Este ensayo fue escrito por Manuel D la Cruz. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
Adriano no ha perdido su deseo de hacer cine. Se graduó de medicina, pero justo en el momento de entregarse a sus prácticas laborales se comprometió con su pasión primera.
A sus 28 años, dicharachero, enérgico, tomador de cerveza, muestra el hambre exacta para comerse al mundo. Es inteligente, pretencioso; tiene herramientas a mano para incendiarlo todo. En su rostro, sin embargo, hay un cansancio, una quietud incoherente con su edad, como si el mundo, ese mundo aislado que es Cuba, se lo estuviera comiendo a él mordisco a mordisco.
Adriano vive en el corazón de La Habana, que dejó de ser Vieja para ser Sucia; una Habana donde se turnan tres grandes monstruos para azuzar cualquier joven promesa de soñador o de sueño: los apagones, la falta de agua y la escasez extrema.
Hemos venido a Selva Roof, un sitio ubicado en el Paseo del Prado, para hablar de cine, de literatura, de Donald Trump y del dolor del archipiélago. Desde cualquier posición en que miremos, el lente enfoca borroso.
«No hay un escenario ideal. Una intervención no es el escenario ideal, pero un estallido o guerra civil tampoco». El Selva Roof, en donde una cerveza importada seguía costando 400 pesos cubanos, asombrosamente, pronto dejará de ser también el escenario ideal para ir a beber con amigos y hablar de los escenarios ideales y de las escenas inconclusas. Un mes después, cuando el dólar alcance la escandalosa cifra de 700 pesos cubanos, la cerveza subirá a 550 y un trago de ron irá de 600 a mil pesos.
Ahora mismo, Adriano, como todo joven cubano, tiene la mirada un tanto cerrada. Hace cinco años existía para los cubanos un lote de fondos y recursos a los que aplicar con un proyecto cinematográfico. Ahora, además del empobrecido y políticamente oficialista Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos, ICAIC, solo se puede aspirar a un selectivo Fondo de Cine de Noruega. Cada vez se le ha hecho más difícil imaginarse en Cuba haciendo un buen cine. Cada vez se le ha hecho más difícil imaginarse en Cuba. Cada vez se le ha hecho más difícil.
«Me voy para Italia. Ya lo hablé con mi mamá. Desde allá trataré de seguir haciendo cine, aplicando a fondos, pero ya Cuba no es para mí».
Cuba no es para nadie. Cuba lleva 70 años siendo de cualquiera menos de los cubanos. Ahora está sobre la mesa que pueda ser de los norteamericanos.
La ética y el patriotismo dividen pensares; pero desde el barrio, desde el barrio agotado y adormecido sobre el colchón de la locura, a la gente le da lo mismo que Cuba sea para los norteamericanos o para los turcos. Yessy, con un desgano peculiar, así mismo lo dice.
Yessenia Franco pasó su 2024 y 2025 en Turquía por un contrato laboral como cantante. Supo, al regresar, que no podía faltar en sus maletas al menos dos ventiladores recargables, un power bank y una o dos lámparas también recargables. Años atrás, ningún músico tenía en mente tales souvenirs, pero la Cuba de hoy no se parece en nada a ninguna otra Cuba que jamás haya existido.
«De Turquía vine en pareja; llegamos aquí y decidimos vivir juntos. Finalmente no funcionó y me quedé viviendo sola. El resumen del cuento es que toda esta etapa negra de Cuba la he pasado viviendo sola».
En San Miguel del Padrón estaba la casa de su familia. Madre, tías, primas. Ella, por primera vez en su vida, estbaa lejos: primero en Turquía, luego en el Cerro. Lejos, y deprimida. Sin el potaje de su tía, sin las risas con sus primas, sin el abrazo de su madre. Sin luz —durante 30 horas seguidas—, sin agua, sin la esperanza de un nuevo contrato en Turquía o cualquier otro sitio, porque las aerolíneas abandonaron a Cuba como se abandona a la niña fea del aula, y sin un puto sitio en Cuba al que tocarle chachachá y son a yuma alguno, porque los yumas abandonaron Cuba como se abandona el último sitio de la nostalgia.
Yessenia narra los malabares que hace para recibir amigos en casa para maquillarse, para cocinar, para no llorar todos los días. Yo termino llorando con ella. Su mamá no escucha de su boca los malabares —Yessy no puede gastarse semanalmente entre dos mil y tres mil pesos para ir a ver a su madre—, pero los conoce. Porque el malabarismo es el arte del hogar cubano por estos meses.
—A mí me da igual que vengan los americanos o cualquier otra gente, pero en verdad es necesario que pase algo ya, que pase algo desde afuera, porque nosotros no somos capaces de articular ese cambio. Me dolería una operación militar, seguramente dejaría algunos muertos, traería también un escenario político inestable y complejo, pero ahora mismo nuestro escenario es complejo e inestable de todos modos, sin esperanza de nada.
—¿Tu salud mental, Yessy?
—Comprometida. Yo digo que hay que tener nervios de acero para que todo lo que está pasando no te pase por arriba. Yo estoy deprimida, eso no es un secreto.
—¿Por tu separación?
—Sí, por ahí empezó, pero si le sumas a eso todo el desastre en el que vivimos, no tener luz y no saber cuándo llega, cocinar con carbón, no tener agua durante días seguidos, no tener trabajo ni esperanza de trabajo, ¿qué te digo? Yo no he tenido un momento de calma desde que llegué de Turquía. Probé la soledad y está bien, pero no para estos tiempos. A veces quiero confiar en que los tiempos de Dios son perfectos, pero con Cuba los tiempos de Dios están un poco raros.
Uno sale a caminar La Habana y nota una tristeza sin par. La depresión de Yessy. El cansancio de Adriano. No la nota solamente en los también cansados ancianos que la recorren o en los lugares vacíos que hace unos ayeres estuvieron infectados de turismo. Ahora la tristeza cobra otra forma, como una especie de filtro encima de la alegría menor propia del cubano.
Sí, se sigue plantando un dominó en cualquier sitio; seguimos yendo a Selva Roof a bebernos una o dos cervezas a 500 pesos; se sigue poniendo una bocina en medio de la calle con una buena timba o un buen reparto; se sigue sacando una botella de ron—mucho más cara e inaccesible cada día—para amenizar la tarde; pero es justo ahí, en medio de esa risa o de esa vuelta de casino, donde se nota el desgaste de la supervivencia. Ya el cubano no es feliz de forma honesta, si es que en algún momento lo pudo haber sido.
Un país que se ha apagado energéticamente dos veces en una misma semana —en marzo de este año— y que ha establecido un sistema de apagones ordinario de entre 10 y 36 horas, no es un país feliz. Apenas y logra ser habitable. Una isla sin agua potable, sin pescado, sin mariscos.
Las protestas ciudadanas, mediante cacerolazos nocturnos y quema de basura, también han definido el lenguaje de estos meses. Un país hastiado, un país al que diariamente se le pudre la poca comida que logra alcanzar, ha decidido alzar su voz y su caldero vacío, y llorar a viva voz.
La represión política no ha estado ausente de ninguna manera.
Si bien la detención de Kamil y Ernesto, líderes del proyecto audiovisual El 4tico, ha sido quizás el momento político más mediático de los últimos meses, al igual que la represión sobre los jóvenes del proyecto Fuera de Caja y el hostigamiento sobre la influencer Anna Bensi y su madre, cabe destacar que, bajo la sombra, muchos otros jóvenes —sobre todo en las provincias del centro y de oriente del país— están siendo también hostigados e interrogados, detenidos y procesados.
La realidad supera la ficción y no hay titular, por amarillista que sea, que logre tomarle el pulso exacto a la desesperanza del pueblo de Cuba. Y es justo ahí, en ese monitor del cadáver de Cuba, donde se lee un signo vital: la posible injerencia o intervención de Estados Unidos.
Nuestro muerto no se levanta ni aunque quiera —ha asumido el pueblo cubano—; debemos ser asistidos.
Manuel D La Cruz (La Habana Cuba). Escritor y periodista. Ha colaborado en medios como El Estornudo, Árbol Invertido e Incubadora.




Acabo de encontrar esta revista y ohhh..vaya encontronazo!! Gracias por compartir esta mirada sobre Cuba, y qué mejor que en los ojos de un cubano. Este artículo toca cada fibra de mi ser que vive todos los días alerta, preocupado...
Pertenezco hoy a ese grupo de los que ya nos marchamos de Cuba, pero solo en cuerpo, porque mi alma hace años que mo descansa. Es un dolor que no se quita con nada. Que quema por dentro. Yo también fui reportera, y conté tantas mentiras en Cuba, sin darme cuenta que terminé harta de leer y escribir noticias. Pero uno no puede divorciarse eternamente de lo real y lo que duele. Muchas gracias al autor y gracias por ser eco, Perpetuo.
Describirlo mejor, imposible.
Cuba se murió y a los cubanos no nos invitaron al velorio.
Spoiler: no se acaba cuando sales del país, solo cambias de "papel": de "resolver" y sobrevivir" en la selva castrista a enviar remesas, paqueticos y recargas.
Grande, Manu, gracias por escribir.