Digger no es el tipo de película que pensé que estaba viendo. La banda sonora de Cosmo Sheldrake, la escenografía meticulosa, la forma en que se comporta la cámara del Chivo Lubezki y los tonos que nos ofrece; todo parece un territorio y estilo nuevos para el director. Pero esa suspicacia luego se transforma en la claridad de que esta es la película que debía haber esperado de Iñárritu.
Un magnate petrolero, un «titán de la industria», se enfrenta a las consecuencias planetarias de su descarada extractividad. Sus desplantes de pathos y voluntad de poder nos enfrentan a la crisis de nuestro siglo, esa que encara a la historia con la verdad; el arte, honesto por naturaleza, contra la mentira ficcionada. Ya desde los primeros momentos se intuye la grandilocuencia y auto-reflexividad que han hecho de Iñárritu un director cada vez más divisivo. Pero hay al menos una capa en esta película iñarrituesca que no es tan fácil asir. La gravedad de la historia, el espíritu de la película, no vive en Digger Rockwell, ni tampoco en la común reflexión sobre la post verdad que alimentan los industrialistas; tampoco, incluso, en el estilo Brechtiano a que nos ha acostumbrado Iñárritu, desde al menos, Birdman. Esta película habita en cada intento de encarnar al hombre o de criticarlo, de cada gesto al hacer una película, de cada aproximación a una historia de crisis.
Digger vive en los intersticios, en sus momentos de silencio, en los milisegundos entre las bruscas transiciones de tono, porque éstas transiciones contienen la angustia de pasar del silencio a la palabra, el momento en que el acto creativo se enfrenta ante la sublimidad de la catástrofe y absurdidad de los futuros perdidos.
El experimento de Iñárritu y sus co-escritores pudo no terminar bien–camina una cuerda floja tonal durante dos horas–pero dos cosas hacen de este potencial fracaso, para mí, una obra lograda: la estructura narrativa que pende de la dupla Tom Cruise-Jesse Plemons, y de los últimos cinco minutos de la película. Sin esto, Digger sería otro meta-guión de Iñárritu; con ello nos encontramos frente a una película que excava el efecto de lo absurdo y lo hauntológico, sobre el ánimo creativo de una generación entera.
Esta es la sorpresa que me llevo: aunque con las estructuras conocidas de Iñárritu, el filme construye, junto con otras películas de los últimos años, un género emergente. Digger es ante todo un ensayo sobre hacer arte en un mundo nervioso, violento y de permacrisis. Como One Battle After Another, Bugonia, Eddington o Warfare, la película habita un universo estético y narrativo definido por lo subterráneo, la pulsión neurotizante, la una furia velada que se esparce como sarcasmo y violencia, y una nostalgia por mundos perdidos. A pesar de resultados impares y mixtos, estudios como Warner Bros continúan —y sospecho que continuarán— aventando dinero a estas películas. ¡Bienvenidos a los nuevos 70!
Lo que sospecho será lo más interesante de Digger, es el gran espacio entre la crítica y la recepción “masiva” de esta película. Como One Battle After Another y Eddington, presiento que el universo de esta película se convertirá rápidamente en un clásico; como la segunda, este éxito se dará muy lejos de los premios y de las plumas que determinan el buen cine, pero será generalizado entre los millenials y la generación Z. Aún así, el impacto de Digger como obra cinematográfica será de muy largo aliento; lo intuyo en la medida en la que triunfa comunicando algo del tiempo que habita.




