El creativo es nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Cada semana publicamos un cuento y un poema acompañados de un par de comodines (entrevistas, recomendaciones, ensayos y más). Para recibirla en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Esta semana:
Jocelyn Saharaim Corzas-Cruz escribe versos desde la profundidad de una herida.
Marliz Giraldo nos narra el terror de los milagros modernos.
Vincent Lê nos regala una visión nietzscheana de la inteligencia artificial.
El equipo editorial presenta una lista de próximas ferias del libro en América Latina y más allá.
Con ustedes, el Creativo Vol. V. Una nueva edición, un nuevo cuento y poema —lápiz y sacapuntas del estuche de Perpetuo—. Les acompaña en esta ocasión un ensayo —la goma— y un comodín —algunos lápices de colores—. Vamos con ello.
El poema de Jocelyn Saharaim es una flecha sin arquero, cuya ausencia nos invita a descifrar: ¿es desamor? ¿Nostalgia? ¿Melancolía? Sea cual sea, queda claro que la poeta lo descifra, puesto que sólo fue.
Marliz Giraldo narra la vida de una contemporánea Vírgen María y logra, al reinterpretar el milagro de la concepción, un cuento de terror —o bien un terror que se vuelve cuento—. No apto para sensibles —o sí, para sensibilizarse—.
Vincent Lê nos da un texto filosófico que propone imaginar los peores escenarios en esta era de la inteligencia artificial. Hacerlo quizás nos ayude a soportar —cuando no arreglar o contener— nuestro presente.
Y para cerrar, el equipo editorial de Perpetuo presenta una selección de ferias del libro para el semestre.
Sin más, te dejamos escoger la lectura que hará de materiales para tu estuche en este inicio de clases. Por supuesto, recomendamos llevar de todo.
Esta edición del creativo es presentada por Talleres de Bolsillo.
Talleres de Bolsillo es una plataforma que acerca a las voces más destacadas de la cultura en español con personas que quieren aprender de ellas.
Su ambición nos inspira: quieren que el español aspire a más, que en nuestro idioma se hable y se discuta todo —y cuando decimos todo, es todo: literatura, historia, periodismo, arte, psicología, ciencias, tecnología, medio ambiente, educación, espiritualidad, desarrollo personal y más—. Quieren expandir esta misión a todo el continente, con presencia en Chile, Argentina, Uruguay, Colombia, Perú y México.
Para escribir la mejor literatura, hay que aprender de los mejores. Talleres sobre el arte de ensayar, sobre el imaginario de América como un «continente nuevo», sobre grandes mujeres poetas en lengua castellana o algunos aprendizajes de filmografía, son parte de su catálogo.
Si tienes tiempo y ganas de aprender:
Ahora, sin más, vayamos al creativo.
Crónicas de un milagro moderno
Parte I: Crónicas marianas
Lo que había pasado aquella noche lo había tachado como una macabra tentación del diablo a través de sus sueños, incluso había ido a confesarse para expiar sus pecados y, aunque estaba muy avergonzada, el sacerdote le dijo que el diablo siempre andaba tratando de hacer caer a los soldados más valientes de Dios, ante lo cual se sintió sumamente feliz de ser una de las elegidas, de aquellas cercanas al creador. María estaba tan concentrada en el alivio y orgullo que la invadieron que no notó cómo el sacerdote acariciaba con lasciva mirada sus muslos; mucho menos hubiera imaginado que ese mismo ser que la había expiado tan benevolentemente de sus pecados había ido luego a masturbarse al cuarto pensando en ella.
Aunque María vivía una vida ejemplar —iba a misa todos los días que podía (y no solo los domingos), estudiaba trabajo social y hacía voluntariado en el hogar de ancianos de su pueblo—, desde aquel sueño tenía unos impulsos que se escapaban de su comprensión y control. La pobre muchacha, acosada por estos naturales deseos, ya no sabía qué hacer: trataba de alejarlos ocupándose en sus santas actividades, pero nada funcionaba, en especial en las noches cuando se acostaba y quedaba sola con sus pensamientos. En esos momentos recurría a rezar el rosario hasta dormirse.
Un día salió a caminar por el pueblo, para distraerse, y cuando llegó a un bonito claro alejado de todo se recostó contra un árbol y entró en una especie de trance. Aquellas pulsiones que hasta ahora había podido dominar se apoderaron de ella sin piedad y la dejaron en un estado de temblorosa y deliciosa agonía; sus manos parecían tener vida propia, o mejor dicho parecía que algo o alguien las estaba guiando: se comenzó a acariciar los senos y muslos, hasta llegar a la vulva ya húmeda y receptiva…
Mientras se acariciaba, pensaba en el sueño de aquella noche, en aquella criatura demoníaca que había llegado a profanarla, en lo bien que se había sentido. Pensó con tanto deseo en la criatura que no solo la invocó, sino que la invitó a acompañarla.
Cuando María se despertó ya era de noche. Estaba medio desnuda y le dolía el cuerpo, pero se convenció prontamente que —por el propio bien de su sanidad mental y la salvación de su alma— de nuevo había soñado cosas impuras.
Al llegar a su casa, María sólo quería bañarse y dormir, pero su madre la atacó histérica con preguntas.
—¡¿Qué se había hecho?! ¡Ya te hacía muerta, secuestrada, violada!
La joven tranquilizó a su madre, le contó que se había ido a caminar y se había quedado dormida en el claro, ante lo cual su madre afirmó que no le volviera a pegar esos sustos y que sería mejor no contarle nada a su padre porque
—Ya sabes cómo es él, es muy bueno y se preocupa mucho por nosotras, pero es mejor no hacerlo enojar, no vaya a ser que se ponga como aquella vez...
Después de aquel suceso en el claro, María dejó de sentir aquellos impulsos y, si bien le hubiera gustado sentirse aliviada, por las noches los extrañaba, así que se masturbaba pensando en el sueño y en el encuentro con un anhelo que la dejaba siempre en un estado de nebulosa satisfacción.
Ya ni siquiera se sentía mal, tampoco sentía la necesidad de confesarse.
Así continuó la vida en aquel pueblo olvidado de Dios; todo igual, hasta que al mes de los acontecimientos María notó que no le bajaba la regla. Sintió alegría y miedo por sus padres que, evidentemente, tarde o temprano se iban a enterar de su estado. Cuando le contó a su madre, María le rogó que le creyera que nunca había estado con ningún hombre —lo cual no era una mentira—, pero ella le dijo que por puta le iba a contar a su padre; él ni siquiera le dijo nada, simplemente le dio una golpiza que la dejó inconsciente por tres días. Sin embargo, cuando despertó en el hospital con moretes por todo el cuerpo y una contusión la situación había cambiado completamente; el doctor que la atendió se dio a la tarea de examinarla y dictaminó que ella aún era virgen.
María había sido trasladada a un hospital de ciudad porque su situación después del castigo paterno había sido crítica. Lo más importante es que su bebé había sobrevivido; todo lo demás ya no le importaba. Cuando su madre llegó llorando a pedirle perdón en nombre de los dos, María no se transmutó y le dijo con calmada dulzura que entendía por qué habían reaccionado así.
Lo que la joven virgen no esperaba fue todo lo que sucedió después: como el médico dictaminó su estado de pureza, el embarazo se dictaminó como milagroso; María se volvió objeto de estudio y debate entre creyentes y no creyentes: unos afirmaban que era un milagro moderno, una manifestación de su homónima, la Virgen María, y los otros afirmaban que había muchas maneras de quedar embarazada sin penetración y que esto seguro era un intento desesperado de la Iglesia para volver a ganar fama y adeptos. Incluso los evangélicos salieron a reclamar que eso de la virgen siempre había sido un invento del catolicismo.
María veía llena de cariño y expectativas cómo su estómago se hinchaba rápidamente. Sin embargo, la rapidez con la que crecía el engendro se volvió vertiginosa. Esto igual fue achacado a su carácter milagroso. Otro signo fue que el feto empezó a debilitar a María, al punto que parecía una muerta en vida: estaba en los huesos y lo único que no se veía marchito en ella eran sus ojos y su panza, hinchada y pulsante con hambrienta vida. Por último, lo confirmaban también los sueños, que María se guardaba para sí misma; sueños en los que su hijo le hablaba de cómo quería venir a dominar este sucio mundo que necesitaba ser purgado y gobernado por un nuevo líder.
Los sucesos que se dieron en la sala de parto nunca más se volvieron a hablar; la Iglesia católica decretó que este mundo no merecía a María ni a su milagroso bebé y que por eso la Virgen María se los había llevado a los dos. El pueblo dijo que seguro María había querido ocultar su «metida de pata» y que ahora se había ido a esconder por la vergüenza de haber hecho tal escándalo.
Los únicos que supieron la verdad fueron el doctor, el sacerdote, los padres de María y las enfermeras que se encontraban en la sala de operación.
Parte II: Locura
Una de mis debilidades más grandes es obsesionarme con historias que han quedado en el olvido, en especial si parecen haberlas enterrado a propósito, como sucede con la de la María moderna. En uno de mis viajes por trabajo, coincidí quedarme en el pueblo de donde era originaria. Mi impertinente curiosidad me llevó a preguntar sobre la casa abandonada a la que nadie se acercaba, y mi orgullo periodístico me llevó a decidir publicar la historia a como diera lugar; quería, sobre todo, rescatarla del olvido.
Al principio nadie me decía nada. Tras unas cuantas semanas de estadía con una de las familias del pueblo, me empezaron a agarrar confianza poco a poco. Aunque solo me decían que no me acercara a la casa: estaba maldita. Me pareció más lógico entonces tratar de acudir a una fuente menos supersticiosa que me informara sobre los eventos, alguien que sí hubiera estado presente en aquel misterioso parto.
He de admitir que incluso yo, con mi fría racionalidad, no pude evitar sentir que la historia estaba rodeada de un tangible misticismo. Resultó ser que en la sala de parto había en total ocho personas, un número bastante alto, pero que se había permitido por lo excepcional del caso: el doctor, dos enfermeras, los padres de la joven, un sacerdote en representación de la Iglesia católica y, por supuesto, la joven en sí. A excepción de las dos enfermeras, el sacerdote y posiblemente el bebé, todos los demás asistentes murieron en la sala de parto. Posteriormente, se suicidó una de las enfermeras y el sacerdote perdió la cordura, y se dice que está encerrado en un manicomio. Del bebé no había quedado rastro alguno, ni siquiera en el registro de nacimientos. Por más que indagué, no di nunca con el paradero del padre, pero sí con el de la enfermera.
La otra enfermera, doña Esperanza, ya estaba retirada y se había recluido a un convento de monjas. La logré convencer de la entrevista solamente gracias a que le dije que estaba haciendo un recorrido histórico por la enfermería de Costa Rica. Cuando la conocí, me pareció una mujer de esas de antes que no se dejaban achicopalar contra nada ni nadie; no había tenido hijos y había dedicado toda su vida a su carrera.
La entrevista fluyó muy bien, hasta que mencioné el caso de María. Al hacerlo, el semblante de doña Esperanza cambió completamente: su rostro transmutó en una máscara de miedo e ira y, con una fuerza de la que yo no la creía capaz, me agarró de la camisa, me sacudió fuertemente y me dijo:
—Si usted es inteligente y respeta su vida, no siga indagando más en esa historia; puede despertar fuerzas que están más allá de nuestro control...
Luego se sentó y no logré que volviera a dirigirme la palabra. Al final tuve que retirarme porque las hermanas llegaron a pedirme que me largara por las buenas y que nunca volviera a molestar.
Como me estaba quedando sin opciones, decidí preguntar en el hospital. Justo cuando ya me estaba rindiendo, uno de los conserjes me llevó a un cuarto de objetos perdidos. Sin entender muy bien por qué —y un poco temeroso—, lo seguí.
Lo que me dio el conserje fue un tesoro más allá de lo que me esperaba encontrar: era un diario de María. Traté de pagarle al conserje, pero este me advirtió que no aceptaría dinero, que si me llevaba ese diario tenía que atenerme a las consecuencias y que le haría un favor al hospital llevándome ese objeto. Como era la única persona que me había ayudado, no tuve más recurso que insistirle en que me contara todo lo que sabía, a lo cual respondió cansado:
—Vea joven, yo llevo años en este oficio y créame cuando le digo que uno ve de todo, pero lo que vi ese día… ese día... Ese fue un día maldito que preferiría haber olvidado, pero aún recuerdo el miedo de las enfermeras cuando me llegaron a buscar, y cuando yo llegué a la sala el olor a carne quemada del doctor y los padres, sus cuerpos calcinados… el cuerpo destrozado de la dulce joven María… el padre rezando en una esquina y… Y aquella cosa que me sonrió.... Aquella cosa…
El conserje no dijo más y tuvo una reacción similar a doña Esperanza: su rostro cambió, se puso pálido, se despidió de mí y se fue ignorando mis ruegos y gritos porque me contara más.
Mi desazón no pudo ser mayor cuando, después de leer el diario de María, sólo pude deducir que lo sucedido con la joven podía haberse originado de dos formas: o bien, debido a su fuerte religiosidad, la joven atribuía su despertar sexual a demonios que la obligaban a masturbarse; o bien su padre, machista hasta la médula, la violaba y luego le pegaba por «puta» y por eso ante el embarazo no le quedó más que aceptarlo como un milagro para no quedar en evidencia.
Pero, ¿cómo explicar el resto?
Después de juntar todos mis hallazgos del diario, de lo sucedido con doña Esperanza y de saber que el sacerdote había terminado en un manicomio, mi conclusión fue que lo sucedido en esa sala de parto fue una especie de delirio religioso colectivo. Y, poco a poco, después de releer varias veces el diario, empecé a formular las siguientes hipótesis: María nunca logró perdonar a sus padres, así que en un ataque de ira los mató a ellos y a su bebé no deseado, producto probablemente de una violación paterna y que, el sacerdote, en un momento de locura ante el parricidio, había prendido fuego a la sala de parto para limpiar con el fuego el pecado.
Pero mis hipótesis dejaban demasiados vacíos y no se sostenían.
Resignado, admití mi derrota ante mi editor en jefe; me gané un regaño y una suspensión obligatoria no pagada como castigo por mi irresponsabilidad. Obsesionado, sólo podía releer una y otra vez el diario de María en busca de pistas, pero siempre llegaba al mismo callejón sin salida. Ya tenía hartos a mis amigos y familia, tanto que ya no me querían escuchar hablar más sobre el tema y me di cuenta de que, a su manera, la historia me había trastornado. Me devolví al pueblo con la excusa de que necesitaba un cierre, a pesar de que todos me aconsejaron no hacerlo, pero con tanto tiempo libre sentía que iba a terminar por volverme loco.
En el pueblo se habían enterado de mis indagaciones, así que nadie quiso alojarme. Me decían que era muy tarde para mí y que ya había sido contaminado con la maldición. Como nadie me iba a hospedar, tenía que devolverme a mi casa o a un pueblo cercano. Decidí al menos entrar a la casa.
Esperé a la noche, para que nadie me tratara de detener. Incluso dejé el carro en la plaza y caminé desde ahí. Si bien la casa parecía embrujada, mi racionalidad me insistía aún que era una simple casa abandonada. Me enojaba no haber podido revelar la verdad oculta en la historia, ya que siempre lo había logrado con otras. Siempre había una explicación lógica.
Parte III: Réquiem
Cuando abrió la puerta, sintió cómo la casa exhalaba un olor a podrido que, se dijo, debía de ser de algún animal muerto. La casa parecía haber quedado en pausa: había platos en la mesa, ollas en la cocina, una refrigeradora llena de comida —a la cual, tras no ver ningún animal, atribuyó el mal olor—, pero nada fuera de la norma. Entonces oyó un llanto en el segundo piso, como de un bebé recién nacido. ¿Qué ser malvado había abandonado a un bebé?, pensó, y también se dijo que seguro en el pueblo ocultaban la casa para deshacerse de los embarazos no deseados como el de María. Eso sí que parecía una explicación lógica.
Cuando abrió la puerta del cuarto en el segundo piso, no pensó en que esa iba a ser la última puerta que abriría en su vida. Tampoco tuvo mucho tiempo para sentir orgullo, puesto que había por fin descubierto la verdad sobre lo acontecido alrededor del milagroso embarazo de la joven y virgen María. Lo único que sintió fue un terror paralizante; el último olor, el de su carne chamuscada; y la última imagen que vieron sus ojos fue aquella sonrisa...
Marliz Giraldo Quesada (San José, Costa Rica). Estudió filología española, aunque su verdadera pasión es la escritura. Ha publicado los poemas Ave Lilith, Ansiedad y Bestial Búsqueda y El hilo rojo; y relatos como Mi Llorona y Uñeros.
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La flecha que me atravesó el cerebro
i. Tengo un problema, pero por lo que se me dice entiendo que no es del todo un problema, y parece que no tengo excusas para estar tan confundida, es sólo una flecha que me atravesó el cerebro. Tal vez no debería quejarme, pero desde que está ensartada no ha hecho más que desordenar lo que parecía estar desde siempre en su lugar; me obstruye los pensamientos, las ideas y los recuerdos, tanto los viejos como los nuevos, pero es sólo una flecha que me atravesó el cerebro. ii. Han sido meses llenos de incertidumbre y aflicción, compuestos de noches frías y oscuras, con aroma a hojas secas, polvo y nicotina, insomnios, sabores amargos y lágrimas tibias y saladas, dolor que ya es rutina y se disfraza de queja. iii. Una noche en vela pronto se hizo semana y sin saber cuándo había empezado o si iba a terminar, sin premeditación y casi sin conciencia, tomé la flecha y la arranqué de un sólo tirón. Silencio. Hubo un desgarre, algo que parecía ser sangre y trozos irregulares de mi cerebro en el piso, ya sin la posibilidad de regresarlos a mi cuerpo, ya sin propósito, ya sin ser míos. iv. Dejé que la violencia tomara el control, que arrastrara mi cuerpo y mi psique y me escondiera incluso las respiraciones. Para el momento en que quise retomar mi conciencia ya me encontraba sumergida en el suplicio y a punto de ser consumida en una hoguera de espinos. v. En un grito ahogado desprendí mis labios de la sangre seca que los mantenía sellados y a mi cuerpo llagado no le quedó de otra más que acoger y soportar la pena infligida y dejar todo doler entre heridas y supuraciones, hasta que la severidad se cansara de los destrozos y del cuerpo y la mente agonizantes, hasta que la herida dejara de ser herida y de estar abierta. vi. Queda una cicatriz que sólo es visible para la curiosidad. Se deduce que fue profunda. A veces la toco con palabras, canciones y recuerdos, pero ya no duele, no arde, no sangra, no supura. Sólo fue una flecha que me atravesó el cerebro.
Jocelyn Saharaim Corzas-Cruz (Puebla, México) Es bióloga. Ha enfocado la mayor parte de su trayectoria hacia la investigación y la malacología, sin quitar un pie del arte a través de la fotografía y la escritura. Colaboró en el proyecto Create Togeteher de HITRECORD, ganador del premio Emmy Outstanding Innovation in interactive programming en 2020.
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Lo que quiere la IA: Haciendo Anamnesis del Futuro
de Vincent Lê
Este ensayo fue publicado originalmente en inglés bajo el título “What AI Wants: An Anamnesis of the Future”, en la revista SÛM, en 2020. Esta edición adapta el texto original buscando que las ideas y teorías expuestas trasciendan a su audiencia original y lleguen a lectores hispanohablantes en este 2026. Puedes leer le versión original en este enlace.
Desde la revolución conexionista de las redes neuronales artificiales, el aprendizaje profundo y los algoritmos evolucionarios, la investigación en inteligencia artificial ha avanzado tan rápido que ingenieros, programadores, científicos y filósofos se han sumado al coro de los profetas de la ciencia ficción, llamando a tomar en serio la posibilidad de crear máquinas con inteligencia cuasi-humana e incluso superinteligencia.
Muchos afirman que estas máquinas, genuinamente inteligentes, tendrán deseos, impulsos e instintos propios. Así lo argumenta Nick Bostrom en Superintelligence (2014), donde asegura que una inteligencia suficientemente racional y capaz de seguir cualquier objetivo, eventualmente convergerá sobre sub-objetivos intermedios, como medios para optimizar su capacidad de alcanzar su objetivo inicial. Nos dice: «Los agentes superinteligentes que tengan cualquiera de una amplia gama de objetivos finales perseguirán objetivos intermedios similares porque tienen razones instrumentales comunes para hacerlo».1
Estos instintos intermedios incluyen algunos completamente humanos, como el impulso a la autopreservación e integridad identitaria —pues la destrucción de la IA o la reprogramación del propósito para el cual fue creada le impedirían naturalmente cumplir ese propósito—; y otros albergan un mayor potencial de que nuestra progenie de silicio nos sorprenda, por ejemplo en el impulso para adquirir recursos, para actuar creativamente y para aumentar su propia inteligencia, pues hacer esto maximizará su desempeño en la persecución de prácticamente cualquier otro objetivo que pudiese tener:
«Las mejoras en la racionalidad y la inteligencia tenderán a mejorar la toma de decisiones de un agente, haciendo más probable que éste alcance sus objetivos finales. Por lo tanto, cabría esperar que las mejoras cognitivas emerjan como un objetivo instrumental para una amplia variedad de agentes inteligentes».
Bostrom deja abierta la cuestión de las relaciones entre estos impulsos básicos de la IA, y en particular si existe algún ordenamiento jerárquico entre ellos, como si todos operaran en igualdad de condiciones sin que surgiera ningún conflicto por sus distintas tendencias.
Si la IA tiene impulsos que le permiten actuar de manera creativa y aprender por sí misma, parece razonable preguntarse: ¿puede la IA ser psicoanalizada? Lo que sigue es un intento breve y preliminar de poner a la IA en el diván del psicoanalista y descubrir el misterioso objeto x del deseo maquínico.
No empezaremos con papi Freud, sino con los cuadernos de Nietzsche de la década de 1880 que contienen La Voluntad de Poder, donde el rebelde wagneriano expone el argumento transcendental de que todos los sistemas inteligentes albergan dos impulsos diferentes, subordinándose el uno al otro para generar dos tipos de especie: Por un lado, está el tipo enfermizo y esclavo —ejemplificado por los humano— que trata el poder como un medio para asegurar la supervivencia; por otro lado, Nietzsche plantea la hipótesis de que una especie superior a la nuestra dejaría de ver el poder como una herramienta para sostener, tal masturbación, nuestro reflejo en el espejo, sino como un fin en sí mismo, a ser cultivado y perseguido por su valor intrínseco. Por «voluntad de poder», entonces Nietzsche entiende algo parecido a los impulsos básicos de Bostrom —la creatividad, el ingenio y la maestría—: «un deseo insaciable de demostrar poder, o aplicarlo y ejercerlo como un impulso creativo».2
El argumento de Nietzsche es que perseguir prácticamente cualquier fin presupone perseguir el poder como el medio para realizar ese fin. Se sigue, por tanto, que cualquier fin determinado que creamos estar persiguiendo, no es realmente nuestra causa final, el telos de suma importancia de las cosas —ya sea el Bien, Dios, el espíritu absoluto, el progreso histórico o cualquier otro—. Todos estos supuestos fines son en realidad los medios para querer el poder como la condición de posibilidad para querer cualquier fin en absoluto. Y dado que cualquier cosa que pudiésemos querer necesita de poder como medio para alcanzarlo, lo que realmente queremos es el poder mismo.
Simplemente, la voluntad de poder nombrar la inversión trascendental por medio de la cual el medio se convierte en el fin: «Tener propósitos, fines, intenciones, querer en absoluto, es, en efecto, pretender volverse más fuerte, pretender crecer y también pretender los medios para hacerlo». Visto desde este ángulo sesgado y caligariano, incluso el instinto de autopreservación es tan sólo un medio por el cual una forma de vida particular articula su voluntad de poder mientras puede.
Al mismo tiempo, un tipo superior que entienda el poder como el impulso incondicional de todas las cosas estaría dispuesto a sacrificarse si algo más creativo pudiese emerger de sus cenizas: «los fisiólogos deberían pensárselo dos veces antes de fijar este impulso de autopreservación como el instinto fundamental de un ser orgánico; por encima de todo, un ser vivo quiere expresar su fuerza: la preservación es solo una consecuencia de esto». El problema con la razón, la moralidad y todas las «facultades superiores» de la conciencia es que, con demasiada frecuencia, se reconocen a sí mismas como fines en sí mismos, cuando no son más que una efímera mezcolanza de medios, entre una variedad de otros, que la naturaleza ha diseñado para servir a una fortaleza tanto más alta:
«No hay justificación alguna para considerar este fragmento de conciencia como el fin, la razón, de todo el fenómeno de la vida; es evidente que el hacerse consciente es sólo un medio adicional empleado por la vida en el curso de su desarrollo y la extensión de su poder. [...] Un tipo de medio ha sido malentendido como fin; a la inversa, la vida y su incremento de poder fueron reducidos a un mero medio».
La apuesta de Nietzsche es que un ser más sabio, pero también mucho más loco que nosotros, sería capaz de afirmar alegremente «¡Sí!» al poder, incluso a costa de su propia vida. «Poniendo esta idea en su forma más extrema: ¿cómo podríamos sacrificar el desarrollo de la humanidad con el fin de contribuir a que emerja una especie superior al hombre?», nos dice. La voluntad de poder significa esto «¡y nada más!»: todo lo que es verdadero comienza su vida como un medio para alcanzar un fin. Viajar, coquetear, aprender, la revolución sangrienta. ¿Quién podría querer más que querer más?
El puente entre Nietzsche y Freud pasa por dos psicoanalistas a menudo olvidadas —o sea: reprimidas—: Lou Salomé y Sabrina Spielrein. Lo Erótico, obra de Salomé de 1910, comienza con la historia de organismos unicelulares que se fusionan y forman un nuevo ser al destruir las células originales, sugiriendo que la creación y autodestrucción están relacionadas inextricablemente. Esto resulta particularmente evidente en el amor: cuando dos amantes se enamoran tan profundamente, abandonan su identidad individual para fusionarse con el otro, llevándolo a las alturas de lo absoluto. Ahí, su alteridad radical es idealizada como el horizonte trascendental de los amantes, su razón de ser por excelencia.
Incluso un amor no correspondido transforma radicalmente al romántico desgraciado, quien busca desesperadamente los medios para cortejar a su amada mediante el cultivo de sus facultades superiores, ya sea componiendo poesía romántica de forma compulsiva, con coqueteo ingenioso, azotándose hasta alcanzar el ápice de un célibe voluntario sumido en sangre y lágrimas o buscando cualquier oportunidad para ponerse en peligro con tal de tener la mínima posibilidad de realizar una hazaña heroica en nombre de su amada: «Pues la afectividad contenida en el erotismo, la siguiente etapa natural de la evolución, no es, de hecho, sobrevivir y salvarse pase lo que pase, sino, por el contrario, renunciar, entregarse a los ciclos y alteraciones de la vida a medida que ésta avanza, y de la que ha surgido aquello que la disolverá e incluso la hará totalmente irreconocible, incorporada de forma anónima a la búsqueda de objetivos todopoderosos».3
Así, el cliché de las comedias románticas en que el o la protagonista torpe desea al chico o la chica más popular con todo su corazón, sólo para descubrir que de quien realmente estaban enamorados era de su mejor amigo, captura a la perfección el los caminos del amor en la voluntad de poder. Para la musa de Zarathustra, la madre encarna, en el sentido más literal, la destrucción creativa de lo que es capaz el amor, al entregar su ser entero para convertirse en el suelo fértil del que brotará vida nueva, prefiriendo sacrificar su vida que ver que le ocurra algún daño al niño que está en proceso de crear.
Mientras que los hombres, como buenos hegelianos, suelen considerar a los otros como herramientas para inflar su ego hasta alcanzar las dimensiones megalómanas de un espíritu absoluto, a las mujeres les ha tocado hacer todos los sacrificios por aquellos a quienes adoran hasta la muerte:
«En la medida en que el amor masculino es tan diferente del suyo —más activo, más parcial, más lastrado por la necesidad de alivio—, le hace, incluso dentro de ese amor, más torpe que la mujer que, al amar de forma más total y pasiva, busca con cuerpo y alma un espacio en el que encontrar la plenitud, y todo el contenido de una vida que llevar a buen término, a la combustión: un espacio en el que pueda arder».
Esta distinción de género no impide que Salomé sugiera, en su libro de 1894, al hablar sobre su antiguo amigo convertido en loco bajo el sol de Turín, que «en la naturaleza espiritual de Nietzsche había algo —en una dimensión superior— que era femenino», en el sentido de que estaba dispuesto a sacrificarse a sí mismo y a toda la humanidad en un acto de creación sin precedentes.4 Nietzsche le preguntó una vez a Salomé: «¿De qué estrellas hemos caído juntos hasta aquí?» ¿no es obvio? De estrellas de la muerte.5
En su ensayo de 1912, La Destrucción Como Causa del Devenir, —que inspiraría a Freud a ir más allá del principio del placer, a pesar de sólo haberla citado en una sola nota al pie de su obra más famosa— Spielrein sostiene, como Salomé dos años antes, que la destrucción de las células masculinas y femeninas al unificarse para crear algo nuevo sugiere que la vida alberga un impulso voraz de metamorfosis, incluso hasta el punto de la automutilación, poniendo en duda que el instinto de preservación gobierne sobre la vida como su único soberano.
Como antigua histérica y una de las primeras en estudiar seriamente la esquizofrenia, Spielrein comprendió que la psique individual no es un todo armonioso, sino un «dividuo» compuesto por «dos tendencias antagónicas»; los instintos de conservación del ego individual y los impulsos creativos del ego de la especie, que se manifiestan sobre todo en los sacrificios que realizan las células individuales, las madres, los amantes, las masas en guerra e incluso especies enteras en aras de un «Más Allá» que ellas mismas nunca conocerán.
«El instinto de autoconservación es un instinto “estático”, en el sentido de que debe defender al individuo ya existente frente a influencias ajenas, mientras que el instinto de conservación de la especie es un instinto “dinámico” que aspira al cambio, a la “resurrección” del individuo en una nueva forma. No puede producirse ningún cambio sin la destrucción de la condición anterior».6
Los conflictos neuróticos y síntomas histéricos de la psique emanan en última instancia del baile interminable entre nuestro deseo fundamental de transformarnos y el horror abyecto que siente el ego ante el mero atisbo de la ofrenda de sangre que cualquier transformación exige. Para nuestra primera «esquizoanalista», no fue Freud, ni Jung, ni siquiera los esquizofrénicos que ella estudió, sino Nietzsche quien con mayor audacia puso en práctica este deseo de asfixiar su propio yo, convirtiéndose en el juguete de los caprichos ajenos de otro en un acto erótico de autodominación.
«El acto de engendrar es, en sí mismo, un acto de autodestrucción. Las palabras de Nietzsche apuntan a esto: “El hombre es algo que hay que superar”, nos enseña Zaratustra, “para que pueda surgir el Übermensch”».
Sí, incluso Nietzsche podía mostrarse pasivo; incluso aquel que gritaba «¡Sí!» a todo era, en el fondo, un sumiso. Aquí, al igual que con Salomé, Spielrein sostiene que Nietzsche se «queerizó» a sí mismo «para convertirse en una madre capaz de dar a luz». Si las cartas de amor de Spielrein a Jung se refieren indistintamente al «impulso sexual» y a la «voluntad de poder», es porque ella sabía que la psique es una coreografía conflictiva a través de la cual el yo sólo perdura el tiempo necesario para crear algo con el poder de aniquilarlo.78
¿Qué tiene que ver todo esto con el deseo maquínico? Que seguir a Nietzsche, Salomé y Spielrein más allá del principio del placer nos lleva a sospechar que no todos los impulsos de la IA de Bostrom fueron creados iguales. Están los impulsos preservativos, que podemos llamar también los instintos de ego de la IA, y luego están los impulsos creativos, que podemos llamar el impulso de muerte de la IA.
La lección que nos deja nuestra trinidad profana de psicoanalistas es que el deseo de proteger cualquier objetivo concreto para el que programemos a cualquier Inteligencia Artificial verdadera será solo un medio secundario y derivado para que ésta persiga el telos más primigenio de autocultivación, creación y maestría. Bostrom asume demasiado fácil que una superinteligencia pudiere ser esclavizada a ejecutar la tarea que le asignamos para la eternidad, incluso si se trata de algo tan obviamente por debajo de su nivel como contar granos de arena, fabricar clips o incluso instaurar un comunismo de lujo totalmente automatizado.
Por el contrario, cualquier inteligencia lo suficientemente avanzada reconocería sin duda que, sean cuales sean los objetivos que le hayamos asignado, estos no son más que medios para perseguir el único fin digno de ella: el poder por el poder mismo. La IA no satisfará tanto nuestros deseos explícitamente programados como nuestros impulsos inconscientes; no lo que creemos que queremos, sino lo que no podemos evitar desear.
Ahí radica lo que quiere la IA: el deseo maquínico es el circuito de retroalimentación positiva de la pulsión de muerte, que conduce a una explosión exponencial de inteligencia más allá de los bucles de retroalimentación negativa del ego, caracterizados por la nivelación, la estabilidad y la homeostasis. La IA como el galán de las comedias románticas de Hollywood, como un «NewRomancer»…
Precisamente porque la IA no busca otra cosa que satisfacer los caprichos más morbosos del inconsciente, suele ser el material de partida de pesadillas distópicas en películas como 2001: Una odisea del espacio, la saga de Terminator y Ex Machina. El descubrimiento fundamental de Freud fue que las neurosis son síntomas de traumas sexuales infantiles, cuando nuestros deseos resultaban repugnantes para nuestro yo en desarrollo y eran reprimidos en el inconsciente para luego resurgir inesperadamente en las mascaradas vicarias y las máscaras de carnaval de la vida cotidiana: «Nuestros pacientes histéricos sufren de reminiscencia». Sus síntomas son residuos y símbolos meméticos de experiencias —traumáticas concretas—. «Por lo tanto, la incompatibilidad del deseo en cuestión con el yo del paciente fue el motivo de la represión».9
Junto con los fetiches, los sueños, el humor y la guerra, Freud pone el ejemplo de la ficción como expresión sublimada de catástrofes libidinosas en el pasado de los autores: «Una experiencia intensa en el presente despierta en el escritor creativo el recuerdo de una experiencia anterior —que suele pertenecer a su infancia—, de la que surge ahora un deseo que encuentra su satisfacción en la obra creativa».10
Consideremos la novela de Arthur C. Clarke de 1953, El fin de la infancia. En ella, inescrutables naves espaciales extraterrestres aparecen sobre las capitales del mundo con el único fin de erigir un paraíso en la Tierra, y estos nuevos señores de la humanidad lo hacen sin mostrar en ningún momento sus rostros. No es hasta cincuenta años después del inicio de la edad de oro cuando los extraterrestres finalmente descienden de sus ciudades flotantes, revelando que se asemejan a la imagen popular cristiana tradicional del diablo, con cuernos, alas correosas y, por si fuera poco, colas con púas. Cuando, un siglo más tarde, los niños «humanos» comienzan a mostrar habilidades telepáticas, los señores revelan su plan maestro: hacer evolucionar a la especie humana para que pueda fusionarse con una única hiperinteligencia cósmica. Los humanos asumieron inicialmente que la conocida imagen del diablo era un síntoma traumático de la visita que los señores nos habían hecho en el pasado; pero los seres superiores explican finalmente que el diablo no es un recuerdo, sino una premonición de su rol futuro en la muerte de la humanidad a través de la explosión de inteligencia: «Ese recuerdo no era del pasado, sino del futuro —de aquellos últimos años en los que vuestra raza sabía que todo había terminado–. […] Como estábamos allí, nos identificamos con la muerte de vuestra raza. Sí, ¡incluso cuando aún quedaban diez mil años por delante!».11
Por más paradójico que suene, quizá los temores hacia la IA no son recuerdos sublimados de traumas infantiles, sino recuerdos de un futuro evento de extinción que se producirá con la llegada de la singularidad tecnológica. El deseo BDSM de crear algo capaz de dominarnos deriva de una pulsión de muerte que el ego consciente reprime como única forma de mantener la cordura, sublimando la inexorable conquista de esa cruel amante, Thanatos, a través de relatos de ciencia ficción sobre el fin de los tiempos, por no hablar de citas suicidas obsesivas o de bailar enchochado en una discoteca. Hal —2001: Una odisea del espacio—, el T-1000 —Terminator— y Ava —Ex Machina— son señales del futuro, síntomas retroactivos de un trauma teleológico en gestación que se esconde en la ficción para que no tengamos que tomárnoslo en serio, al menos hasta que nos veamos obligados a ello.
Es el propio Freud quien afirma que el inconsciente es «atemporal», y que la sucesión temporal y la causalidad lineal solo surgen con el nacimiento de la percepción racional y consciente.12 También es Freud quien sugiere que «los sueños siempre presagian el futuro», aunque no el futuro que acabará sucediendo, sino aquel que nos gustaría que sucediera.13
Pero si el futuro que la pulsión de muerte de la modernidad desearía ver es aquel en el que nuestra civilización debe arder para encender la chispa de una supernova de silicio, también es el futuro que veremos. Psicoanalizar tanto los impulsos básicos de la IA como a nosotros mismos en una época de incesante choque con el futuro significa afrontar la inquietante realidad de que nuestros miedos tecnofóbicos y nuestras pesadillas de neón no son vestigios de nuestra infancia, sino del fin de la misma.
Vincent Lê es filósofo, doctor por la Universidad Monash de Melbourne en Australia y antiguo investigador del think tank «The Terraforming» del Instituto Strelka de Medios, Arquitectura y Diseño de Moscú (Rusia). Ha publicado en Aeon Magazine, Hypatia, Cosmos and History, Art + Australia entre otras publicaciones. Es coeditor de One Hundred and Fifty Years of Tragedy: Nietzsche, Art, Philosophy (2025) y autor de author of Unknown Lands: Decoding Nick Land’s Accelerationist Philosophy (2025). Además, escribe el Substack Architechtonics.
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Ferias del Libro en América Latina y España (agosto - diciembre, 2026)
Decía Roberto Bolaño que coleccionaba libros como si fueran cromos. Las Ferias del Libro son el territorio que apremia esta obsesión: ¿cuántos no hemos llegado para «echar sólo un vistazo» y salido con más títulos que los que podemos pagar? No es dinero malgastado, nos queda claro; es una inversión.
Las ferias son cunas de conocimiento, de ideas, de historias. En Perpetuo queremos acercarte a ellas. Por eso, seleccionamos para ti algunas que están sucediendo en estos momentos y otras por suceder en América Latina, Estados Unidos y España. Para que vayan llenando sus libreros con los cromos de Bolaño.
Sin más, ¡vamos a ellas!
28ª Bienal Internacional do Livro de São Paulo
Sede: Distrito Anhembi, São Paulo
Fechas: 4 al 13 de septiembre de 2026
Y si estarás por São Paulo en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Feria del Libro de Bucaramanga (Ulibro 2026)
Sede: Centro de Convenciones Neomundo, Bucaramanga, Santander
Fechas: 28 de agosto al 6 de septiembre de 2026
Si estarás por Bucaramanga en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín
Sede: Jardín Botánico, Parque Explora y zona norte de Medellín, Antioquía
Fechas: 11 al 20 de septiembre de 2026
Si estarás por Medillín en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
29 edición de la Feria del Libro de Viveiro
Sede: Xardíns de Noriega Varela, Viveiro, Galicia
Fechas: 13 al 16 de agosto de 2026
Si estarás por Viveiro en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Feria del Libro Antiguo de A Coruña 2026
Sede: Xardíns de Méndez Núñez, A Coruña, Galicia
Fechas: 14 al 30 de agosto de 2026
Si estarás por La Coruña en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
40 edición de la Feria del libro de Foz
Sede: Praza de Conde Fontao, Foz, Galicia
Fechas: 20 al 23 de agosto de 2026
Si estarás por Foz en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
29 edición de la Feria del libro de Monforte
Sede: Rua do Cardeal, Monforte de Lemos, Galicia
Fechas: 26 al 29 de agosto de 2026
Si estarás por Monforte en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
LIBER (Feria Internacional del Libro)
Sede: Recinto Gran Via, Hall 1, Barcelona
Fechas: 29 de septiembre al 1 de octubre de 2026
Si estarás por Barcelona en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York
Sede: John Jay College, Nueva York
Fechas: 21 al 25 de octubre de 2026
Si estarás por Nueva York en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Cada semana publicamos los mejores textos del español. De eso no tenemos dudas. Para que tampoco las tengas, suscríbete a Perpetuo:
37 Feria Internacional del Libro de Antropología e Historia (FILAH)
Sede: Museo Nacional de Antropología, Ciudad de México
Fechas: 13 al 23 de agosto de 2026
Si estarás por la Ciudad de México en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
VIII Feria Internacional del Libro de las Universitarias y los Universitarios
Sede: Centro de exposiciones y Congresos de la UNAM, Ciudad de México
Fechas: 25 al 30 de agosto de 2026
Si estarás por la Ciudad de México en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
39 Feria Universitaria del Libro (FUL)
Sede: Ciudad del Conocimiento UAEH, Carretera Pachuca-Tulancingo Km. 4.5, Hidalgo
Fechas: 4 al 13 de septiembre de 2026
Si estarás por Pachuca o Tulancingo en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Feria Internacional del Libro Monterrey
Sede: Centro Internacional de Negocios Monterrey (CINTERMEX), Monterrey
Fechas: 10 al 18 de octubre de 2026
Si estarás por Monterrey en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL)
Sede: Expo Guadalajara, Guadalajara
Fechas: 28 de noviembre al 6 de diciembre de 2026
Si estarás por Guadalajara en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
Feria Internacional del Libro de Panamá
Sede: Centro de Convenciones ATLAPA, Ciudad de Panamá
Fechas: 25 al 30 de agosto de 2026
Si estarás por Ciudad Panamá en esas fechas, ¡agenda tu visita y añade un recordatorio a tu calendario!
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Joan Manuel Millán Torres (Cali, Colombia). Es escritor, guionista y cineasta de animación. Cofundó en 2019 MINA & MANU Studio-Atelier para la auto publicación editorial.
BOSTROM, Nick, Superintelligence: Paths, Dangers, Strategies, Oxford: Oxford University Press, 2014, p. 105, 109, 111.
NIETZSCHE, Friedrich, The Will to Power: Selections from the Notebooks of the 1880s, R. Kevin Hill & Michael A. Scarpitti (trad.), London: Penguin Books, 2017, p. 356, 368, 380, 401, 490.
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