Carta desde una prisión en Birmingham
Mientras he estado encerrado aquí en la prisión de la ciudad de Birmingham, me encontré con sus recientes declaraciones declarando que mis actividades actuales son “imprudentes e inoportunas”.
Nota del Traductor
Ya mucho se ha escrito sobre el arte y el deber de traducir, por lo cual no creo sea oportuno alargar una carta que, como reconoce el mismo autor, es de por si bastante extensa. Lo único que haré, antes de anexar unas breves notas al texto, será recordar a mis lectores la naturaleza del lenguaje y la palabra escrita. Solemos olvidar que las letras son solo vehículos para transmitir conceptos. Por su cuenta, las palabras “libertad” y “justicia” no son más que garabatos sin sentido. Como nos recuerda el Reverendo King en estas páginas, la lucha por una sociedad justa se encuentra fuera del papel y la pluma. Lo importante no es la belleza del lenguaje, sino los conceptos que busca transmitir. Por ello, he dado prioridad a lo que ocultan las palabras en mis esfuerzos de traducción.
Ahora, quiero aclarar que no busco brindar un prefacio a la obra aquí presente, existen otros mucho mejor capacitados para dicha labor. En su lugar, trataré de dar breves anotaciones que resalten las particularidades de mi traducción y la importancia de leer una carta escrita en 1963 a mediados del 2020. En deseos de mantener mis comentarios a las palabras del Reverendo King breves y mis pensamientos sobre la desigualdad racial concisos, me limitaré a hacer dos notas que, es de mi parecer, estoy obligado como traductor a incluir previo a la presente obra. En primer lugar, hablaré de cuestiones gramaticales importantes. Particularmente, explicaré los lugares donde he alterado la redacción del autor para dar prioridad al mensaje que esconden sus palabras, o los momentos en que he tratado de adaptar las manías de la lengua inglesa a los ojos del hispanohablante. En segundo lugar, usaré unas cuantas líneas para aclarar el motivo detrás de mis labores de traducción. Aunque quizás yo no sea el indicado para hacer comentarios sobre cuestiones de justicia racial, me veo forzado a dejar, de una forma u otra, un testimonio sobre los tiempos tan difíciles en los que vivimos.
Primero, y para algunos mas tedioso, dejaré unos cuantos comentarios sobre el uso de la lengua y las decisiones de redacción que tomé en el proceso de traducción. Estando a cargo de la presente redacción, he de confesar que tres cuestiones distintas me obligaron a modificar las palabras del Reverendo King. La primera es una cuestión de mensaje por lo cual tomé la libertad de modificar el texto en esperas de transmitir mejor los ideales que oculta. En el cuarto párrafo de la carta se encuentra la frase: “Todo lo que afecta uno directamente, nos afecta a todos indirectamente” a la cual he agregado el pronombre “nos” que no aparece en la versión en ingles. Aunque uno podría dejar la oración como estaba, es de mi parecer que el Reverendo King exhorta un sentimiento de comunidad el cual busca envolver a sus lectores en la lucha por la justicia racial. Por estos motivos hice el cambio tan sutil.
La segunda es una cuestión gramatical de la lengua hispana. El Reverendo King acostumbra a mencionar las formas femeninas y masculinas de un mismo sustantivo con propósitos retóricos, como es el caso al decir “hermanos y hermanas” o “afroamericanos y afroamericanas”. En Inglés, dichos usos son correctos e inclusive elocuentes por la carencia de géneros gramaticales, pero lo mismo no ocurre en mi preciado Español. Este no es lugar para debatir la estructura del idioma o involucrarme en los debates modernos que buscan incluir un nuevo genero gramatical o eliminarlos por completo. Ya tendré ocasión de defender las reglas del Español en otro momento. Corrijo estos detalles pensando que el Reverendo King, con su impecable uso del Inglés, los habría evitado de haber sido hispanohablante.
Por último, hay una cuestión racial en mi redacción que debo resaltar a mis lectores. Como bien se sabe, en ingles existe un grupo de palabras despectivas para referirse a la comunidad afroamericana que se asimilan al vocablo español “negro”. Al no ser yo miembro de la raza afroamericana, carezco del derecho o el poder para siquiera escribir estas palabras que han causado tanto dolor y sufrimiento a través de los años. Por ello, en la mayoría de las ocasiones he usado en su lugar el término “afroamericano”, cuando se refiere a la raza, y cuando se usa la palabra peyorativa he optado por escribirla con censura. Esto lo hago como señal del inmenso respeto que tengo a la raza afroamericana y en reconocimiento a los siglos de opresión por los que han pasado. Lo menos que podemos hacer es prohibirnos el uso de una palabra que solo trae consigo odio y recuerdos de opresión. Todos mis cambios están en negritas para mejor informar al lector.
En segundo lugar, debo dar respuesta a la interrogante que ha abrumado a todos los traductores modernos: ¿Por qué una nueva traducción? No soy el primero en traducir las obras del Reverendo King, y mucho menos el más elocuente, por lo cual debo explicar el motivo detrás de mi osadía a brindar una nueva versión de las mismas palabras. Para contestar esta pregunta, me parece prudente agregar una palabra a la cuestión que me parece permitirá dar a conocer mis motivos. En lugar del planteamiento original, es más productivo responder a la interrogante: ¿Por qué una nueva traducción ahora? A casi 60 años de su redacción las palabras en la Carta desde una Prisión de Birmingham, y los sentimientos que generan en el lector, se han vuelto más importantes para Estados Unidos y la humanidad. Hoy, más que nunca, nos es claro que la lucha en contra del racismo no ha terminado. Hemos ganado cientos de batallas, pero la guerra sigue causando estragos en el mundo entero. Para los Estados Unidos, la muerte de George Floyd ha inspirado cientos de protestas a través de la nación cuyo único objetivo es el de preservar la justicia y eliminar el racismo, como en su momento lo argumentó el Reverendo King. Aunque en varios casos la violencia ha guiado al caos en estas protestas, espero que los valores de justicia y libertad logren su cometido por medio de la paz y la fraternidad. Si hay algo que me ha enseñado traducir esta carta es el valor de la no violencia en la lucha por un mejor futuro. Para mi amado México, espero que la crisis en los Estados Unidos y las palabras del Reverendo King nos obliguen a pensar sobre nuestros propios pecados raciales. No hay como ocultarlo, México es una sociedad racista. Aunque nuestro problema está relacionado con cuestiones de clase que suelen opacar la situación, sería poco prudente ignorar el racismo al cual se enfrentan día tras día nuestras comunidades indígenas. En otro momento cubriré estos temas a profundidad.
Por último, concluyo mis notas con una breve disculpa, similar a la del Reverendo King en estas páginas. Si he cometido algún error de redacción o de traducción espero puedan perdonarme. Si creen que mis opiniones en algún momento opacan las del autor, quiero dejar claro que esa nunca fue mi intención. Traducir las palabras del Reverendo King ha sido un gran honor para mi, que me considero un profundo admirador de su lucha en los Estados Unidos, por lo cual he tratado de desempeñar mis labores con el respeto que se merecen.
-JL Sabau
Carta desde una Prisión en Birmingham
16 de Abril de 1963
Mis Queridos Compañeros del Clero:
Mientras he estado encerrado aquí en la prisión de la ciudad de Birmingham, me encontré con sus recientes declaraciones declarando que mis actividades actuales son “imprudentes e inoportunas”. Rara vez me detengo para contestar críticas a mi trabajo y mis ideas. Si tratara de responder todas las críticas que pasan por mi despacho, mis secretarias tendrían poco tiempo para actividades fuera de dicha correspondencia a través del día, y yo carecería de tiempo para labores constructivas. Pero ya que siento que son hombres de una genuina buena voluntad y que sus críticas son presentadas de manera sincera, quiero tratar de contestar a sus declaraciones en lo que espero serán términos razonables y pacientes.
Pienso que debería indicar porque me encuentro en Birmingham, ya que ustedes han sido influenciados por el punto de vista que argumenta en contra de la “entrada de forasteros”. Tengo el honor de servir como presidente de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, una organización que opera en todos los estados sureños, con base de operaciones en Atlanta, Georgia. Tenemos alrededor de ochenta y cinco organizaciones afiliadas a través del Sur, y una de ellas es el Movimiento Cristiano de Alabama por los Derechos Humanos. Compartimos frecuentemente trabajadores y recursos educativos y financieros con nuestros afiliados. Hace ya varios meses el afiliado aquí en Birmingham nos pidió asistir a un programa de acciones no-violentas directas si lo consideráramos necesario. Estuvimos de acuerdo rápidamente y, cuando llegó la hora, cumplimos con nuestra promesa. Así que yo, junto con muchos miembros de mi equipo, me encuentro aquí porque fui invitado. Estoy aquí porque tengo vínculos organizacionales aquí.
Pero en un nivel más simple, estoy en Birmingham porque aquí también está la injusticia. Así como los profetas del siglo ocho A.C. dejaron sus aldeas y llevaron el “así dijo el Señor” más allá de los limites de sus poblados, y así como el Apóstol Pablo dejó su aldea en Tarso dejó y llevó consigo el evangelio de Jesucristo a los rincones remotos del mundo Greco Romano, yo también me veo obligado a llevar el evangelio de la libertad más allá de mi hogar. Como Pablo, debo responder ante la súplica macedonia de ayuda.
Además, reconozco la interrelación de todas las comunidades y estados. No puedo sentarme con los brazos cruzados en Atlanta sin preocuparme por lo que ocurre en Birmingham. La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todos los lugares. Estamos atrapados en una red inescapable de mutualidad, amarrados en una sola prenda del destino. Todo lo que afecta uno directamente, nos afecta a todos indirectamente. Nunca más podemos darnos el lujo de vivir con una idea estrecha y provincial de “agitadores forasteros”. Todo aquel que viva dentro de los Estados Unidos jamás podrá considerarse un forastero en cualquier lugar dentro de sus límites.
Ustedes deploran las demostraciones que hoy en día ocurren en Birmingham. Pero sus declaraciones, lamento decirlo, carecen de una preocupación similar por las condiciones que provocaron dichas demostraciones. Estoy seguro de que ninguno de ustedes querrá darse por satisfecho ante el tipo de análisis social superficial que trata únicamente con los efectos y no aborda las causas subyacentes. Es desafortunado que estén ocurriendo demostraciones en Birmingham, pero es aun mas desafortunado que la estructura de poder blanco de la ciudad no dejara otra alternativa a la comunidad afroamericana.
En cualquier campaña no violenta existen cuatro pasos básicos a seguir: recolectar los hechos para determinar si existe una injusticia; negociar; auto purificar; y actuar directamente. Hemos pasado por todos ellos en Birmingham. No puede contradecirse el hecho que la injusticia racial envuelve esta comunidad. Birmingham es quizás el lugar más segregado en los Estados Unidos. Su horrendo registro de brutalidad es conocido ampliamente. Los afroamericanos han experimentado un trato groseramente injusto en las cortes. Ha habido más casos sin resolver de bombas en casas e iglesias afroamericanas en Birmingham que en cualquier otra ciudad en la nación. Estos son los hechos, duros y brutales de la situación. En base a estas condiciones, lideres afroamericanos buscaron negociar con los padres de la ciudad. Pero estos se negaron constantemente a participar en negociaciones a buena voluntad.
Luego, el Septiembre pasado, vino la oportunidad de hablar con los líderes de la comunidad económica de Birmingham. En el transcurso de las negociaciones, ciertas promesas fueron hechas por los comerciantes —por ejemplo, el remover letreros raciales humillantes de las tiendas. En base a estas promesas, el Reverendo Fred Shuttlesworth y los líderes del Movimiento Cristiano de Alabama por los Derechos Humanos accedieron a una moratoria a todas las demostraciones. Con el paso de meses y semanas, nos percatamos que fuimos víctimas de una promesa rota. Un par de letreros, brevemente removidos, regresaron; los otros se quedaron. Como en muchas experiencias pasadas, nuestras esperanzas fueron arruinadas, y la sombra profunda de la decepción se estableció en nosotros. No nos quedó otra alternativa que prepararnos para acciones directas, por las cuales presentaríamos nuestros propios cuerpos como método de presentar nuestro caso ante la conciencia de la comunidad local y nacional. Consientes de las dificultades que esto involucraría, decidimos pasar por un proceso de auto purificación. Comenzamos con una serie de talleres sobre la no violencia y en repetidas ocasiones nos preguntamos: “¿Eres capaz de aceptar los golpes sin dar respuesta?” “¿Eres capaz de soportar el reto que es la cárcel?” Decidimos agendar nuestro programa de acciones directas para la temporada de Pascua percatándonos que, excluyendo la Navidad, este es el periodo de compras mas importante del año. Sabiendo que un programa fuerte de restricción económica sería el resultado de las acciones directas, sentimos que este seria el mejor momento para generar presión a los comerciantes sobre la necesidad del cambio.
Luego se nos ocurrió que las votaciones para alcalde en Birmingham se acercaban en marzo, por lo que rápidamente decidimos cancelar nuestras acciones hasta después del día de la elección. Cuando descubrimos que el Comisionado de Educación Publica, Eugene “Bull” Connor, había conseguido suficientes votos para la segunda vuelta de elecciones, decidimos posponer nuestras acciones nuevamente hasta después de los nuevos comicios para que las demostraciones no pudieran usarse para opacar los problemas. Como muchos otros, esperamos para ver la derrota del Sr. Connor, y por este propósito soportamos aplazamiento tras aplazamiento. Tras haber apoyado este bien comunal, sentimos que nuestro programa de acción directa ya no podría ser postergado.
Ustedes podrán preguntar: “¿Por qué las acciones directas?” “¿Por qué las sentadas, protestas y todo lo demás? ¿Acaso la negociación no es un mejor camino?” Están en lo correcto al hacer un llamado a la negociación. Efectivamente, este es el verdadero propósito de las acciones directas. Las acciones directas no violentas buscan crear y cosechar crisis y tensiones tales que una comunidad que se ha negado constantemente a negociar no tenga otra alternativa que confrontar el problema. Lo que busca es dramatizar el problema para que no pueda ser ignorado. Mi mención de la creación de tensión como parte del trabajo de la resistencia pacifica tal vez suene dura. Pero debo de confesar que no tengo miedo de usar la palabra “tensión”. Me he opuesto formalmente a la tensión violenta, mas existe un tipo de tensión constructiva y pacifica necesaria para el desarrollo. Así como Sócrates sintió que era necesario crear tensión en la mente para que los individuos se alzaran de la esclavitud de mitos y medias verdades al reino del análisis creativo y la evolución objetiva, nosotros debemos ver la necesidad de moscas no violentas para crear el tipo de tensión en la sociedad que ayudara al hombre a levantarse de las oscuras profundidades del prejuicio y el racismo a las majestuosas alturas de la comprensión y la hermandad. El propósito de nuestro programa de acción directa es el crear una situación tan plagada de crisis que será inevitable abrir las puertas a la negociación. Por lo tanto, concuerdo con ustedes en su llamado a la negociación. Nuestra amada tierra del sur se ha empantanado por demasiado tiempo en un esfuerzo trágico de vivir en monologo en lugar de dialogo.
Uno de los puntos básicos de sus declaraciones es que las acciones que yo y mis asociados hemos realizado en Birmingham son inoportunas. Algunos han preguntado: “¿Por qué no le dieron oportunidad a la nueva administración local de actuar?” La única respuesta que puedo darles ante esta pregunta es que la nueva administración de Birmingham debe ser empujada de la misma manera que la anterior antes de que reaccione. Estamos en un triste error si sentimos que la elección de Albert Boutwell como alcalde traerá el milenio a Birmingham. Aunque el Sr. Boutwell es una persona mucho más gentil que el Sr. Connor, ambos son segregacionistas, dedicados a mantener el estatus quo. Tengo fe en que el Sr. Boutwell será lo suficientemente razonable como para ver futilidad de una resistencia masiva a la desegregación. Pero él no lo verá sin la presión de aquellos dedicados a los derechos civiles. Mis amigos, debo decirles que no hemos logrado ninguna victoria en cuestiones de derechos civiles sin una determinada presión legal y pacífica. Lamentablemente, es un hecho histórico que los grupos privilegiados rara vez entregan sus privilegios voluntariamente. Algunos individuos podrán ver la luz de la moral y renunciar voluntariamente a su posición injusta; pero, como Reinhold Niebuhr nos recordó, los grupos tienden a ser más inmorales que los individuos.
Sabemos por medio de experiencias dolorosas que la libertad jamás es dada voluntariamente por el opresor; debe de ser demandada por los oprimidos. Francamente, aun no me he involucrado en una campaña de acción directa que fuera “oportuna” en los ojos de aquellos que no han sufrido excesivamente por la enfermedad que es la segregación. Por años hemos escuchado la palabra “¡Espera!” Retumba en los oídos de todo afroamericano con una familiaridad desgarradora. Este “Espera” casi siempre ha significado “Nunca”. Debemos percatarnos que, con uno de sus distinguidos juristas, que “la justicia por mucho aplazada es justicia negada”.
Hemos esperado por más de 340 años por nuestros derechos constitucionales y otorgados por Dios. Las naciones de Asia y África se mueven a velocidad de avión hacia ganar la independencia política, pero nosotros aun nos arrastramos a paso de caballo y calesa hacia ganarnos una taza de café en la barra de un restaurante. Tal vez sea fácil para aquellos que nunca han sentido los dolorosos piquetes de la segregación el decir, “Espera”. Pero cuando has visto a multitudes viciosas linchar a tus madres y padres por voluntad propia y ahogar a tus hermanas y hermanos por capricho; cuando has visto a policías llenos de odio insultar, golpear, e inclusive matar a tus hermanos y hermanas negros; cuando ves que la gran mayoría de tus veinte millones de hermanos afroamericanos se asfixian en la en la jaula hermética de la pobreza en medio de una sociedad afluente; cuando de repente encuentras que tu lengua se enreda y que te trabas al hablar al tratar de explicarle a tu hija de seis años porque no puede ir al parque de diversiones público que acaban de anunciar en la televisión, y ves como las lágrimas se avecinan en sus ojos cuando se le dice que Funtown está cerrado para los niños de color, y ves como comienzan a formarse nubes ominosas de inferioridad en su cielo mental, y vez como comienza a distorsionar su personalidad al crear una amargura subconsciente contra la gente blanca; cuando no tienes una respuesta confeccionada para un hijo de cinco años que pregunta: “Papi, ¿por qué la gente blanca trata a la gente de color con desprecio?”; cuando tomes un viaje en carretera y veas necesario pasar la noche en las esquinas incomodas de tu automóvil porque ningún motel te acepta; cuando te humillan al inicio y final de cada día con letreros persistentes que leen “blancos” y “colorados”; cuando tu primer nombre se vuelve “n—–” y tu segundo nombre “niño” (sin importar que tan viejo seas) y tu apellido se vuelve “John”, y tu esposa y tu madre jamás reciben el titulo respetuoso de “Sra.; cuando te acosan de día y atormentan de noche por el hecho de que eres afroamericano, viviendo constantemente de puntillas; cuando pelees perpetuamente contra un sentido degenerativo de “ser nadie”— entonces entenderás porque nos es tan difícil esperar. Llega un momento cuando la taza de resistencia se corre, y los hombres no están dispuestos a hundirse en el abismo de la desesperación. Espero, señores, que ustedes puedan entender nuestra legitima e inevitable impaciencia.
Ustedes expresan grandes ansiedades sobre nuestra disposición a romper la ley. Esta es definitivamente una preocupación legitima. Ya que nosotros tan ordenadamente urgimos a que la gente respete la decisión de la Suprema Corte de 1954 la cual prohíbe la segregación en escuelas públicas, a primera vista podría parecer paradójico que nosotros rompamos las leyes conscientemente. Uno puede preguntar: “¿Cómo pueden abogar que romper algunas leyes y respetar otras?” La respuesta recae en que existen dos tipos de leyes: justas e injustas. Yo seré el primero en abogar que debemos respetar las leyes justas. Uno no tiene una responsabilidad legal, solamente sino también una moral para respetar las leyes justas. Por el contrario, uno tiene una obligación moral a desobedecer las leyes injustas. Estoy de acuerdo con San Agustín en que “una ley injusta no es siquiera una ley”.
Ahora, ¿cuál es la diferencia entre las dos? ¿Cómo determina uno si una ley es justa o injusta?” Una ley justa es un código hecho por el hombre que cuadra con la ley moral o la ley de Dios. Una ley injusta es un código que esta fuera de harmonía con la ley moral. Para ponerlo en términos de Santo Tomás de Aquino: Una ley injusta es una ley humana que no tiene raíces en la ley eterna y la ley natural. Toda ley que eleve la personalidad humana es justa. Toda ley que degenere la personalidad humana es injusta. Todos los estatutos de la segregación son injustos porque la segregación distorsiona el alma y daña la personalidad. Le otorga al segregador un falso sentido de superioridad y al segregado un falso sentido de inferioridad. La segregación, para usar los términos del filósofo judío Martin Bubber, sustituye una relación “yo-aquello” por una relación “yo- tú” y termina por relegar a las personas a volverse en objetos. Por ende, la segregación no solamente es ilógica en términos políticos, económicos y sociales, es también moralmente herrada y pecaminosa. Paul Tillich ha dicho que el pecado es separación. ¿Acaso no es la segregación una expresión existencial de la trágica separación del hombre, su despreciable alejamiento, sus terribles pecados? Es por eso por lo que puedo incitar a que los hombres sigan la decisión de la Suprema Corte en 1954, porque es moralmente correcta; y puedo incitarlos a desobedecer las ordenanzas de segregación, porque están moralmente equivocadas.
Consideremos un ejemplo más concreto de leyes justas e injustas. Una ley injusta es un código que una mayoría numérica o de poder obliga a una minoría a seguir, pero esto no lo vuelve obligatorio por si solo. Esto es la legalización de la diferencia. Por virtud del mismo argumento, una ley justa es un código que una mayoría obliga a una minoría a obedecer el cual estarían dispuestos a seguir por si solos. Esto es la legalización de la igualdad. Permítanme dar otra explicación. Una ley es injusta si se inflige sobre una minoría que, como resultado de haber sido negada el derecho al voto, no participó en ejecutar o planear la ley. ¿Quién puede decir que la legislatura de Alabama que estableció las leyes de segregación del estado fue electa democráticamente? A través de Alabama, toda clase de métodos tortuosos son usados para prevenir que los afroamericanos se registren como votantes, y existen algunos condados donde, aunque los afroamericanos representan la mayoría de la población, ni un solo afroamericano esta registrado. ¿Puede una ley establecida bajo esas circunstancias ser considerada estructuralmente democrática?
A veces una ley es justa en teoría, pero injusta en su aplicación. Por ejemplo, yo he sido arrestado bajo el cargo de desfilar sin un permiso. Ahora, no existe nada de malo con una ordenanza que requiera un permiso par a dar un desfile. Pero dicha ordenanza se vuelve injusta cuando se usa para mantener la segregación y negar a ciudadanos los derechos de la Primera Enmienda de asamblea y protesta pacífica.
Espero puedan ver la distinción que trato de señalar. De ninguna manera estoy argumentando por evadir o desafiar las leyes, como lo haría un segregacionista rabioso. Eso nos llevaría a la anarquía. Aquel que rompe una ley injusta debe hacerlo abiertamente, con amor y disposición a aceptar el castigo correspondiente. Yo declaro que un individuo que rompe una ley que su consciencia le dice es injusta, y que de buena manera acepta el castigo del encarcelamiento para poder despertar la conciencia de la comunidad sobre sus injusticias, está en realidad expresando el mayor respeto por la ley.
Por supuesto, no hay anda nuevo sobre este tipo de desobediencia civil. Fue presenciado sublimemente en el rechazo de Sagrac, Mesac y Abednego a seguir las leyes de Nabucodonosor, bajo el argumento que una ley moral superior estaba en juego. Fue practicado magníficamente por los primeros Cristianos, quienes estaban dispuestos a enfrentarse a leones hambrientos y el intenso dolor de los tajos en lugar de entregarse a ciertas leyes injustas del Imperio Romano. A cierto grado, la libertad académica es una realidad hoy en día dado que Sócrates practicó la desobediencia civil. En nuestra nación, el Partido del Tea de Boston representó un acto masivo de desobediencia civil.
No debemos olvidar jamás que todo lo que hizo Adolfo Hitler en Alemania fue “legal” y todo lo que los luchadores por la libertad húngaros hicieron en Hungría era “ilegal”. Era “ilegal” ayudar y consolar a un judío en la Alemania de Hitler. Aun así, estoy seguro de que, si yo hubiera vivido en Alemania en esos tiempos, habría ayudado y consolado a mis hermanos judíos. Si hoy viviera en un país Comunista donde ciertos principios de la fe Cristiana fueran suprimidos, yo defendería abiertamente el desobedecer las leyes antirreligiosas de dicho país.
He de hacer dos confesiones honestas a ustedes, mis hermanos Cristianos y Judíos. Primero, debo de confesar que durante los últimos años he estado gravemente decepcionado con el blanco moderado. Casi he llegado a la lamentable conclusión que el mayor obstáculo de los afroamericanos en el camino hacia la justicia no es el Consejero de la Gente Blanca o el Miembro del Ku Klux Klan, sino el blanco moderado, quien está más comprometido al “orden” que a la justicia; quien dice constantemente: “Estoy de acuerdo con ustedes en el propósito que buscan, pero no puedo estar de acuerdo con sus métodos de acción directa”; quien cree de manera paternalista cree que él puede establecer una línea del tiempo para la libertad de otro hombre; quien vive bajo un concepto mítico del tiempo y quien constantemente le recomienda al afroamericano que espere por una “temporada más conveniente”. La comprensión superficial de gente de buena voluntad es más frustrante que el malentendido absoluto de gente de mala voluntad. La aceptación a medias es mucho más desconcertante que el rechazo directo.
Yo había esperado que el blanco moderado entendería que la ley y el orden existen bajo el propósito de establecer la justicia y que cuando fallan en este propósito se vuelven en represas peligrosamente estructuradas que bloquean el progreso social. Había esperado que el blanco moderado comprendiera que la tensión actual en el Sur es una fase necesaria de transición de una odiosa paz negativa, en la cual el afroamericano aceptó pasivamente su situación injusta, a una paz positiva y sustanciosa, donde todos los hombres respeten la dignidad y el valor de la personalidad humana. En realidad, nosotros los que participamos en acciones no violentas directas no somos los creadores de tensión. Nosotros simplemente traemos a la superficie la tensión oculta que ya está viva. La traemos al aire libre, donde puede ser vista y tratada. Así como una quemadura que nunca se curará mientras esté cubierta, sino que debe de abrirse con toda su fealdad a la medicina natural del aire y la luz, la injusticia debe ser expuesta, con toda la tensión que su exposición crea, a la luz de la conciencia humana y al aire de la opinión nacional antes de que pueda ser curada.
En sus declaraciones ustedes afirman que nuestras acciones, aunque pacificas, deben de ser condenadas porque precipitan la violencia. ¿Pero es esta una aserción lógica? ¿Acaso esto no es como condenar a Sócrates porque su compromiso inquebrantable hacia la verdad y sus planteamientos filosóficos precipitaron el acto por el cual la población mal guiada que lo hizo tomar cicuta? ¿Acaso no es como condenar a Jesús porque su incomparable conciencia de Dios y su devoción interminable a la voluntad de Dios precipitó el acto malvado de la crucifixión? Debemos ver que, como han afirmado constantemente las cortes federales, está mal incitar a un individuo a detener sus esfuerzos para ganar derechos constitucionales básicos porque el camino puede precipitar la violencia. La sociedad debe proteger al asaltado y castigar al que asaltador.
También había esperado que el blanco moderado rechazaría el mito relacionado con el tiempo en la lucha por la libertad. Acabo de recibir una carta de un hermano blanco en Texas. Él escribe: “Todos los Cristianos saben que la gente de color recibirá derechos iguales eventualmente, pero es posible que ustedes tengan demasiada prisa religiosa. Le ha tomado casi dos mil años al cristianismo lograr lo que ha hecho. Las enseñanzas de Cristo toman tiempo para llegar a la tierra”. Dicha actitud nace de un error trágico del tiempo, de la noción extrañamente irracional que existe algo en el mismísimo flujo del tiempo que inevitablemente curará todos los males. En realidad, el tiempo mismo es neutral; puede usarse ya sea de manera destructiva o constructiva. Cada vez siento más y más que la gente de mala voluntad ha usado el tiempo de manera mucho más efectiva que la gente de buena voluntad. Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solamente de las palabras y acciones de odio de la gente mala sino también por el silencio espantoso de la gente buena. El progreso humano nunca gira en las ruedas de lo inevitable; este llega a través de esfuerzos incansables de hombres dispuestos a ser los colaboradores de Dios, y sin este trabajo duro, el tiempo mismo se vuelve aliado de las fuerzas del estancamiento social. Debemos usar el tiempo de manera creativa, sabiendo que siempre es momento de hacer lo que es correcto. Ahora es el momento para hacer real la promesa de democracia y transformar nuestra elegía nacional pendiente en un salmo creativo de la hermandad. Ahora es el momento de levantar nuestra política nacional de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la piedra sólida de la dignidad humana.
Ustedes hablan de nuestras actividades en Birmingham como extremas. En un principio estaba decepcionado que compañeros del clero vieran mis esfuerzos no violentos como aquellos de un extremista. Comencé a pensar que me encuentro en medio de dos fuerzas opuestas de la comunidad afroamericana. Una es una fuerza de complacencia, creada en parte de los afroamericanos que, como resultado de largos años de opresión, están tan drenados de respeto propio y de sentido de “ser alguien: que se han ajustado a la segregación; y en parte por algunos afroamericanos de clase media que, por cause de un grado académico y seguridad económica y porque en algunas maneras ellos salen ganando ante la segregación, se han vuelto insensibles ante los problemas de las masas. La otra fuerza es una de amargura y odio, y se acerca peligrosamente a abogar por la violencia. Esta es expresada en los varios grupos nacionalistas negros que han surgido alrededor de la nación, el más largo y mejor conocido siendo el movimiento musulmán de Elijah Muhammad. Nutrido por la frustración del afroamericano sobre la continua existencia de la discriminación racial, este movimiento se conforma de gente que han perdido la fe en los Estados Unidos, que han repudiado absolutamente a la Cristiandad y que han concluido que el hombre blanco es un “diablo” incorregible.
He tratado de ponerme entre estas dos fuerzas, diciendo que no debemos de emular el “no-hacer-nadismo” de los complacientes ni el odio y desesperación de los negros nacionalistas. Pues existe el más excelente camino del amor y la protesta no violenta. Estoy agradecido con Dios que, a través de la influencia de la iglesia afroamericana, el camino de la no violencia se volviera una parte integral de nuestra lucha. Si esta filosofía no hubiese surgido, para estos momentos muchas calles del Sur estarían, estoy convencido, corriendo con sangre. Y estoy aún más convencido que si nuestros hermanos blancos descartan como “chusma busca problemas” y “agitadores foráneos” a aquellos de nosotros que emplean las acciones no violentas directas, y si ellos se niegan a apoyar nuestros esfuerzos no violentos, millones de afroamericanos, de la frustración y la desesperación, buscarán consuelo y seguridad en ideologías negras nacionalistas —un desarrollo que inevitablemente guiaría a una espeluznante pesadilla racial.
La gente oprimida no puede permanecer oprimida por siempre. El anhelo de libertad eventualmente se manifiesta, y eso es lo que le ha pasado al afroamericano. Algo dentro le ha recordado su derecho a la libertad por nacimiento, y algo afuera le ha recordado que lo puede ganar. Consciente o inconscientemente, se ha visto presa del Zeitgeist, y con sus hermanos negros de África y sus hermanos marrones y amarillos de Asia, América del Sur y el Caribe, el afroamericano se mueve con un sentido de gran urgencia hacia la tierra prometida de justicia racial. Si uno reconoce esta urgencia vital que ha envuelto a la comunidad afroamericana, uno debe de reconocer de inmediato porque están ocurriendo demostraciones públicas. El afroamericano tiene resentimientos reprimidos y frustraciones latentes, y debe liberarlas. Así que dejen que marche; dejen que haga peregrinaciones para rezar en el palacio de gobierno; déjenlo ir a protestas de libertad — y traten de comprender porque debe de hacerlo. Si sus emociones reprimidas no se liberan de maneras no violentas, buscaran una expresión por medio de la violencia; esto no es una amenaza sino un hecho histórico. Así que no le he dicho a mi gente: “Libérense de su descontento”. En su lugar, he tratado de decir que este descontento normal y saludable puede canalizarse a un medio creativo de acciones violentas no directas. Y ahora este enfoque se le denomina como extremista. Pero, aunque inicialmente me decepcionaba ser categorizado como extremista, mientras más pienso sobre el tema adquiero una forma de satisfacción sobre la etiqueta. Acaso no fue Jesús un extremista del amor: “Ama a tus enemigos, bendice a los que te maldigan, haz el bien a los que te odien, y reza por aquellos que te usan y te persiguen”, Acaso no fue Amos un extremista de la justicia: “Dejen que la justicia caiga como agua y la honradez como una corriente eterna”. Acaso no fue Pablo un extremista del evangelio Cristiano: “Llevo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Acaso no fue Martín Lutero un extremista: “Aquí me encuentro; no podría hacerlo de otra manera, así que Dios me ayude”. Y John Bunyan: “Permaneceré en prisión hasta el final de mis días antes de hacer una carnicería de mi conciencia”. Y Abraham Lincoln: “Esta nación no puede sobrevivir mitad esclava y mitad libre”. Y Tomás Jefferson: “Consideramos que estas verdades son evidentes, que todos los hombres son creados iguales…”. Así que la pregunta no es si somos extremistas, sino el tipo de extremistas que seremos. ¿Seremos extremistas del odio o del amor? ¿ Seremos extremistas para preservar la injusticia o para extender la justicia? En esa escena dramática en la colina del calvario tres hombres fueron crucificados. No podemos olvidar que los tres fueron crucificados por el mismo crimen — el crimen del extremismo. Dos de ellos fueron extremistas de la inmoralidad, y por ello cayeron de sus alrededores. El otro, Jesucristo, fue un extremista del amor, verdad y bondad, y por ello se levantó de sus alrededores. Tal vez el Sur, la nación y el mundo tienen una necesidad extraordinaria de extremistas creativos.
Esperaba que los blancos moderados vieran esto. Quizás fui muy optimista; quizás esperaba mucho. Supongo que debí de darme cuenta de que pocos miembros de la raza opresora pueden comprender los gruñidos profundos y los anhelos apasionados de la raza oprimida, y aún menos tienen la injusticia debe desarraigarse con acciones fuertes, persistentes y determinadas. A pesar de esto, estoy agradecido que algunos de nuestros hermanos blancos en el Sur han comprendido el significado de esta revolución social y comprometieran a ella. Aún son muy pocos en cantidad, pero son de gran calidad. Algunos —como Ralph McGill, Lillian Smith, Harry Golden, James McBride Dabbs, Ann Braden y Sarah Patton Boyle— han escrito sobre nuestra lucha en términos poéticos y elocuentes. Otros han marchado con nosotros a través de incontables calles del Sur. Ellos han languidecido en prisiones inmundas y llenas de ratas, sufriendo de los abusos y brutalidades de policías que los ven como “amantes sucios de n——”. A diferencia de sus muchos hermanos moderados, ellos han reconocido la urgencia del momento y sentido la necesidad de acciones fuertes que sirvan como “antídotos” para combatir la enfermedad que es la segregación.
Déjenme hacer nota de mi otra gran decepción. Me he visto decepcionado en gran medida por la iglesia blanca y sus directores. Por supuesto, existen algunas excepciones considerables. No estoy ignorando el hecho que todos ustedes han tomado posiciones firmes sobre este problema. Debo felicitarlo a usted, Reverendo Stallings, por su posición Cristiana este Domingo pasado, al darle la bienvenida a la comunidad afroamericana a su servicio en una manera no segregada. Felicito a los líderes Católicos de este estado por integrar la Universidad de Spring Hill hace varios años.
Pero a pesar de estas excepciones notables, debo reiterar honestamente que me he decepcionado con la iglesia. Esto lo digo como un pastor del evangelio, quien ama a la iglesia; que ha crecido en su pecho; que se ha sustentado con sus bendiciones espirituales y que le seguirá siendo legal mientras la cuerda de la vida se alargue.
Cuanto fui catapultado repentinamente al liderazgo de las protestas en autobuses de Montgomery, Alabama, sentí que recibiría el apoyo de la iglesia blanca. Sentía que los pastores y rabinos blancos del Sur serian algunos de nuestros aliados más fuertes. En cambio, algunos se han vuelto oponentes directos, negándose a comprender el movimiento por la libertad y malinterpretando a sus líderes; muchos otros se han vuelto más precavidos que valientes y se han quedado callados detrás de la seguridad calmante de sus vitrales
A pesar de mis sueños rotos, vine a Birmingham con la esperanza de que la dirección religiosa blanca vería la justicia de nuestra casa y, con una gran preocupación moral, serviría como la conexión mediante la cual nuestros pesares justos llegaran a la estructura de poder. Esperaba que cada uno de ustedes lo entendiera. Pero me he decepcionado otra vez.
He escuchado a numerosos líderes religiosos del Sur que exhortan a sus pastores a cumplir con un mandato de desegregación porque es la ley, pero aún anhelo escuchar que los pastores blancos declaren: “Sigan este decreto porque la integración porque la integración es moralmente correcta y porque el afroamericano es su hermano”. En medio de las injusticias evidentes que se infligen sobre el afroamericano, he visto como hombres de iglesia blancos se mantienen al margen y esbozan irrelevancias piadosas y trivialidades santurronas. En medio de una lucha poderosa para librar a nuestra nación de la injusticia racial y económica, he oído a muchos ministros decir que: “Esos son problemas sociales, con los que el evangelio no tiene ninguna preocupación real”. Y he visto como muchas otras iglesias se comprometen a una religión completamente perteneciente a otro mundo la cual hace una distinción, extraña y anti-Bíblica entre el cuerpo y el alma, entre lo sagrado y lo secular.
He viajado a lo largo y ancho de Alabama, Mississippi y todos los demás estados sureños. En días de verano caluroso y mañanas crujientes de otoño he contemplado las hermosas iglesias del Sur con sus elevadas espirales que apuntan al cielo. He observado los impresionantes contornos de sus enormes edificios de educación religiosa. Una y otra vez me he preguntado: “¿Qué tipo de gente reza aquí? ¿Quién es su Dios? ¿Dónde estaban sus voces cuando los labios del Gobernador Barnett se escurrían con palabras de interposición y anulación? ¿Dónde estaban cuando el Gobernador Wallace dio un llamado con trompeta a la desobediencia y el odio? ¿Dónde estaban sus palabras de apoyo cuando afroamericanos cansados y cubiertos de moretones decidieron salir de las mazmorras oscuras de la complacencia a las colinas brillantes de la protesta creativa?”
Sí, estas preguntas siguen en mi mente. He llorado en una decepción profunda por la laxitud de la iglesia. Pero pueden estar seguros de que mis lágrimas son lágrimas de amor. No puede haber decepción profunda donde no existe a su vez un amor profundo. Sí, amo a la iglesia. ¿Cómo podría hacer lo contrario? Me encuentro en una posición un tanto única al ser el hijo, nieto y bisnieto de pastores. Sí, veo a la iglesia como el cuerpo de Cristo. ¡Pero, ay! Como hemos manchado y asustado ese cuerpo por medio de la negligencia social y el miedo de oponernos a la conformidad.
Hubo un tiempo en que la iglesia fue muy poderosa —en la época cuando los primeros Cristianos se regocijaban al ser considerados dignos de sufrir por sus creencias. En aquellos días, la iglesia no era solamente un termómetro que marcaba las ideas y los principios de la opinión popular; era un termostato que transformaba las costumbres de la sociedad. Cuando los primeros. Cristianos entraban en un pueblo, la gente al mando se molestaba inmediatamente y trataban de arrestar a los Cristianos por ser “perturbadores de la paz” y “agitadores foráneos”. Pero los Cristianos siguieron, bajo la convicción de ser una “colonia del cielo”, llamada a obedecer a Dios en lugar de al hombre. En número eran pequeños, pero eran grandes en su compromiso. Estaban demasiado intoxicados con Dios como para ser “intimidados astronómicamente”. Por sus esfuerzo y ejemplo trajeron un fin a antiguos males como el infanticidio y los concursos de gladiadores. Ahora las cosas son distintas. Comúnmente, la iglesia contemporánea es una voz débil y poco efectiva con un sonido incierto. Comúnmente es la gran defensora del estatus quo. En lugar de ser perturbadas por la presencia de la iglesia, las estructuras de poder de la comunidad promedio se consuelan por la aprobación silenciosa —y muchas veces activa— de la iglesia por dejar las cosas como están.
Pero el juicio de Dios cae sobre la iglesia como nunca. Si la iglesia de hoy en día no vuelve a capturar el espíritu de sacrificio de la iglesia temprana, perderá su autenticidad, renunciará a la lealtad de millones, y será rechazada como como un club social irrelevante sin significado para el siglo veintiuno. Cada día conozco a gente joven cuyas decepciones con la iglesia se han vuelto en un disgusto absoluto.
Quizás he sido muy optimista otra vez. ¿Acaso la religión organizada se encuentra tan vinculada al estatus quo como para salvar a nuestra nación y al mundo? Quizás deba de enfocar mi fe a la iglesia espiritual interior, la iglesia dentro de la iglesia, como la ekklesia verdadera y la esperanza del mundo. Pero nuevamente estoy agradecido con Dios que algunas almas nobles de entre los rangos de la religión organizada se han librado de las cadenas paralizadoras de la conformidad y se han unido a nosotros como compañeros activos en la lucha por la libertad. Ellos han dejado atrás sus congregaciones seguras y han marchado con nosotros en las calles de Albany, Georgia. Han descendido en las autopistas del Sur en tortuosos viajes por la libertad. Sí, han ido a prisión con nosotros. A algunos los han sido rechazados en sus iglesias, han perdido el apoyo de sus obispos y compañeros pastores. Pero han actuado en fe de que el bien derrotado es más fuerte que la maldad triunfante. Sus testigos han sido la sal espiritual que ha preservado el verdadero significado del evangelio en estos momentos turbulentos. Ellos han excavado un túnel de esperanza a través de la gran montaña de la decepción. Espero que la iglesia entera se enfrentará al desafío de esta hora decisiva. Pero aún si la iglesia no llega para ayudar a la justicia, no tengo desesperación alguna sobre el futuro. No tengo miedo sobre el resultado de nuestra lucha en Birmingham, aún si nos motivos son incomprendidos en estos momentos. Alcanzaremos la meta de la libertad en Birmingham y a través de toda la nación, porque la meta de los Estados Unidos es la libertad. Tan abusados y despreciados como estamos, nuestro destino está amarrado con el destino de los Estados Unidos. Antes de que los peregrinos atracaran en Plymouth, estábamos aquí. Antes de que la pluma de Jefferson redactara las majestuosas palabras de la Declaración de Independencia a través de las páginas de la historia, estábamos aquí. Por más de dos siglos nuestros antepasados trabajaron en este país sin salarios; hicieron un rey del algodón; construyeron las casas de sus patrones mientras sufrían de injusticias graves y humillaciones vergonzosas — y aún así siguieron prosperando y desarrollándose con una vitalidad sin fondo. Si las crueldades sin expresión de la esclavitud no pudieron frenarnos, la oposición a la que ahora nos enfrentamos definitivamente ha de fallar. Ganaremos nuestra libertad porque la herencia sagrada de nuestra nación y la voluntad de Dios se personifican en nuestras demandas resonantes.
Antes de terminar me siento impulsado a mencionar otro punto en sus declaraciones que me ha preocupado profundamente. Ustedes elogian cálidamente a la fuerza policial de Birmingham por mantener el “orden” y “prevenir la violencia”. Dudo que ustedes hubieran elogiado tan cálidamente la fuerza policial su los hubieran visto como sus perros hundan sus dientes en afroamericanos desarmados y no violentos. Dudo que ustedes elogiarían tan rápidamente a los policías si observaran sus tratos feos e inhumanos de los afroamericanos en la prisión del condado; si ustedes vieran como empujan e insultan a mujeres viejas y a niñas jóvenes afroamericanas; si ustedes vieran como como abofetean y pegan a hombres viejos y niños jóvenes afroamericanos; si ustedes observaran, como hicieron en dos ocasiones, la manera en que se negaron a brindarnos comida porque queríamos dar las gracias al Señor juntos. No puedo unirme con ustedes y elogiar al departamento de policía de Birmingham.
Es verdad que la policía ha mantenido un grado de disciplina en el manejo de los demostradores. De esta manera se han comportado de manera “no violenta” en público. Pero ¿Con qué propósito? Para preservar el sistema malvado de segregación. En los últimos años he predicado constantemente que la no violencia demanda que los métodos que usemos sean tan puros como los resultados que buscamos. He tratado de aclarar que está mal usar métodos inmorales para obtener resultados morales. Pero ahora debo de afirmar que es igual de malo, o quizás peor, usar métodos morales para preservar resultados inmorales. Quizás el Sr. Connor y sus policías han actuado de manera no violenta en público, así como lo hizo el Jefe Pritchett en Albany, Georgia, pero han usado los métodos morales de la no violencia para mantener el resultado inmoral de la injusticia racial. Como ha dicho T.S. Eliot: “La última tentación es la más grande de las traiciones: El hacer lo correcto por motivos incorrectos.
Desearía que ustedes hubieran elogiado a los afroamericanos que protestaron y a los demostradores de Birmingham por su coraje sublime, su disposición a sufrir y su increíble disciplina en medio de grandes provocaciones. Un día el Sur reconocerá a sus verdaderos héroes. Serán los James Merediths, con el noble sentido de un propósito que les permite enfrentarse a grupos burlones y hostiles, y con la agonizante soledad que caracteriza la vida de un pionero. Serán mujeres afroamericanas viejas, oprimidas y manoseadas, representadas en una mujer de setenta y dos años en Montgomery, Alabama que se levantó con un sentido de dignidad y junto a su gente decidió no andar en autobuses segregados, y que respondió con una profundidad con carencia de gramática a uno de los que preguntó si estaba cansada: “Mis pies ‘tan cansado, pero mi alma descansa”. Serán los alumnos jóvenes de preparatoria y universidad, los pastores jóvenes del evangelio y un grupo de sus ancianos, sentándose en mesas de restaurantes con valentía y sin violencia, yendo a prisión por el bien de la conciencia. Un día el Sur sabrá que cuando estos hijos desheredados de Dios se sentaron en mesas de restaurantes, en realidad se paraban por lo que mejor representa el sueño americano y por los valores más sagrado de nuestra herencia judeocristiana, regresando así a nuestra nación a esos magníficos pozos de la democracia que fueron excavados a profundidad por los padres fundadores en sus formulaciones de la Constitución y la Declaración de Independencia.
Nunca había escrito una carta tan larga. Me temo que es muy larga para sus tiempos tan valiosos. Puedo asegurarles que habría sido mucho más corta si la escribiera desde un escritorio cómodo, pero ¿qué más puede hacer uno cuando se está solo en una celda estrecha además de escribir cartas largas, pensar largos pensamientos, y rezar largas oraciones?
Si he dicho cualquier cosa en esta carta que exagere la verdad e indique una impaciencia irrazonable, les ruego que me perdonen. Si he dicho cualquier cosa que subestime la verdad e indique que tengo una paciencia que me permite satisfacerme por cualquier cosa menor a la hermandad, le ruego a Dios que me perdone.
Espero que esta carta los encuentre fuertes en la fe. También espero que las circunstancias pronto me permitan conocer a cada uno de ustedes, no como integracionista o como líder de derechos civiles, sino como un pastor compañero y hermano cristiano.
Esperemos que las nubes oscuras del prejuicio racial pronto desaparezcan y la niebla profunda del malentendido se esfume de nuestras comunidades empapadas, y que en un mañana no tan lejano las radiantes estrellas del amor y la hermandad brillen sobre nuestra gran nación con su belleza que centella.
Suyo para las causas de Paz y Hermandad,
-Martin Luther King, Jr.





