Cronología de un México injusto
La respuesta deriva de la pregunta. Si se equivoca, uno, en la cuestión, la respuesta será igual de mala, en proporción. Por ello, me toca admitir un error que he cometido, año tras año, al tratar de entender a mi país y sus vicios modernos. Verán, la pregunta fundamental para México—la inevitable, podría decirse—no es por qué el país es injusto, como siempre he pensado. Esa pregunta terrible que, tantas veces, me he hecho y me he frustrado ante su sinrazón.
Terrible error.
La pregunta, me percato ahora, terminando una lectura bien recomendada, es dinámica en su naturaleza e histórica en su enfoque. No es sobre el México de ahora, sino, el del pasado. No es, entonces, por qué es que México es injusto, sino, cómo es que, a través de los años, México no ha dejado la injusticia. ¿Cómo es que, por décadas—tirando a siglos—el país ha tenido un modelo injusto, de culpables presuntos en lugar de inocentes supuestos; un modelo que nadie logra quebrantar?
¿Por qué es que, en la generación de mis padres, se sufría también de impunidad como se sufre hoy día? Lo mismo en mis abuelos y así hasta que México era Tenochtitlán.
Ahí yace la respuesta sincera que, en estos días, he podido contestar tras leer los esfuerzos de Carlos Peréz Vazquez en Procurar Injusticia (de Grijalbo—Penguin Random House—).
Su tesis es clara. Nuestro sistema hace, con la injusticia, lo mismo que la física dicta, como principio, pasa con la materia: no se crea ni se destruye, solamente se transforma—misma frase que, entre bromas, una vez escuché asignada al PRI de voz de alguien que mejor dejamos en el anonimato—.
México, como explica, es una letanía larga de códigos penales insuficientes. Un virreinato que imitó los principios punitivos de Alfonso el sabio dónde el estado encarcela y luego veía los motivos—el orden por sobre los derechos, he de suponer, con mi escaso conocimiento jurista—. Después, el sueño efímero de una república donde Morelos anhelaba un sistema basado en la inocencia de las gentes hasta que se probase lo contrario—mismo que murió, con el sacerdote, cuando defendía al Congreso de Chilpancingo—. Le siguieron décadas de caudillos que toman la fuerza y replican las leyes españolas hasta que Juárez, en un respiro, trata de hacer reformas.
Fuera de esos dos momentos—los sentimientos de la nación y las reformas juaristas—el México pre-revolucionario tiene una historia de injusticia. Una historia de caudillos, como Santa Anna forjados en la independencia, o de figuras como Porfirio Díaz, en los años de invasiones, que creían en la fortaleza del estado por sobre lo demás—se hablaba de orden y progreso, después de todo; no de orden y libertad—.
Cuando triunfa la revolución, el sueño vuelve con Madero, apostando por democracia, solo para morir en manos de un general. (La justicia, para estas alturas, me temo, es algo efímero en la memoria nacional). Carranza derrota a Huerta—junto a Villa y a Zapata—con aires de héroe constitucional. Envisiona, por fin, el cierre del siglo de caudillos y promete que, en las elecciones, ya no habría otro presidente militar.
¿Y qué pasa? El titán de gafas y barba se enfrenta a la furia de Oregón—otro general—con sueños presidenciales. Huye hacia Veracruz y, en su lugar, lo acribillan en Tlaxcalantongo junto con las promesas de una república verdaderamente en libertad.
Obregon y Calles forman un sistema de privilegios, donde el estado ataca a los enemigos, arrestándolos sin explicación ni motivo. El pecado del que se forma el México moderno; del que nace el PRI y que, consolidando el poder, peca, por décadas de lo mismo.
Por siglos hemos procurado un sistema que se basa en caudillos. Forjamos una república para pocos, en lugar de muchos; sufrimos cuando nos percatamos de los resultados tan lúgubres de ese, nuestro destino.
¿Por qué México es injusto? Porque, año tras año, hemos perpetuado un sistema de fortachones haciendo propio el estado. Porque matamos los sueños de esperanza y dejamos la justicia, tan solo, en manos de unos cuantos.
La pregunta, por ello, es una de cronología—una que, a sorpresa mía, Pérez Vázquez pudo contestar en sus esfuerzos—. México es injusto porque fue injusto y, sin percatarnos de la profundidad del mal, es improbable que lo logremos remendar.
¿Por qué no salimos de este ciclo? Ese es tema para otro lugar—y que espero el autor nos regale más volúmenes que, como este, inspiren al pensar—.





