre. Llevaba una camisa dos tallas más grandes, para que no se notara que estaba más flaco. Se despertó sobre un banco de la plaza Roberto Arlt y, aunque era temprano aún, ya no había sol: en invierno anochece más rápido y eso a él le gustaba. Sentía el cuerpo caliente y sudoroso, cansado, quizás un poco ardiente. Suponía que era por dormir borracho al aire libre. Lo que sí, no tenía ni idea de cómo había llegado hasta ahí.
Recordaba algunas cosas, como si se tratasen de fragmentos de una escena perdida de una película de bajo presupuesto. Sus amigos del barrio, el cementerio de Flores, entrar con las botellas de cerveza y whisky, el porro, un poco de merca que había llevado el gordo Cristian, los ruidos a los lejos, esconderse del sereno, romper algunas lápidas, correr, un auto, risas y despertarse ahí sin más. Notó que tenía la pierna lastimada, con la sangre reseca, y tampoco sabía cómo mierda se había hecho esa herida; suponía que con algún alambre o al saltar las rejas. No le dio importancia y decidió ir al ciber para ver si estaba conectado alguno de los pibes.
Quería ir a ver Cucsifae, que tocaba esa noche, pero no le gustaba la idea de caer solo. Más que nada, por si estaba su ex: no quería fumarse ninguna secuencia. Abrió el Messenger y, a pesar de que tenía varios conectados, no eran los que le interesaban. Sólo compañeros del colegio. Sus amigos no estaban online, así que no podía preguntarles por qué se había despertado en esa plaza y lo habían dejado tirado. Repasó el correo, entró a Fotolog y subió una foto del disco Acerca de Personas junto con una letra de la banda. Leyó algunos comentarios y miró el reloj que indicaba el término de sus quince minutos de internet; no había localizado a nadie. En esos últimos dos minutos se conectó Matías. Sólo le dio tiempo para preguntarle si iba al recital y avisarle que lo esperaba en la plaza Arlt. Cerró la sesión apurado, pensando en que no se le pasara el tiempo y le cobraran de más.
Su amigo tardó más de media hora en llegar. Llevaba la mochila de Deftones que él le había regalado para su cumpleaños, pero ahora estaba cubierta de parches de bandas alternativas: El Otro Yo, Boom Boom Kid y Sugar Tampaxxx. Una campera Adidas con pines y un pantalón recto. Mariano no entendía ese repentino cambio de look de su amigo, él prefería los jeans y vestirse con camisas leñadoras y remeras de bandas, no como un emo. Pensó en decirle algo, pero prefirió no criticarlo. Se saludaron y decidieron ir a comer pizza al Ugi’s que estaba en la 9 de Julio. Mariano le contó que despertó en la plaza sin acordarse mucho de la noche anterior, sin saber tampoco cómo llegó ahí, que la resaca que tenía era tremenda y sentía un hambre atroz. Matías le preguntó si por eso estaba tan sucio, y él respondió que sí, hasta tierra tenía en los bolsillos del pantalón. No le dio importancia y le dijo que él no tenía mucha hambre aún, pero le hacía la segunda con alguna porción.
El local de Ugi’s estaba sucio y desordenado, el suelo tenía un montón de servilletas y algunos bordes de pizza. En un rincón había una paloma que comía migas y que, cuando ellos entraron, salió al vuelo asustada. Sólo había un empleado que hacía todo: anotaba los pedidos, atendía el teléfono, metía la pizza pre amasada en el horno y mientras se cocinaba, si le daba tiempo, salía y limpiaba las mesas o miraba si los baños estaban en condiciones. En el tiempo que estuvieron ahí, salió dos veces a la vereda y le dio unas caladas a un cigarrillo que olía a tener algo de porro adentro.
Mientras comían una pizza de mozzarella, tomate y ajo en la barra, Matías le hizo un gesto con las cejas para que mirara a su espalda. Mariano se giró, vio que la pareja que estaba sentada atrás se levantaba y dejaba media Coca-Cola sin tomar. La agarró sin dudar, casi sin esperar a que la pareja estuviera fuera, porque sabía que, si no actuaba rápido, la mesa de pibes que estaba a unos metros se la iba a quedar. Con la crisis, estos eran pequeños regalos. Cuando la tenía en sus manos, vio como dos de ellos lo miraban con odio, les sonrió de forma burlona y volteó para meterle un trago a la botellita. Sintió que el estómago se le retorcía y se le asomó una arcada; sintió la acidez y el vaho trepar por la garganta. Se levantó y salió disparado al baño. Dentro, tuvo el impulso de arrodillarse, aunque por suerte no lo hizo: el suelo estaba lleno de agua y pis. Se inclinó para vomitar y no salió nada. Pensó en meterse los dedos, pero le dio cosa vomitar la pizza que acaba de comprar. No le sobraba la guita para hacer esas mierdas. Al salir y sentir el olor a ajo de nuevo, se le volvió a revolver todo. Mejor comete todo vos, que a mí la pizza me cayó como el culo, le dijo a Matías, y esperó a que el otro terminara de comer en silencio.
Cuando salieron, el aire fresco, los olores urbanos, el ruido de las bocinas y de la gente lo ayudaron a recuperarse. La noche estaba calurosa, corría un poco de viento y se veía a la luna espiar entre los edificios. Faltaban un par de horas para el recital, así que decidieron matar el tiempo. Fueron a una disquería a mirar libros y escuchar algunos discos en un aparato novedoso: podías elegir un cd, el empleado lo ponía y te daba unos auriculares. Tenían dos opciones: o reproducían tres canciones enteras o podían escuchar treinta segundos de cada canción. Mientras que Mariano eligió tres temas de De-Loused in the Comatorium —un amigo fanático de At The Drive-In le había recomendado a The Mars Volta—, Matías eligió los treinta segundos del disco 12 Nuevas Patologías que había salido hacía muy poco. Al cuarto o quinto tema se arrepintió de la decisión: algunas canciones tenían mucha intro; le preguntó al empleado si podía volver a escucharlo con la opción de los tres temas completos; le dijo que no: Si querés comprá o vení otro día, le dijo. Esperó a que Mariano terminara y le dijo de ir a otro lado.
Para levantar los ánimos, Mariano propuso robar un vino en el super chino y tomarlo en la plazoleta que había sobre Suipacha. Les gustaba por la escultura que tenía de un tipo enroscado con una serpiente. No entendían mucho de historia, pero la figura les parecía copada y siempre se quedaban mirándola. La secuencia en el chino fue rápida: mientras uno compraba unas papas fritas y distraía al dueño con preguntas sobre unas calles de la zona, el otro le abría las puntas a un tetrabrik y se lo metía entre el pantalón y la campera. Al salir corrieron hasta la esquina por si los seguían y, al ver que no pasaba nada, retomaron para la plazoleta.
Con el vino casi liquidado, planearon ir hasta el Burger King de Avenida Rivadavia y Perú. Querían ver si había algún tranza para pegar algo de porro y usar unos cupones que salían en la parte de atrás del diario La Nación. Se podían canjear por un helado soft si presentabas el ticket luego de comer; era tan fácil como esperar que alguien se dejara el papel en la mesa y usarlo sin gastar plata. Caminaron hasta ahí, hablando de música y de bandas nuevas: sobre Babasónicos y la influencia del pop en su último disco; que lo nuevo de Expulsados no les gustaba, pero el The Empire Strikes First de Bad Religión sí; que Los Natas estaban sonando tremendos en vivo; y que Eterna Inocencia había sacado, y en esto estaba los dos de acuerdo, el mejor disco de sus vidas. Casi que de eso era de lo único que hablaban, quizás de algunas chicas, pero la música les ocupaba el mayor tiempo.
Entraron y se pusieron a buscar un ticket para canjear mientras daban vueltas y saludaban a conocidos que seguro también iban a ir al recital. Vieron que en la transmisión de Crónica aparecía una placa roja que decía “Nuevo ataque del enano vampiro”. Al parecer había una especie de vampiro que vivía en el cementerio de Flores y había atacado a vecinos de la zona. Solía morderlos en el momento que menos se lo esperaban. La pantalla del televisor cambió del estudio a un móvil en directo, en el barrio, donde una señora de ruleros y unos lentes culo de botella tremendos que decía que lo había visto. Era como un pitufo, encorvado, con los ojos rojos y la cara blanca pintada como si fuera un payaso y que, al huir de ella para meterse entre chapas de una casa abandonada, había visto que tenía una cola con punta, similar a la del diablo. La gente no paraba de reírse, les pedían a los empleados que subieran el volumen y hacían chistes sobre la vieja, el titular y la leyenda. Mariano, que era del barrio y frecuentaba el cementerio, ya conocía la historia y, sin embargo, no había visto nunca más que perros sarnosos y gatos callejeros cagados de hambre.
Una vez que consiguieron los helados y un poco de prensado paraguayo, se encaminaron para La Cigale. Al llegar a la puerta vio a su ex a lo lejos, pero se hizo el boludo. Saludó a otros y se quedó a un costado. El recital estaba bastante atrasado, recién comenzaban a probar sonido y luego faltaba revisar la técnica de Loquero que era la banda telonera del show. Había que esperar. Se armaron un porro y se quedaron frente al local, en una entrada de un edificio, para pasar desapercibidos. Cuando parecía que ya iban a dar puerta, llegaron los problemas.
Por la esquina doblaron unos skinheads revoleando cintos con tachas y botellas contra unos punks amontonados para entrar al recital. Comenzaron una batalla contra todo el que se les cruzaba; los alternativos o hardcores para ellos eran igual que los punks. Una botella cayó a centímetros de ellos. Matías se levantó, vio que un skinhead pasaba cerca y le encajó una patada en el pecho, le hizo señas a Mariano para que corrieran y se metieron por Tucumán, donde tenían que ir esquivando gente que los miraba sin entender qué pasaba.
Vieron que en Ultra Bar también había otro recital y, sin dudarlo, encararon al guardia en la puerta. Le suplicaron que los dejara entrar porque los perseguían unos skinheads y el seguridad, que primero les dijo que ni en pedo, después de varias súplicas y de verles la cara de asustados, se compadeció y los dejó pasar. Adentro estaba repleto. Un pelilargo de corte stone y remera rayada cantaba “sacate todo”. Los Villanos tocaban y el recital ya estaba bastante avanzado. A ellos no les gustaba la banda, aunque reconocieron que las melodías se les pegaban y comenzaban a hacerles mover el cuerpo y la cabeza. La banda tocó Sin mí —su nuevo hit que sonaba por todos lados—, unos temas más y cerraron con Putas.
No había pasado ni media hora y tenían que volver a la calle. Afuera, se encontraron con dos skinheads que aún seguían por la zona. Uno los reconoció y le gritó, desde la otra vereda: Alterno puto te voy a matar. Se movieron rápido, esquivando una botella que les habían tirado. Les lanzaron otra que se estrelló muy cerca de un linyera que pedía monedas. Todos, hasta el linyera, empezaron a correr para un lado y otro. Matías dobló por Lavalle, el linyera y Mariano siguieron por San Martín hasta llegar a Florida, donde se encontraron de nuevo. Los tres miraron la entrada del subte. Aunque ya estaba cerrado, la entrada era profunda. Podrían bajar un poco y con suerte, si lo hacían rápido, no los iban a encontrar. Decidieron hacerlo.
Una vez adentro, mientras Mariano iluminaba con un encendedor para ver algo, el linyera se quejaba de que le dolía la cabeza. La botella le había dado más cerca de lo que ellos pensaban: tenía una parte de la frente con sangre y se sentía mareado. Mariano cerró los ojos y la entrada del subte se fue oscureciendo como si una puerta invisible se cerrara, y el negro de la oscuridad los envolvió, como si los pudiera acariciar. El exterior desapareció de pronto. Los ruidos desaparecieron y sólo se veían sus caras iluminadas por la llama. Mariano comenzó a tener hambre, sed y una sensación de maldad por dentro. Miraba la sangre brotar de la frente del vagabundo y se acordaba con flashes de la noche anterior: de la herida en su pierna, de los gritos, la mordida, unos labios asquerosos que le sonreían y sus amigos desperdigados y gritando por el cementerio.
Se relamió los dientes que crecían filosos. Sintió cómo su espalda se encorvaba, se rompía y les sonrió a ambos. Primero al linyera y luego a Matías, que no paraba de decirle: loco qué te pasa, estás como poseído, qué mierda pasa Mariano, dale boludo; pero él no le contestaba. Un soplido apagó la llama del encendedor. La violencia y los gritos de agonía no se escucharon en ninguna parte, solo resonaron en esa oscuridad.
Emiliano Montani nació en Argentina, aunque vive en España con Rocío, su pareja, y Rita, su perrita. Tiene un proyecto musical con su nombre y trabaja en Accesibilidad Web. En sus ratos libres le gusta mucho escribir, pasión que inició tras inscribirse a un taller de narrativa online en Mar del Plata con Mariano Taborda y Emilio Teno. Sus cuentos, microrrelatos o experimentos literarios suelen tener relación con el terror cotidiano, el realismo mágico y la clase obrera argentina, con un aire decadente y nostálgico. Ha publicado el cuento corto juvenil Colonia de Verano, en formato fanzine, con la editorial La Bola Editora (Mar del Plata). También ha tenido algunas menciones en concursos literarios y varios otros fanzines auto gestionados de forma independiente en solitario o en compañía de otros escritores, músicos y artistas.





