Este cuento es de Alexis Socco. Puedes leer más del autor en la biografía al final del texto.
Lunes
¿Qué pasa cuando no pasa nada? Algo pasa, aunque no nos incumba a nosotros. Lo que pasa es que a nosotros no nos pasa, pero algo siempre pasa. ¿Pasa algo? No pasa nada. Tomemos pasa como sinónimo de ocurre, porque la palabra tiene muchas acepciones y puede confundir. Ahora, pasar, como pasar algo, no pasa nada. Estamos mirando hacia el infinito, ni pensando ni percatándonos de lo que sucede a nuestro alrededor. No nos pasa nada, pero sabemos que algo está pasando. A los costados, en la otra cuadra, en la casa del vecino, en la sede del gobierno ucraniano. Están pasando cosas. Tomemos cosas como sinónimo de hechos, porque la palabra cosas también puede despistar. Buenas tardes...
Dijo el profesor, tomó sus cosas y se fue del aula. ¿Para esto había pagado? ¿Este era el famoso curso de filosofía práctica que tanto habían promocionado? ¿Un tipo que dice que pasan cosas aunque no pase nada? El silencio de todos, unas cuarenta personas de edades varias, fue sepulcral. Muchos nos volteamos a ver, creyendo que todo fue una linda ocurrencia del profesor para caer bien y luego sí, comenzar la clase magistral. Ilusos. Había terminado la primera de las conferencias magistrales del doctor Simón J. Becker, experto en relacionar las teorías filosóficas con el plumero para sacar tierra. Digamos que se vendía como el tipo que les hacía entender a las amas de casa el concepto hegeliano de la síntesis para que ellas lo puedan poner en práctica en su cotidianeidad. No sonaba mal. Luego del silencio vino el abucheo y los chiflidos. Becker ni los oyó porque fue bastante astuto como para salir rápido del aula.
Me juré no asistir a la segunda y última de las clases que había pagado, prevista para el día siguiente. Pero la curiosidad fue más fuerte y mi autoboicot se evaporó en segundos.
Martes
Cuando llegué, noté las mismas caras del día anterior y algunas nuevas. Me intrigaba lo que pudiese decir Becker ahora sobre el tema asignado: “De Descartes a Graham Bell: Existo, pienso y hablo por teléfono al mismo tiempo”. Puntualmente, a las 15, apareció Becker, a quien al entrar sólo le aplaudieron los novatos, aquellos que no habían ido a la primera clase. El resto fue preparado para la guerra. Y no exagero.
Siguiendo la lógica cartesiana, podemos afirmar que existimos porque pensamos. El ser que no piensa no existe. Hablamos del ser humano. Las vacas no poseen la capacidad para pensar o razonar. El ser humano se diferencia del resto de los seres vivos por este maravilloso acto. Bien, pongamos atención en el simple acto de hablar con otra persona a través del teléfono. ¿Qué hacemos cuando hablamos por teléfono en nuestra casa? Casi siempre otra cosa. Dibujamos garabatos en un papel, masticamos un chicle, miramos al horizonte perdido, sacamos tierra de un mueble, observamos por la ventana. Y sin embargo, no perdemos el hilo de la conversación ni nos distraemos. ¿Ustedes imaginan a un gato hablando por teléfono mientras se lava el cuerpo? Por eso los seres humanos estamos un paso más allá. Podemos hacer varias cosas al mismo tiempo sin desviarnos de lo importante. Y ahí entra en juego la lógica de Descartes: no existo porque pienso, existo porque además de pensar, hago otras cosas. No basta sólo con pensar; hay que pasar a la acción. Cuando hablamos por teléfono, se funden la acción y el pensamiento. Claro que cuando Descartes escribió su famosa frase, no había teléfonos, jaja. Espero que les haya resultado útil. Buenas tardes.
Volaron encendedores y biromes. Algunos arrojaron las carpetas. Un alumno astuto se interpuso en la puerta y no lo dejó salir del aula. El bochorno fue generalizado. Por poco no lo linchan a Becker, que se puso pálido y no tuvo ninguna capacidad para reaccionar. Por los ruidos, llegaron los responsables de organizar las jornadas y trataron de poner orden, pero fue en vano. Nadie escuchaba, todos gritaban. Luego de unos cinco minutos, la situación se normalizó. Becker seguía parado cerca de la puerta, bien custodiado por los organizadores.
—¡Señores, esto es un bochorno!—dijo enojado Patris, el responsable número uno de contratar a Becker.
—¡Bochorno es este tipo!—replicó alguien elevando la voz.
—¡Devuélvannos la plata, atorrantes!
—¡Miserables, estafadores!
—¡Ladrones!
La gente estaba ofuscada y no aceptaba explicaciones. Hasta que el que abrió la boca, para sorpresa de todos, fue Becker.
—Por favor, escúchenme. Ustedes están enojados porque mi clase no les agradó… los entiendo. Sé que no es para todos. Y tal vez ustedes esperaban otra cosa. Por eso me comprometo a que el señor Patris, aquí presente, les reintegre el dinero que abonaron por la clase de hoy.
—Discúlpeme profesor—intervino Patris—. La dirección no puede devolver el dinero, ya que hay gastos comprometidos.
Todos se unieron al coro.
—¡Ladrones!
—¡Chorros!
—¡Devuelvan la guita!
—¡Calma, por favor! Me comprometo—aseguró Patris—a que el profesor Becker les dé otra conferencia mañana sin cargo. Y también me comprometo a que el profesor Becker proponga un tema más interesante que los expuestos hasta ahora.
—Un momento Patris. Creo que mis temas han sido de suficiente interés, sino usted no me hubiera llamado.
—Ya lo sé Becker, pero tiene que tener en cuenta la decepción de los concurrentes. Por eso propongo un tema que les puede interesar un poco más.
—Pienso, Patris, que como le acabo de decir, todos los temas que doy en mis conferencias son de sumo interés. ¿O usted no leyó el temario antes de contratarme?
—Muy bien, Becker. Haga como quiera. Pero la gente aquí presente está muy enojada.
—¡Queremos la plata!
—¡Atorrantes!
—¡Delincuentes!
—¡Calma, señores!—gritó Becker—. Vamos a hacer una cosa. Como el señor Patris no puede devolverles el dinero, mañana los invito para hablar sobre “El dinero en tiempos de Google”. Creo que los va a entusiasmar, es una conferencia que me piden mucho en las Escuelas de Negocios. ¿Qué les parece?
Un murmullo generalizado se instaló en el aula.
—¡Andá a la puta que te parió, Becker!—se escuchó desde el fondo.
Ahí se pudrió todo. Uno que estaba en el medio del aula le revoleó una silla a Becker que le pasó cerca de la cabeza. Otro le tiró con una birome y le pegó en un ojo. Varios lo escupieron. Una chica de anteojos también se acordó de la madre de Becker y luego le lanzó un sacapuntas. Un tipo gordo de mediana edad se le acercó para ahorcarlo pero Patris justo se interpuso. Patris, dicho sea de paso, también cobró: un pelado con pinta de rugbier le dio una trompada certera, mientras a Becker lo agarraron entre dos. Uno le daba cachetazos desde atrás en la nuca y el otro le agarraba las pelotas; Becker gritaba de dolor y Patris estaba tirado en el piso mientras algunos lo pateaban. La mayoría, después de descargar su furia, salió del aula.
Había uno que le seguía dando a los dos: a Patris lo pateaba en el estómago y a Becker le tiraba del pelo, todo al mismo tiempo. Era morrudo, bajito. Yo los miraba y no atinaba a hacer nada. Ni a pegarle a Becker ni a Patris, ni a frenar a los demás ni a irme del aula. Estaba paralizado y esperé a que se fueran todos. Tanto el disertante como el director quedaron tendidos por el suelo, casi inconscientes. Los miraba y me daban un poco de pena. Pero como mi conciencia estaba limpia, decidí ser más efectivo: les saqué la billetera a ambos y me guardé la guita. Eso les pasa por chorros.
Alexis Socco nació en Buenos Aires, es Licenciado en Comunicación y Magister en Marketing. Trabajó como periodista en diarios y revistas de Argentina y España. Actualmente es consultor, docente de comunicación digital y conferencista internacional.




