Este cuento fue publicado en el volumen V de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Parte I: Crónicas marianas
Lo que había pasado aquella noche lo había tachado como una macabra tentación del diablo a través de sus sueños, incluso había ido a confesarse para expiar sus pecados y, aunque estaba muy avergonzada, el sacerdote le dijo que el diablo siempre andaba tratando de hacer caer a los soldados más valientes de Dios, ante lo cual se sintió sumamente feliz de ser una de las elegidas, de aquellas cercanas al creador. María estaba tan concentrada en el alivio y orgullo que la invadieron que no notó cómo el sacerdote acariciaba con lasciva mirada sus muslos; mucho menos hubiera imaginado que ese mismo ser que la había expiado tan benevolentemente de sus pecados había ido luego a masturbarse al cuarto pensando en ella.
Aunque María vivía una vida ejemplar —iba a misa todos los días que podía (y no solo los domingos), estudiaba trabajo social y hacía voluntariado en el hogar de ancianos de su pueblo—, desde aquel sueño tenía unos impulsos que se escapaban de su comprensión y control. La pobre muchacha, acosada por estos naturales deseos, ya no sabía qué hacer: trataba de alejarlos ocupándose en sus santas actividades, pero nada funcionaba, en especial en las noches cuando se acostaba y quedaba sola con sus pensamientos. En esos momentos recurría a rezar el rosario hasta dormirse.
Un día salió a caminar por el pueblo, para distraerse, y cuando llegó a un bonito claro alejado de todo se recostó contra un árbol y entró en una especie de trance. Aquellas pulsiones que hasta ahora había podido dominar se apoderaron de ella sin piedad y la dejaron en un estado de temblorosa y deliciosa agonía; sus manos parecían tener vida propia, o mejor dicho parecía que algo o alguien las estaba guiando: se comenzó a acariciar los senos y muslos, hasta llegar a la vulva ya húmeda y receptiva…
Mientras se acariciaba, pensaba en el sueño de aquella noche, en aquella criatura demoníaca que había llegado a profanarla, en lo bien que se había sentido. Pensó con tanto deseo en la criatura que no solo la invocó, sino que la invitó a acompañarla.
Cuando María se despertó ya era de noche. Estaba medio desnuda y le dolía el cuerpo, pero se convenció prontamente que —por el propio bien de su sanidad mental y la salvación de su alma— de nuevo había soñado cosas impuras.
Al llegar a su casa, María sólo quería bañarse y dormir, pero su madre la atacó histérica con preguntas.
—¡¿Qué se había hecho?! ¡Ya te hacía muerta, secuestrada, violada!
La joven tranquilizó a su madre, le contó que se había ido a caminar y se había quedado dormida en el claro, ante lo cual su madre afirmó que no le volviera a pegar esos sustos y que sería mejor no contarle nada a su padre porque
—Ya sabes cómo es él, es muy bueno y se preocupa mucho por nosotras, pero es mejor no hacerlo enojar, no vaya a ser que se ponga como aquella vez...
Después de aquel suceso en el claro, María dejó de sentir aquellos impulsos y, si bien le hubiera gustado sentirse aliviada, por las noches los extrañaba, así que se masturbaba pensando en el sueño y en el encuentro con un anhelo que la dejaba siempre en un estado de nebulosa satisfacción.
Ya ni siquiera se sentía mal, tampoco sentía la necesidad de confesarse.
Así continuó la vida en aquel pueblo olvidado de Dios; todo igual, hasta que al mes de los acontecimientos María notó que no le bajaba la regla. Sintió alegría y miedo por sus padres que, evidentemente, tarde o temprano se iban a enterar de su estado. Cuando le contó a su madre, María le rogó que le creyera que nunca había estado con ningún hombre —lo cual no era una mentira—, pero ella le dijo que por puta le iba a contar a su padre; él ni siquiera le dijo nada, simplemente le dio una golpiza que la dejó inconsciente por tres días. Sin embargo, cuando despertó en el hospital con moretes por todo el cuerpo y una contusión la situación había cambiado completamente; el doctor que la atendió se dio a la tarea de examinarla y dictaminó que ella aún era virgen.
María había sido trasladada a un hospital de ciudad porque su situación después del castigo paterno había sido crítica. Lo más importante es que su bebé había sobrevivido; todo lo demás ya no le importaba. Cuando su madre llegó llorando a pedirle perdón en nombre de los dos, María no se transmutó y le dijo con calmada dulzura que entendía por qué habían reaccionado así.
Lo que la joven virgen no esperaba fue todo lo que sucedió después: como el médico dictaminó su estado de pureza, el embarazo se dictaminó como milagroso; María se volvió objeto de estudio y debate entre creyentes y no creyentes: unos afirmaban que era un milagro moderno, una manifestación de su homónima, la Virgen María, y los otros afirmaban que había muchas maneras de quedar embarazada sin penetración y que esto seguro era un intento desesperado de la Iglesia para volver a ganar fama y adeptos. Incluso los evangélicos salieron a reclamar que eso de la virgen siempre había sido un invento del catolicismo.
María veía llena de cariño y expectativas cómo su estómago se hinchaba rápidamente. Sin embargo, la rapidez con la que crecía el engendro se volvió vertiginosa. Esto igual fue achacado a su carácter milagroso. Otro signo fue que el feto empezó a debilitar a María, al punto que parecía una muerta en vida: estaba en los huesos y lo único que no se veía marchito en ella eran sus ojos y su panza, hinchada y pulsante con hambrienta vida. Por último, lo confirmaban también los sueños, que María se guardaba para sí misma; sueños en los que su hijo le hablaba de cómo quería venir a dominar este sucio mundo que necesitaba ser purgado y gobernado por un nuevo líder.
Los sucesos que se dieron en la sala de parto nunca más se volvieron a hablar; la Iglesia católica decretó que este mundo no merecía a María ni a su milagroso bebé y que por eso la Virgen María se los había llevado a los dos. El pueblo dijo que seguro María había querido ocultar su «metida de pata» y que ahora se había ido a esconder por la vergüenza de haber hecho tal escándalo.
Los únicos que supieron la verdad fueron el doctor, el sacerdote, los padres de María y las enfermeras que se encontraban en la sala de operación.
Parte II: Locura
Una de mis debilidades más grandes es obsesionarme con historias que han quedado en el olvido, en especial si parecen haberlas enterrado a propósito, como sucede con la de la María moderna. En uno de mis viajes por trabajo, coincidí quedarme en el pueblo de donde era María. Mi impertinente curiosidad me llevó a preguntar sobre la casa abandonada a la que nadie se acercaba, y mi orgullo periodístico me llevó a decidir publicar la historia a como diera lugar; quería, sobre todo, rescatarla del olvido.
Al principio nadie me decía nada. Tras unas cuantas semanas de estadía con una de las familias del pueblo, me empezaron a agarrar confianza poco a poco. Aunque solo me decían que no me acercara a la casa: estaba maldita. Me pareció más lógico entonces tratar de acudir a una fuente menos supersticiosa que me informara sobre los eventos, alguien que sí hubiera estado presente en aquel misterioso parto.
He de admitir que incluso yo, con mi fría racionalidad, no pude evitar sentir que la historia estaba rodeada de un tangible misticismo. Resultó ser que en la sala de parto había en total ocho personas, un número bastante alto, pero que se había permitido por lo excepcional del caso: el doctor, dos enfermeras, los padres de la joven, un sacerdote en representación de la Iglesia católica y, por supuesto, la joven en sí. A excepción de las dos enfermeras, el sacerdote y posiblemente el bebé, todos los demás asistentes murieron en la sala de parto. Posteriormente, se suicidó una de las enfermeras y el sacerdote perdió la cordura, y se dice que está encerrado en un manicomio. Del bebé no había quedado rastro alguno, ni siquiera en el registro de nacimientos. Por más que indagué, no di nunca con el paradero del padre, pero sí con el de la enfermera.
La otra enfermera, doña Esperanza, ya estaba retirada y se había recluido a un convento de monjas. La logré convencer de la entrevista solamente gracias a que le dije que estaba haciendo un recorrido histórico por la enfermería de Costa Rica. Cuando la conocí, me pareció una mujer de esas de antes que no se dejaban achicopalar contra nada ni nadie; no había tenido hijos y había dedicado toda su vida a su carrera.
La entrevista fluyó muy bien, hasta que mencioné el caso de María. Al hacerlo, el semblante de doña Esperanza cambió completamente: su rostro transmutó en una máscara de miedo e ira y, con una fuerza de la que yo no la creía capaz, me agarró de la camisa, me sacudió fuertemente y me dijo:
—Si usted es inteligente y respeta su vida, no siga indagando más en esa historia; puede despertar fuerzas que están más allá de nuestro control...
Luego se sentó y no logré que volviera a dirigirme la palabra. Al final tuve que retirarme porque las hermanas llegaron a pedirme que me largara por las buenas y que nunca volviera a molestar.
Como me estaba quedando sin opciones, decidí preguntar en el hospital. Justo cuando ya me estaba rindiendo, uno de los conserjes me llevó a un cuarto de objetos perdidos. Sin entender muy bien por qué —y un poco temeroso—, lo seguí.
Lo que me dio el conserje fue un tesoro más allá de lo que me esperaba encontrar: era un diario de María. Traté de pagarle al conserje, pero este me advirtió que no aceptaría dinero, que si me llevaba ese diario tenía que atenerme a las consecuencias y que le haría un favor al hospital llevándome ese objeto. Como era la única persona que me había ayudado, no tuve más recurso que insistirle en que me contara todo lo que sabía, a lo cual respondió cansado:
—Vea joven, yo llevo años en este oficio y créame cuando le digo que uno ve de todo, pero lo que vi ese día… ese día... Ese fue un día maldito que preferiría haber olvidado, pero aún recuerdo el miedo de las enfermeras cuando me llegaron a buscar, y cuando yo llegué a la sala el olor a carne quemada del doctor y los padres, sus cuerpos calcinados… el cuerpo destrozado de la dulce joven María… el padre rezando en una esquina y… Y aquella cosa que me sonrió.... Aquella cosa…
El conserje no dijo más y tuvo una reacción similar a doña Esperanza: su rostro cambió, se puso pálido, se despidió de mí y se fue ignorando mis ruegos y gritos porque me contara más.
Mi desazón no pudo ser mayor cuando, después de leer el diario de María, sólo pude deducir que lo sucedido con la joven podía haberse originado de dos formas: o bien, debido a su fuerte religiosidad, la joven atribuía su despertar sexual a demonios que la obligaban a masturbarse; o bien su padre, machista hasta la médula, la violaba y luego le pegaba por «puta» y por eso ante el embarazo no le quedó más que aceptarlo como un milagro para no quedar en evidencia.
Pero, ¿cómo explicar el resto?
Después de juntar todos mis hallazgos del diario, de lo sucedido con doña Esperanza y de saber que el sacerdote había terminado en un manicomio, mi conclusión fue que lo sucedido en esa sala de parto fue una especie de delirio religioso colectivo. Y, poco a poco, después de releer varias veces el diario, empecé a formular las siguientes hipótesis: María nunca logró perdonar a sus padres, así que en un ataque de ira mató a sus padres y a su bebé no deseado, producto probablemente de una violación paterna y que, el sacerdote, en un momento de locura ante el parricidio, había prendido fuego a la sala de parto para limpiar con el fuego el pecado.
Pero mis hipótesis dejaban demasiados vacíos y no se sostenían.
Resignado, admití mi derrota ante mi editor en jefe; me gané un regaño y una suspensión obligatoria no pagada como castigo por mi irresponsabilidad. Obsesionado, sólo podía releer una y otra vez el diario de María en busca de pistas, pero siempre llegaba al mismo callejón sin salida. Ya tenía hartos a mis amigos y familia, tanto que ya no me querían escuchar hablar más sobre el tema y me di cuenta de que, a su manera, la historia me había trastornado. Me devolví al pueblo con la excusa de que necesitaba un cierre, a pesar de que todos me aconsejaron no hacerlo, pero con tanto tiempo libre sentía que iba a terminar por volverme loco.
En el pueblo se habían enterado de mis indagaciones, así que nadie quiso alojarme. Me decían que era muy tarde para mí y que ya había sido contaminado con la maldición. Como nadie me iba a hospedar, tenía que devolverme a mi casa o a un pueblo cercano. Decidí al menos entrar a la casa.
Esperé a la noche, para que nadie me tratara de detener. Incluso dejé el carro en la plaza y caminé desde ahí. Si bien la casa parecía embrujada, mi racionalidad me insistía aún que era una simple casa abandonada. Me enojaba no haber podido revelar la verdad oculta en la historia, ya que siempre lo había logrado con otras. Siempre había una explicación lógica.
Parte III: Réquiem
Cuando abrió la puerta, sintió cómo la casa exhalaba un olor a podrido que, se dijo, debía de ser de algún animal muerto. La casa parecía haber quedado en pausa: había platos en la mesa, ollas en la cocina, una refrigeradora llena de comida —a la cual, tras no ver ningún animal, atribuyó el mal olor—, pero nada fuera de la norma. Entonces oyó un llanto en el segundo piso, como de un bebé recién nacido. ¿Qué ser malvado había abandonado a un bebé?, pensó, y también se dijo que seguro en el pueblo ocultaban la casa para deshacerse de los embarazos no deseados como el de María. Eso sí que parecía una explicación lógica.
Cuando abrió la puerta del cuarto en el segundo piso, no pensó en que esa iba a ser la última puerta que abriría en su vida. Tampoco tuvo mucho tiempo para sentir orgullo, puesto que había por fin descubierto la verdad sobre lo acontecido alrededor del milagroso embarazo de la joven y virgen María. Lo único que sintió fue un terror paralizante; el último olor, el de su carne chamuscada; y la última imagen que vieron sus ojos fue aquella sonrisa...
Marliz Giraldo Quesada (San José, Costa Rica). Estudió filología española, aunque su verdadera pasión es la escritura. Ha publicado los poemas Ave Lilith, Ansiedad y Bestial Búsqueda y El hilo rojo; y relatos como Mi Llorona y Uñeros.



