
Este ensayo fue escrito por Barnaby Shand. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
—Quiero ver el tren —dice el director del programa. Sabe que es esencial.
El operador, nervioso, presiona un par de botones. Es difícil seguir desde el aire las curvas que el tren lleva por tierra.
—Ahora vamos a la segunda toma—comanda el director—el helicóptero dos.
Aparece en pantalla. Se ve la máquina desde el aire. Lo que importa no es el trayecto; es el destino.
—Eso, despacio... cambiamos en 3, 2, 1... Ahora, ¡Euston! —grita el director; el nombre de la estación. La emoción ya es demasiada. No todos los días llega el futuro del país por tren
—Llega en dos minutos, dos minutos—declara—Todos atentos.
—El tren ya está ahí, ¡ya está! ¿Su equipo nos confirmó que ahí está? —duda de pronto el director.
—Sí —afirma el operador—. Confirmado. Burnham llega en dos minutos, desde el norte, a Londres, por el tren.
Así como vaticinan, ocurre.
Andy Burnham, el próximo primer ministro del Reino Unido–y recientemente electo miembro del parlamento—llega desde Manchester en tren. No hay caravana, no hay ceremonia, solo viene en tren. Y aún si Sky News tiene a dos—¡dos!—helicópteros cubriéndolo, no hay indicación clara de que el próximo primer ministro esté en el tren. Solo es un tren, uno de los tantos que entran a la estación de Euston a diario. Pero este tiene dos ángulos de helicóptero. No se puede perder la toma.
Todo parece indicar que Andy Burnham viene en ese tren. El otrora alcalde de Manchester, y ahora el Honorable Miembro del Parlamento por Makerfield, una circunscripción en las afueras occidentales del Gran Manchester. ¿Cómo llegamos aquí? De un arrasador triunfo del partido del trabajo en julio de 2024 (el tercero más grande de la historia) y una mayoría de 172 escaños liderada por Keir Starmer, a los repetidos y finalmente ensordecedores llamados a su salida que terminarían con Burnham en ese tren y la prensa vuelta loca. Es la historia de dos hombres bastante distintos, con políticas que distan entre sí. Uno anodino, adusto y gris; el otro, carismático. Y es la historia de un cambio en la política británica que, desconocía, iría contra mis expectativas.
Cuando era niño me hice de una teoría que, hasta hace poco, me acompañaba. Mientras menos escuchara de nuestros políticos, mejor. Quiero que trabajen, eso sí; quiero que hagan un buen trabajo y sean una buenas personas; no quiero, sobre todo, que estén constantemente en la prensa (recuerdo las escenas incansables de guerras en mi niñez—del Afganistán de Tony Blair; de nuevos muertos, de crisis, de un mundo que no entendí). No news is good news, pensé.
Este año, se cumple una década de ruidos interminables en el Reino Unido; de esos que mi intuición infantil decían ser la antítesis de un buen gobierno. En 2016, el país votó a favor de dejar la Unión Europea. Viendo los resultados, David Cameron renunció como titular del gobierno; la escisión quedó en manos de Theresa May. Ella duraría poco; sus sucesores, también. Desde la renuncia de Cameron, el Reino Unido ha pasado por cinco primeros ministros en una letanía que incluye un maestro de los memes y controversia, un banquero educado en los Estados Unidos y, hasta hace poco, una papa sin sal.
Ese ruido incluyó a los que renunciaron por no lograr la dimisión de la Unión Europea; los que estuvieron envueltos en escándalos por fiestas en COVID; hasta los que perdieron elecciones históricas. Tantos eventos en una letanía interminable. En esos años volvía a mi deseo infantil: un primer ministro del que no escuchara cosa alguna.
Ahora, me doy cuenta de cuánto me equivoqué. El «no news» es imposible, así que mi imperativo de no news is good news es lógicamente falaz. Siempre hay noticias. Por eso mismo, las buenas noticias (good news; activas y de su propia voluntad, ¡un cambio!) deberían ser el estándar. No el silencio. Me gustaba el silencio porque era un niño que, a duras penas, leía las noticias de vez en vez.
Aun así, se hizo el cambio.
En 2024, llegó el silencio al número 10 de la calle Downing (sort of). Aunque no voté por él, estaba relativamente feliz con la llegada de Keir Starmer. ¡Él era la personificación de mi teoría infantil! ¡Era superficialmente irrelevante! Estable, sensible, astuto: un abogado (de hecho, exdirector de la Fiscalía Pública y exjefe del Servicio de la Fiscalía de la Corona). Era el tipo de político que creí querer, y que creí que necesitábamos. Estaba equivocado.
Hace dos años, en una elección contundente, el Reino Unido votó contra los Tories—como se le conoce a los conservadores—y dio un margen enorme al Partido Laborista (Labour Party). De los 650 escaños en el parlamento, el Laborista se hizo con 411 de ellos—211 más que la elección anterior—. Dirigiendo a la mayoría estaba un congresista londinense callado; sin el carisma de varios de sus predecesores. Si algo, ese era el atractivo de Keir Starmer. El nuevo primer ministro llegó como la mejor alternativa a años de conmoción.
Tampoco duraría. Hace ya un mes, Starmer entregó su renuncia al puesto.
Lo interesante de este final es que no hay un problema específico. No hay drama, ni escándalo. Para muchos, como para mí, su apoyo a Israel y la postura británica contra la causa palestina fueron una afrenta grave (una mancha, masiva y fea). El gobierno encabezado por Starmer incluso insistió en meter abuelos, curas, estudiantes, veteranos y abogados en la cárcel por llevar letreros de cartón en protestas.
Sumándole a los agravios, mintió sobre el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en los Estados Unidos. Para resumir el asunto, archivos desclasificados del caso Epstein revelaron que Mandelson, entonces embajador del Reino Unido en Estados Unidos, usó su oficina para darle información sensible al depredador sexual. En febrero, el británico fue arrestado. Para abril salió a la luz que no había aprobado sus autorizaciones de seguridad necesarias para asumir el cargo. Starmer le mintió al parlamento sobre todo esto. Morgan McSweeney, su influyente jefe de personal, fue despedido (¡Vaya, algo de consecuencias!) y Starmer intentó sobrellevar el tema. Es mi posición que, si Burnham no figurara, este no habría sido el final de Starmer. Primeros ministros británicos han sobrevivido ante cosas mucho, mucho peores.
La caída masiva del exprimer ministro, poco tiempo después de haber ganado una victoria aplastante no se explica por un hecho específico. Ninguna acusación avivó llamados generalizados a que dejara el cargo. El sentimiento en las calles era que simplemente, a la gente no le agradaba y prefería que el hombre que gobernaba Manchester tomara las riendas.
Es una forma extraña de retirarse (al menos inusual en esta última década de puertas giratorias en la política local). Primero, en enero, Starmer bloqueó a Burnham para contender en la elección en Gorton & Denton. Esto ha sido interpretado ampliamente como un movimiento cauteloso. Si Burnham hubiera ganado el asiento, hubiera podido convertirse en el líder del Partido Laborista y, por ende, se perfilaría como futuro primer ministro. De estos hechos, Burnham, quien siguió como alcalde de Manchester, salió con fuerza, mientras que Starmer terminó debilitado.
De enero a mayo, y también pasando a junio, la presión contra Starmer creció. Vaya que se volvió despreciado. En la encuesta promedio, Starmer contaba con una desaprobación del 48% de la población, con un máximo (o mínimo) de 62 % al fin del año pasado—uno de los primeros ministros menos populares en la era moderna—.
Britain poggles, the mines shut, the children break, shiny London Towers grow and the MPs drink a subsidised wine.
A Starmer lo juzgamos por quien era, más que por lo que había hecho. Es relativo, claro. La economía creció un poco, los tiempos de espera para recibir una cita médica bajaron (una métrica importante para la opinión popular inglesa); hay más profesores en los colegios y la inmigración se redujo un 80% (una locura para un gobierno laborista). El problema es que estoy leyendo la lista oficial que publicó el partido. Mientras la leo, me quedo dormido. What has Keir done («Qué ha hecho Keir»), el nombre de la página, ya es una confesión del fracaso más que un festival de sus éxitos. Lo que definirá los años de Starmer es cómo, a pesar de esos logros, no hubo manera de comunicarlos; los hizo en ese silencio que yo añoraba y que, al final, fue su perdición. Intentó hacer bromas hasta el cansancio y, cuando triunfaba, le salían en contra—incluso cuando, en una escuela, trató de socializar con niños haciendo el gesto con las manos de 6-7 y, en su lugar, se hizo en un hazmerreír de las redes sociales—. Starmer no fue un político. No estaba en su sangre, no lo vivía y tampoco parecía que lo disfrutara.
Lo que definirá los años de Starmer es cómo, a pesar de esos éxitos, no hubo manera de comunicarnos; los hizo en ese silencio que yo añoraba y que, al final, fue su perdición.
En la política, ahora me percato, hace falta ruido.
Starmer no quería hacer política. No cortejó y no cultivó fanáticos ni lealtades. No solucionaba las disputas entre departamentos (por eso los giros de volante repentinos y la renuncia de grandes aliados como John Healey). Le hacía falta hacer política. ¿Quién debe ser nuestro líder, nuestro primer ministro? Mi intuición es que debe ser un político; de esos que evitan el silencio.
Andy Burnham contrasta abismalmente con su antecesor: le encanta el juego de la política. Él conspira. Viene del norte (acento, importante), con la cara de cualquier vecino. A la vez, lo veo como un asesino, y estoy contento. Se presenta como un poco a la izquierda de Starmer; con él están contentos la mayoría de los laboristas, los del Partido Verde (Greens) y los demócratas liberales (Lib Dems). Yo también.
Me parece un buen hombre (un político). Sorpresivamente, me alegra que no sea callado; que represente algo. Quiere destruir la Cámara de los Lores—el órgano superior del parlamento, administrado por legisladores electos por el rey o miembros del clérigo—; en su lugar, planea colocar un Senado electo por las regiones. Planea terminar con el HS2—el sistema de trenes de alta velocidad—y llevarlo hasta Escocia, matando todo renacuajo que esté de por medio. Quizá eso se necesita para crear: un primer ministro desalmado.
Burnham explora, al menos, la posibilidad de un impuesto sobre la riqueza (su observación clásica es que en el Reino Unido, el trabajo tiene impuestos de más y la riqueza, tiene impuestos de menos). También tiene la propuesta de nacionalizar el sistema de proveeduría de agua y energía, así como los autobuses (parcialmente, como hizo en Manchester). El primer ministro entrante quiere conseguir unas olimpiadas y que sus sedes estén en el norte (Liverpool, Manchester, Leeds, Newcastle y Sheffield), porque Londres ya ha tenido tres. Y hay tantas otras propuestas; esas son solo las que más resonaron entre el público.
Su cargo no es excepcional. Es la sexta persona en los últimos diez años en ser el representante gubernamental del Reino Unido. En su primer discurso como primer ministro, el 20 de julio pasado, el propio Burnham lo reconoció.
«El Reino Unido necesita mostrarle al mundo que podemos recuperar nuestra estabilidad, ese es nuestro reto, hacer que la política funcione, hacer que funcione mejor». Bueno, intenta ser honesto. No hemos sido suficientemente buenos. Pauso. Recapacito. Burnham realmente no habla de él mismo, considera que ha hecho las cosas fantásticas en Manchester, lejos de los constantes y costosos errores en Westminster.
«Haremos de este momento un punto de inflexión para Gran Bretaña, impulsando los mayores cambios de los últimos cuarenta años. Un nuevo modelo político y un nuevo modelo económico», continúa. Todos los políticos lo dicen, pero por alguna razón, me inclino a creerle.
«Reindustrializaremos el Reino Unido, utilizando la contratación pública para apoyar a la industria británica… cierta ayuda con el coste de la vida… Ayudaremos a más jóvenes a acceder al mercado laboral transformando el sistema educativo y brindándoles más apoyo, incluido el apoyo a la salud mental… Ayudaremos a las personas a tener una buena calidad de vida, construyendo un Estado más orientado a la prevención e invirtiendo en el éxito de las personas en lugar de pagar por el fracaso». Eso me interesa.
Muestra una visión de cambios radicales, pero también hay giros pequeños e inmediatos que no deben ser desestimados. A veces me preocupan los grandes proyectos en la política. La paciencia se debilita y en algún punto los funcionarios deben dar resultados (que se vean directo en el bolsillo y en el día a día). Por ejemplo, recuerdo cómo a los días de su llegada al cargo, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ordenó arreglar un prominente bache en el puente ciclista de Williamsburg. Pequeño, sí, pero algo que mejoró las vidas de miles y miles de sus votantes.
Otra medida, no mencionada en su discurso pero ya implementada, es la reducción del IVA en las facturas de energía. Si la política consiste en mejorar de forma significativa la vida de las personas, entonces esto es política. Comprender qué es lo que destaca o resulta relevante es fundamental para entender a Burnham.
El primer ministro también ha enfatizado que gobernará con el corazón de la gente en su agenda, que construiremos un nuevo sentido nacional de unidad y propósito a través de todos los códigos postales. Luego, habló de esperanza. No lo hace al estilo Obama, no es emocional al mencionarlo (quizás no es el mejor momento con lo que ya hemos atravesado), pero es firme. Es un estilo británico de esperanza.
Su discurso duró cinco minutos. No usó notas. Su voz fue grave y con su característico acento del norte. Recuerdo que tuve un profesor que atribuía parcialmente el éxito de Obama a su voz grave. No lo tomé en serio pero quizás me equivocaba. Supongo que este profesor ha de estar interesado en Burnham.
Es probable que el recién estrenado primer ministro busque una elección que, con el respaldo popular, le dé el mandato para una agenda más agresiva. Ya corren rumores desde Westminster de que esto sucederá tarde o temprano, y en todos los partidos se realizan las preparaciones acorde. La definición será un tema de encuestas. Si algo nos dice su carrera, es que Burnham sabe operar. En un tiempo en que el país está hambriento de liderazgo, me intriga.
De niño, en los East Midlands, asumí que el silencio era competencia. Puede que lo fuera entonces, en esos años tan distintos a los que me han tocado en mi joven adultez. En estos, más que nunca, el ruido, el juego, la comunicación y la visión son importantes. Ojalá que lo tengamos en Burnham. Los británicos, es lo menos que merecemos. Vivamos en esperanza; vamos viendo.
Barnaby Shand (Reino Unido) es un escritor, comentarista político y crítico de comida. Se enfoca en el Reino Unido, España y Argentina. Edita Barny’s.


