Esta es una historia del tiempo; de cómo nos evade, por más que lo queramos controlar—y como, me voy percatando, yo evado hablar de él—. Es un relato de cómo, inevitablemente, nos supera. Ya es una regla que, constantemente, nos volvemos a encontrar. Puede que la ignoremos un instante; un par de años quizá. Pero, tarde o temprano, volverá con su indiscutible brutalidad. El tiempo nunca fue nuestro; solo nos llega a pasar. Y en su paso, me temo, encuentra su mayor crueldad.
Todo inició hace un par de meses. Me vino, en la peor de sus formas, esta verdad constante: el hallazgo. Concretamente, el percatarme que, hasta el pasado mismo, nos ha de olvidar. Es el tiempo más cruel. Del futuro y del presente poco escribiré; sus crueldades son tan certeras que en sus definiciones. Lo uno nos supera en el mañana. La naturaleza del futuro es la incertidumbre que, eternamente buscamos derrotar e, inevitablemente, nos derrota. Lo otro, a su vez, nos gana en lo efímero. El presente pasa tan rápido que vivir en él es iluso. Cuando al cerebro ha llegado la imagen de un instante, me temo decirlo, el instante ha pasado. Lo uno no lo conocemos, lo otro lo vivimos en el ahora, pero, de inmediato, lo vivimos en el pretérito.
Solo queda el pasado en su barbarie. Esperaríamos bondades suyas; todo en él ya ocurrió y queda, solamente, recordarlo para hacerlo propio. Un escape pasajero que hace nuestros tiempos olvidados. Mas, en realidad, es el tiempo de las heridas; nos esquiva en nuestros intentos ilusos. En lo personal es bastante claro. La memoria es incierta y, en el recuerdo, albergamos versiones falsas de eventos pretéritos. Solo basta con pensar en los debates que tenemos ante eventos compartidos o recordar, ilusamente, en el color de ropa que llevábamos puesto hace un año y fallar al hacerlo. El pasado nos levanta con la esperanza del recuerdo y nos tira al suelo con la realidad del olvido.
Pero esto es filosofar cuando me concierne un caso concreto. Sin saberlo de cierto, pero suponiéndolo latente, encontré esos ánimos que describo en los anales de un pueblo ya hace mucho extinto.
Estaba compilando datos sobre culturas prehispánicas; tratando de encontrar los años de gobierno de líderes de antaño para una investigación encargada—los detalles de dicho estudio hoy son irrelevantes—. Ya tenía a los mexicas y unos cuantos grupos del centro. Faltaba aventurarme al sureste, como, en su momento, bien indicó un mentor cercano. Siendo yo de la península de Yucatán y habiendo pasado la infancia recorriendo sus ruinas, los mayas fueron la respuesta evidente; adentrarme en sus reinos. Así me hice un libro, de cuyo nombre no puedo acordarme, con las dinastías de líderes en cada ciudad importante. Así, más importante, llegué a Palenque.
No era un nombre ajeno. He ido, con certeza, dos veces a dichas ruinas—quizá haya otras visitas olvidadas en la niñez—. Recuerdo ver, en la primera, un acueducto donde fluían aguas diáfanas sobre piedras, como huevecillos prehistóricos. De la segunda, me viene el templo principal con sus escalones tan altos que parecía una pared. Plantas por todos lados comiendo la piedra; ningún destello de color fuera del verde floral y el gris de piedra ancestral. Cazando la sombra, buscaba esquivar los rayos inclementes del sol. Eso recuerdo—ya no sé que es cierto—
Por esas visitas escasas, al abrir aquel libro, no llegaba tan perdido—eso me vendría poco después—. Sabía, de Palenque, un poco de historia y, lo principal para un investigador primerizo: que era buen lugar para iniciar a recabar datos. De sus dinastías, recordaba el nombre de su líder más longevo; aquel gran Pakal (K’inich Janaab’ Pakal, para ser precisos). Si aún teníamos su nombre y estimábamos, con precisión, el tiempo de gobierno, entonces seguro tendríamos algo más.
Y lo teníamos. No muy preciso—solo quedan piezas de cerámica y unas pocas rocas grabadas de aquel entonces—pero lo que yo necesitaba, lo teníamos. Veintiún líderes con años aproximados de sus gobiernos (algunos con nacimientos y muertes precisos). Han sobrevivido, por fortuna, desde el 431 después de Cristo, cuando K’uk’ Balam I se hizo del trono. Terminan, aproximadamente, en el 800 de la misma era, con el último jerarca registrado: Wak Kimi Jnaab’ Pakal. Hubo más, probablemente, cuyos nombres hemos olvidado. El tiempo borró sus registros y nosotros, tan distantes, pensamos en ellos sin mayor afán que el olvido. Comprimimos toda su cultura en tres sílabas de su nombre; tantos siglos reunidos en la idea austera de Palenque.
Aún falta algo a esta letanía; el pobre héroe cargado en nuestros brazos ante la fúnebre marcha postrera. De estos reyes antiguos, fue uno el que me trajo a escribir estas páginas y que he evadido hasta el momento. Fue el segundo de los jerarcas en Palenque; aquel que gobernó cincuenta y dos años—solo superado, en duración, por el gran Pakal hace tanto mitificado—. En su tiempo, tan temprano en la historia de la ciudad, se habrá iniciado a pensar en Palenque como un lugar de estabilidad. Con tantos años en el poder, habrá dado una imagen de lo divino cuando, la historia del Yucatán maya, era una de guerras latentes, conquistas y derrotas. Con este rey, todo se mantuvo al pie; para muchos, fue el único líder de sus vidas. Un sinónimo de longevidad.
Pero eso es todo lo que puedo decir de él. Aún cuando ese monarca logró todo lo posible para sus tiempos, no puedo siquiera decir su nombre. No porque lo hayamos perdido; el glifo perdura todavía como la imagen de una cara y unos dibujos a su izquierda. Pasa, terrible, que no sabemos pronunciarlo. Lo hemos olvidado.
Es esa la tragedia que tanto esquivaba. Su glifo, en aquel maya que tantos años tardamos en descifrar, permanece como un misterio. El significado pertenece a los anales del tiempo. Sabemos que, su lado izquierdo, lee algo como “Ch’away”; «El que se transfigura». Del derecho, que conforma tres cuartas partes del nombre, no sabemos cosa alguna. Tiene un pequeño rostro que te mira con asombro; una serie de puntos hacen líneas en su figura hasta llegar a tres círculos a modo de patas al fondo.
Unos han dicho, ante la figura, que debe ser una especie de calamar o pulpo—teoría compleja dada la distancia de Palenque con el mar—; otros han dicho que sería una versión antigua del dios Xipe, aquel que llamaban desollado al haberle quitado toda la piel.
De entre todos los apodos posibles para este rey, sobrevive uno, tan solo, acuñado, de pasada, por un antropólogo estadounidense, cuyo nombre la historia sí recuerda: Floyd Lounsbury. En una conferencia, a manera de chiste, comentó que aquel rey olvidado tenía forma de un fantasma bondadoso; que se parecía a Casparín. Y así lo encontré en ese libro al hacer mis investigaciones. A un lado del glifo, aparece el nombre “Casper”, a modo del fantasma. Un rey maya bautizado como una caricatura que, ya en generaciones nuevas, ni siquiera es digno de recuerdo.
Casparín, rey de Palenque. Me parece esta la gran crueldad. No tanto como aquellos reyes tan distantes cuyos nombres, por completo, hemos olvidado. Me duele tener su glifo. Que cualquiera pueda verlo en el Museo Nacional de Antropología. Lo tenemos tan cerca; sabemos de su grandeza. Y, aún así, de Casparín no sabemos nada. El símbolo perdura en el presente sin saberlo pronunciar. Se irá olvidando con los años o, quizá, algún día, por milagro, lo podamos rescatar. Pero ahora, en el presente, aquel gran rey lleva nombre de un fantasma y nada más.
El tiempo nos evade; es lo que siempre quise, con este ensayo, dejar. Puedes triunfar—hacer todo lo que, en esta vida, se te pida—. Aún así, el tiempo te olvidará.
Si ya somos crueles con la memoria, la historia, ahora sé de cierto, será peor. Aunque Palenque fue habitada por casi cuatrocientos años—doscientos más que nuestro México independiente—partes de su historia están en el olvido. Por más registros que tengamos y más historiadores dedicados, siempre habrá algo que nos esquive por completo. Los datos son imprecisos y nuestros recuerdos aún peores. La historia, así como la humanidad, es imperfecta. Y, con ella, irá borrando tantas cosas. Por más que queramos evitarlo, el pasado lentamente habrá de olvidarnos. Lo que antes fue triunfal, hoy está en el olvido. Gana el tiempo por sobre nosotros. Gana Casparín sobre un nombre perdido.
¿Y yo? ¿qué será de mí si ni siquiera recordamos, de lleno, a Casparín? Algún día verán el nombre José Luis; sabrán que la primera parte era la más común de sus tiempos. A lo segundo, no encontrarán respuesta. Habrán pasado tantos años del quijote que el español será solo una antigua teoría. Verán, seguro, similitud a ese nombre con un barco de motor curveado o un monstruo sacando su cabeza de entre la tierra. Me apodaran de forma chistosa en algún congreso. Algún estudiante, buscando datos de escritores posmodernos, verá que de mí se sabe tan poco. Quizá hasta escriba un ensayo lamentando mi pérdida. Mismo ensayo que se perderá en el olvido.
A todos nos condena este paso del tiempo. A los reyes tan grandes; a los humanos más pequeños.
Y supongo que, en saber todo esto, encuentro algo de consuelo. Pero, sobre todo, la ansiedad de un tiempo que me irá olvidando sin importar lo que yo quiero.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




