Da ghâli nar
de Diego Acuña
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
La primera vez que me encontré con las fotos en este ensayo fue precisamente en casa de Acuña. Tomé por azar el libro y entré directamente en las imágenes—en mi opinión, la forma más honesta de hacerlo— sin molestarme en identificar al autor. Al cabo de varias fotos, me noté cautivado de una forma que no sospechaba.
Primero te atrapa la curiosidad de una mirada que está buscando el encuentro directo con una ciudad, de pronto y sin sospecharlo, te consume la intensidad de este deseo de encuentro; de esta curiosidad que se asoma y que planta los ojos directamente, arriesgándose por descubrir lo verdadero, y la intensidad de una mirada que a veces parece voyeurística, lanzándose, no sin riesgo, a una escena cotidiana, para finalmente cautivarte el resultado de este empeño, cuando descubres que estás frente a frente con la gente de este lugar, que estás compenetrando con ellos de una forma que quizás no creías posible, que creías te estaba vedada.
Reconocí el sitio después de muchas fotos. Ahora, al recordarlo, no creo haber visto el nombre en ningún lado, ni haberme enfrentado, sino hasta al final, a la foto que muestra su monumento más icónico—que incluso aquí, Acuña lo transforma en una anomalía; un estorbo a la escena principal en la vida del perro—. Pero lo hice. Reconocí donde estaba y creo que lo reconocí en el rostro de las personas, en su atuendo, en las paredes que enmarcan su actividad diaria; desprevenida.
Es un hito de Acuña que aún no entiendo bien. Y aún guardo el sentimiento de haber hecho algo impropio—de haber espiado a alguien; de ver algo que, como turista fotográfico recibiendo el mundo a través del objetivo de otros, no debería de tener derecho de ver—. Porque, en mis momentos de mayor escepticismo, asumo que para la fotografía siempre se orquesta una escena y lo verdadero—lo original; lo espontáneo—está prohibido.
Fotografías como las de Acuña suspenden mis dudas. Aún es posible capturar una escena pura. Encuentro en este fotógrafo eso que Elliott Erwitt dice que es lo más importante: un fotógrafo que mira, mira un poco más, y luego vuelve a mirar. Un instinto que ayuda a moldear una buena foto, la única forma de “organizar” y “manipular” que pueden existir realmente en la fotografía: esperar, y tener la curiosidad de buscar la foto correcta.
Lo que viene a continuación son las palabras de Diego Acuña sobre su propio trabajo. Capturado en su fotolibro “Da ghâli nar”.
Si quieres obtener una copia, puedes contactarlo directamente en su Instagram.
Da ghâli nar
de Diego Acuña
En julio de 2023 me subí a un avión hacia Egipto con una cámara que llevaba usando un mes.
Hoy escribo sobre ese viaje y sobre el fotolibro que salió de él: mi primer trabajo serio y, hasta ahora, el único.
Un viaje típico: crucero por el Nilo, templos, pirámides, El Cairo. Pero con una diferencia: por primera vez tenía en mis manos un objetivo bueno de verdad, uno para el que había ahorrado. Mi experiencia era prácticamente nula más allá de hacer fotos con el móvil, editarlas y subirlas a redes—sin mayor propósito que compartir una imagen estética—.
Siempre estuve rodeado de artistas que me inspiraban con su trabajo—fotógrafas, sobre todo—; la foto no era algo nuevo para mí, pero hasta entonces solo la había vivido desde el otro lado.
El no saber lo que hacía tiene un efecto extraño visto desde hoy: no hay decisiones conscientes detrás, ni referencias asimiladas, ni vicios adquiridos. Hay algo puro en eso; una mirada sin sesgo que ya no puedo reproducir aunque quisiera. Años de ver fotos, de aprender, de desarrollar un criterio; todo eso te da herramientas pero también te cierra puertas. Esa bendita ignorancia ya no vuelve.
Tras ese viaje comencé a aficionarme más a la foto y, sobre todo, a los fotolibros: trabajos en papel, nada efímeros, con un cierto aire de objeto coleccionable. Algo que permanece. Desde que hago fotos recuerdo mejor los momentos, los recuerdo con más cariño. Me he vuelto más selectivo, tanto que ahora prácticamente solo fotografío en analógico. Todo empezó con la idea simple de hacer un álbum del viaje para no olvidarlo. Fue mi querida amiga Vanesa quien vio algo más—me empujó a hacer un libro y, poco a poco, aquello se convirtió en un proyecto bastante serio—.
La idea del libro era mostrar una cara de Egipto distinta a la de las postales de souvenirs: menos templos; más personas. Por eso hay tantos retratos, de gente y de animales. Egipto es un país donde constantemente pasa algo—desde los paisajes casi vacíos cerca del Nilo hasta el caos denso de El Cairo—.
Estas fotos no van de pirámides ni de templos—para eso tienes internet—. Van de cómo (sobre)vive la gente que habita uno de los patrimonios más saqueados de la historia, en un país que lleva décadas navegando una situación política complicada y aun así sigue adelante con una energía que te desarma. Si después de verlas sientes que has viajado un poco, misión cumplida. Y si quieres un ejemplar del libro, ya sabes dónde encontrarme.
Este foto ensayo es un fragmento del libro Da ghâli nar de Diego Acuña.
















sí, sentí que viaje un poco! y esos rostros tan similares a los nuestros latinos, sentí también que los conocía de antes