Este cuento es de Angie Lucía Puentes Parra. Puedes leer más de la autora en la biografía al final del texto.
Esos toltecas eran ciertamente sabios. Solían dialogar con su propio corazón.Informantes de Sahagún (del siglo XVI)
Su piel estaba disfrutando de los 28 °C; el aire dulce y caliente atravesaba cada poro de su rostro; se sentía libre y acompañada por tantos hombres. Era la única mujer porque había decidido ir a visitar a un amigo que se estaba hospedando con varios de sus amigos; era un viaje entre “cuates”, sin “viejas”; sin embargo, ella había viajado desde muy lejos y la invitaron. Uno de los hombres tenía un poncho con la bandera de su país, el otro respondía mensajes en su celular. A medida que avanzábamos, el aire empezó a adormecer a los presentes. El del poncho se quedó dormido contra el vidrio. El del celular no aguantó más y se recostó en la silla de atrás. Ella estaba al lado, observando la manera en que los otros cantaban notas agudas y altas : “Desde hace ya más de tres años, recibe cartas de un extraño, cartas llenas de poesía, que le han devuelto la alegría. ¿Quién será quien sufre en silencio? ¿Quién puede ser su amor secreto? Ella, que no sabe nada”.
En su mente retumbaba, una y otra vez, las frases de ese amigo que le había dicho: “Uno debe dormir y leer libros en el avión. Aproveche para salir y conocer. No sea boba.” Pensaba en lo que le había mencionado la noche anterior desde Brasil, a través de esos mensajes de WhatsApp al celular. Un mensaje contundente. Estaba cansada, quería leer, descansar; pero él, su amigo, tenía razón: el viaje no era para eso. No era para dormir porque el tiempo se cruzaba, se cortaba entre las manos, se deshacía y entonces había que aprovechar porque todo iba muy rápido y los días para regresar se acercaban.
Fue un viaje largo. Gritaban y hacían silbidos al ritmo de las melodías de este país, en ese idioma. Al escucharlos, pensaba en el desamor que evoca cada canción, la manera en que esta música se impregna en cada poro de su agrietado corazón.
Cuando iban llegando, el que estaba delante de ella le indicó: “¡Mira! ¡no te duermas! Allí está la estatua que te dije, allí está este autor que debes leer, justo allí, en la rotonda de los ilustres.” Ella sentía curiosidad por esas estatuas puestas en el camino. El aire caliente pasaba y despeinaba su capul, su cabello largo hasta el hombro, de color café. Él le entregó a ella una guayaba, una fruta dulce y redonda, diciéndole: “Aquí estamos, en Zapotlán. El nombre de Zapotlán es una palabra de origen náhuatl que significa ‘lugar de frutos dulces y redondos’, como las chirimoyas, las guayabas, los tejocotes o los zapotes, que abundan mucho en la zona.” En silencio, sentía y degustaba el sabor de esta fruta. Pensó en todas las desolaciones, lágrimas y dolores que sabían tan amargo. Ahora estaba allí, sintiendo calor en sus brazos y en sus piernas, degustando el fruto dulce de una nueva vida, en un nuevo espacio.
Zapotlán era una ciudad pequeña, con texturas y una plaza bien estructurada. Los mayordomos tienen esas carpas con mesas de plástico donde preparan comida típica, repleta de salsas, de verduras, de tanto picante. Caminaron juntos el grupo de hombres y ella. Era la única mujer. Se sentía tan bien; si pudiera delinear sus pensamientos estarían entre un vaivén de emociones de felicidad, encuentro, acogida. Ella sentía que sus compañeros de viaje eran amables, entre las palabras en portugués, el acento boricua y de otras partes de Latinoamérica. Sentía que este nuevo espacio, esa “nueva vida” estaba cargada de tonalidades, silencios, y tantas palabras que eran sonrisas y aprendizajes de ese momento.
Luego de la hora del almuerzo, fueron a comer unos helados artesanales. Después estaba el que le había dicho sobre las estatuas, el mismo que le había entregado la guayaba. Tenía los ojos más claros que ella había visto: “Y, sin embargo, tus ojos azules, azul que tienen el cielo y el mar [...] hay ojos que llaman, hay ojos que esperan”. Caminaron juntos, lejos del grupo, quedaron de encontrarse en otro momento con ellos.
En una casa con rejas, la música de parlantes de la ciudad sofocante, con todos sus comercios y puestos para comer, se detuvieron. Había un gato. Mientras caminaban, rozaron sus manos; la piel de ella se acercó a la de él; sintió un vacío hondo en el estómago. Él le explicaba a ella que cuando vivía en ese lugar le encantaba mirar a los gatos, y que una parte importante de su vida había transcurrido en ese espacio. Ella escuchaba atenta, observando su cuerpo, su manera de pronunciar las palabras, sus pestañas largas, sus lentes, su aroma dulce y fresco.
De repente, ella se dio cuenta de que tenía una creencia católica bastante arraigada. No solo él, sino todo el grupo de viajeros. En silencio, comenzó a pensar que viajaba con monjes católicos; sintió un aire de misticismo y espiritualidad. Lo descubrió cuando llegaron a la iglesia: un recinto enorme, sagrado, con varias columnas y sillas de madera.
En el altar había tres carteles grandes, con fotografías de mujeres desaparecidas y hombres que no se habían vuelto a ver; la información era clara: estatura y otros rasgos físicos, y la última vez que habían sido vistas. Allí estaban los que nunca habían retornado con sus familias, con sus amores. Los desaparecidos de Zapotlán. Allí, en el altar sagrado, cerca de la cruz de Jesucristo, la cruz que lleva tantos rostros, signos de dolores inmensos, muestras de sangre ante los pies de Jesús.
Su acompañante caminaba y a veces tropezaba con las sillas; le mostraba a ella las figuras religiosas, los santos de estas comunidades, la arquitectura que se despliega en estos lugares. Una sensación de inmensidad, mirar al techo y poder contemplar las representaciones de los santos, Dios omnisciente y omnipotente en los hilos delgados de esta historia. Él decía lo que le rompía el corazón sobre las vidas de estas personas que se fueron y que nunca volverían a aparecer.
Llegó el momento de partir. Tenían que retornar hacia el microbús.
En el camino de vuelta se reencontraron con el resto del grupo. El día se había oscurecido y caía una lluvia tenue, ligera. Se sentaron juntos. Ella tenía frío, él le prestó una chamarra deportiva gris. Ella no podía parar de observar sus brazos, el color de su piel, sus botas texanas de cuero café, sus jeans; era un hombre alto, delgado. A medida que pasaba el tiempo del viaje, los kilómetros se iban quedando atrás. Dialogaban, las conversaciones y el ruido de los pasajeros se iban quedando a un lado.
En ese instante, el mundo se había acabado y la eternidad había sido ese momentito: ese diálogo dulce, ese tejido de palabras que inundaba su corazón de agua. Allí hubiera querido agarrar su mano, recostarse en su hombro, sentir su piel de cerca. Pero eso era solamente un pensamiento. Por más que su cuerpo quería, no podía tocarlo, ni sentirlo, ni acariciarlo. Debía ser así: “No sabes cómo te deseo. No sabes cómo te he soñado. Si tú supieras que me muero. Por tu amor y por tus labios.”
Estaban en la casa. La música empezó a sonar, entre todos, cocinaron arepas y tomaron cerveza. Empezaron a bailar toda clase de melodías: salsa, merengue, cumbias; hasta la samba brasilera, entre las notas, los movimientos y el paso del alcohol en la sangre, hacía que el sudor y el cuerpo se sintiera más ligero. Se agarraban de las manos, daban vueltas, se acercaban y se contemplaban en pleno fulgor del movimiento. Los cuerpos bailaban sin importar el paso del tiempo. Las notas aligeraban sus pensamientos y se quedaban de frente sin poder acercarse más al ritmo de las melodías, de tambores, de las trompetas, de esas letras que hablaban de una clase de amor… petrificado. Un amor petrificado en las voces de otros tiempos que animaba a quererse, a desearse; ahí estaban bailando al ritmo de la vida presente, que era un éxtasis profundo de miradas encontradas y pieles que apenas se rozaban.
Esa noche, ella se fue a su cama con el espíritu sediento de amor. Trataba de imaginar lo que sería estar cerca de él, su compañero de iglesias. Sentir su piel un poquito más de cerca. Imaginaba sus ojos claros mirándola…
Antes de dormir, decidió agarrar una hoja de su diario de viaje, un bolígrafo y escribió:
Estimado J. Quiero agradecerte por estas conversaciones, hace rato que no hablaba con alguien tan apasionado por ciertos libros, lecturas; hablar así, tranquilamente. “Hay ojos que llaman, hay ojos que esperan”, decía Miguel de Unamuno, y tus ojos son tan lindos…
Siempre, te voy a recordar. Con gratitud, L.
Se quedó dormida al lado de la carta, soñando que sus labios se encontraban.
Al día siguiente, era el momento de continuar el camino, de cambiar de destino. Tomó su desayuno, lavaron los platos; recitaron un poema de Jaime Sabines: “¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se pueden reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra.” Envolvió la carta en un sobre y se la entregó en un libro. Se dijeron hasta pronto; se reencontrarían en otra ciudad a los pocos días.
Nueva ciudad. Nuevo espacio.“Movimiento, fuerza y perseverancia. Atl.Agua”, decía la postal que había comprado en aquel museo enorme, amplio, con una columna de agua en el centro de la infraestructura. Caminaban holandeses, americanos y algunos latinos, haciendo fila para pagar las entradas. El corazón de ella se desbordaba en este espacio. Caminó muy despacio porque solía caminar siempre a mil y afanada. Dentro del recinto, su espíritu se apaciguó y descubrió las raíces de los tejidos, de la historia, la evolución del hombre, los tejidos de los vestidos, las máscaras, la gramática del purépecha, un mamut en medio del salón, la simbología de la luna, el sol.
¿Ha sido este el mejor viaje de su vida?, pensaba. En la avenida Amsterdam, había apartamentos y cafés literarios, una zona repleta de sorpresas. Ella: habitante de esta nueva ciudad que se esfuma de sus manos. El deseo de retener, de atesorar lo que sus ojos habían deleitado. Este encuentro profundo, abismal, con los vértices de su libertad, de su interior, de esos nuevos descubrimientos que ella misma iba tejiendo.
Era el día 31 del viaje, era un día especial. El tiempo se había esfumado en un suspiro. Era un día importante, sí. Había celebraciones y su vestido vino tinto tuvo protagonismo. Entre las charlas, las comidas, los recorridos, se reencontraba con varios compañeros del camino. De nuevo, allí estaba Él. Estaban en el mismo lugar, jugando a no encontrarse, a dialogar con otros para perderse de vista. Luego todos se empezaron a ir.
Entonces caminaron por la gran ciudad. En una calle pequeña y oscura, había un bar vintage, con velas de tonalidades diferentes; se sentaron y bebieron un coctel de mezcal. Ahora parecen lejanas sus palabras; él dijo: Ahora sí, dime todo lo que me quieras decir por qué ya no tenemos tiempo; ella le dijo: Usted me hace sentir muchas cosas; él dijo: Usted también me hace sentir mucho.
Ya casi era la medianoche. Él era como cenicienta, debía irse. Se sentaron en unas sillas de un parque en la calle y allí estaban: eran dos dualidades, dos extremos mirando la noche; a lo lejos estaba un ángel de oro, el de la independencia: un ángel como testigo inerte de un encuentro entre dos personas que sintieron tantas cosas, un idilio delgado que no podía ser.
Él no podía defender su amor, no podía ser rescatado ni de sus propias pesadillas; ya no había príncipes, ni princesas, ni nadie rescataba a nadie. Estaban al borde del final del día, a punto de llegar a la medianoche, al cambio de mes. Su abrazo final fue profundo: “Abrázame que el tiempo es oro si tú estás conmigo. Abrázame fuerte, muy fuerte, más fuerte que nunca.” Ella dejó su rostro en su pecho y no quería irse. Un abrazo que pudo durar más de cinco minutos. En ese abrazo se dijeron todo lo que las palabras no eran capaces de narrar.
“Adiós amor, me voy de ti. Y esta vez para siempre Me iré sin marcha atrás, porque sería fatal…”
En el avión, ella repetía las palabras de una canción lejana, de otro país: Cómo te voy a olvidar. Si besando la cruz, estás tú. Rezando una oración estás tú… Poco a poco, fue comprendiendo que todo pasa y que, a veces, el viaje también ocurre cuando se va desprendiendo de la memoria el yugo desigual que, en algunos casos, resulta ser el amor. Un yugo desigual porque no pueden amarse: la distancia, las opciones de vida. Porque era un amor que no podía ser, un amor que se destiñe con los ecos del paso de los días, de la memoria…
Angie Lucía Puentes Parra. Bogotá, Colombia. (1992) Educadora, literata, poeta. Magíster en Lingüística Aplicada del Español como Lengua Extranjera. Interesada en procesos de interculturalidad, ruralidades, literaturas indígenas, mística, espiritualidades, etnoeducación, antropología, procesos comunitarios, educación escolar y universitaria. Apasionada por las caminatas, bailar, la naturaleza, las plantas, los viajes, el té matcha y un buen café colombiano.
Posdata
Se puede leer este cuento a medida que se escucha el siguiente soundtrack. Canciones:
Adoro de Chavela Vargas
Ramito de violetas de Mi banda el mexicano
Sombras nada más de Javier Solís
Oye mi amor de Maná
Abrázame muy fuerte de Juan Gabriel
Adiós amor de Cristian Nodal
Cómo te voy a olvidar de Los ángeles azules
Referencias
Sobre Zapotlán: http://ciudadguzman.gob.mx/Pagina.aspx?id=573269d5-3387-4f2d-aa3f e76f3312f1a1 https://www.udg.mx/es/noticia/juan-jose-arreola-ya-es-benemerito-ilustre-de jalisco
Poema hay ojos que miran de Miguel de Unamuno
Poema Espero curarme de ti de Jaime Sabines
Fragmentos del Chilam Balam. Museo de Antropolo



