Como una bragueta húmeda
Son pocas las personas que pueden decir “Yo he visto un muerto”.
Cada lunes, Perpetuo comparte las mejores crónicas y ensayos del español. Para más crónicas como esta, suscríbete a nuestro Substack:
Este texto es de Jorge Mustaffá. Puedes leer más de él en la biografía que incluimos al final.
Son pocas las personas que pueden decir “Yo he visto un muerto”. Las que pueden hacerlo suelen comentarlo variando muy poco esas palabras. Casi nunca hay adendos.
Los entiendo —yo también lo he vivido—. Es, a su manera, una extensión de la pausa y la inacción al ver, frente de uno, al que encuentra su fin. Ese quedarse quieto, sin actuar. Nuestra reacción ante la muerte es el silencio de la cautela; el no querer decir mucho más.
Pasa, sin embargo, que hay algo más en eso; algo que explica, en la muerte, cómo actuamos ante la vida. No se trata de diferenciar entre fuertes y débiles ante un episodio fatal, sino de indagar en los sentires de alguien que apenas reacciona frente al conjunto de músculos y huesos que, hasta hace unas horas, se movía por cuenta propia. ¿Es un deber espantarse ante un cadáver? ¿O se puede pasar por el lado como si este fuera parte del mobiliario?
En mi caso, puedo decir que he atestiguado la muerte en un par de ocasiones. Una de ellas, a la que me referiré, está lejos de haber sucedido en un único momento, en un último aliento o en un punto final. Todo lo contrario, se trata de una muerte que, si bien no anunciada, empezó a gestarse décadas atrás; incluso antes de que yo tuviera vida. Fue un descenso prolongado; extendido en el tiempo, como estirado.
Claro que cualquier vida es una autopista en la que se maneja sin frenos hacia un final ineludible. Esta es la narración de los momentos en los que no solo se pisó el acelerador, sino que se soltó el volante. Testigo de una vida y una muerte, no como polos opuestos, sino como sinónimos, porque no se puede narrar una culminación sin lo que llevó a ella. Y, a su vez, la reacción misma de preguntarme si pude haber hecho algo más por él, por el finado.
Quién podría saberlo. Quizás el motivo de mi no-reacción ante su cuerpo se debe a que lo conocí ya entrado en ese proceso de disolución en vida. Porque cuando lo conocí, ya estaba muriendo.
Se llama J. Q., pero le dicen “Gordo”, apodo heredado de un ancestro. Es gordo, sí, pero solo de cintura para arriba. Las piernas las tiene esqueléticas, como dos ramitas a punto de partirse bajo el peso del mundo.
No tengo la certeza científica del dato, ni me interesa confirmarlo, pero alguna vez mi mamá dijo que por eso se parece a su hermano: “Por la diabetes tenemos el cuerpo así”. En realidad, el Gordo tiene seis piernas. A las dos biológicas, semifuncionales y semicompletas, se les sumó luego una tercera de madera sobre la que se apoyaba con su mano derecha. Esta última fue reemplazada más tarde por otras cuatro metálicas tan delgadas como el palo de escoba. Ahora, ante la inoperancia de su cadera, se apoya en la estructura metálica para avanzar tan rápido como puede, que sería igual a decir tan lento como le es posible. Su desplazamiento está condicionado por los puntos de apoyo que pueda encontrar y la uniformidad de las superficies sobre las que apoya el instrumento ortopédico.
Yo no soy gordo, todo lo contrario. Y por lo mismo a veces veo la delgadez de mis piernas y me pregunto si ya habrá empezado a manifestarse esa herencia genética; si yo también me encamino a la panza sobre la cintura y los pinchazos subdérmicos de insulina. Creo, sin embargo, que hasta la fecha no ha tenido motivos para despertarse. Casi he suprimido el azúcar de mi vida. Si tomo, es, máximo, un par de cervezas y, aunque mi dieta es deficiente, como poco. Sé que las enfermedades son más inevitables conforme avanza el tiempo, pero no me gustaría morir por partes ni agacharme ante el futuro heredado.
Del Gordo todos tienen anécdotas fantásticas.
Recuerdo una tarde en Santa Cruz, poco después del mediodía. Ya le habían quitado los primeros dedos del pie y reemplazado un riñón. Estábamos en una camioneta: el Gordo de copiloto y su hermano menor, igual de grande, al volante; en los asientos de atrás íbamos mi abuela y yo. Antes de que el semáforo cambiara a verde, un tipo sin una pierna se acercó a la ventana a pedir limosna. El hermano del Gordo dijo: “A este pobre démosle cinco pesos, aunque sea”. Y el Gordo: “¿A mí también me vas a dar cinco cuando me falte una pierna?” Mi abuela, madre de los gordos, no aguantó el chiste y le soltó un saque en la nuca pelada, cuyo sonido seguramente podría despertar a más de uno de la siesta.
Otro que tengo presente, aunque es un recuerdo heredado de mi madre, se trata de cuando eran niños y seguramente vivían en Buenos Aires. El Gordo le hizo creer que era adoptada. “¿Por qué crees que los dos somos blancos y vos morena? Además, los dos nacimos aquí y vos, en Río”. Luego tomó una foto que retrataba a mi mamá cargada por una mujer negra. “Esa es tu verdadera madre. Fuimos a Brasil a adoptarte”. En realidad, la mujer era la niñera de la época en que la familia estuvo destinada a Brasil, por el padre militar. Nada de eso evitó que ella pensara, no por pocos años, que, en efecto, era adoptada. El Gordo manipulaba la realidad a su favor.
También recuerdo cómo su hermano decía que el Gordo asustaba a las empleadas. Alguna vez, en un patio, se armó un montón de tierra. Llevaba a las empleadas nuevas hasta ahí y les advertía: “Ahí entierro a las que no me guardan mi comida”. Más de una se asustaba y el gordito se aseguraba la cena.
Mi papá, que no lo conoció tanto por el divorcio, pero le tenía cariño. Recuerda la capacidad del Gordo para secar una botella de whisky “más rápido que si la vaciara boca abajo”.
La gran mayoría de los recuerdos que le sobreviven tienen que ver con el alcohol y el sarcasmo que lo distinguía.
No es la primera vez que escribo sobre el Gordo. El primer texto lo llamé “Qué gordo GP”. G por gran y p por puta. Fue para una convocatoria en una revista de no ficción. La consigna, el disparador de ideas titulaba “Ay, mi familia”.
Cuando mi mamá leyó el texto en voz alta se quebró antes de la mitad. Siguió entre jadeos hasta terminar apenas, como un párvulo que está aprendiendo a leer. Me gusta ese texto, es de mis primeras publicaciones. Quizá le bajaría el tono a algo menos solemne, pero creo que es bueno para estas manos que tan poco han escrito. Aun así, mientras mi mamá leía, sentía yo que le estaba haciendo daño.
El Gordo es ridículamente parecido al ladrón de juguetes de Toy Story 2. Mis amigos dicen que se parece al tercer personaje jugable de GTA V, no al jaila ni al pandillero, sino al ermitaño que vive fuera de la ciudad.
De cualquier manera, el Gordo tiene la coronilla casi calva. Tanto a él como al hermano y al padre muerto las entradas les dibujan una especie de M en la frente. Dicen que el Gordo era lampiño, pero yo recuerdo muy bien su barba. Dicen que le floreció luego del trasplante de riñón, que los medicamentos despertaron todas las vellosidades dormidas. La imagen que guardaba de él durante mi infancia lo muestra gordo gordo, a punto de estallar, con los lentes apretando sus sienes y la barba de candado. Las más recientes lo presentan ya algo flaco, con los lentes de botella enormes y la barba completa.
Tiene una forma de sonreír que se asemeja a alguna macabra escena de Jack Nicholson e incluso algo, muy poco, a la sonrisa del gran Gatsby cuando brinda en la fiesta.
Ni idea de cuánto mide. Es alto, eso sí. Aunque el andar apoyado en el bastón o en el burrito le quite unos buenos centímetros.
No creo que haya sido formalmente alcohólico. Siempre que tuvo que dejar de tomar por operaciones o complicaciones de salud, lo hizo sin problema por unos buenos meses. Pero la noche era su vida. La memoria del Gordo persiste entre bohemios y periodistas, eterno representante de ambos gremios.
Viví con él los últimos tres años de su vida, más o menos. Quizá menos. Ya estaba destrozado por la diabetes y los accidentes. Muriendo de a poco como un barco que va perdiendo partes del casco, hundiéndose tan lento que ni él lo notaba. E incluso así, se mandaba enormes farras como las que nunca he vivido y nunca lo haré, porque eso no es lo mío. La cosa es que uno de los dos intercomunicadores del timbre de la casa estaba en mi cuarto. Era rutina que cualquier noche de la semana sonara a las cuatro de la mañana. Era él, inevitablemente. Le abría y desde mi ventana lo veía entrar, excepto cuando me pedía ayuda. “Chango, ayúdame a subir”, decía por el intercomunicador.
Yo, recién despertado en medio de una noche, digamos de miércoles, bajaba en piyama a ayudarlo a sortear todas las gradas de la casa. Primero unas cuatro de bajada para ingresar al patio. Luego, una vez bajo techo, unas veintidós de subida para llegar al segundo piso. Alguna época, fue importante darle una mano para que se eche en cama, pues no podía subir las piernas solo.
La mitad de su cuerpo se lo jodió la diabetes y la otra mitad, él mismo por borracho. La enfermedad le quitó los riñones y obligó a mi familia, cuando yo era aún niño, a buscar otro que le significara una nueva esperanza de vida —casi una década extra—. También le puso lentes encima y, de haber aguantado más, lo habría dejado ciego —ya casi no veía al final—. También le cercenó cuatro dedos de los pies, si las cuentas no me fallan. Un pulgar. Un índice. Uno del medio. Y uno extra en el otro pie.
(Otra estrategia para contar esto mismo podría haber sido tomar como plot-points las partes perdidas del cuerpo. Empezar, por ejemplo, con la formación del dedo pulgar del pie derecho en el vientre materno. Su crecimiento con la edad, los pelos que le salieron y las uñas encarnadas. Hasta llegar a una herida mínima, producto de la uña mal cortada, quizás, y que por la afectación a los vasos sanguíneos no termina de cicatrizar nunca. Deja un rastro de sangre constante en la blancura de las medias. Y luego drena algún líquido misterioso. Y un médico lo ve de cerca. Y parece que hay una infección. Y luego de verlo de cerca decenas de veces dice que hay que amputar el dedo gordo del pie derecho que hace décadas empezó a gestarse solo para llegar a este momento. El momento de su ausencia. Y entonces solo queda una cicatriz por cerrar y el espacio vacío. Y ahí podría pasar, por ejemplo, al dedo del medio del pie derecho o al riñón izquierdo que también dejará un vacío. Sí, habría sido una buena forma de articular el texto. Articular).
Nunca se le cerró ninguna herida. La diabetes afecta directamente a la circulación de la sangre en las extremidades y eso a su vez frena la cicatrización. A partir de algún punto que no puedo ubicar, parte de su día era tratar de cerrar heridas supurantes. Una enfermera iba cada noche a la casa para las curaciones. Algunas se hicieron amigas de la familia y, cada tanto, saltan sus nombres en la conversación.
Luego, por borracho, se partió el tobillo mientras su esposa estaba de viaje. Tuvieron que ponerle clavos para arreglarlo. Según el médico, sus huesos tenían la consistencia de un queso por lo débiles que estaban. A pesar de todo, no estaba tan mal. Vivía más, mucho más, que algunos sanos y mantenía el buen humor.
La debacle la marcó la ruptura
de cadera. La ironía: se cayó a plena luz del día, sobrio y en un parque. Para entonces su segunda esposa ya se había ido, así que, con mi hermana, nos turnábamos para cuidarlo por las noches. Más tarde, mi mamá pensó que lo mejor sería vivir con él, porque ya no convenía que estuviera solo.
La cadera no sanaba y decidieron ponerle una prótesis. Eso lo liquidó. Un año después nos enteramos de que la prótesis no era del tamaño adecuado; que toda la operación se había hecho mal y se la habían incrustado a la fuerza. Otro motivo para que su gran tajo vertical paralelo al fémur nunca cerrara. Parte de la culpa la tuvo el papá de un amigo, por entonces muy cercano, y un médico al que me gustaría echárselo en cara si lo llego a tener enfrente algún día. Pero la verdad, no creo que me anime. La confrontación no es lo mío.
Cuando se le infectó la herida de la cadera y soltaron la idea de una amputación de pierna me recorrieron sentimientos muy extraños. Me sé insensible ante un gran abanico de temas y situaciones, pero las fotos de amputados me generan un nosequé. Y a mis 16 años, todo un tarado, sentía también que el tener un tío amputado era una historia para contar. Por suerte no pasó.
Le quitaron la prótesis y mejoró.
Pero creo que el Gordo nunca pudo estar bien a plenitud. Por borracho, se cayó y se fracturó la clavícula y el hombro —¿es posible fracturarse el hombro? Ni idea, pero así lo recuerdo—. Nunca vi a nadie tan impedido. Tenía el tórax, de las costillas para arriba, envuelto en un yeso que le inmovilizaba el brazo junto al pecho. Era alto y gordo y, ahora, con un gran yeso alrededor. Solo un brazo libre para maniobrar con el burrito.
Esa caída fue el punto de quiebre. Mi familia —es decir, su madre y hermanos— tras más de treinta años, decidieron dejar de apoyarlo. “Ya es mucho”, dijeron y no le soltaron ni un peso. Con ayuda de algunos amigos, se fue a Santa Cruz para que lo operaran o qué sé yo. Cortamos el contacto un par de meses.
Mientras hacía una pausa de escribir, me contaron que otro tío, más lejano y menos conocido, murió hoy por diabetes. Ya iba unos buenos meses con diálisis y en la última semana, dicen, se le empezó a gangrenar la pierna de golpe, a caérsele por pedazos. Me es inevitable pensar en Nuestra piel muerta de Natalia García Freire. He estado trabajando con esa novela los últimos meses de la maestría. Hay dos piernas gangrenadas ahí. La volví a leer esta semana.
Pienso y me causa más impresión pensar en la piel necrosada que en un muerto completo. Pienso que se debe a que el muerto no siente, pero una extremidad gangrenada aún tiene que ver algo con la vida del portador del que se desprende.
No conocí a la primera esposa del Gordo. Mejor dicho, era muy chico como para acordarme. Pero a H. —la segunda— la recuerdo bien. Ella es de Los Yungas, el único territorio boliviano en el que habita una comunidad afro. Familiar de Julio Pinedo, bautizado como “el último rey negro” en una maravillosa crónica del periodista español Álex Ayala.
Una vez que viajé ahí con mi papá y mi hermana, a ella se le ocurrió llamarla. Íbamos hasta Coroico y mi papá no tuvo problema en avanzar casi hasta Caranavi para encontrarla. Nos reunimos en su trabajo, una mesa llena de mandarinas, con una carpa de plástico como techo. Sabíamos que en esa zona la vida podía ser precaria, pero nunca nos pasó por la cabeza que nuestra tía podía ser parte de una realidad tan ajena. Años después, cuando leí la crónica de Ayala, lo entendí mejor. Ser pariente de un rey no garantiza nada en Los Yungas.
Fue un encuentro corto, apenas lo recuerdo. Para entonces, ella ya estaba separada del Gordo —pues la fractura de tobillo había colmado su paciencia—. Ni sé de qué hablamos. Es más, creo que ni bajamos del auto y solo nos saludamos por la ventana y recibimos mandarinas de regalo y nos despedimos sin saber que dentro de pocos, muy pocos años, nos veríamos de nuevo en Tarija para el entierro.
Hay ventajas que uno no puede negar. El Gordo me dio unas. Mis primeros trabajos como periodista me fueron dados por pupilos suyos que hasta hoy no dejan de hablar de él. Obvio que yo hice mi parte, pero sé que se fijaron en mí recordándolo a él.
Estaba en su muro de Facebook buscando un texto que escribió su mejor amigo. Y encontré un párrafo del 2014 en el que el Gordo homenajea a García Márquez tras su muerte:
Maestro espero que te encuentres de nuevo con los cebollunos muslos de Amaranta, que le puedas contar al corononel [sic] porque no le escribías y saludes a Doña Bárbara y a Juvenal Urbino. No creo que seas un patriarca que se perdió un otoño, más bien estoy seguro que yo y millones de personas te lloraremos y tus putas estarán aun [sic] más tristes. Pero al final lo importante es que VIVISTE PARA CONTARLA. Te extrañaré y espero verte para seguir compartiendo las charlas y discusiones mareado por el Olor [sic] de la guayaba.
Esito.
De tenerlo cerca ahora, no perdería la oportunidad de joderlo por esa coma vocativa inexistente, el “corononel” o el “Doña” con mayúscula. Hoy podría hablarle como un igual. Él era de esos obsesivos por la escritura correcta, todos los que pasaron por su sala de redacción lo recuerdan porque los hacía aprender a carajazos. Debe haber sido para él una pena casi perder la visión y batallar contra las letritas del celular: no escribir bien no porque no sabía, sino porque ya no podía.
Es raro leer ese párrafo. Por más que en esos años no me interesaba la literatura —al menos no conscientemente— me quedé con sus libros. Durante la pandemia leí todo García Márquez porque tenía su colección. Se nota que lo admiraba, tanto por periodista como por escritor y, cómo no, por la devoción de una época. También me gusta, no lo voy a negar.
Mi biblioteca nació cuando sus libros se convirtieron en los míos. Hoy, los suyos deben representar un quinto de los que tengo. Se diluyeron entre adquisiciones propias y las donaciones de otro tío, este sí literato. (Ese es tema aparte, la formación de una biblioteca, qué suerte poder mencionarlo al menos de pasada).
Luego de su muerte, H. llegó por tres motivos: el entierro, despedirse de la familia y llevarse sus cosas. H. no perdonó nada, bueno casi nada. Abrazó cada rastro de él, desde su tele hasta lo más pequeño. Incluso se guardó medicamentos para la diabetes ya vencidos.
Algún rato que no estuvo en la casa, mi mamá me pidió intervenir la computadora del Gordo y borrar todo. Entendía el porqué, aunque finalmente se la estaba llevando su viuda. Nunca llegaron a divorciarse. Además, ¿qué tan grave podía haber ahí? ¿Un historial delator sin purgar, máximo? Prendí la compu y al inicio me costó navegar en ella: los caracteres eran enormes. Lógico, cada vez veía menos. Lejos de formatearla inmediatamente, busqué entre los archivos para ver si había algo que valga la pena rescatar, no sé, fotos o algo así. Pero no. Parece que hace rato ya había destruido toda la información él mismo o algún virus.
H. se llevó todo lo que le pertenecía por derecho. Y a pesar de ello, nunca se le ocurrió revisar la parte superior de un ropero, donde los libros acumulaban polvo. De haberlos encontrado y llevado consigo, realmente no sé qué haría con mi vida hoy.
El Gordo murió a finales de 2017 y yo pasé todo el 2018 en La Paz estudiando ingeniería. Qué risa. Volví a mediados de año a Tarija, por las vacaciones de invierno, y me quedé solo en la casa. No tenía wifi. Por algún motivo me puse a revisar los roperos. Encontré juguetes viejos y recuerdos de una infancia que empezaba a borrarse de mi mente. Y me topé con los libros.
A pesar de mi carrera universitaria, dentro mío nacía el entusiasmo por las pilas de libros. Pasé toda esa vacación leyendo como nunca hasta entonces, viendo el Mundial de Rusia 2018 y congelado por un invierno tarijeño que solo los bolivianos pueden entender. Estaba perdidísimo a lo largo de ese año, prueba clara era mi truncada carrera de ingeniero. Por suerte encontré esos libros. Muchos eran desechables, la verdad, pero también había desde Cortázar hasta Emily Brontë.
Ni idea de cómo habrá sido el paladar literario del Gordo. Mientras lo conocí, yo era otro. Hoy habría alguna riqueza en hipotéticas charlas de literatura o periodismo. Hipotéticas, porque sin esa biblioteca de un muerto quizás habría agachado la cabeza ante la ingeniería u otra carrera del estilo.
Se me hace que las redes sociales no son más que los registros de una vida que fue. Todos su contenido será la herencia pública de aquello que fuimos. Es una pena no escribir cartas, llegué muy tarde para eso. Ya no habrá libros que recopilen correspondencia entre famosos e intelectuales, pero en una de esas son reemplazados por la revisión de las huellas digitales en las redes.
Además del párrafo para G. M., encontré en el muro del Gordo un poema suyo. Lo sabíamos periodista, lector y criticón, pero no poeta. Esa fue de las facetas reveladas por la muerte. Escribió la pieza para un grupo de amigos y luego ellos la publicaron en un diario. Puede leerla por primera vez hoy.
No me animo a juzgar su calidad poética porque no sé nada del tema y es una ley no dicha, mas impuesta, el no señalar los errores de un muerto. Pero no puedo omitir el frío. ¿Lo sentirá ahí abajo?
También encontré un texto maravilloso de su mejor amigo paceño. Hay más de este autor, pero el elegido lo leí varias veces en los últimos años. Es el retrato perfecto de la personalidad del Gordo que yo conocí:
Publicación de Facebook, 9 de diciembre de 2017, sin modificaciones
In Memoriam:
[...] En otra oportunidad, fecha de elecciones, surgió un frente de oposición que tuvo el atrevimiento de copiarnos algunas ideas de campaña... Uhhhhhh la hecatombe... se nos ocurrió con el gordito hacer un boletincillo de denuncia y como nos sobraba una página en blanco se nos vino a la cabeza, singanis de por medio, de llenarla de chismes, confesiones, y huevadas del quéhacer estudiantil... El Gordo le puso Avisos Imperiosos y el pasquín ese se llamaba "El Inquisidor, tú Órgano" (
https://el-inquisidor.blogspot.com/
) ... fue tal el éxito de esos chismes que pusimos un buzón y toda la comunidad estudiantil comenzó a aportar sus ideas, locuras, confesiones, sueños, deseos, sus crush, etc... un muro como lo dirían ahora... un timeline en el lenguaje moderno... un Facebook de los 90's. Qué visionarios estos dos cojudos...! [...]
Una vez este cojudo (que vivía a media cuadra de mi casa en Bolognia), me llamó a las 2 de la mañana, desde su casa,
- Oye cojudo, si no me abres en 2 segundos tocaré tu timbre hasta hacer despertar a toda tu familia...
Tuve que abrirle y no me quedó otra que meterle a los tragos hasta las 10 de la mañana...
-Calladitos chuparemos Gordito, mi madre me decapitará si se entera que estamos farreando en lunes-.
Otra oportunidad desperté sobresaltado por los aterradores gritos de mi madre... ella se levantó un domingo temprano y fue a la cocina para hacer el desayuno, supongo, pero tal fue el susto de encontrar a este GordoEMierda todo pancho cocinando (en mi cocina) un revuelto de todo lo que encontró en el Refri.
-Hola Gloria- fue su parco y cínico saludo al verla...
Ni se inmutó... Mi madre le prohibió entrar a mi casa sin antes haber tocado el timbre, pero el Gordo tenía una copia de mi llave... No se cómo putas la consiguió. Desde ese día nunca pude negarle la entrada a mi casa... era casi suya, es más a veces era recibido con más alegría que a mí... (claro este pendejo les cocinaba delicioso). [...]
Nunca terminan de convencerme los textos de muertos escritos por amigos del muerto. El Gordo era tipazo, sí, pero también podía portarse como un imbécil. Soy completamente incapaz de imaginar todo el sufrimiento que vivió mi abuela por su culpa.
Alguna vez, con mi familia paterna en La Paz, mi hermana y yo comentábamos con orgullo lo inteligente que era nuestro tío. Y la verdad es que ingenio no le faltaba. Hasta que un tío local —el literato y, a veces, mi mecenas de libros— no tuvo pena en decirnos —a niños de unos diez años— que no, el Gordo no era tan inteligente. En ese momento debí atribuir su intervención a alguna especie de envidia o roce entre las familias. Ahora no me importa.
Y la verdad es que tenía algo de razón. ¿Qué tanta inteligencia tiene alguien que se destruye a sí mismo de forma lenta, dolorosa y muy cara?
Uno de sus chistes sin gracia —y lugar común para colmo— era responder que “de algo hay que morir” cuando le aconsejaban cuidar su salud. Y es cierto que de algo vamos a morir, pero que por favor no sea por partes y en un lapso de décadas.
Quizás el Gordo no murió en una noche, sino fue un moribundo desde sus 17 años, cuando le dio la diabetes. Y la noche fatal fue solo una superaceleración en la recta final.
Luego de su deceso, el hermano se animó a hipotetizar que hace tiempo su hermano quería morir. Dijo que, según él, el Gordo nunca pudo superar la muerte de su padre, hecho que tuvo lugar alrededor de esa edad en que se manifestó la diabetes, y que los litros de alcohol que tomaba cada semana eran una forma de sobrellevar la pérdida.
Algo de eso se dice en el texto completo de su amigo. Y algo de eso escuché alguna vez de unos primos. No me parece descabellado. Aun así, ¿no parece una forma de combatir el dolor del luto autoinfringiéndose más dolor? Es como esos que piden un pellizco para opacar una inyección. Dolor o dolor. Perder o perder.
Para poder narrar una vida, tendría que ser Irineo Funes; para narrar una muerte, algo más. Es inabarcable. Y no tiene sentido un mapa de China del tamaño de China. Solo puedo recordar fragmentos. Eso es una vida luego del final.
Hablar de un muerto es como querer abarcar un aleph: describir al sujeto desde todos los puntos de vista, es decir, oír todo lo que sus conocidos tienen que decir de él. Oír cien veces la misma anécdota de todos los que estuvieron en ese momento e incluso de los que no estaban, pero la escucharon y la replican porque les gustaría haber estado.
Hasta ese día, la familia seguía peleada con el Gordo y él, en Santa Cruz. Yo acababa de terminar el colegio y tenía a mi papá, su esposa y mi abuelo paterno en Tarija, tomando té en la casa.
Sonó el timbre y era el Gordo. Entró sin bastón, sin burrito, mejor que nunca y como si nada hubiera pasado. Se sentó en la mesa. Mi abuelo de casi 90 años, que no lo veía desde antes del divorcio, le dijo: “Qué bueno verte, Jorge, así podemos despedirnos”. El humor de mi abuelo no siempre es tan ácido, pero en ese momento se animó a jugar con su propia muerte y despedirse ahí, frente a todos.
Hoy, mi abuelo sigue vivo y el Gordo no. Así que de algo sirvió la despedida.
Luego del tecito, mi hermana se fue a la discoteca y yo, a dormir. Al día siguiente era mi fiesta de bachiller. A eso de las 2:30 de la mañana mi mamá me despierta. “Hijito, tu tío necesita ayuda”, dice. “Qué gordo gran punta, llega directo a joderme el sueño”, digo para mí.
En su cuarto está agitadísimo y a medio vestir. Habían llamado a un taxi para ir al hospital y me despertaron porque mi mamá no tenía la fuerza física para ayudarlo. “Llamá una ambulancia”, digo. Y antes de que pueda ayudar en algo, se desvanece sobre la cama. No soy capaz de dimensionar lo que está pasando, pero insisto en la ambulancia mientras inicio la reanimación que aprendí en el colegio.
Lo lógico es bajarlo al suelo y hacerla ahí, pero el tipo es tan grande y gordo que simplemente no puedo. Pongo mis manos en su pecho y empujo a un ritmo regular. No sirve de nada. Está sobre el colchón. Solo se hunde en él mientras mis intentos violentan su cuerpo.
Entonces llega el taxi y le digo a mi mamá que haga entrar al taxista, que nos va a ayudar a bajarlo al suelo y ahí sí se puede intentar algo. Entra el hombre, que no esperaba ver una muerte esa jornada laboral, y así lo hacemos.
Aplico la RCP ya en el suelo. Hay algo de espumita en su boca. Y mi mamá me dice que ya no. “Ya se ha hecho pis”, dice. Veo la bragueta húmeda y no entiendo. “Así ha sido con mi papá”, dice. “Se hacen pis”, dice.
El taxista se fue. Llegaron los paramédicos. Llegó familia. Llegó mi hermana con su novio del momento, que nos ayudó a bajar el enorme cuerpo. Y hasta llegaron amigos del Gordo antes de que empiece el día.
Y en medio de todo eso yo no sentía nada de la tragedia que me habían prometido de la muerte. Era un cuerpo. Pedazos de carne articulada, a la que le faltaban otros pedazos amputados en vida. Una boca medio abierta o medio cerrada. Y poco más. No hubo shock, ni trauma, ni miedo. Solo un cuerpo frío y pulposo al que le saqué una pulsera de goma del Tigre, que usé casi diez años hasta que se me rompió en Quito.
Eso era la muerte: una bragueta húmeda.
Qué pasaría por su mente en ese instante. Perdón el lugar común, pero es algo que me sigo preguntando. Alguna vez quise escribir un cuento en el que el Gordo, luego de muerto, seguía sintiendo las cosas a su alrededor. Luego, para la tesis de maestría, leí a María Luisa Bombal, quien ya había hecho el ejercicio en 1937.
Supongo que no hay mucho más que decir. O sí. Pero sería empezar a abarcar otros temas. Hace un par de meses, tuve que ver a otro familiar apenas minutos después del deceso. El vacío fue el mismo. ¿Solo es eso la muerte? Pero tengo que ser justo, a ninguno de los dos me ataba una relación muy cercana, por lo que considero que, en realidad, aún no vi un muerto real.
Jorge Mustaffá es comunicador social por la Universidad Católica Boliviana y cursa la Maestría de Investigación en Literatura con mención en Literatura Latinoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar sede Ecuador. Ha publicado textos de no ficción en 88 Grados, Verdad con Tinta y otras revistas. Actualmente es profesor de Lenguaje y Literatura y trabaja en su tesis sobre la figura del muerto errante en la narrativa latinoamericana.
















quiero más de esto
Que gran autor!! Y mejor el canal- aguante perpetuo