Buscando a La Michoacana
Sobre paleterías, misterios y lo mexicano
Este ensayo fue escrito por Silvia Dichi Atri. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
La primera vez que me senté a comer una paleta de tamarindo en una Michoacana pensé: esto sabe igual en todas partes. Rosa el toldo, rosa la muñequita, rosa la nostalgia. Para quienes no viven en México, “La Michoacana” es más que una heladería: es una institución popular. Venden paletas heladas, nieves y antojitos con fruta natural. Las hay en cada barrio, cada pueblo, en cada esquina del país. Su sello visual es infalible: una niña con trenzas, un sombrero tradicional michoacano y un menú colorido que promete sabores de mango, limón, chamoy, rompope o galleta.
Lo natural sería pensar que el sabor de cada una de las Michoacanas es igual. Paletas de agua, color rosa en los toldos, la muñequita de trenzas sonriendo con su sombrero michoacano, la promesa de fruta natural. Basta cruzar la calle para descubrir que no hay dos iguales. En este caso, basta con cruzar la Ciudad de México.
En Prado Norte, por ejemplo, entré a “La Auténtica Michoacana” con letras doradas, refrigeradores impecables y helado de carajillo servido como si fuera espresso. Costó cuarenta pesos y venía envuelta en celofán. La chica que atendía me ofreció probar sabores con una cucharita de plástico dorada. Boutique heladera.
En Iztapalapa, al otro lado de la ciudad, la experiencia es otra. La Michoacana que visité estaba entre una tlapalería (una ferretería de barrio que vende desde clavos hasta pintura) y una tienda de abarrotes. El menú, escrito con plumón sobre un espejo roto, anunciaba sabores como grosella, rompope y limón. Las paletas se guardaban en un refrigerador azul eléctrico que probablemente data del 88, con las esquinas oxidadas y el sello de la CFE ya deslavado. La señora que atendía me recomendó la de limón “porque todavía está bien congelada”. Me costó veinte pesos. Fue la mejor del día. Sabor intenso, ácido, como el de los dulces de la infancia. Una cápsula del tiempo servida en palito.
En ese momento te das cuenta de que no es una franquicia. La marca de helados más conocida de México funciona distinto no por estado ni por ciudad, sino por cada uno de sus locales. Circula la leyenda: que si eres de Tocumbo, Michoacán (un pueblo a tres horas y media de Morelia, casi en el vecino estado de Jalisco); si eres de ese lugar, puedes fundar tu propia Michoacana en cualquier parte. Que basta con ser paisana y tener una receta para replicar el modelo.
La realidad es otra. El sistema detrás de esas paletas rosas no es un negocio uniforme, sino una red de relaciones familiares, migrantes y comerciales que se fue tejiendo desde los años cuarenta, sin centro, sin manual, sin jefa.
Simplemente, gente vendiendo paletas.
Hay cierta verdad en el mito. La historia sí inicia en Tocumbo, Michoacán.
Ahí, hace ochenta años, no había heladerías, mucho menos una franquicia. Había burros. Y cajas de madera. Con eso comenzó todo.
Según reportajes de Revista Búsqueda, El Sol de Morelia y estudios del Colegio de Michoacán, Rafael Malfavón Villanueva tenía una receta para hacer paletas con fruta natural. Las cargaba en burros y las protegía con hielo envuelto en costales. No existía el rosa corporativo. Ni la niña con trenzas. Solo fruta, madera, paciencia.








