Imagina por un momento ser un mexicano del valle de México o de alguna ciudad del norte del país; no solo eso, imagina también que tienes una posición económica acomodada, holgada, bastante bien centrada. Ahora imagina que compras o heredas una casa o un departamento de verano en alguna paradisíaca playa mexicana—Cancún, Careyes, Puerto Vallarta, Los Cabos o Acapulco—; te enamoras de la vida en esos lugares, de su deliciosa y variada gastronomía, de su clima, de su gente, de las playas cálidas, las vistas gloriosas al mar y las puestas de sol, tanto que decides mudarte por completo a esa segunda vivienda en alguno de esos hermosos puertos.
Ahora bien, no todas las personas del valle de México o del norte del país llegan así a esos lugares. Hay otras personas que son transferidas por sus trabajos. Organizaciones gubernamentales o privadas les pagan viáticos, viviendas, transporte; todo lo que sea necesario para que tomen posesión de estos importantísimos puestos que solo ellos y nadie más que ellos pueden ocupar debido a sus flamantes títulos universitarios y “experiencia” y, bueno, tantísimos más casos—emprendedores, empresarios y una gran variedad de personas bien acomodadas llegan a vivir a estos lugares—.
Tarde o temprano estas personas tienen hijos, o inclusive ya los tenían al llegar a estos lugares. Con el pasar de los años, dilucidan que sus hijos están por volverse unos “criollos”—“los hijos de españoles nacidos en América que aunque pertenecían a la élite social y económica, a menudo se vieron desplazados por los españoles peninsulares en puestos de poder y gobierno”; el solo hecho de nacer en la Nueva España era una degradación de estatus, no podían gozar de los mismos derechos que sus padres los cuales si eran españoles de nacimiento—. Se preguntarán por qué llamar criollos a los hijos de estas personas que migraron a playas o ciudades medianas, o por qué dilucidaron esto sus padres. Es bastante sencillo, rancio y apócrifo: son criollos porque al nacer en estos estados sureños, la sociedad misma los ha degradado, sin importar que sus padres vengan del centro-norte, ellos al nacer en “provincia” jamás tendrán las oportunidades que tienen sus padres. De ahí, el miedo de que sus hijos se conviertan en ciudadanos de segunda categoría.
La solución que encuentran para evitar que sus hijos se vuelvan “criollos” o “ciudadanos de segunda categoría” también es bastante sencilla (para ellos), regresar a sus hijos al Valle de México o a la metrópoli de la que provienen para que así puedan empaparse nuevamente de esta “aura cosmopolita” llamada “academia”. Saben a la perfección que para que sus hijos puedan tener acceso a lo mismo que ellos han tenido, deben estudiar en las escuelas indicadas de estas metrópolis, ya sean privadas o de gobierno, mientras sean de esas ciudades; al dejar que sus hijos se queden y estudien en estos lugares a donde migraron es condenarlos a convertirse en ciudadanos de segunda clase.
Si el lector no ha entendido todavía a qué “derechos” se refiere este texto, aquí se lo digo a raja tabla: norte, centro y sur de México son mundos distintos. La movilidad social para alguien que estudia en el sur del país es casi completamente nula, para alguien que estudia en el centro y el norte, la movilidad social es una realidad palpable. No hace falta mencionar el nombre de estas universidades, las sabemos a diestra y siniestra, los reclutadores las saben a diestra y siniestra, los padres de familia las saben a diestra y siniestra. Esta cancha dispareja se forma al no tener las mismas oportunidades y derechos que estas personas al estudiar en el centro-norte del país adquieren. La gran mayoría de personas que estudian en el sur jamás serán capaces de romper esa cerca. Esta situación convierte a más de la mitad de la población de este país en ciudadanos de segunda categoría.
Esto no es una diatriba hacia la migración, ni hacia la clase media ni media alta, sino a todo el sistema educativo y social que nos rodea. El hecho de que lo primero que les urja a estas personas sea el sacar a sus hijos de los sistemas educativos de estos estados, a los que llegaron a vivir por voluntad propia y de los que se benefician, dice mucho de la necesidad de combatir estas castas invisibles que siguen presentes en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
¿Cuál es el punto de abrir infinidades de universidades y escuelas por todo el país? Si al final la rebanada más jugosa del pastel se la llevarán solo los que hayan estudiado en el Cinturón Industrial del Valle de México o en las ciudades norteñas.
¿Por qué estos migrantes del centro-norte quieren y abrazan nuestras ciudades portuarias, la cultura sureña, la gastronomía, el clima, las playas, pero aborrecen nuestros niveles educativos? ¿Por qué el “salvar” a sus hijos “criollos” se vuelve un objetivo crucial para ellos? Muchos de estos hijos ni siquiera quieren irse de los lugares que los vieron crecer, se aferran a esa tierra aunque sus actas de nacimiento digan otra cosa, aunque sus actas digan otra ciudad gris, oscura, monstruosa, como diría José Emilio Pacheco. Aunque sus caras estén continuamente chapeadas por el sol abrasador, aunque no encuentren similitudes en esa población que les rodea pero que han visto desde pequeños, se tienen que ir para seguir conservando esos mismos derechos que tienen sus padres y que al quedarse ahí ellos pueden perder.
Este ensayo fue escrito por Ángel Salgado.



