Costa Rica es el único país de América Latina que no tiene Estado Laico. El único país de América Latina con una religión oficial del Estado: la católica, apostólica y romana. Un estado confesional. ¿Qué será lo que confiesa?—no lo tengo tan claro—. Eso del estado no laico tiene cosas buenas y cosas malas. Las malas, muchas (muchísimas) me quedan para otros textos. No estoy hoy para tristezas. Las buenas, algunas tradiciones por demás pintorescas.
Entre ellas, las posadas en Navidad, la quema de Judas en algún momento después de la Semana Mayor (o la Semana del Turismo como le dicen en Uruguay, que sí tiene Estado Laico), las procesiones con santos de yeso o con santos humanos, siempre asoleadas porque son en pleno verano. Y los rezos del Niño. Estas tradiciones están impregnadas en el tejido institucional y social tico, incluso para quienes no somos practicantes. El otro día fui al banco a renovar mi tarjeta y había pasito o portal, como le decimos al nacimiento. Y de seguro habrá rezo.
Mientras que la mayoría de los países vecinos separaron Iglesia y Estado en el siglo XIX o XX, la Constitución costarricense de 1949 mantuvo el catolicismo como religión oficial. En un Rezo del Niño, por ejemplo, esta oficialidad se vuelve doméstica: lo que dice la Constitución se materializa en la sala de la casa donde familiares, vecinos y demás allegados de todas las ideologías se sientan a rezar y a cantar (y a comer, que no se nos olvide la comida).
Para ser honesta, me sigo preguntando por qué vuelvo a pensar en religión ahora. Me cae mal en el estómago que mi país sea un estado confesional, no combinan en mi mente fe y política. Al mismo tiempo, viví facetas entrañables de mi vida como niña y joven en un entorno cercano a la religión. Siento un potpurrí de crítica y nostalgia adentro. ¿Será una contradicción? ¿O seré muy promedio? De ese promedio que creció en medio de prácticas impuestas que a veces se sintieron genuinas, y en otros casos, puro trámite. Talvez unas notas personales le den mejor contexto a esta historia.
De todas esas prácticas heredadas, el rezo del Niño tiene un espacio especial en mi corazón. No porque yo sea muy católica—que no lo soy—. Lo fui hasta el final de mis veintes, más por tradición que por convicción, cuando mi apoyo al matrimonio igualitario selló mi divorcio con la Iglesia. Ahora, en mis cuarentas, esa relación se siente lejana. Crecí en una familia católica, no comprometida con eso de la práctica real de la religión; más bien con la cosa performativa. Bauticemos a la chiquita para que no se muera sin conocer a Dios, básicamente. Mis papás se casaron por la Iglesia a regañadientes, bueno, se casaron a regañadientes en términos generales. Medio hippies ellos. Ya yo venía en camino y no por obra del Espíritu Santo.
Entonces, en mi infancia, el liderazgo espiritual le tocó a mi abuela paterna. Ella que me llevaba a misa todos los domingos, y me mandaba a comprar cigarros al super entre semana para fumárselos en el patio, mientras atisbaba hacia las estrellas esperando ver un ovni—porque católica sí, pero también hija del realismo mágico—. Su papá, mi bisabuelo, era también un señor sui generis: maestro rural evolucionado a director de escuela, músico autodidacta, fanático de los himnos centroamericanos (que mi abuela se aprendió de memoria desde chiquita y recuerda hasta hoy, en un triunfo del bisabuelo sobre el Alzheimer). Y lo más importante, amaba el Rezo del Niño.
El rezo del bisabuelo era un acontecimiento familiar del cual tuve el privilegio de participar en mi condición de bisnieta mayor, al menos en un par de ocasiones. Lo organizaba cada año el 2 de febrero—día de la Candelaria—que era, además, el día de su cumpleaños y, en un círculo completo de la tradición, sería también el día de su muerte.
Ahora, los tecnicismos y precisiones históricas. El Rezo del Niño tiene su origen en las novenas traídas por los evangelizadores españoles. Mismas que fueron diseñadas como herramientas pedagógicas para la historia de la Natividad. Pasa que, al cruzar el Atlántico, cada geografía remixeó el ritual según sus propios instrumentos, ingredientes y urgencias sociales. Mientras que en España la tradición se mantuvo ligada a la liturgia formal del templo, en América Latina se domesticó, mudándose a las salas de casas y convirtiéndose, a mi ver, en un evento de resistencia cultural y goce comunitario.
A diferencia de las novenas o posadas que ocurren antes de Navidad, el Rezo del Niño tico se extiende hasta el 2 de febrero. Es un ritual de “cierre” y de “quitar el portal”, lo que le da un aire de nostalgia y despedida que otros países no tienen.
Como en todo buen Rezo del Niño, para el bisabuelo la clave era la música. Lo amenizaba él mismo con sus amigos del Trío Los Limones (viejos, arrugados y agrios, como apuntaba mi abuela con una risita sarcástica), hasta que el trío ya no existió más y tocaba que alguien siguiera la tradición.
Músicos como Los Limones, ya no quedan muchos—viven solo en el recuerdo, al lado de los Rezos del Niño, al menos para mí—. Los cantores de rezo no suelen ser músicos de conservatorio, sino personas portadoras de una tradición oral que mezcla tonos coloniales con giros criollos. La dinámica de “el que guía y el que responde” es una de las formas más antiguas de cohesión social: el ritual de cantar juntos.
En mi adolescencia, y ante sorpresa de nadie, me volví una cantora de rezos consumada. Entre las razones de la falta de sorpresa anotemos que yo cantaba la misa en el barrio, estudiaba en colegio de monjas y era líder de un grupo de jóvenes (ecuménico, con católicos y evangélicos mezclados, pero sumaba igual). Después del fallecimiento del bisabuelo, mi papá y yo, armados de nuestras guitarras, asumimos la tradición familiar. Ninguno sabía rezar, pero intuimos que si dejábamos morir la práctica, otras cosas morirían con ella.
Con las primeras experiencias notamos que esto del rezo era unidireccional. No es un diálogo entre personas, sino un monólogo colectivo frente a la divinidad. Al igual que en la misa de antes (donde el sacerdote celebraba ad orientem, de espaldas a los fieles… y peor, en latín), en el rezo todos miran hacia el nacimiento o portal. Esta disposición física anula el contacto visual entre los vecinos; la sala de la casa se convierte en una flecha humana cuya punta es un puñado de figuritas de yeso.
Y ¿qué hacer con la paradoja?: dos rezadores que no rezan, cantándole a un montón de gente que no canta. Se nos hacía eterno. Unos cuantos bostezos después, no quedó otra que democratizar el Rezo. Las armas revolucionarias fueron cuanto instrumento de percusión portátil pudimos encontrar: claves de madera, chilindrines, toc-tocs, campanas, el triángulo, maracas normales, maracas en forma de huevo, bongoes y panderetas. Armados con esta proto orquesta llegamos al siguiente rezo y le repartimos los instrumentos a quien los quiso aceptar: la pandereta para la tía, las maracas para el tío alegrón, los chilindrines a los chiquitillos, el triángulo para la abuela. Las caras de sorpresa. Los “pero yo no sé tocar esto” y los “ay pero yo ni tengo ritmo”, y unas canciones después, estaban como Celia Cruz pidiendo azúcar. Le rompimos la jerarquía al Rezo y lo transformamos más en un jam session medio espiritual. Este atrevimiento transformó el performance: el rezo dejó de ser algo que se recibe o se observa, que se escucha y se repite, para convertirse en algo que se construye colectivamente. Al dar un instrumento, estábamos repartiendo la responsabilidad creativa que el ritual tradicional negaba. Un vacilón.
Repetimos el vacilón por varios años, puedo decir que hicimos más de cien rezos. No sé cuantos con certeza, pero muchos.
Se corrió la voz entre las vecinas, las tías, los compañeros de oficina. No sabíamos si nos invitaban por buenos, o porque era gratis. Y entonces empezaron las intrigas y pasiones.
La antropología distingue entre la religión oficial (el dogma) y la religiosidad popular. El Rezo del Niño pertenece a esta última, sin duda. Aquí, el protagonismo no lo tiene el sacerdote, sino la dueña de la casa, el que arregló el portal y los que llegan por el café con tamal. Es una fe ejecutada por la comunidad, donde lo sagrado se mezcla con el talento local, la risa y sobre todo, el chisme. Y en ese espacio quien blande el poder máximo es la rezadora.
Como toda una Show woman, la rezadora es quien decide cuándo empieza (Ave María Purísima), cuándo la cosa es de pie, cuándo es de a sentado, cuándo se sube el volumen, cuándo se termina y cuándo se reparte el café (el poder máximo). Es una figura de autoridad femenina en una estructura que, en el templo, suele ser dominada por hombres.
También hay rezadores hombres, pero los menos. Toda esta función de maestra de ceremonias criolla, es pagada. No sé como estará la tarifa promedio hoy, pero en esos tiempos bien le podían tocar unos cien dólares por rezo. Nada despreciable. “Es que el rezo si no es pagado, no vale”, dice mi mamá que lo aprendió de la tía, cuando se iba guindada de su brazo a rezar donde las vecinas. Eso no está en la constitución como lo del estado confesional, pero de que es ley, es ley.
En la tradición costarricense si no se le paga a la rezadora, la promesa hecha al Niño Dios no se cumple, por eso el rezo no vale. Qué curioso. Si el valor del rezo depende de una transacción económica, estamos ante un ritual que es tanto un evento espiritual como un contrato. Es la “profesionalización” de la vecina. Ya sea que ella misma lidere los cantos o coordine a músicos externos, su autoridad es total.
A menudo hay una tensión creativa interesante entre la rezadora y los músicos. Ella tiene la letra sagrada de los misterios y ellos el ritmo. A veces se complementan y a veces compiten por el protagonismo de la sala.
Una vez llegamos a un rezo donde la rezadora era una señora muy señora, vestida con el hábito de la Virgen del Carmen y con cara de pocos amigos. No le hizo mucha gracia que los dueños de la casa nos invitaran para cantar. Nos llamó a una esquina preguntando que cuánto cobrábamos. Le preocupaba tener que dividir. Además ella también cantaba. Entonces nos turnamos, nosotros una canción, ella otra, nosotros las letanías, ella el alabado. Muy salomónicos. El pago, para ella.
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Hicimos cien rezos en esa época y no cobramos ninguno. Disfrutamos del privilegio de no necesitarlo. No lo vimos como un trabajo, sino como una diversión, algo que hacer juntos, una especie de herencia familiar. Le caímos mal a varias rezadoras (nos perdonaron cuando se dieron cuenta que no tenían que compartir). Las entiendo: históricamente el Rezo del Niño es un ingreso importante para esos meses más duros del año, especialmente para quienes trabajan desde la informalidad o lo doméstico; diciembre, cuando nadie te contrata; y la cuesta de enero.
Después de unos diez o quince rezos, me lo aprendí. Entonces me tiré a pista y a partir de ahí yo lo rezaba, tocábamos la guitarra y cantábamos, y todos los vecinos, amigos y demás familiares presentes se convertían en nuestra orquesta. El solo hecho de estar pendientes de la siguiente canción, o de sostener las risillas por ver a la tía maraqueando, ya le imprimía alegría al rito. El rezo se pasaba volado. Controlar la rezada hace más fácil diseñar la experiencia. Misterios cortos, oraciones someras, letanías cantadas y colorín colorado. Hora de comer. El reparto del café, el bizcocho y el tamal asado no es un extra; es el contrato social que sella el encuentro. Y diosguardísimo la comida esté fea.
La comida. Esta es, quizás, la parte más humana y cómica de la tradición. El Rezo del Niño es un evento de reciprocidad: la comunidad entrega su tiempo, su presencia y su voz, los músicos ponen el ritmo y la familia anfitriona entrega el banquete. Cuando ese banquete falla, el ritual se desmorona.
Simbólicamente claro, y un poco emocionalmente. En el contrato no escrito del Rezo del Niño, el pago a los asistentes es la comida. No es un simple refrigerio; es una extensión de la devoción. El menú tradicional, café chorreado, bizcocho, pan casero, tamal asado y gallitos de picadillo, con el ocasional arroz con pollo o pozol, funciona como un termómetro social: la calidad del rezo se mide por la calidad de la comida.
Por eso, el día que me sirvieron una tajada de pizza, me indigesté de disonancia cultural. Mientras el rezo nos ancla en el pasado y en la identidad local, la pizza nos devuelve a la inmediatez globalizada, rompiendo el hechizo de lo artesanal y lo comunitario que el ritual intenta preservar. Y encima estaba fría.
El rezo puede durar más de una hora, se canta lento, se prepara el portal con semanas de antelación. Que al final te sirvan pizza crea un contraste casi absurdo con el slow food que usualmente caracteriza a esta actividad. En Costa Rica, el chisme post-rezo es casi tan importante como el rezo mismo. “Viera que el rezo estuvo muy bonito, pero qué café más ralo”, o peor aún, “¡Imagínese que dieron pizza!”. Ya habrán notado que lo de la pizza, no me pasa.
Mi abuelo materno se iba a los rezos del Niño del barrio con una bolsa plástica escondida en el bolsillo del pantalón, con el único propósito de estar preparado por si sobraban pancitos, para el desayuno. Estoy segura de que no se hubiera llevado la pizza.
Ese experimento de los cien rezos fue como una puerta abierta a la intimidad de cien familias. El Rezo me atraía no por la teología, sino por la experiencia. Algunas familias no tienen ritmo. Otras son puro talento en bruto, tanto así que ayudé a lanzar algunas carreras menores, por lo menos de karaoke. Algunas familias no tienen gracia. Hay familias que reparten pizza y otras que hacen la receta de pan casero de la abuela o el arroz con leche de la bisabuela. Otras hacen el nacimiento en una mesa, y otras bloquean la mitad de la sala desde noviembre con cerros de papel encerado y musgo (o sus substitutos por aquello de la ilegalidad). A algunos se les da bien el arte del comer, a otros se les da más el arte manual.
Del otro lado de la familia, para mi abuela materna el rezo se tenía que hacer el 25. De una vez, para salir de eso. En realidad, era una decisión muy estratégica, digna de la generala que era: la familia en pleno la visitaba el 25 de diciembre para festejar la navidad, la posibilidad de que volvieran a juntarse otra vez en menos de un mes era baja. Así que el 25 era el combo: almuerzo navideño y en la tarde rezo del Niño con café.
Al día siguiente el portal estaba guardado para el otro año. Recuerdo esas tardes llenas de carcajadas, escándalo de panderetas y chilindrines, la cara feliz de mi tío (un niño especial) para quien el rezo era el evento del año.
Una de las últimas veces que lo hicimos, antes de que la demencia senil comenzara a borrar las tradiciones de la mente de mi abuela, fue doblemente especial: nos visitó mi suegro desde Brasil. Años después me dijo que ese había sido el mejor día de su viaje por Costa Rica. Toma eso playa paradisíaca del caribe y aguas termales de la zona norte.
Y aún con todo lo personal, toca reconocer, que las tradiciones me exceden a mi y a Costa Rica. Aunque el Rezo del Niño se siente profundamente costarricense, es en realidad un hilo de una red más grande. En Brasil, a Folia de Reis comparte con la nuestra esa figura mística de la rezadora y el uso de la música como pegamento comunal. La diferencia radica en el tono: mientras el rezo tico se ha mantenido como un evento de sala y café chorreado, la versión brasileña a menudo sale a la calle con tambores y danzas (muy ellos siempre). Ambos, sin embargo, resisten a la modernidad bajo la misma premisa: lo sagrado se celebra comiendo y cantando con la vecindad.
Sin saberlo, al repartir panderetas y maracas, estábamos acercando nuestro rezo de sala al Reisado brasileño, rompiendo la quietud de nuestros ancestros para recuperar el pulso latiente y participativo de la fiesta popular.
Vivimos muchos rezos del Niño en esa época, pero sin duda el más memorable fue el Rezo de las Flores. Empezó muy normal, yo lo rezaba, y teníamos el repertorio listo para cantar una canción para iniciar, una después de cada misterio, la Salve, las letanias y una canción original para cerrar. Porque antes muertos que sencillos. Pero entonces llegó ella. Guitarra en mano, melena al viento y un trueno de voz. Resulta que los dueños de la casa llevaron doble música. La nuestra muy criolla, la suya, muy trovera. Llegamos al arreglo usual: una canción cada uno. Primer misterio, nosotros, segundo misterio ella y así hasta las letanías que comenzaron despacito y terminaron casi en samba. Cuando llegamos a la última canción estaba clarísimo que no sería la última. El intercale musical siguió con todas las canciones navideñas que nos sabíamos. Cuando se terminaron, siguieron los boleros. Los valses. Un charango por aquí, un paso doble por allá. Luego la trova, la protesta, las canciones de amor, las de despecho, la pachanga. Y nos dieron las diez y las once. Nos dieron las dos. El rezo más largo de la historia.
Al final del día, esos cien rezos no fueron para mí una catequesis, sino un curso intensivo de humanidad. Supongo que los españoles y la iglesia me cuentan entre sus fracasos. La religión fue el pretexto, el escenario donde se desplegaba ese caos organizado y tierno que somos: un lugar donde conviven boleros de despecho con letanías cantadas, figuras de yeso con maracas de plástico, y el olor del café con el humo de los cigarros. Entrar en esas casas era entrar en su santuario más real, el de la sala, para terminar siendo amigos del alma que no se hablan hasta el próximo febrero, antes de la Candelaria. Porque en este Estado Confesional que honestamente no sabe qué confiesa y necesita a gritos ser más laico, nosotros la teníamos clara: confesábamos nuestra necesidad de estar juntos, de cantar aunque fuera desafinado y de perdonarnos hasta la pizza fría..
Karla Córdoba Brenes nació en Costa Rica, actualmente lleva una vida nómada digital entre su país natal y Brasil. Es comunicadora de formación con una maestría en Gestión del Desarrollo Comunitario. Es cofundadora de Cambiatus y CofiBlocks, dos proyectos en la intersección de las tecnologías Web3, la economía regenerativa y los negocios colaborativos. En su escritura, Karla explora las tensiones entre la tradición cultural y el avance tecnológico, buscando rescatar el valor de lo humano y lo colaborativo en un mundo cada vez más automatizado. A veces solo cuenta historias con la esperanza de que alguien las lea.





