El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En el pasado, hemos hablado de templos satánicos y osos en peligro de extinción.

Esta semana, les tenemos algo distinto. En un esfuerzo por resaltar labores editoriales del mundo hispano, unimos fuerzas con Revista bu!!A, una publicación digital colombiana. La crónica que están por leer sale en ambas revistas como un acto solidario de quienes valoramos las letras no importa si nuestras oficinas estén en la Ciudad de México o Bogotá. Para Perpetuo, es un honor dedicar este estelar a los esfuerzos de bu!!A.
Para leer más de nuestros amigos colombianos:
Unas palabras sobre Revista bu!!A
de JL Sabau
En Colombia se le habla de «usted». Como mexicano, nunca he entendido los momentos en que es propio hacerlo; solo sé que, de un momento a otro, aún en las conversaciones fraternales que se dan entre amigos, el registro cambia a la formalidad en lo que, primero, se siente como broma y, poco después, se aprecia como el matiz de un país distinto. Hoy, entiendo que es una forma de elevar el habla y de mostrar que, aun en los momentos más cotidianos, se puede hablar con formalidad.
Por eso, cuando hablo de Revista bu!!A, uso el registro formal.
Descubrí la revista hace ya unas semanas por los azares del internet. Apareció, con sus dibujos irreverentes y sus temas sagaces, entre las recomendaciones de Substack. En parte por el diseño y en parte por la osadía de cambiar la «l» por signos de exclamación —como una demanda de atención—, me adentré en sus artículos. Lo que encontré fue una ambición desmedida colombiana; esa misma que le dio el Nobel a García Márquez y que, a la fecha, prueba que nuestra deuda lingüística con esa nación al norte del sur del continente sigue sin saldarse. El querer contar cuentos y argumentar en ensayos en una misma revista y hacerlo de temas que van desde viajes a la amazonía —como esta crónica que publicamos— hasta la gentrificación moderna o la caída de un meteorico. Lo de ellos es una realidad elevada a los mismos lugares que la Odisea o la Eneida; como para recordarnos que ni Ítaca ni Roma, en sus momentos, habrán tenido las mismas gentes que Bogotá y que las historias colombianas son igual de relevantes que las europeas o de cualquier otro rincón del planeta. Es, también, un esfuerzo por hacer las paces con el caos capitalino y, mejor dicho, embarcarse en él con todos los sentidos. Bu!!A abruma; así ha de haberse planeado. Para sentir que hay tanto que pasa en Colombia como para que nos falten muchas vidas para narrarlo.
Por eso les hablo de usted. Por la labor tan grande que es contar tantas historias en tantos formatos y hacerlo con el atrevimiento de mirar a los gigantes de cara para asegurarles que una nueva generación se viene; y viene con fuerza. Les hablo de usted con respeto, pero también con la insensatez colombiana que aun no descifro —como, tampoco, entiendo el uso de exclamaciones como letras—. Les hablo de usted desde México, donde domina el «tú» porque hasta aquí llega el bullicio de sus palabras y nos satura. Ahora, gracias a nuestros lectores, nos alegra contribuir a que la bulla—digo, la bu!!A—llegue a todos los países de habla hispana.
Sin más, les dejamos esta crónica.
-JL Sabau, Editor general de Perpetuo.
El jaguar
Hace años mi mamá tuvo un sueño en el que debía cuidar a un montón de pajaritos que vivían en una casa antigua de tierra caliente. Tranquilo, entró un jaguar por la puerta principal, con sus patas grandes, olor de felino y rugido profundo; pero, contrario a su instinto y apetito, se guardó las garras, caminó hasta los pies de mi madre y recostó la cabeza sobre su regazo. Ella lo acarició como a un gato y supo que lo recordaría para siempre.
Desde entonces, tiene una fijación por la selva y los jaguares que nos llevó hasta el Amazonas. Así, con una maleta por persona y mucho repelente tomamos un vuelo Bogotá-Leticia. Estos son algunos apuntes de lo que aprendí de Leticia, Mocagua, Puerto Nariño, la selva, el atardecer y el río.
Especialmente del río.
Leticia
Leticia es la frontera. Tiene bordes con Brasil y Perú, pero también con la selva. Son bordes mutantes, que se dibujan y desdibujan con la corriente del río y que pueden estar aquí o allá. De repente, la vegetación se traga una camioneta abandonada y los pájaros de colores te visitan en la ventana y no sabes muy bien dónde empieza y termina la jungla.
Justamente, su carácter fronterizo es lo que hace que la capital del Amazonas sea un punto clave para las fuerzas armadas; hay militares y símbolos patrióticos por todas partes. Pero también es un lugar de muchas naciones: encuentras en el menú de los restaurantes un lado en portugués y otro en castellano.
En paralelo a los escudos colombianos y los avisos bilingües, Leticia está llena de sincretismos raros. De la hispanidad, hay cruces, vírgenes e iglesias regadas por la ciudad que dan fe de una tierra colonizada que aún recuerda los pasos de los misioneros, las caucherías y la evangelización. Del imperio gringo importaron lejeans para las niñas, camisetas con palabras en inglés, botellas de Coca-Cola y paquetes de chips. Y la herencia indígena se siente en la atmósfera, así como la humedad y el olor a vegetal. Pero es un aire muy sutil que las narices extranjeras no alcanzarían a percibir, así que la Secretaría de Turismo les da un empujoncito: construyeron estatuas de indios cazando en los parques y coronas de plumas gigantes para que los turistas se tomen fotos.
Tantas referencias indígenas, que parecían más como atrapaturistas, tenían poco que ver con Henry, un indígena ticuna que nos recibió en el puerto para llevarnos a conocer su comunidad. Nos contó que los abuelos son los pocos que aún conocen la lengua ticuna, pero que están intentando aprenderla de nuevo y que en su comunidad todas las decisiones se toman al unísono.
El río hacia Mocagua
El recorrido de Leticia a Mocagua, la casa de Henry, fue de casi tres horas en una lancha en la que me estiré debajo del sol y me quemé los antebrazos. En el camino probamos castañas y caimo —una fruta dulce que nos dejó los labios pegajosos—. El río es para el Amazonas lo que la aorta es para el cuerpo de un mamífero. A un lado se encuentra Perú, al otro Colombia y en el fondo Brasil, pero todos tenemos la misma sangre mezclada y apellidos de otros continentes. Por sus corrientes se conectaban los veintisiete pueblos indígenas del territorio —de los que ahora solo quedan catorce—, nadan los delfines rosados, se encuentran los tres países y los nudos del cuerpo se deshacen.
Mocagua
Mocagua es un resguardo indígena de más o menos seiscientos habitantes que pertenecen a cinco pueblos originarios: ticunas, yaguas, cocamas, huitotos y ocainas; también hay un par de mestizos y blancos. Viven en casas de madera elevadas por si se despierta el río, las camas están cubiertas con mosquiteros y cuelgan hamacas por todas partes. Los niños corren descalzos por los caminos de ladrillo y creo que todos son inmunes al sol y a los zancudos, porque andan con camisetas de manga corta y pantaloneta. A un lado del pueblo está el río, por donde llegamos nosotros; al otro la selva, que me recuerda a una laguna sagrada porque parece que no tuviera fondo.
Antiguamente, los habitantes vivían de la caza y la pesca, pero el vértigo del desarrollo económico, el turismo masivo y la explotación de los recursos le dieron una vuelta a la comunidad. Los abuelos que solían cazar monos ahora los protegen porque saben que muchas especies están en peligro. Por eso, hace treinta años trasladaron su economía al turismo sostenible, creando un sistema muy organizado sobre la base de la conservación y la protección de la selva. Contrario a nosotros, fueron rápidos al darse cuenta de nuestra dependencia a la naturaleza y de la urgencia de cuidar, también, de la vida no humana. Pasa que ellos tienen una relación muy cercana con el ecosistema y sus condiciones de vida se ven afectadas tan pronto como algo en él cambia.
Mocagua comenzó protegiendo cuatro mil hectáreas de bosque, pero en el 2023 —después de mucho tiempo de lucha— el gobierno les dio cuarenta mil hectáreas más para la reserva. Esta es una tarea que se ha hecho más importante ahora que a los problemas territoriales se les han sumado efectos globales como el cambio climático.
El río, como les decía, es lo que conecta todos los pueblos que se encuentran en su orilla. Por allí —hace como veinte años— llegó Lucy a Mocagua, donde conoció a Henry y formaron el hogar en el que nos recibieron a mitad de año. Lucy nació en Macedonia, otra comunidad en la ribera, y cuando era adolescente llegó a Mocagua porque se iban a enfrentar los dos pueblos en una batalla campal: un partido de fútbol del que solo uno podía salir ganador de los miles de pesos que estaban en juego. No sé cómo quedó el marcador, pero después del cotejo —como me contó ella— Henry salió flechado y persistió hasta ganarse el corazón de la futbolista del otro equipo.
Los esposos nos recibieron en el hostal que construyeron al lado de su casa para visitantes y estuvieron pendientes de nosotros todo el día, atendiendo nuestras necesidades de niños rolos y dándonos cremas para nuestras picaduras. Recuerdo anotar que «mi piel no estaba hecha para la selva», pero parece que el aceite Johnson’s sirve para todo.
En Mocagua también había cosas familiares para nosotros: gatos y perros callejeros con nombres bisílabos, una capilla católica, una iglesia cristiana y una televisión en la sala común donde todos se sentaban a ver El Desafío por la noche.
—¿Cómo va el equipo del Amazonas? —les pregunté.
—No nos volvieron a invitar porque siempre les ganábamos.

Por cierto, si quieres más de Perpetuo, tenemos conversaciones cada semana con autores, líderes de opinión y todo aquel que esté definiendo las fronteras (sean del idioma, tecnología o demás).
La semana pasada:
En nuestro podcast, Masa Crítica hablamos con Sabina Bernan sobre el fin de los tiempos o el mundo utópico que se viene o todo lo que hay en medio de esos extremos.
En Inferencia, discutimos con César Cepeda sobre las competencias de informática en un mundo donde la IA supera al humano.









