Este cuento fue publicado en el volumen XI de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Heme aquí con el culo roto. No puedo llamarlo un simple desgarre; el dolor es tal que no puedo moverme. Aunque si pudiera tampoco lo haría, sospecho que un pedazo de mi intestino cuelga de mi ano. Malditas sean las culturas foráneas.
Mis viajes en busca del género neutro perdido del español me llevaron a este pueblo desconocido. Llegué buscando tradiciones y no tenía idea de lo que me encontraría. Para mi mala suerte, llegué por tren a altas horas de la noche; solo me recibió la oscuridad. Tuve a bien encontrar una posada. El único cuarto disponible era uno en el segundo piso con un gran ventanal donde nunca vi ni una seña de cama, pero encontré un pequeño colchón tieso doblado dentro del armario. Me resigné a pasar frío.
Al día siguiente, el fresco de la mañana entraba por los hoyos de las perneras de mis pantalones y surcaba mi piel cuesta arriba con miras a darme un cruel despertar al helar mis partes pudendas. No fue así. Un gran rugido de tambores —deben haber sido al menos unos cuarenta— me despertó.
Mientras mis oídos reparaban en el sonido, un gigantesco pene encalló como una pesada ballena fuera del cuarto.
Caí al suelo mientras el miembro de madera dominaba todo en mi vista. Se balanceaba de pared en pared y, por momentos, la punta acariciaba la ventana como si quisiera entrar. Cada golpe de tambor era un intento por entrar más en el cuarto. Las pocas nubes, dos o tres borrones en el firmamento, se volvían un añadido pornográfico a la escena. Estuve hipnotizado varios minutos por lo delicado del movimiento antes de siquiera preguntarme qué demonios estaba viendo.
Bajé con prisa. Abrí la puerta del edificio y caminé unos pasos. Entonces lo vi: miles de personas llenaban el espacio de las calles con pequeños apuros. En sus manos veía erecciones de madera; las agitaban como si fuera una tradición llevarlas al parque cada domingo. Todo estaba coronado por falos: efigies, dulces, ropa, construcciones de varios metros de largo, disfraces de miembro para los perros en los que los pendejos se confundían con el pelo en sus cabezas. Hasta se veían personas con sandalias en forma viril.
Intenté escapar de vuelta al interior de la posada para arreglar mis ideas; ¿quién hubiera pensado en desayunar huevos y pan tostado frente a un espectáculo de salvaje copulación anal? Por dentro, agradecí no comer mis huevos con salsa de tomate.
Más tarde, el encargado del hotel me explicó. La religión imperante en este pueblo daba una gran importancia a la fertilidad de las personas. Para ellos, la concepción de una nueva vida supera en importancia a cualquier dios, pues dentro del mismo acto de un huevo fecundado se encuentra toda una enramada de posibilidades universales. Ellos ven los ojos de un recién nacido y observan la vida y sus intrincados problemas en gestación con un chorro de sus soluciones: la respuesta del universo es la vida; un fin en sí misma. Por ello los órganos sexuales son parte fundamental.
Una hermosa explicación, me repetía el encargado mientras caminábamos por calles donde veía niños correr con penes de madera labrada de más de veinticinco centímetros. Una hermosa explicación, decía mientras se perseguían uno al otro intentando golpearse con los glandes decorados… Oh, dios, debe ser una bella explicación, repetía esperando aminorar mi shock que no sabía si llamar cultural o sexual.
Después de deambular por las calles, terminé en un gran campo de briznas donde me tiré un rato a descansar. Sentí miles de hojas de hierba erectas bajo mi cuerpo. Con la vista hacia el cielo, me di cuenta de que nevaba. Me levanté de prisa, completamente estimulado.
Un tumulto de gente corría por entre unas estatuas, también fálicas; detrás de sus sombras, pude ver la razón de su espanto. El gigantesco apéndice emergió por un lado de las bases de las esculturas, acompañado de pasos tranquilos pero decididos. No solo vi un pene erecto: era todo un cuerpo desnudo con una máscara rematada por una nariz roja. El tono muscular era inmejorable. Su trasero era dos cerezas sobre unos labios. Su abdomen estaba tan labrado por el músculo que podía sentir al universo sobre esos cuadros. Lo imaginé de mármol o arcilla, tal vez del metal más duro. Mis piernas temblaron, la saliva rodó por mis comisuras y sentí un homenaje a la festividad en mis pantalones.
La gente pasó junto a mí. Después de unos momentos de dubitación, también me eché a la carrera: tal vez así sería más deseable para el de la nariz roja.
Nos empezamos a adentrar en un espacio vacío donde ni siquiera los árboles crecían. Ya no sabía si seguíamos cerca del hotel o muy lejos, en algún lugar desconocido. Comencé a preocuparme mientras corría con los demás, aunque esos músculos tan fornidos no abandonaron mi mente; imaginaba unas nalgas jugosas como un banquete nocturno listo para mis mordidas.
Los hombres penitentes, las bailarinas finas y hasta los guerreros habían quedado atrás. De pronto, me encontré solo frente a una serie de columnas: dieciséis gruesos pilotes de madera, divididos en cuatro hileras de cuatro, formaban una cuadrícula exacta. Ahí, el frío se había acumulado. Los pequeños copos de nieve se posaban en el suelo, sobre los pilares, alrededor del aire; pendían de un soplido. No había techo sobre ninguno de estos pilotes. Aun así podía sentir una sensación de hogar, maternal. Un seno materno puede ser cuadrado, me dije. Entré a pasos ligeros.
Caminé por los pilotes. El viento soplaba. No oía nada más. Cerré los ojos. Estos pilares, esta cuadrícula, estos copos de nieve, este silencio debían estar en un museo, al menos en uno aislado en mis propios pensamientos. Seguí con los ojos cerrados cuando sentí un piquete en mi nalga. El hombre de la máscara estaba junto a mí.
Las demás personas habían desaparecido, tal vez de regreso a la posada o hacia otras estatuas, lejos en el horizonte. Sin pensarlo más, me lancé sobre él, me monté en su potente verga y comencé a besar su máscara; intentaba acomodarlo entre mis nalgas mientras me cargaba. Él me tomó de los brazos y fuimos hacia la posada.
Era mío. No sentía conquista, pero me llevaba una gran presa. Tampoco me tomó desprevenido, dado mi día entre genitales. Por Dios, al menos debía sacar algo. Me imaginé poderes eróticos y curativos en el aire del festival. Imaginé mi magnetismo propio e ineludible. Le indiqué dónde estaba mi cuarto.
Cuando entramos, recordé que no tenía una cama sino una imitación barata de colchón. No me importó. Me arranqué la ropa. Me tumbé en cuatro sobre la pequeña lona. Era una pila de hojas secas donde mi deseo crujía poco a poco. Necesitaba algo para quebrarlas todas de un golpe. Me sentía morir. Mi deseo sexual era inconmensurable. Nunca fui tan flexible.
Sentí las gratitudes de mi cuerpo vegetal, eléctrico. Oí al hombre de la máscara por primera vez. «No necesitas que te diga nada de mi vida. Esta hoja hablará por mí», dijo. No había pronunciado palabra antes de tenerme a su merced. La habitación se llenó de un repetido chasquido. De nuevo cada segundo. Chas, chas, con periodicidad. Me tardé en reconocer su pene. Lo golpeaba como si lo estuviera afilando.
No me giré en ningún instante. La decisión no era mía; en ese momento solo importaba la cavidad de mi cuerpo. Esperaba una pesada bomba V2 llena de deleitable carne superior; lubricante, crema, jugo, agua, saliva, un escupitajo… nada, no había nada entre los pliegues de mi trasero. Rezos, espero que los rezos sirvan, no solo para resbalar los pecados, sino también un gran número de centímetros… Gemí como un toro herido de muerte cuando sentí la gigantesca nariz roja dentro de mi ano. Me tomó por sorpresa; pude oír cómo los gemidos traicionaban mi careta de explorador firme. Ese candor carnal de carne suave se cerró en mí. Ni siquiera una pausa, la insertó de un impulso. La sensación de hojas secas quebrándose desapareció; ahora, con el hombre y su nariz roja en mí, era una vieja piel curtida sobre un gigantesco madero. Me movía de lado a lado. Mis extremidades se ladeaban en el aire sin tono muscular. Mis ojos, saltados cual cabeza disecada. Un tercero me hubiera confundido con un estandarte en los desfiles.
¿Qué es el tiempo? Una medida o una sensación. No lo sé, pero mi cuerpo se dividió en cuantiosas percepciones. Las entrañas se volvieron una tela con el peligro de desgarrarse en cualquier momento; ahí, los segundos se inflamaron, convirtiéndose en horas. Mis poros se agitaban y distendían entre sí con el sudor de cada infinito segundo; en ellos, la sensación se volvió corta, pasajera. Dentro de mi mente, los latidos acelerados y los choques eléctricos en mi cerebro se movían en sintonía, como en un electrocardiograma. Mi cuerpo no se decidía si vivir o morir en esa extensión maravillosa de dolor y locura. La sensación fue eterna, incontables universos donde fui el dios primigenio. El tiempo es variable. Y con todo, cesa. Del mismo modo, el placer sexual cesó.
Oí a lo lejos los tambores de la mañana. Ahora eran golpes como gotas, se despedían con un sonido de lluvia mientras regresaban a sus hogares o templos. Por mi parte, había perdido la consciencia. Cuando desperté, mi cuerpo era una pifia. El hombre había desaparecido.
Estoy tan destrozado. No puedo moverme. Debo verme como una alfombra de oso en una cabaña, aunque con los intestinos de fuera junto a una horrorosa cantidad de sangre a su alrededor. Cada fibra de mi cuerpo arde, sigo sin poder moverme. Ya no deseo narrar. Mi mente se encuentra ocupada. Pienso en la excusa para la posadera una vez me encuentre; espero no sea una ocurrencia tan extraña. Un hombre con el culo desgarrado. Suena insólito, pero debe creerlo.
Oh dios, debe ser una ocurrencia común. Debe serlo.
Rui Caverta (México) es un escritor. Ha publicado en revistas digitales y físicas de diversos continentes. Sus últimos libros son Salaryman y Guindaleza.




