Crónica de ficción
de J.L. Sabau
Para Alex P.
Hace ya muchos años, cuando los países empezaban sus andares, existía una nación de nombre ahora olvidado. Su territorio era tan amplio que ocupaba las grandes colinas australes a la par de los desiertos del centro. Al norte, glaciales magníficos opacados solamente por las aguas diáfanas de sus ríos arteriales. Los mapas, por más que lo intentasen, jamás lograron cubrir la cartografía de sus fronteras interminables. Tantos lo intentaron; ninguno pudo. Los aventureros más famosos soñaron con un atlas de sus tantas regiones. De ahí llega una leyenda apócrifa relatada con orgullo por ancestros ya olvidados. Marco polo, a llegar a la nación y admirar sus costas de playas divinas, exclamó ante sus compañeros de viaje: «¡Es aquí que empieza el mundo!». Frase omitida de sus diarios de viaje por editores desconfiados; sobrevive solo en la memoria colectiva.
Esta tierra era hogar de un pueblo humilde, unido por el interés de un patriarca hecho rey. Los oficios de su gente florecían en plazas mercantiles como flores en capullo al llegar el estío. Los panaderos, cual margaritas rejuvenecidas, plagaban el gris de las calles con el blanco de sus mandiles. Los bomberos, con uniformes llame antes, invitaban a las rosas cuajadas de Rocío. Así con todos los obreros banqueros y jinetes -las profesiones a más no poder-. Harmonía floral de un jardín compartido.
Pero el orden era artificial; dependía del rey eterno recordado hoy en estatuas banalizadas por multitudes en protesta. Aquel que viera las calles plagadas de sonrisas jamás sospecharía su motivo sin tener en cuenta la historia de nuestra humanidad misma. Un patrón repetido en cada rincón del orbe terrestre. No era por amor —aunque eso creía el monarca iluso—; era por el temor más puro. Al que no sonriera, tres latigazos bien puestos por el alguacil. Al que andase cabizbajo, una semana en las mazmorras sin poder salir. Los jardines nacen con la crueldad del jardinero que rompe la naturaleza para crear belleza. Así se hace en las sociedades primerizas: con tijeras atroces y oses curvas. Un arquitecto universal buscando balance; a veces con cariño; a veces con abusos. Perdonen, no puedo evitar el lenguaje metafórico. La humanidad y la naturaleza, por más que lo intenten, siempre regresan a las alegorías.
De aquí que este pueblo creció de la opresión y la violencia. Del patriarca empedernido por unificar su ambición en un territorio incierto. Lo preciado revela sus arrugas; sus desgracias están ocultas. Equilibrio forzado por miedo a ponerse. Con mayor cercanía, los colores florales ocultan bichos rastreros y excrementos fatídicos. El policía rebelde pierde, uno a uno, los pétalos de la justicia ante los dedos del régimen. Al burócrata testarudo los jalaran de la raíces. ¡Sacrificios por el jardín del patriarca! Meros cálculos hechos desde un palacio de gobierno. Bellezas para el que visita; pesares para los que ahí viven. Un lamento eterno ocupando un siglo entero.
Mas el tiempo pasa; hace sus estragos. El patriarca ha envejecido. En el lecho de su muerte, rodeado por sus dos hijos, dio un último suspiro con sabor a reminiscencia. «Tanto tiempo buscando arbustos que nunca crie árboles». Cierra sus ojos; la vida termina. Afuera, nada pasa. Afuera el mundo sigue. En ese cuarto, la patria se desvanecía con el patriarca destrozado. Los burócratas preparaban el filo de sus armas para hacerse del botín. Se prepara la violencia que ha de venir. El jardín edénico contemplaba sus momentos postreros, mientras sus retoños se perdían en el sol y sus hijos disfrutaban del árbol de la sabiduría.
Ojalá este fuera el fin. Quisiera detenerme en este instante. Maldita labor del cronista que ha de contar lo ocurrido y no solo las dichas que trascienden la memoria. Infeliz mi labor que de relatar los días subsecuentes a esa tarde desdichada. Cantar de esos meses en que hermano peleó contra hermano; vanagloriar la sangre que corre por las praderas de la nación olvidada. No puedo; me supera. Las lágrimas cubren mi rostro y la tinta corre sin precisión. Hagamos pases con un intermedio. Permítanme una excepción. Perdónenme por decir solo la conclusión. La madre patria de tantos dividida en por enemistad filial. En oriente la tierra de uno; al occidente de aquel restaurante.
Éste era solo el principio de las desgracias sin fin. Con cada año, el pasado distante de abusos patriarcales se cubría con la empatía del presente olvidadizo. Se escribían operas sobre ese patriarca marchito. Grandes autores veneraban «esos buenos tiempos ya perdidos». El pasado hace de las suyas con las armas del recuerdo. La historia se escribe entre suspiros y berreos. Nada importa; todo lo recordamos manchado de cariños.
Del país al Este sé poco, del Oeste conozco todo. Recuerdo sus océanos translucidos golpeando con barrancos ancestrales. En mi mente viven los ladrillos de sus palacios y anfiteatros. Eso y tanto más; eso y su trágico final. Fue en invierno, cuando las golondrinas se habían marchado y el rosado brillaba intensamente en los cerezos. El norte, tan altivo, se declaró contra el sur. Hermanos armados hasta los dientes con banderas rivales nacidas de una misma patria. Los cielos azules se oscurecen con los estallidos de bombas. Ahí vamos de nuevo; el conflicto se hace eterno.
Más sangre en las calles; el olor a pólvora superando al polen cuando la nieve se había derretido. «¿Y el pueblo?» Se preguntarán, «¿qué pasó con la gente tan merecedora de nuestro cariño?». Fueron presas del deseo político y el soñar con la paz de un respiro. El final, nuevamente, fue la división de un país compartido. Un siglo de violencia que destroza con dinamita, las columnas de un edificio de adobe. País fracturado; tierra dividida. Precedente eterno de la discordia superando la hermandad.
Fue tal el impacto de estas guerras que la mentalidad compartida se forjó entre el separatismo. Las diferencias surgían en tierras donde la igualdad era mayoría. En la patria norteña surgieron dos partidos. Los rojos que gritaban por el mundo libre y los azules demandando una vida sin opresión. A gritos se insultaban; formalmente y sin estallidos. Sobrevivieron en el congreso por varios años hasta que los escaños no pudieron reflejar las fronteras de su mundo. Sin caos ni milicias; con urnas y papeletas. Un plebiscito fatídico que fracturó la patria por voluntad del pueblo. Un margen diminuto; unas cuentas protestas. Es un nuevo siglo con los mismos problemas que el anterior. Esa nación compartida se divide nuevamente; las lágrimas de su pueblo se hacen en río.
Entre rojos y azules hubo décadas de quietud. La patria prima se había reducido; en cada nación sobrevivían ciudades gemelas. De tantos millones, ahora las planicies eran de unos cuantos miles. Por un breve instante —por un mero suspiro— se soñó que la comunidad triunfaría en una historia compartida, caótica y discorde. Los habitantes pensaron que la cordialidad de lo minúsculo superaría la discordia de lo magnánima. Aún sobrevivían recuerdos de esa madre patria inmensa, mas todos imaginaban una tierra menor compartida.
Los soñaron; lo quisieron. La realidad contó algo distinto. Las ciudades Rojas se pelearon por un conflicto sinsentido. Un partido de fútbol con un fuera de lugar; marcado por un árbitro sin cariño. Los habitantes de la ciudad mayor pidieron formalmente a la menor que los dejaran. Por medio de un correo electrónico; mal escrito y sin firma, se acordó la separación. Ni siquiera hubo elecciones. Eran tan pocas las personas involucradas que una encuesta de dos horas hubiese bastado. Lo que un día fue imperio, ha llegado a ser mera ciudad-estado.
¿Y ahora qué sigue? Un patrón infinito. En la ciudad mayor, la calle central sirvió como lugar de conflicto. Con un muro se crearon países distintos. La patria se fue dividiendo hasta quedar solo edificios. La autonomía era un chiste y la independencia un cuento. Ahora me dicen que los pisos pares empiezan en largo proceso de emancipación de los nones.
Me llegan augurios de esa tierra perdida. Recuerdo los mensajes del gran Marco Polo. No queda más que observar en carne propia como la discordia hace estragos donde una vez existió el cariño. Así hasta que los cuartos sean la única frontera que nos quede. Hasta que los pueblos sean solo cuentos. Hasta que entiendan que esta crónica no es ficción.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.



