Casa de rescate
Los modos contemporáneos de la adicción en Cuba
Esta crónica fue escrito por Manuel D la Cruz. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
Prólogo
En el edificio 42 del reparto Bahía hay un apartamento modesto, de colores tristes. Está en la planta baja, cerca del polvo de la carretera exterior. La puerta carmelita que lo sella, signada con un papel impreso con mensajes bíblicos y lemas evangélicos de fuentes coloridas e inadecuadas, encierra adentro historias más comunes de lo que se quisiera; nombres tachados en cualquier lista de esperanza o de futuro.
Dentro, en este apartamento húmedo y limpio—notablemente limpio—no hay cuadros de arte; mucho menos ampliaciones de 100×60 de quinceañera alguna del hogar. Las únicas plantas del hogar, las exageradas y bien atendidas, están en una terracita que da a la calle, o que quiere dar a ella, cuando los balaustres se lo permitan.
En la salita de cuatro hay un mural al estilo de consultorio médico cubano o de aula de secundaria básica urbana: papeles impresos, pegados con lo que sea, colores pocos y diseño infantil. La casa es discreta en decoración y en casi todo en lo que pudiera serlo. Es quizás por eso que salta a la vista la mesa del centro.
Dispuesta a perfecta equidistancia de las paredes desgastadas de la sala, como si fuera esta un comedor real del siglo XV, la mesa central de caoba es carmelita al igual que la puerta de entrada, pero en sus tonos más serios. Mesa cuidada, fina, imponente. Esta mesa gigante, pensada, desproporcionada con respecto al resto del inmueble, es el epicentro de todo lo que aquí ha sucedido y va a suceder. El personaje protagónico de esta casa.
En esta mesa carmelita caen brazos más veces al día de las que podamos contar. Desde marzo de 2025 le caen a ella en la mañana, en la tarde y en la noche, brazos carmelitas, marrones, caucásicos, brazos negros tizones, brazos trigueños y mulatos; brazos desahuciados y empobrecidos, naufragados.
A las ocho de la mañana le caen por primera vez en el día. Cinco, usualmente, pero han llegado a ser seis y hasta siete pares de brazos. Llevan libretas, lápices; una Biblia por cada par. En esta mesa van a reposar también al mediodía los mismos brazos, para poner platos y cucharas y empujar la comida hacia la boca a la velocidad de quien no come algo bueno hace muchos meses. Al terminar el almuerzo, se treparán a la mesa de nuevo con sus libretas, lápices y Biblias; una Biblia por cada par.
Luego del estudio del mediodía, la mesa recibirá brazos pero con harina; maicena y brazos; brazos y azúcar y pulso maestro para preparar lo mismo croquetas de pollo que de pescado, donas de chocolate o de leche condensada; dulces y no dulces que servirán para el autoabastecimiento de esta casa separada de toda forma de gestión estatal.
Cuando anochezca, después de que la mesa funja otra vez de comedor, verá los mismos brazos de todo el día tirando fichas de dominó, piececitas de parchís, o los artilugios plásticos de cualquier otro juego de mesa permitido en la casa.
En la esquina lateral de esta mesa polifacética, esa esquina que cualquiera identificaría rápidamente como el asiento principal, van usualmente descansados los dos brazos negros de Rotyam. Rotyam Castro.
En estas manos, negras y periodistas—manos ahora de pastor—caben sin duda los brazos y los corazones y los estómagos hambrientos de todos los drogadictos de La Habana que pasan por esa casa. Caben completas sus vidas, al menos, durante noventa días. Es una lástima que en esta, su casa, la que ha llamado Casa de Rescate—centro de desintoxicación e internamiento para drogadictos de La Habana—solo haya sitio para siete pares de brazos a la vez.
I. En la noche
“Cuando puso los ojos en el mundo, dijo mi padre: Vamos a dar una vuelta por el pueblo” -Virgilio Piñera
La una de la mañana no es horario de visitas. Ya el dominó cerró hace horas. La casa está apagada. La cocina quedó limpia y organizada. Los internos a la una de la mañana hace tiempo están durmiendo y, algunos, teniendo pesadillas.
Pero por esa misma razón de clausura, a la una de la mañana la Casa de Rescate se nos llena de fantasmas. Recorren en su madrugada los pasos silenciosos de aquellos muchos que pudieron vivirla pero no lo han hecho ni lo harán.
Mientras Jose duerme en la cama de arriba de la primera litera, el soldado mayor en la de abajo, a la derecha el soldado menor, Ernesto allá, Roly acá, la mesa caoba de la sala siente el calor de un espíritu espía, la sombra de un posible interno o de un difunto. Los brazos blancos de Claudio nunca han tocado la mesa oscura y real del epicentro, ni en la mañana ni en la noche. No la han tocado por la sencilla razón de que en la Casa de Rescate del Bahía caben siete varones y no toda la juventud drogadicta y defenestrada de La Habana.
Es la una de la madrugada y Claudio aparece como un muerto o un anticristo. Su relato recorre la casa y se oculta en la humedad de las paredes de la sala. Toca los papeles del mural infantil, pasa su dedo místico por encima de la mesa sagrada, se sienta y lee, libreta, lápiz, Biblia; come y habla y amasa harina y hace croquetas. Deja, al sentarse, su historia, sus últimos años de vida antes del desastre final, para que surja como una constante en las oraciones de Rotyam, quien a esa hora—es lo más probable—ande desvelado pidiendo al Señor que le entregue más almas para salvar.
Claudio sabe que sobre esa mesa, por el día, se vierten y mastican las historias de los que ahora duermen. Ahí ha contado Jose que llegó un momento en que lo tuvieron que botar de casa, por ladrón empedernido. Ahí se ha oído a Ernesto contar cuántos papelitos se fumaba al día. El soldado uno engorda al resto con el relato de cuántos meses tuvo que dormir en un parque, mientras Roly lamenta una y otra vez las malas compañías que lo llevaron a romper su presente en cuatro pedazos.
Claudio atraviesa la sala, su espectro, su conciencia. Es de madrugada y solo hay siete en la casa, pero Claudio quiere ser contado entre los vivientes del aún y el todavía, sobrevivientes famosos en algún reportaje futuro de alguien.
Claudio tiene una anécdota a mano y la deja en la mesa caoba. Y sí, Claudio sabe que la Casa de Rescate no lo conoce, ni lo conocerá jamás, pero, como cumple todos los requisitos para ocupar una cama, ha decidido venir y hablar esta madrugada.
El domingo para mucha gente es el Día del Señor, por eso los cristianos salen desde bien temprano rumbo a sus templos evangélicos. Para Claudio, sin embargo, hubo otra razón para despertarse temprano aquel primer domingo de diciembre de 2024. No la sabe nadie. Nadie, excepto Robert, su compinche, pudo imaginarse la razón.
Hace dos semanas, Claudio y Robert habían asistido por primera vez a una iglesia evangélica. No fueron día del Señor alguno ni fueron a congregarse como es costumbre entre los feligreses protestantes. Más bien, como mismo dijera el Mesías, entraron como ladrón en la noche; literalmente. En la noche. Y como ladrones. Unas lámparas led y algunos artilugios de audio fueron la cosecha prolífera de la madrugada. Un custodio adormecido en el teléfono se portó elegante y secundó la limpieza en la jugada.
Esta vez, aquel domingo, diciembre de 2024, Robert había fijado sus ojos en una iglesia pentecostal de la Calzada del Cerro. La zona. Muchos ventiladores, muchos micrófonos, aires acondicionados, equipos de luces. Muchacho, había que entrarle en serio esta vez. Una talla grande, responsable.
Claudio, hay que ir primero y estudiar el terreno, pa’ ver por dónde se entra y cómo es más fácil la cosa. Domingo, día del Señor, día del ladrón, da lo mismo, yo soy hijo de Changó. ¿A qué hora es el culto? Queseyó, papá, a la hora de todos los cultos, nueve, diez de la mañana. Coño que temprano, mío. Imagínate. Chancletas, short, lo que sea. ¿Vamos juntos? No papá, no, tú por tu lao, yo por el mío. Asere, y ¿si mejor va uno solo? Sí, ¿eh? Ve tú, Claudio, tú eres el blanquito, el erifa, nadie va a sospechar nada después. Dale ok papa.
Por supuesto que todo el mundo notó a Claudio; todo el mundo allí dentro notó la mala pinta. Una mitad de la iglesia—gente del barrio, del Cerro—sabía con certeza que Claudio era un drogadicto. La otra mitad lo supuso. No es difícil, ¿sabes? Hay un olor característico en el adicto. Una peste. Es un joven que huele a señor que duerme en portales, porque es un joven que duerme en portales.
Si usan para abajo mezclilla, siempre, siempre, es short; el pantalón se vende primero y más fácil. Si es short, siempre está sucio, porque es el mismo; porque es el único. Una camiseta roja de filos que fueron blancos alguna vez, que hoy tienen tanto estampado como churre y vómito han recibido. ¿Los pies? Una de dos: o chancletas de cualquier número, o un par de zapatos, viejos, compañeros sagrados, que han recorrido y dormido en cualquier parque de la ciudad. Zapatos ideales para asaltar a un yuma y mandarse a correr sin tropezar; zapatos lo suficientemente cómodos para huirle a la policía y suficientemente fuertes para aguantar el balance del cuerpo cuando está en un empalme producido por un químico, por la piedra, o por mezclas de todos ellos.
Claudio mira a todos lados. Palabras de bienvenida, lectura bíblica de bienvenida. Ventanas altas, ventanas bajitas. Hay que romper, sí o sí. Dios les bendiga hermanos, vamos a pasar ahora al tiempo de alabanza. Disponga su corazón para cantar y alabar a Dios. Quizás hay que buscar a alguien más. Hay mucho para llevarse y entre dos no vamos a poder llevárnoslo todo. Cantan aaaan ge lees, saaa a anto, cantalá creaaa ciooón, saaa a anto... Zayas largas, camisas planchadas, rostros llorosos. ¿En cuánto se venderá un micrófono? Es mejor venderlos todos juntos, como una oferta y ya. Exaltaaa doo Dioooos, saaa a anto, santo por sieeee empree... Aquí también debe haber custodio, por supuesto. ¿Cuál será el mejor día para meter el toque? ¿Hoy mismo? Dios te bendiga muchacho, ¿es tu primera vez acá? Nos alegramos de que nos estés visitando. De madre loco, esta gente está gil, no tiene idea. Amén hermanos, les invito a preparar su corazón para escuchar la predicación del pastor. El pastor es un tipo duro ¿Cuánto cobrará un pastor? Abran sus Biblias en Romanos 1 y digan amén cuando estén ahí. Loco, esta iglesia está grande. Aquí hay dinero. ¿Dejarán el dinero que recogen aquí adentro?
Hermanos, voy a decirles algo que el Señor ha puesto en mi corazón. Hay gente que se acerca al evangelio con maldad en su corazón. Yo no sé quiénes están hoy entre nosotros, pero Dios sí. Nosotros vemos el exterior, pero Dios conoce el interior. Nosotros solo podemos velar, no ser ingenuos. Miren lo que sucedió en la iglesia de nuestros hermanos, por quedarse dormido el custodio entraron y robaron. ¿Recuerdan el custodio al que le robaron hace unos días? Eso es lo que da estar adormecido, sobre todo adormecidos con la tecnología. Hay que velar, como tenía que hacer ese custodio y no hizo, así cada cristiano está llamado a velar. No sé por qué hago un hincapié ahora mismo en esto, pero siento de parte de Dios hacerlo. Dios no puede ser burlado, no puede ser engañado. Si tú crees que puedes engañar a Dios, déjame decirte que estás perdido. Yo no conozco las intenciones con las que mucha gente está hoy aquí entre nosotros, no conozco lo que hay en su corazón, pero Dios sí y ante él estás desnudo y perdido. Quizás estas palabras sean para alguien aquí en particular...
La luz.
Vino la luz.
El ruido de la llegada de la electricidad asusta a Claudio y abandona el relato y la mesa y la casa. Ernesto y el soldado mayor se despiertan y ponen a cargar los teléfonos. Apagan la lámpara del cuarto. Siguen durmiendo.
Nadie supo nada.
Claudio nunca estuvo ahí.
Nadie sabe quién es Claudio ni dónde estará en este momento. Nadie siquiera sabe si Claudio existió alguna vez, si vivió en el Cerro, si tiene ojos verdes y manos de barbero diestro. Mucho menos sabe nadie si la primera vez que Claudio tocó la marihuana fue porque su papá lo llevó al baño y lo obligó a fumarla, en su año número doce, mientras debía estar jugando al trompo o haciéndole murumacas a alguna niña de séptimo grado.
Rotyam da vueltas de un lado a otro en la casa. No cabe en sí. Carga espiritual, le llaman a esto los pentecostales; una preocupación incesante por un tema en específico, que desemboca en oración intercesora. Es, para ellos, como si el Espíritu Santo les compartiera alguna de sus preocupaciones.
Jose. Jose. Jose.
Ese es el nombre que acompaña la ansiedad de esta noche.
Rotyam coge su teléfono. Hurga en los contactos. Marca un número.
Dos timbres.
—Dios te bendiga Mercedes, ¿cómo tú estás?
—Todo bien pastor, ¿cómo están todos por allá? ¿Cómo están los muchachos? ¿Cómo te puedo ayudar?
—Bien mija, bien, no no, tranquila, solo llamo para saber de ustedes. Cuéntame de por allá. ¿Cómo estás tú? ¿Cómo está Jose?
—Ahí bien, tú sabe, en la luchita... Jose está durmiendo, creo... Bueno, está en el cuarto. ¿Quiere’ que te lo ponga?
—Oye sí, pónmelo, pa’ saludarlo. Despiértame al vago ese...
Mercedes abre la puerta, desde la rendija llama a su hijo. Está dormido.
—Jose, papi, es el pastor...
—Emm, amm, mami estoy dormido vieja...
—Oye niño, coge el teléfono, ¿tú no oye?, ejel pastor te dije...
—Ño mami vieja, dile que después yo lo llamo, que estoy fundío
—¡Jose, levántate! ¿Tengo que prenderte la luz?
—¡No mami, no!
Mercedes articula el interruptor y no, no hay luz.
Es decir, sí hay fluido eléctrico, lo que no hay es lámpara.
Donde había una lámpara hasta hacía solo unas horas, ahora hay un hueco.
No puede ser.
Mercedes sabe que eso significa solo una de dos cosas. Primero, que alguien en la casa vendió la lámpara, para comprar algunos pedazos de papel secos otra vez, de esos papeles que se ponen luego en la punta de un cigarro y te elevan al décimo piso de la inconsciencia y la rigidez muscular.
Pero la segunda opción será la correcta hoy.
De cerca, Mercedes entiende la desgracia: la mirada de su hijo es un mar de dolor y sangre que pareciera pintado por el mismísimo Alexander Cabanel, en una copia para el Caribe de “El ángel caído”.
La lámpara no fue vendida, sino desarticulada de su base para ocultar el discurso elocuente del cuerpo, los delatores biológicos imparciales de un fracaso. El mapa de la sustancia siempre queda pintado en la piel. José lo sabía y por eso descolgó la lámpara de su enclave.
—Jose... viejo…—
Ahora todos, incluida Mercedes, saben que se acaban de ir por el caño noventa días de recuperación en la Casa de Rescate.
II. Ricas donas según San Mateo
Todos los vecinos del edificio 42 saben bien qué sucede en el apartamento dos. Si aún usted permutara a la zona hoy mismo, le bastaría una tarde para empezar a entender la cosa. La dinámica es atípica: a las cuatro de la tarde la puerta carmelita se abre y tres muchachos, a veces cuatro, salen gritando pregones con una energía inusual para un vendedor callejero. No tienen el desánimo común a la Cuba postpandémica. Gritan con una sonrisa, como si sus finanzas no dependieran de cuánto se pueda vender.
Salen caminando por todo el reparto, cajas y papeles en mano, y desde lejos no se entiende si venden a Jesucristo y predican donas, sabrosas donas, con cobertura de chocolate, o viceversa. Cristo teaaa maaa veciinoo, venicom pra tu ricadoona con coberturaechocolate.
Rotyam Castro le llama a esto “actividad”, pero en verdad “actividad” viene siendo un concepto que involucra un binomio laboral: producción y venta.
La primera parte de la actividad comenzó a las dos de la tarde. Tres o cuatro muchachos se situaron alrededor de la mesa para arrancar la producción. Durante los últimos meses, la Casa de Rescate no ha vuelto a hacer croquetas; solo donas. La primera parte de la “actividad” pudo demorar una hora, dos y hasta tres, y luego de tener listo el producto, se pasó a la venta comunitaria.
Cuando el resto de los internos salieron a la calle a vender, quedó en casa un rezagado, el castigado por último en llegar al centro. “El nuevo no tiene responsabilidad”, sabe Rotyam, “así que durante el primer mes no se le involucra en la actividad”. El nuevo, ¡qué personajito ese!
Durante el primer trimestre de nacida, la Casa de Rescate tuvo que hacerse de un custodio nocturno. La jamonada del refrigerador amanecía con una mordida clandestina de ratón nocturno. Faltaba leche en el jarro, azúcar o chocolate del pote plástico y no porque los internos fuesen bandidos —que lo son, pero no tomaremos la respuesta al hambre como evidencia—sino porque simplemente no respondían con lealtad a los códigos de la Casa, por primerizos.
El nuevo no amasó harina para las donas porque no está curtido en el arte del autodominio ni en la virtud de la higiene. Vamos, que no hay seguridad que no lama sus dedos en el proceso o que no estornude encima del chocolate. Puede perder la cuenta de cuántas donas tiene en el horno o cuánto tiempo llevan ahí. “Llegan aquí con las neuronas muertas”, dice Rotyam, y aunque esto científicamente no sea demostrable, recrea con generosidad la conducta errática del novato.
Cuando llegó el nuevo a la Casa de Rescate se le sometió a ciertas ceremonias y ninguna de ellas religiosa.
Pelarse, es lo primero.
“Vienen con piojos”, dice Rotyam.
No hay ninguna indicación estética para este proceso: dos centímetros de altura es la medida obligatoria. Como si hubiesen sido reclutados por las Fuerzas Armadas o comenzado a cumplir una sanción penitenciaria.
Segundo, un buen baño.
Hay jabón nuevo para el nuevo, pasta dental “buena”—entiéndase aquí “Colgate”—y cuchillas Gillette para remover barbas y bigotes. La limpieza de quien renace, el acompañamiento estético de las nuevas etapas. Hay que convertirse en una nueva persona, lo que es, con diferencia, el objetivo mayor de la Casa de Rescate.
Uno de los viejos, de “los del tiempo”, le regala una pieza de ropa interior al nuevo. Otro, que lleva dos o tres meses, le facilita un short viejo, otro un pullover. Rotyam rebusca un par de chancletas y las encuentra. El número que sea: el pobre no tiene número.
Es la primera semana y ya el nuevo está pelado y afeitado, bañado y limpio, vestido y calzado. Parece una nueva persona, pero es exactamente la misma, solo que ahora pelado al dos y con dolor de muelas.
—Siempre llegan con dolor de muelas—cuenta enfáticamente Rotyam, alargando el sieeeeempre como hacen los habaneros carismáticos.
—Este loco—y señala ahora al más reciente de sus rescatados —es el único en todo un año que no ha entrado con dolor de muelas—.
—Igual lleva poco…—acota el soldado mayor.
—Igual lleva poco tiempo, una semana—remata Rotyam—a lo mejor la semana que viene le sale—.
—¿Y qué hacen?—pregunto yo—¿los llevas al médico?
—No, no, yo compro azitromicina o amoxicilina, casi siempre tengo ya comprada, y se las doy aquí. De aquí nadie sale y el nuevo menos.
—¿Por qué?
—Mira mi brodel, yo al principio cometí muchísimos errores. Cuando ellos entraban aquí yo los sacaba a coger mucha calle, todos los días, los sacaba a comer, a pasear, a esto, a lo otro, y eso lo que les hizo fue más mal que bien. Ellos necesitan sacarse la calle de la cabeza, y si entran aquí uno no puede sacarlos a la calle porque van a estar todo el tiempo pensando en eso. El nuevo cuando entra aquí no hace nada. Ni actividad ni nada, no tiene paseo, no tiene salida. Tiene que estar aquí para recuperarse, y solamente se recuperan cuando se transforman en otra persona. Y en ese sentido, la calle para ellos es como recordarles la persona que eran—.
Cuando los presos de la Casa de Rescate salen a vender, los afortunadamente presos y limpios de drogas durante más de un mes, inundan el reparto Bahía con la promoción de un Cristo y unas donas que cambian vidas. Ellos son el ejemplo. Hace un mes dormían en parques, ahora su padre, Rotyam, les dio una litera personal, una sábana y una almohada. Hace un mes robaban para comer y fumar—para fumar siempre primero—y ahora comen sin robar y no fuman. Hace un mes estaban desaliñados, con parásitos, con infección de muelas y con un coágulo en el medio tiempo de sus vidas: ahora les fluye un futuro que no figuraba en presupuestos. Un futuro dulce como una dona de chocolate.








