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Castillos en la tierra

Un viaje a la República de los Niños

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feb 23, 2026
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Esta crónica fue escrita por Franco Occhipinti. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.

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—Una paloma también reza—dijo feliz a su abuela después de terminar con su propia oración.

Ese niño, que no pasaba los diez años, parecía haber descubierto su secreto. Las dos palomas, que hasta ese momento gorjeaban solemnes por la nave central de la parroquia, salieron volando a esconderse entre los tirantes de madera del techo cercano al presbiterio.

No podía, ni quería, decirle que eso era poco probable. Tampoco su abuela que lo acompañaba de la mano. Al fin y al cabo, uno era un simple espectador en su reino.

Me quedé un rato más. Las palomas no parecían rezar pero sí respetaban a la imagen de Don Bosco en el mármol que hacía de sagrario. Más adelante de donde me encontraba, el altar repetía un patrón que no dejaba de ver desde mi llegada a aquél bosque, otrora campo de golf, en Gonnet.

Lo mismo pasaba con el púlpito o los bancos para los creyentes. Su escala diminuta—o acorde a estos dominios, según como se vea—hacía parecer a cualquier adulto un Gulliver del Plata en tierras liliputienses. Claro que yo no había naufragado en ese lugar, sino que mi visita era totalmente intencional.

Fotografía de Franco Occhipinti.

Salgo de toda la sombra que puede dar la parroquia y voy a la plaza; la Plaza San Martín. El sol arreciaba en pleno verano austral. Quizás no elegí la mejor mañana para salir a caminar al aire libre, pero los colores se lucían como nunca. La plaza estaba rodeada de tonos pasteles y extravagantes ornamentos. A la izquierda, un castillo estilo medieval se erige con dos torres centrales en punta: la más baja me hace acordar a una iglesia ortodoxa rusa, la más alta parece lista para defender un feudo. El edificio combina el rosa, el azul, la piedra a la vista y las tejas mágicamente. Cruzando la plaza, un edificio sustentado por columnas amarillas en su galería te traslada a Venecia. Parece ser una réplica del mismísimo Palacio Ducal, pero sus puertas de madera terminadas en un arco ojival están hechas para venecianos de un metro y pocos centímetros más.

Más allá, detrás de la sucursal veneta, asoma una cúpula al mejor estilo Taj Majal, pero de brillante perlado. Solo unos metros y uno ya se trasladó a una mezcla entre el Imperio Otomano, la India y el sur de la península ibérica. Aunque de cúpulas magnánimas, el palacete cuenta con una serie de ventanas a bajísima altura. ¿Qué clase de diminutos sultanes lo habitan?

Fotografía de Franco Occhipinti.

Y todo lo observo sorprendido desde la plaza, donde una estatua del General Don José de San Martín señala los Andes, imperturbable. Lleva su caballo rampante, ofrendas de las palomas que rezan sobre su cabeza y una mirada decidida. Nada diferente a otras estatuas del Libertador que he visto en mi vida. Pero los Andes que había cruzado este San Martín eran, decididamente, bastante más bajos que los reales. Más tarde leí que es su estatua ecuestre más pequeña jamás construida. Ni el más grande de los hombres que había dado la Argentina al mundo llegaba, en esta infante cosmópolis, al metro y medio.

Todo lo que veía estaba reducido. Hasta que encontré, mirándome en bronce, un busto a escala real de una mujer: Eva Perón. Era el recordatorio del por qué de mi presencia allí.

Fotografía de Franco Occhipinti.

“Yo quiero hacer un regalo a Evita Perón, pero no quiero que se entere”. No eran las palabras de su esposo, sino las del coronel Domingo Mercante, por ese entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires. Del otro lado escuchaba, sentado, el arquitecto Jorge Lima.

Tampoco se trataba de un regalo de tinte romántico o amistoso, ni mucho menos. Domingo Mercante, alguna vez apodado “el corazón de Perón” y considerado como su sucesor natural, comenzaba a caer en desgracia dentro del movimiento peronista. Igualmente, el gobernador seguía siendo más “papista que el Papa”, por más que iba sumando detractores dentro del Gobierno y el círculo íntimo de Perón. Así fue que se le ocurrió congraciarse con Eva. ¿Qué mejor (o no) para ello que sumarse a la propia tarea social de la primera dama?

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Fotografía del Instituto Nacional Juan Domingo Perón de Estudios e Investigaciones Históricas, Sociales y Políticas.

Así surgió la idea de expropiar las 53 hectáreas del Swift Golf Club de Gonnet, a poco más de 50 kilómetros al sur de la Ciudad de Buenos Aires. En 1949, lo que era un campo de golf para los directivos británicos y estadounidenses de grandes frigoríficas, vería comenzar un proceso de agónica construcción que, en solo dos años, daría lugar a una nueva república; la República de los Niños. Todo dirigido por Jorge Lima; los arquitectos Gallo y Cuenca secundando. Así se levantaba un castillo color pastel, una avenida sacada de los cuentos de los hermanos Grimm y arcos medievales que daban la bienvenida al nuevo mundo. “Cuentos para niños, en las cosas mágicas, los cuentos de gnomos, de hadas. Ese fue el origen de la ambientación”, diría Lima más tarde.

La nueva República no tenía como objetivo pasar un día en un cuento de la Cenicienta, sino que se trataba de un proyecto cívico. La idea central era dar un país entero, hecho a su medida, a los niños de la época, para formar al ciudadano del mañana.

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El predio que comprendía un área urbana, otra rural y una deportiva, pretendía educar a los estudiantes de todas las escuelas sobre cada aspecto de la vida nacional. “Desde plantar una semilla, hasta ser Presidente de la República”. De hecho, fue un niño apellidado Bartolo el primer mandatario de esa República que, durante su inauguración en noviembre de 1951, recibió a su “par” Juan Domingo Perón. Había niños que actuaban de legisladores y otros de guardia presidencial, arriba de sus ponys. Las niñas lideraron el Ministerio de Educación y la Policía Femenina. Toda la parafernalia de un acto oficial pero a una escala 1:2, como sus edificios, sus ventanas y sus estatuas. Perón, Mercante y la comitiva visitante tuvieron que agacharse para entrar a la Casa de Gobierno y dirigirse al balcón del castillo pastel. Bartolo se despachó con un discurso donde “nuestra protectora” Eva Perón era la protagonista, aunque la “líder espiritual de la Nación” no pudo asistir al gran evento debido al cáncer que terminaría con su vida meses después. Pero ¿habría ido igualmente?

La Fundación Eva Perón ya contaba para esos años con proyectos similares a los de la República. Las Ciudades Infantiles de la Fundación Eva Perón eran hogares para niños desamparados, con juegos, atracciones y todas las comodidades que el peronismo prometía a los que consideraba como “los únicos privilegiados de la Nueva Argentina”. La impronta política en estos establecimientos no se quedaba atrás. El adoctrinamiento en las ideas justicialistas estaba a la orden del día.

La cosa era distinta en esta pequeña república infantil. En las tierras de fantasía de Mercante, el ambiente distaba un poco de la “Doctrina Social Peronista”. Aunque estaba presente cada institución de la vida republicana, sorprendentemente, las instituciones peronistas brillaban por su ausencia. No había ni una Confederación General del Trabajo ni una unidad básica—denominación para las sedes partidarias del peronismo—para educar a los futuros ciudadanos de la Nueva Argentina. En cambio, la República de los Niños parecía ser uno de los primeros experimentos de la globalización, mucho antes de que se inventara esta palabra. Un edificio islámico por aquí, otro inglés por allá, un parlamento que parece un palacio florentino. Los más de mil constructores que construyeron el sueño en tiempo récord eran reflejo de lo mismo: italianos, españoles, polacos, yugoslavos…el mundo en unas hectáreas.

Diario La Nación. Dominio público.

Mercante sería apartado del peronismo sigilosamente poco tiempo después y su sucesor, el gobernador Aloé, sería el primero de tantos—entre políticos y empresarios—en administrar un sueño que nunca volvió a contar con el empuje inicial. Hoy en día, irónicamente—o quizás como siempre quiso el fiel Mercante—se sigue adjudicando la República de los Niños a Juan Domingo Perón y su esposa. La escala infantil de ese mundo no podía escapar a la política por más inocente que luciera. Más adelante tampoco podría escapar a California. Pero ese ya es otro cuento.


A un lado de la Capilla, rodeado por algunos agapantos bajos y flores secas, reposan “en sueño eterno” los restos del arquitecto Lima. “Creador de este mundo de magia y fantasía” continúa la placa. Después de una conversación con Mercante, donde escuchó la idea del parque, Lima pintó en acuarela todo el boceto de la República de los Niños en una sola madrugada. Casi como un calco se plasmaron luego en la realidad esos dibujos. No contenían su propia tumba, sino que su cuerpo fue trasladado allí en el cincuentenario de la República. La instrucción sobre la vida llega hasta las últimas instancias en ese rincón de la República bajo los árboles.


Fotografía de Franco Occhipinti.

Me dirijo a la Casa de Gobierno. Pablo monta guardia en la entrada. Es el encargado de cuidar un edificio que no tiene un solo visitante en esos momentos. Siempre se supo que el Ejecutivo es el poder con menos admiradores en una república.

Las escaleras que suben al primer piso están cerradas con una cadena. Era hora de usar mi propio “ábrete, sésamo”: “Estoy haciendo una nota periodística sobre la República”. Pablo me miró dos segundos—no precisamente con interés—y dejó los eslabones de plástico colgando de un solo lado de los escalones. Una escultura alegórica de la Nación Argentina observaba el que quizás sea el acceso más fácil de la prensa a un despacho presidencial en la historia. “ESCULTOR K. BULDIN 1951”. Es el día de hoy que no pude encontrar información sobre el talentoso Buldin.

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En el despacho estoy a solas. Abro y cierro puertas a más no poder. Allí está el escritorio que fuera de Bartolo y otros niños a lo largo de diferentes épocas. Una capa de polvo cubre todo. El balcón que recibió a Perón y Mercante estaba cerrado, lamentablemente. “No se puede salir al balcón”, fue la única advertencia que me había dado Pablo. Pero no había dicho nada de la puerta que se encontraba al lado de la silla ratona del primer mandatario, tapizada en una especie de escarlata. Las bisagras rechinan tanto que por dentro pienso“la cagué”. Pero desde abajo no llega queja alguna.

El panorama no es alentador en la Casa de Gobierno. Un pasillo oscuro a Dios sabe donde, telarañas, algún que otro cable colgando y paredes descascaradas por la humedad y el paso del tiempo. Y el detalle especial: una pequeña caja fuerte—escala niño, claro—adosada a uno de los muros del pasadizo . “Estos tipos pensaron en cada detalle che”, río para mis adentros. Pero parece que hace tiempo no hay lingotes o papeles en su interior. Alguien llegó antes.

Fotografía de Franco Occhipinti.

Los únicos papeles en todo el piso son los escasos libros en la biblioteca presidencial. “Jurisprudencia argentina-1948”, tiene escrito uno en su lomo. Doy una vuelta más por el lugar. Los muebles de 1951 conviven con decoración del nuevo milenio: ilustraciones infantiles de San Martín, Belgrano y Azurduy y carteles con enigmas al estilo “¿todas las opiniones valen lo mismo?” y “¿Se puede cambiar de opinión durante un debate o una discusión?”. No tengo tiempo para ponerme a reflexionar al respecto y bajo las escaleras, de vuelta a la vida del ciudadano común.

—¿Todo bien pibe?—me pregunta Pablo, ahora acompañado de un compañero que vino a visitarlo desde el banco veneciano o la parroquia normanda.

—¡Excelente, Pablo, gracias! - respondo, para luego quedarme dos minutos hablando de la vida diaria de la “Repu”, como le dicen los locales. Terminada la charla encaro por la avenida principal.


Al igual que la Avenida de Mayo, que en Buenos Aires conecta la Casa Rosada con el Congreso Nacional, la avenida principal de la República conecta la Casa de Gobierno con el Palacio Legislativo. Sin embargo, los edificios a ambos lados de la calle parecen más propios de un pueblo cuyo nombre termina en -burg, -berg o -en.

En amalgama con las casas medievales, me cruzo con un Mostaza—“our very own” McDonalds—, un puesto de churros con dulce de leche y, estoy seguro que más tarde, comenzará a oler a choripán en la avenida María Elena Walsh.

Llegué a la Plaza de las Américas, con su mástil izando la bandera argentina en el centro. El lugar está rodeado de carpas de empresas y diferentes asociaciones de la sociedad civil. Sin averiguar demasiado asumo que es algún evento de la municipalidad de La Plata. Suena música pop y los adultos que tomaron la plaza charlan bajo los gazebos. De repente los parlantes comienzan a crujir. Sobreviene un corto silencio. “¡¡¡Estamos buscando al operador de sonido!!!”, dice una mujer irritada por el altavoz.


Fotografía de Franco Occhipinti.

En el Palacio de Justicia nadie responde del otro lado de la puerta. Pruebo con el Palacio Legislativo, quizás tenga más suerte. Al fin y al cabo Milei convocó sesiones extraordinarias en Argentina. Quizás en la Repu siguieron su ejemplo. El lugar estaba abierto. Empezamos bien. Tomo el pasillo de la izquierda con la intención de visitar la Cámara de Diputados pero, antes de cruzar su puerta, una escena se gana mi atención y no me deja más opción que irrumpir en la puerta del otro lado del corredor. Dos niños de más de treinta años están sentados uno al lado del otro, mirando fijo a la pared frente a ellos. Uno ocupa una silla de plástico negra. El otro parece haberse robado una banca de Diputados para su reunión. Mi entrada no conmueve a ninguno. Ni una sola mirada de reojo. La proyección del FIFA 19 a pocos metros es más importante. Estudiantes vs. Boca Juniors.

—¡Pero tenés que jugar con Racing che!—digo a ambos y a ninguno al mismo tiempo, para tratar de averiguar quién estaba despreciando a mi equipo — ese día jugaba Racing contra Estudiantes —.

—Naa…yo soy más de Estudiantes que él—me dice el que se revela como el desdichado al que le había tocado Boca.

No sé si la conversación no se extendió mucho más porque el partido del FIFA estaba por comenzar o porque Racing no caía bien en ese salón del Congreso de la República. En todo caso, decido cruzar a Diputados. El hemiciclo está vacío. Nada extraño en otros países tampoco, dicho sea de paso. Las bancas respetan la escala reglamentaria y, en una madera que parece algarrobo o similar, tienen un diseño a medias entre bancos escolares y estalos de una iglesia. Tras las bancas, unas barandas con balaustradas dividen el espacio para los legisladores de un pequeño lugar para que el pueblo de la República escuche las sesiones de sus representantes. Y en el fondo, ventanas de medio punto dejan entrar la luz de la mañana. Me voy de Diputados con un grito de gol rompiendo el silencio a mis espaldas.

Fotografía de Franco Occhipinti.

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