Crecimiento, igualdad y justicia
Seré directo—este argumento es para inspirar permuta—. La única manera de erradicar la desigualdad en nuestras vidas—e, incluso, de salvar a nuestro planeta—es si llegamos a un nivel de crecimiento y productividad más grande del que hemos vivido hasta ahora. En otras palabras, necesitamos una revolución tecnológica que, con premura, nos lleve a multiplicar la riqueza—como ha prometido la IA, aún si, todavía, batalla por lograrlo—. De otra manera, para que no quede duda alguna de lo que digo, el objetivo de una equidad global es inimaginable sin un compromiso contundente a un crecimiento voraz—por no decir, desmedido—.
Para probarlo, he de hacer algo que, con frecuencia, evado. Un profesor al que admiro y respeto en desmedida alguna vez me dijo que, en el futuro, él siempre diría que yo fui alumno de la facultad de letras y que mi título era, en realidad, uno de literatura comparada. En la mayoría de los casos, concuerdo con él. Sin embargo, de vez en cuando me toca asumir la realidad que, en lugar de acabar el título de letras, fui politólogo y economista—a placer de ambos padres míos; a desdicha, probable, mía—.
En fin. Este argumento es uno que combina todos mis estudios tanto en economía como en teoría política; con unas palabras literarias de por medio. Su propósito es claro. Convencernos del imperativo de crecimiento si, en verdad, queremos ver una sociedad igualitaria en nuestras vidas. (Aprovechando para rescatar el debate que, hace años, comenzó Branko Milanovic y, con el cual, coincido).
I. Igualdad bielorrusa; Igualdad boliviana
Iniciemos con un ejercicio mental. Imaginemos que, hoy día, triunfara un gobierno comunista global. Que, entonces, la dictadura del proletariado es dueña de los bienes de producción y que, cumpliendo sus promesas, comienza a distribuir la riqueza a nivel global. ¿Cuánto le tocaría a cada persona? En este mundo, a cada ciudadano le tocarían 19.18 USD ajustados por el costo de subsistencia en cada lugar—para ser menos técnicos, serían 19.18 USD en EEUU, pues el dinero alcanza para cosas distintas en países distintos. Es decir, un nivel de ingresos comparable al de Paraguay (18.46 USD por día), Bolivia (19.55 USD por día o Bielorusia (19.27 USD por día).
Mi ejemplo fue radical, lo sé. No hay, que yo sepa, levantamientos comunistas que, de momento, tengan oportunidad de lograr esa distribución de riqueza. Pero tampoco es necesaria una revolución desmedida para entender nuestro predicamento.
Caigamos en teoría política, pues. John Rawls, famosamente, escribió un principio con el cual se puede construir sociedades juntas: el famoso velo de la ignorancia. Bajo este principio, habría que imaginar un mundo hipotético antes de que naciéramos. Uno donde podemos ver a la sociedad que se nos viene pero, sin saber con certeza, dónde naceríamos. ¿Qué mundo diseñaríamos para maximizar las oportunidades de una buena vida?
Saquemos a Rawls de la teoría. Si hoy, una persona se pusiera detrás del velo de la ignorancia, con los recursos que tiene nuestro planeta—todas sus empresas, sus recursos y sus profesionistas—y toda la población con la que cuenta, el mundo más igual sería aquel donde los ingresos promedios de todo ciudadano serían los de Bolivia o Bielorusia. Ese es el mundo más igual que tenemos hoy en día. Uno donde todos ganan lo que Bolivia; lo que Bielorrusia.
Claro que, en el caso de Rawls, la conclusión es que buscarías maximizar la calidad de vida del peor resultado—el principio de maximinizar, como a veces se le llama—. Pero aquí, lo que propongo, es lo radical del planeta y el mundo que nos tocó. Uno donde, ignorando el principio de justicia de Rawls, aún si lograramos dividir la riqueza de forma pareja entre cada ciudadano, no sería una vida que, la mayoría de gentes, pondría como idónea.
II. Jamás seremos Dinamarca
No he pisado Paraguay, Bolivia, ni Bielorusia en mi vida—el que guste invitarme, le acepto con gusto el gesto—; pero, cuando en el mundo de desarrollo se piensa en el estándar a seguir—en el futuro anhelado para cualquier nación—ese no suele ser llegar a los estándares de estos países que menciono. Si algo, el maxime suele ser, como bien puso Francis Fukuyama—a quien recuerdo, de mis días en Stanford, con estima—que los países del mundo lleguen a la calidad de vida que hay en Dinamarca. (En verdad puede ser cualquier país escandivano, pero, por motivos que me evaden, Dinamarca siempre es la métrica).
Esto me parece más apetecible—y creo que, para la mayoría de personas sin sesgos ideológicos, lo será también—. Un mundo donde todos los ciudadanos tienen los ingresos de un Danés es, fundamentalmente, uno mejor que donde se tienen los ingresos de un Bielorruso. Y, me atrevo a ir más lejos, es un mundo que, en general, podemos concordar, todos querríamos vivir.
Ahora, traduzcámoslo a números—donde comienza lo abrumador—. Hoy día, el ingreso promedio de Dinamarca es de 66.15 USD al día—ajustados, de nuevo, por el costo de subsistencia. Recordemos que, en el presente, el ingreso promedio del planeta es de tan solo 19.18 USD. Es decir, que si quisiéramos un mundo donde los recursos, al ser equitativos en todo el planeta, guiaran a una calidad de vida—al menos en ingresos—como la de Dinamarca, necesitaríamos 3.4 veces más recursos de los que tenemos hoy en día. Hoy por hoy, es imposible crear ese mundo donde todos somos Daneses en calidad de ingresos. Simplemente, no tenemos los recursos.
(Y todo eso para que la persona detrás del velo de ignorancia pueda distribuir la riqueza a la par entre todos y sentirse seguro que, nazca donde nazca, tendrá una buena vida).
Entonces, tenemos que crecer. La pregunta, por supuesto, es ¿cuánto tardaríamos en hacerlo? Aquí entra mi gorra empolvada de economista—metafórica, cabe destacar, pues el departamento de economía de Stanford no me dio más que traumas—.
Supongamos que la economía global crece a la tasa del 2023—que fue del 2.8% de acuerdo con el Banco Mundial—. Supongamos, también, que la población crece al 0.9% anual como lo hizo en 2023. Bajo estos supuestos, como pongo en la gráfica de abajo, nos tomaría hasta el 2056 llegar a esa posibilidad. Nos faltan, entonces, 34 años para que el planeta tenga ingresos suficientes para que todos vivamos como daneses.
El problema ya será evidente para los economistas. El modelo anterior no considera la inflación la cual, en efecto, reduce la tasa de crecimiento global. Consideren, pues, que en 2023—el año en que baso todos estos cálculos—tuvo una inflación del 5.7% la cual, hay que reconocer, es desenfrenada. Ese año, de nuevo, crecimos a 2.8%. Pero los precios crecieron más que nuestra capacidad económica. Es decir que, en términos reales, no crecimos. De hecho, nos contrajimos.
Aún si llegamos, de nuevo, a los niveles de inflación pre-pandemia de 1.9% tenemos un problema gravísimo. En esta suposición, nuestro crecimiento real sería de 2.8% menos 1.9% (por la inflación controlada en este supuesto). Es decir—y en una simplificación enorme—que creceríamos a 0.9% solamente. Pero recuerden que, la población global crece a, precisamente, 0.9%. O sea que, en la economía actual, con el crecimiento poblacional actual, el crecimiento de recursos se consumiría por el crecimiento poblacional. O, lo que es más sencillo de decir, todos nuestros esfuerzos no lograrían cosa alguna. Crece la población como crece la economía. Seguimos sin tener recursos para repartir con una igualdad superior a la de Bolivia.
Si paramos la economía como estamos, no logramos prosperidad para todos. Si la seguimos como va, tampoco. Necesitamos algo mucho más radical.
III. Menos hijos, menos inflación, o más crecimiento
Entonces, ¿qué podemos hacer? Como podrán ver, hay tres variables; tres opciones. Podemos reducir la tasa de crecimiento poblacional para que, la riqueza añadida, se divida entre menos gente; podemos controlar la inflación para que nuestra tasa de crecimiento tenga mayor impacto; o podemos aumentar nuestra tasa de crecimiento radicalmente.
La primera opción la descarto bajo un argumento de libertad individual. No creo que el estado tenga derecho a dictar la cantidad de hijos que pueda tener una familia—además que, el caso de China y sus restricciones a tener, tan solo, un hijo, son suficiente ejemplo de las consecuencias de dichas políticas y sus peligros—.
La segunda opción, controlar la inflación, me parece un imperativo. El problema es que, aún si se lograse, sería de un impacto moderado. Recuerden que, en mis ejemplos, usé una tasa de inflación anterior a la pandemia del COVID. Una que, históricamente es, tan solo, unas fracciones de decimal más alta que la inflación global más baja que hemos registrado de 1.4%. Es decir, si controlamos la inflación a los niveles bajos históricos, seguiríamos en un mundo con tasas de crecimiento económico similares a las de nuestro crecimiento poblacional. Aún si lográramos erradicar la inflación por completo, como en mi primer ejemplo, tardaríamos más de tres décadas en llegar a un mundo donde, una distribución equitativa, nos dejaría a todos como daneses.
La tercera opción, entonces, es la única factible. Crecer a toda costa. Crecer desenfrenadamente hasta que la riqueza global sea tan grande que, a cada ciudadano, le pudiéramos dar los ingresos de un ciudadano danes moderno. Un mundo donde, la igualdad para todos no solo sea un imperativo de justicia sino algo deseable.
No es algo sencillo. Aún si todo sale bien; aún si controlamos la inflación y mantenemos la población en la misma tasa de crecimiento, nos tomaría décadas llegar a un mundo con los recursos para que el velo de la ignorancia nos lleve a una igualdad sin peros. Hice un modelo sencillo para mostrarlo. Uno donde, suponemos que la tasa de crecimiento—ya contando la inflación—aumenta uno por ciento en cada iteración. Para cada tasa de crecimiento, calculé el número de años que nos tomaría para que los recursos globales sean equivalentes a los que necesitaríamos para este mundo soñado. Con 2%, tardaríamos 63 años, con 3% 43. Así hasta llegar a una tasa de crecimiento del 10% donde tardaríamos 14 años.
Sé que el 10% es irrisorio—al menos, dadas nuestras experiencias globales, así nos suena—. Con justa razón En la historia moderna de la humanidad, nunca hemos visto tasas de crecimiento superiores al 6.6%. Aún si lograramos mantenerlas, nos tardaría entre 23 y 20 años llegar a un mundo con los recursos que necesitamos.
La cosa es que, por primera vez desde los 1800s, estamos viviendo un cambio comparable con la revolución industrial al ver la llegada de la inteligencia artificial. Una promesa que bien podría llevarnos a un crecimiento radical de 10% de crecimiento anual como argumentó Dario Amodei en un ensayo de hace unos meses. (Quizá es por la IA que me inspiró a escribir estas páginas; por primera vez, vivimos en un mundo donde es posible soñar con tener los recursos para una igualdad deseable). Por primera vez en siglos, es posible soñar con una generación de riqueza que nos ayude a crear un mundo más justo.
El crecimiento desenfrenado que necesitaríamos es, quizá—y solo quizá—posible. Pero es, sin duda, la mejor oportunidad que tenemos de crearlo. Con una tecnología revolucionaria; con una economía que sube como un globo de helio que se le escapa a un niño.
IV. En respuesta a las críticas
Lo que he hecho en estás páginas es un ejercicio mental con la misión de convencernos de un camino para llegar a un mundo equitativo. Mejor dicho, para convencernos que, hoy por hoy, una equidad deseable es inimaginable sin crecimiento. Y que, por primera vez, tenemos oportunidad de lograrlo si la IA, en verdad, logra su cometido.
Las críticas a estas palabras han de ser muchas. Entre los que se oponen a la distribución, se dirá que la igualdad absoluta no es deseable. Concuerdo con ellos; soy partidario de la igualdad de oportunidades y no de resultados. Por ello leo lo anterior como un esfuerzo porque todos, como mínimo, tengan la riqueza de un danes promedio. Una vida digna, con un techo acogedor, buena comida y tardes riendo con amigos. Ya arriba de eso, podemos dejar que la sociedad se ajuste.
Entre los que creen que la revolución es un imperativo y que la desigualdad es intolerable en todas sus formas, les imploro a ver la igualdad que podríamos lograr hoy en día. Es digno, quizá, trabajar por una igualdad digna para todos. Una igualdad que, por primera vez en la historia de nuestro planeta, sea sinónimo de prosperidad. Esto no quita que, de por medio, en los años que nos tome llegar a ella, no se haga una lucha consciente por una igualdad mayor, por impuestos justos y programas que ayuden a los más pobres. Si algo, eso ayudaría a que lleguemos, más rápido, a Dinamarca. Piénsese en la lucha como una serie de concatenaciones donde el objetivo es una riqueza compartida con la que todos estemos satisfechos y no una distribución forzada que, hoy día, nos deje en frustración.
Por último, entre los que señalan la erosión que un crecimiento de esta magnitud tendría en nuestros recursos humanos, bastará con decir que estoy de acuerdo. Este crecimiento desenfrenado puede tener costos masivos a nuestro planeta. Debemos evaluarlos con atención y crear un camino hacia el futuro que sea, en verdad, sostenible. Uno donde domine la energía renovable y reduzcamos el uso de contaminantes. No sé cómo lo lograremos, pero no dudo que sea compatible con este mundo de crecimiento. En mi infancia, los autos eléctricos eran una fantasía y el reciclaje un chiste. Hoy, los dos son realidades. Podemos construir un mundo de crecimiento y energía renovable. Solo es cuestión de entenderlo.
Estoy seguro que habrá decenas de críticas más. Estoy abierto a ellas y discutirlas abiertamente. Mi propósito es el del progreso equitativo y deseable de la humanidad. No el propio. Espero que la humanidad comente lo que escribo y que, como resultado, construyamos juntos un mundo donde llegar a Dinamarca sea un objetivo obsoleto. Un mundo de justicia. Un mundo que todos queremos.












Excelente reflexión y es por eso como Rawls marca estoy necesario empezar a idear una sociedad justa aunque sea utópica por muchos factores.
Estoy de acuerdo que debemos seguir luchando por una sociedad más inclusiva en cuanto a la satisfacción de necesidades básicas. Necesario también entender qué modelos de crecimiento económico serán los que nos ayudarían a llegar a esa meta sin comprometer a nuestro planeta.
Gracias
Muy bueno, José Luis. Veo difícil un mundo en el que la distribución equitativa de la riqueza promueva la innovación y el desarrollo continuo de la tecnología, pero el análisis es muy interesante.
La pregunta que me queda, y que creo sería mucho más llevable a la práctica, es: asumiendo que la desigualdad en el mundo se mantiene, ¿cuánto nos llevaría lograr que la persona promedio viva como en Dinamarca?