Crecí en la periferia. Sí, ahí. En ese territorio que algunas narrativas académicas y de activismo woke se empeñan en romantizar; ahí, donde los discursos aseguran que se vive la resistencia, la organización barrial y la solidaridad comunitaria. Crecí en la periferia, pero no lo digo con el orgullo de esas consignas. Lo digo para reivindicar una identidad ineludible, para seguir entendiendo la cartografía que trazó lo que soy.
Tardé años en enunciarlo y nombrarlo en voz alta como parte de mi identidad. El código postal, en este país, funciona como una sentencia y te coloca en un margen. Cada vez que menciono mi origen, se activa un imaginario colectivo, una serie de diapositivas mentales de nota roja, de distancias, pobreza, carencia, drogadicción y exotismo; «Yo también quiero ser del barrio», me han dicho quienes claramente nunca han vivido ahí.
¿Cómo sentir orgullo de un lugar al que mis amistades de la preparatoria, la universidad y hasta del trabajo se niegan a visitar? «Está muy lejos», han dicho; «Ahí matan»; «No es que no me guste, es que me da miedo». Querer ser de barrio no implica actuar como tal: hay que vivirlo, encontrar raíces. Yo aún sigo buscando un sustantivo distinto a «orgullo» para nombrar lo que siento. Algo que pueda volverse adjetivo.
El sistema me enseñó a odiar mi origen antes de que pudiera entenderlo. La negación se instaló en mí después de la tercera entrevista de trabajo fallida, cuando los reclutadores, tras ver mi dirección, asumían que mi «lejanía» era sinónimo de impuntualidad o ineficiencia. Aprendí a mentir sobre dónde vivía antes de aprender a defender de dónde venía. Ahora ya no me avergüenza, pero sigo sintiendo un hueco en el estómago cuando escucho un «¿Y cómo es vivir ahí?»; me pongo colérica cuando alguien se atreve a decirme: «Tu historia es de éxito y un gran ejemplo de superación».
Nombrar mi origen no ha sido sencillo, pero lo he asumido necesario. Es difícil sentirme orgullosa cuando recuerdo las noches bajando en el Metro Pantitlán, con el cuerpo en alerta, calculando las sombras, rogando ser invisible entre un mar de cuerpos igualmente agotados. No guardo orgullo en la memoria auditiva de mi infancia: el vecino insultando y golpeando a las mujeres de su familia, relatos de violencia por toda la colonia de mis padres; siempre hubo miedo en las voces que me rodeaban. Peligro.
Pero mi historia no es única, sino una más de los millones de desplazamientos forzados por la necesidad. Según la Encuesta Origen Destino del INEGI—realizada por última ocasión en 2017—, en la Zona Metropolitana del Valle de México se realizan más de 34 millones de viajes en un día entre semana. De esos, casi el 60% se hacen en transporte público, predominantemente desde los municipios conurbados hacia el centro capitalino. Es una marea humana de casi 5 millones de personas que cruzan diariamente la frontera invisible entre el Estado de México y la CDMX, invirtiendo vidas enteras en el traslado.
No recuerdo la primera vez que salí de la colonia que cuando era niña me separaba de lo que ahora pienso como una realidad accesible sólo para algunas personas, pero recuerdo que cada viaje que hacía era lento, cansado; y a mi corta edad, emocionante. Acompañar al trabajo a mi mamá nos tomaba al menos una hora de camino —y eso que ella trabajaba cerca—. Al trabajo de mi papá nunca fui: era territorio prohibido, peligroso y aún más lejano. Llegar allá le costaba casi tres horas de ida y tres de vuelta. Ese viaje implicaba tres tipos de transporte público distintos. Aunque en ese momento el pasaje no parecía tan costoso, la suma de los transbordos devoraba —y devora— hasta el 20% del ingreso de las familias más pobres de la periferia.
Mi hermano y yo también viajábamos para ir al médico; eran expediciones que comenzábamos ilusionados. Nos emocionaba subirnos al camión, al metro, ver cosas nuevas, edificios altos que no existían en nuestra calle. Pero esos viajes se convertían en una pesadilla al regreso. Nos enojaba que la salida fuera un engaño para recibir una inyección; nos enojaba aún más tener que esperar dos horas para poder volver, hacer filas interminables, ser golpeados por las bolsas en el metro, regresar en la hora pico con hambre, sin poder jugar, con las piernas colgando del asiento. Regresábamos agotados.
Lo que sí recuerdo con claridad es la primera vez que fuimos al Bosque de Chapultepec. Para mi familia, aquello no era un simple parque público, era un destino turístico. Mi mamá preparó comida para todo el día: llenó una bolsa con sándwiches, fruta, agua y botanas como si fuéramos a cruzar el desierto. Era una ocasión importante, el premio por el fin de curso y nuestras buenas calificaciones. El viaje duró todo el día. Caminamos por solo una pequeña sección del bosque, porque el simple hecho de llegar hasta ahí ya nos había tomado mucho tiempo.
En ese momento, yo pensaba que nadie vivía cerca, que Chapultepec era un lugar mágico al que tenías que ganar el derecho a entrar. No sabía que hay personas que van a correr ahí todos los días antes del trabajo porque les queda cruzando la calle. En donde yo vivía no había —ni hay— espacios tan grandes ni tan verdes. El gris del concreto era nuestro único horizonte.
Claro está que en mi infancia no lograba entender qué significaba la periferia en su sentido político, social o sociopolítico. No entendía que había lugares que me iban a resultar inaccesibles conforme fuera queriendo acceder a otros derechos, como la educación superior. Y a mis quince años me sumé a la estadística, a esa larga lista de personas que viajan a diario para poder acceder a un servicio básico.
El temor que me generaba el metro sin luz a las cinco de la mañana, antes de que saliera el sol, lo pasé primero con mi papá, que me acompañaba en el primer tramo. Luego, esa estafeta pasó a compañeros que iba encontrando en el camino. Pero el número de compañeros de mi edad iba disminuyendo al mismo tiempo que el grado académico avanzaba: de diez que subíamos en la prepa, quedábamos tres para la universidad.
La periferia no solo te cansa, te expulsa. La deserción escolar no siempre es por falta de capacidad, es por falta de resistencia física y económica al traslado.
Fue en uno de esos viajes eternos donde también conocí el amor adolescente. El chico que me gustaba se me declaró entre empujones y frenazos. Ahí nos dimos nuestros primeros besos; ahí tuvimos nuestras primeras peleas. Y también ahí decidimos dejar la relación, separándonos en el paradero que dividía su ruta de la mía.
Es mucho lo que pasa en cuatro horas diarias de trayecto; se estudia, se come, se duerme. Yo ahí aprendí inglés, por eso aún lo tengo medio golpeado. La vida no se detiene, sólo se hace más incómoda.
Esa incomodidad a menudo roza la tragedia. Hay una delgada línea entre llegar tarde y no llegar nunca cuando se usa un sistema de transporte que no está pensado para funcionar en las mejores condiciones. Todavía siento el latigazo en el cuello de aquella vez que tuvimos un choque. El chofer de la combi iba peleando pasaje. Se estampó. No había seguro médico, no había ambulancias inmediatas; sólo nos sobamos los golpes. Yo decidí volver a mi casa, pero había quienes se bajaron para buscar otro transporte y no perder el día de trabajo. Durante la temporada de lluvias, no había manera de predecir cuánto tiempo iba a tomar cualquier trayecto.
Regreso al metro para hablar del miedo subterráneo. Un miedo que no es poca cosa: soy de la generación que vio caer la Línea 12, que vio cómo la corrupción y la negligencia se desplomaba sobre la clase trabajadora. Mi historia es “afortunada”; a mí no se me cayó el metro encima, solo me he quedado atrapada varias veces. Recuerdo estar encerrada veinte minutos en un vagón, a mitad del túnel, sin aire acondicionado, sin luz, con el sistema detenido por falta de mantenimiento. Veinte minutos parecen poco, pero bajo tierra, rodeada por la ansiedad de cientos de cuerpos sudorosos, se sienten como una eternidad.
En 2020, semanas antes de que la pandemia nos encerrara, una marcha feminista decidió ir «hasta allá». La marea violeta, vibrante y necesaria, descendió sobre esas calles olvidadas. Mis compañeras de la ciudad hablaban de tomar el espacio, de marchar y de romperlo todo. Yo, en cambio, sentía miedo por ellas. Quería decirles: «No tomen esa combi, ahí una vez me acosaron»; «No crucen ese baldío; ahí, entre la maleza y la basura, violaron a una amiga y nunca volvió a ser la misma»; «Vengan temprano y váyanse antes de que se haga de noche, guarden sus celulares muy bien».
Cuando las vi pasar, sentí alivio porque eran muchas, porque el turismo de la protesta les brindaba el blindaje de la multitud. También sentí una profunda desconexión. Ellas, en ese momento, vivían la periferia como una experiencia de acompañamiento efímero, no como un evento de la cotidianidad.
Amiga, eso no es acompañar: si solo has venido de paso, no sabes lo que se teme cuando la marea baja y te quedas sola en la parada del camión. Esa es la realidad periférica.
Lo que me divide de mis vecinas, de las que se quedaron, es una palabra incómoda: privilegio. El privilegio de una madre que, contra todo pronóstico estadístico, priorizó su trabajo y su educación. El privilegio de una piel dos tonos más clara que la mayoría en mi barrio: un “pase” no escrito que me abrió puertas que a otras les cerraron en la cara por “mala presencia”. El privilegio de la beca que me permitió irme. El privilegio de habitar un hogar en donde el alcohol no era la norma y la violencia nunca aparecía —una excepción en un entorno donde la violencia intrafamiliar es el pan de cada día—.
No, yo no quiero “resistir” en la periferia. Yo quiero que el sistema deje de existir tal como es. Quiero que la clase y el lugar de donde venimos no nos definan. No sentía orgullo en esos trayectos; sentía la fatiga crónica de quien invierte cuatro horas diarias de vida —20 horas a la semana, 80 al mes, casi un año de vida cada década— en transporte para garantizarse un futuro distinto.
Ser de la periferia, pese a los discursos que abonan por la inclusión, aún no permite estar en muchos espacios. En mi caso, no tuve acceso a una serie de recursos, conocimientos y relaciones que, ahora entiendo, son indispensables para acceder a mejores puestos de trabajo. Porque eso significa ser de ningún lado. Porque no quiero vivir ahí, pero sí quiero volver para entender y reconocer lo que aprendí en el barrio. Porque tenemos que seguir hablando de ella, la periferia.
“¿Eres de Neza?”, me preguntan a veces. La duda viene acompañada por una mueca de incredulidad, como si mis dos licenciaturas y mis trece años de carrera fueran una anomalía; entonces respondo, ya sin vergüenza, aunque sin romantizar: Soy de ahí, de donde se huye… Cuando se tiene la suerte de hacerlo.
Anaiz Zamora Márquez (Oaxaca, México) es periodista y narradora de historias; cofundora de Luchadoras MX. Actualmente desarrolla un proyecto de periodismo de memoria.



