Este cuento es de Natalia Gaona Doporto. Puedes leer más de ella en la biografía al final del texto.
Elena 1
Había silencio. Ausencia de sonido humano, sonido animal y sonido vegetal. No hojas, no viento, no mar. Elena paseaba a lo alto de una montaña, pero no había detalles visibles. Nada que admirar. La ciudad, a lo lejos, se asomaba aburrida y gris. Demasiado simple. Al panorama le faltaba ilusión. El silencio era desconcertante: había movimiento, ajetreo de las hormigas y ajetreo de las hojas; pero, siniestramente, nadie producía sonido.
Elena respiró fuerte para romper el silencio y escuchó su propia exhalación. Se sentía valiente y realizada después de una larga caminata de subida. Nunca salía de la ciudad y no pasaba por la naturaleza con frecuencia, mucho menos lo hacía sola. A ella le gustaba la oficina, la calle y su departamento. En el supermercado, disfrutaba del pip que producían las máquinas de cobro y en la oficina le desesperaba que la gente hablará demasiado y opacara el sonido de las teclas de las computadoras. Le gustaba la presencia del sonido, pero no el ruido.
Elena tenía mucho miedo de que le robaran. En su día a día vivía con ansiedad constante porque creía que en cualquier momento sucedería la desaprensión. No habitaba en una ciudad peligrosa, pero aún así temía siempre de los delincuentes y de los carteristas sobremanera. Vigilaba sus cosas constantemente, vivía alerta y nunca olvidaba posar su mano sobre la cartera al sentarse en una terraza o entrar al vagón del metro. Estaba segura de que un día iban a robarle y hacía todo lo posible para que ese día no fuese aquel en particular.
Había intentado analizar su aprensión, o mejor dicho, el origen de ésta. Tras muchas horas en el psicoanalista, sólo había podido encontrarse con una imagen traumática de su infancia. Un recuerdo de pérdida que reproducía en la intimidad de su mente con mucha frecuencia. En aquella ocasión, no le habían robado, pero había sentido por la fuerza el desarraigo y desapego.
Había perdido como siempre se pierde, en contra de la voluntad.
Ese día remoto, estando en el carro de su papá, había salido volando por los aires el juguete que le gustaba sacar por la ventana. Ese día, por la fuerza del aire, el adorado juguete había salido volando en una vía en la que era imposible pararse a recogerlo. Así lo había perdido. Después de aquel suceso, nunca más habría de disfrutar de bajar las ventanas del coche y su manía de nunca soltar las pertenencias comenzó.
Cuando murió su abuelo se sintió igual que en aquel día fatídico. Despojada, desprendida a la fuerza de algo que, sobreestimando su paso por el mundo, pensaba que le pertenecía: el futuro. Los posibles devenires, atesorados en su imaginación, esperaban un día convertirse en momentos verdaderos y luego en recuerdos añorados a los cuales recurrir en las charlas frente al mar. Pero fueron cruelmente arrancados. La muerte les había robado toda posibilidad. Sentía que incluso le habían robado el derecho al deseo. A desear. Ya no podría ni añorar ni anhelar momentos futuros. A partir de ahora, no eran deseos, sino fantasías; es decir, deseos secos.
Ya no había ni futuro ni posible pasado. Solo pasado, seco, perpetuo e inalcanzable.
Un día escuchó un podcast, una frase, un concepto, una imagen o un fragmento que le curó momentáneamente la pérdida futura, el miedo a perder. Tenía una idea a la que aferrarse y enfrentar su inquietud. Dejó de tener miedo durante un buen tiempo, salía a la calle con más confianza y seguridad, se sentía más intrépida y audaz e incluso logró entablar varias conversaciones con desconocidos en plataformas de tren, en supermercados y en filas de banco. Sin embargo, después fue olvidando poco a poco aquella serie de ideas y la presión en el pecho se reinstauró.
Esa mañana en el bosque, en contraste a su estado usual, no sintió ningún miedo y no supo muy bien por qué. Había ido, contra cualquier indicación lógica, completamente sola. Sin embargo, esta vez sentía que su soledad la protegía. No quedaba nadie que pudiera arrebatarle nada.
Elena 2
Elena regresó a su casa sudada y cansada. Sentía dentro del cuerpo un fuego extendido por brazos y piernas, exaltado por el dolor muscular que le provocaba haber hecho esfuerzo físico. Sin embargo, su agotamiento le provocaba satisfacción. Se quitó la ropa frente al espejo, viendo las telas sintéticas de la ropa deportiva ser reemplazadas por el brillo de su piel húmeda.
Debido a que sentía calor en su interior, decidió meterse a la ducha aunque el agua todavía no se calentara. El encuentro con el frío le hizo aspirar fuerte y estremecerse. Entonces recordó de qué tenía miedo. Su cuerpo se tensó. No quería sentirse así pero cuando fue consciente de la sensación, ya era demasiado tarde y la ansiedad estaba devuelta en sus entrañas.
Empezó a angustiarse. Se había convertido en una amargada. Pasaba las horas en un constante estado de preparación para lo inminente. Un estado de alerta que no había conocido hasta avanzada su vida. Por eso, cuando aquella sensación desagradable volvía, inmediatamente añoraba su inocencia de niña y su pasada tranquilidad. Ahora no podía parar de pensar en la tenebrosa posibilidad. En las demasiadas horribles potencialidades. En que el mundo tenía demasiada violencia y desgracia. Y en que el dolor, el sufrimiento y la tortura podían estar a un sólo día de distancia.
–¿Cómo puedo seguir existiendo indistintamente en un mundo que exhibe tanta crueldad, a menudo inesperada y, todavía más a menudo, injusta?
El sufrimiento parecía ser arbitrario y a Elena le angustiaba y aterraba que la vida se rodeara del mal. Pensaba en la pequeña casa del desierto en la que había crecido antes de irse a la metrópoli. Añoraba sus muros contenedores del amor del mundo y envidiaba el pasado, porque dentro de esos muros ella tenía la certeza de que podía sólo existir sin caer víctima de nada. Todavía ni sabía que se podía ser víctima de algo.
Hoy, la casita del desierto ya no existe, ni siquiera metafóricamente. No quedaba ya ningún lugar en el mundo, en la realidad, que se salvara del desgarro. De la amenaza constante de la conciencia.
No había escape. Todo el mundo sabía de la guerra, la violencia, del dolor, el hambre, la pobreza y la soledad. Elena no lo sabía sólo por las noticias, sino que a veces simplemente lo sentía en el ambiente, pues era una certeza. Y no entendía. Se sentía incomprendida y se sentía en un mundo incomprendido e inútil. Entonces, sentía mucho miedo. Sentía que las fauces de la desgracia se le acercaban en círculo y que un día la tendrían rodeada hasta alcanzarla.
No había manera de que, en un mundo como ese, ella saliera librada. No había manera, y además sería injusto que fuera así. Le cruzaba por la mente que quizás era mejor sufrir para poder compartir algo con el resto. Pero, por dentro, Elena no quería repartir el sufrimiento en partes equivalentes. Sabía que, de esa manera, saldría debiendo. No había sufrido lo suficiente. Su dolor, que alguna vez se había sentido como un océano, era en realidad un pequeño estanque a comparación de lo que sucedía en el universo. Estaba en números rojos y eso la dejaba a la espera de un momento trágico. Su momento trágico.
Estar en la ducha le recordaba a la iglesia. En la iglesia, Elena pasaba largos minutos de rodillas y le preguntaba a Dios: ¿Por qué el mundo es tan imperfecto y cruel? Dios no le respondía. En su lugar, un silencio con barullos y susurros, velas, campanas y olores a incienso. Estatuas y pinturas. Miradas. Pero nada. Otra pregunta: Dios, ¿Cómo puedo dejar de tener miedo?
Mucho sucede, pero todo es indescifrable. Quizás sucede a escalas inaccesibles. Elena piensa que a lo mejor no habla el mismo idioma que Dios. Lágrimas caen por sus mejillas. Pestañas mojadas. Mocos. Dolor de rodillas y la madera cruje rompiendo el silencio.
Elena piensa que la vida es como el mármol: preciosa, pero fría.
Elena 3
Elena estaba acostumbrada al duelo. Constantemente sentía que perdía algo. De pequeña había perdido a su gato, Pedro. Un día alguien había abierto una ventana sin cuidado y el joven gato negro se había escabullido; había desaparecido.
Hacía un año, Elena había estado de vacaciones en Turquía. Entre tanto gato, los recuerdos remotos de Pedro habían regresado con demasiada incómoda vivacidad. Ahora recordaba de nuevo y perfectamente su negro pelaje y sus ojos amarillos. Sentía su fuerte ausencia otra vez.
En Turquía, Elena imaginó un universo paralelo en el que todos esos gatos felices que veía eran Pedro. Pedro feliz en el balcón de madera de una casa. Pedro feliz descansando en la piedra de unas ruinas romanas. Pedro feliz durmiendo en la silla debajo de la mesa. Pedro feliz paseando en los jardines de un palacio otomano. Pedro feliz alimentado por los turistas y los musulmanes en las mezquitas. Pedro feliz color negro. Pedro feliz color gris. Pedro feliz color naranja.
La realidad es que no sabía donde estaba Pedro y nunca lo sabría. Más que una pérdida, la historia de Pedro era un misterio. Un cruel misterio, que como la existencia de Dios, no podría resolver en esta vida.
Su muerte era segura, después de tantos años. Pero la falta de un registro y de una certeza hacían parecer a Pedro eterno y omnipotente. Capaz de aparecer en Turquía una tarde y echarse en el regazo de Elena.
A lo mejor Pedro sabía multiplicarse y quizás se escondía en otros ojos de colores y otras latitudes. A lo mejor un día aparecía de nuevo en su casa, cuál viejo decrépito regresando a morir. Quizás lo encontraban esperándoles, conteniendo un último aliento, aferrándose a la vida para despedirse antes de dejarse ir. Como Argos.
—Ojalá pudiera haber visto morir a Pedro y no tener que imaginarme su muerte—pensaba Elena en Turquía. Y qué insoportable era viajar cuando constantemente le visitaban ecos y revelaciones. Memorias falsas: fantasías, deseos imposibles de satisfacer.
Encima, a Elena le inquietaba profundamente viajar porque le obligaba a vivir fuertes encuentros con la incertidumbre. El tren. El autobús. El idioma y la máquina idiota averiada. Los hombres con ojos. Las mujeres apresuradas siempre, en cualquier parte del mundo. Las miradas ajenas que intuyen siempre la condición del turista.
Estaba confundida. La mayoría de las veces, esa conexión con el arte resultaba ser pura melancolía. Volvía a beber vino y sucedía lo mismo que frente a una obra sublime. Y si miraba el Nilo, el Danubio o el Guadalquivir, la sensación del agua correr era la misma: profunda melancolía.
Río, instrumento poderoso, cuerpo eterno que conserva la memoria porque corre más rápido que la vida. Lo que observa Elena, eso que le despierta lo que confunde con sabiduría, es la dureza de contemplar el paso del tiempo.
Elena recuerda todos los lugares en los que alguna vez se ha duchado, aunque fuera solo una vez. Todos. Hoteles, casas ajenas y estancias cortas. Recuerda el espacio en el que brotaban los pensamientos con el confort del agua casi siempre caliente. A veces se le irritaba la piel al bañarse, porque lo hacía repetidamente, desde siempre. Le relajaba. Le gustaba peinar su larguísima cabellera en la regadera. Acordarse de sus preocupaciones, sus dolores, sus soluciones y sus planes. Los ensueños también.
Sobre todo, le gustaba frenar la melancolía del agua con experiencias imaginarias. Le gustaba observarse las uñas de los pies e imaginarse pisando otros muchos escenarios. Universos existentes, complacientes, menos misteriosos. Universos como ese en el que Pedro nunca se iba. En el que nunca se perdía y poseía para siempre un sólo par de ojos y una sola muerte conocida. Universos en los que quizás se encontraban Pedro y Elena echados bajo el sol del Mediterráneo. Descansando en las costas que adoraba Cleopatra, esas costas turcas que han observado imperios caer una y otra vez.
Por eso, en el arte y en el agua Elena veía melancolía, porque en ella veía lo que nunca había podido vivir, lo que nunca viviría. También lo que estaba viviendo, pero dejando ir.
Natalia Gaona Doporto (Querétaro, 2001) es apasionada del arte en todas sus formas. Graduada en Humanidades por la Universidad de Salamanca, se desarrolla profesionalmente en los campos de la comunicación, la cultura y la investigación. Es fundadora de Línea Raíces, una serie editorial que ayuda a las personas a conservar las memorias de sus familiares. Como poeta, ha sido publicada en dos antologias y en 2026 Valparaíso Ediciones publicará su primer poemario Desalmada Rebeldía, finalista del Premio Valparaíso de Poesía.



