He terminado de ver la serie española, Los años nuevos; esa del aclamado director madrileño Rodrigo Sorogoyen. Me arrepiento de no haberla visto antes.
Sus diez episodios son un retrato auténtico y ágil del amor y sus circunstancias en tiempos modernos. La vida es compleja; las emociones prevalecen en las nuevas generaciones con tal fuerza que impiden ver con claridad lo que nos depara el futuro. La serie retrata de forma fidedigna la revaloración del amor y de las sensibilidades en una época de incertidumbre e instantaneidad.
La historia va de Ana y Óscar, dos españoles que la Nochevieja de 2015 se conocen de farra. Una barista de un antro que está por cumplir los treinta años observa a un joven triste y decepcionado con la vida, de fiesta con los amigos de su exnovia, esperando largarse del vacío que producen las noches rutinarias de excesos. Ana encuentra a Óscar y, desde ese momento, se produce una conexión especial. Él es orgulloso, médico, desconfiado, necio e irónico; ella, libre, encantadora, liberal, irresponsable y poco comprometida. Las dos almas se atraen desde que se ven y entablan una conversación que les cambiará la vida. En momentos de dificultad e inestabilidad y, cegados por un enamoramiento que a primera vista refleja madurez y se percibe saludable, deciden emprender una historia tan extraordinaria como ordinaria en diez episodios que equivalen a diez años de relato.
De forma inteligente, homenajeando a la gigante trilogía Before del intrépido Richard Linklater, la serie da importantes saltos en el tiempo con el objetivo de retratar la complejidad de las relaciones a lo largo de los años. El ciclo común del amor al desamor es mostrado magistralmente: enamoramiento, realismo, rutina, decepciones, desenamoramiento, ruptura, nostalgia, reencuentro y enamoramiento… Todo es tan realista que cualquiera que se ha entregado con pasión en una relación se siente identificado. Cada capítulo se sitúa en la misma fecha de distintos años, lo que permite que la audiencia experimente diez días en diez distintos años de la vida de Óscar y Ana.
Lo interesante es que la serie adapta el amor a nuestros tiempos, contemplando las circunstancias de una juventud inmersa en presiones complicadas, globalizada, con altos valores de autoexpresión e importantes como la adquisición de vivienda, la generación de patrimonio, las relaciones abiertas, la sexualidad, la independencia, el sacrificio y la inmadurez de aquellos que simplemente no pueden dejar las fiestas y los excesos. Sin emitir juicios de valor —como lo hacen las buenas narrativas—, se muestra con una sensibilidad fina lo que en realidad vivimos los millennials y centennials en las grandes urbes.
La ambientación de Madrid, su vida, su esencia y su fiesta son tan perfectas que me trasladaron al lugar en el que viví mi primer gran amor de verano. Por eso me impactó tanto esta serie, supongo: porque fui Óscar conociendo a Ana en las hermosas calles de la capital española, entre lo ruidoso y la pesadez de sus habitantes. Y también fui Óscar peleando con Ana en el coche de camino a alguna casa de campo; lo fui en el momento que decidí reconstruirme después de una fuerte ruptura; lo fui cuando extrañé a ese “mal amor en Madrid”. Ahí hay algo que me aplica; que seguro—aunque no sea en Madrid—aplica al mundo entero. En eso radica lo hipnótico de esta serie: todo lo que viven Óscar y Ana, en mayor o menor medida, lo hemos vivido nosotros y, si no, con algún personaje secundario nos sentiremos identificados.
Sorogoyen no grabó una comedia romántica, realizó un ensayo audiovisual y literario que trata de la vida—de su vida y la de sus colegas—. Con 43 años, presenta los miedos de su generación y los anhelos de su corazón. Todo es creíble porque todo se aproxima a la realidad.
El principio de la serie entusiasma, engancha y enamora; a la mitad de la serie, la melancolía se expande, el corazón se rompe y la tristeza se experimenta en carne propia, y al final el gran cuestionamiento que queda es: ¿cómo vivir sin tu gran amor?
La dicotomía entre amor y funcionalidad de la pareja es lo que persiste en la relación de los personajes que observamos; nada es fácil en cuestiones del corazón. Las rupturas son un sinfín de recuerdos que enloquecen al amante. Querer en sí mismo es arriesgar y renunciar. Se entrega la intimidad de uno mismo a otro ser libre que en cualquier momento puede dejar de correspondernos. La pregunta de fondo que ha perseguido a los románticos es: ¿qué es el amor? Un dolor punzante en las vísceras, causante de decepciones que aparecen al romperse las expectativas; una aventura pasional que desencamina a cualquiera que tiene un rumbo y que, si no se contiene, lleva a la perdición y a la locura; y, sin embargo, en esa misma herida agonizante que desasosiega y mata, también habita lo único por lo que vale la pena vivir con bondad: es la motivación excelsa por la que cualquiera daría su vida, el valor trascendental por excelencia que le da sentido a toda una existencia. Amando se experimentan todas las emociones y sentimientos posibles en un ser humano, porque amar es, en sí mismo, sentirse vivo.
Y, ¿cómo se puede dar vuelta a la página y tratar como extraño a alguien que quisiste tanto? Nadie ha muerto de un corazón roto, pero muchos de los que lo han vivido no han vuelto a amar de verdad. Saber que las circunstancias te han alejado de aquella media naranja que tanto buscaste y que existen pocas posibilidades para estar juntos es de las verdades más dolorosas que cualquiera enfrenta en la vida. La serie retrata estas y otras cuestiones con una tremenda humanidad, pero lo que la diferencia de otras historias de amor—porque todo gran artista ha dicho o retratado algo sobre el amor— es su hiperrealismo, la captación del espíritu de su tiempo.
La serie es amena, hipnotizadora y profunda; a cualquiera que le gusta experimentar emociones fuertes, se las recomiendo. Es una serie de amor y desamor, para amantes y amados, corazones alegres y rotos. Es, con el acompañamiento de la música de Nacho Vegas y en su canción La noche más larga del año, donde se retrata con perfección la temática de la historia:
“La noche más larga del año
Y la voy a vivir con amor y absurdidad
Ya estoy listo
Para el más puro final
El más puro final”.
Juan Puebla. Sonorense apasionado de historias redentoras que afrontan la ley de la tierra. Melómano y lector empedernido. Iluso creyente en el poder de las ideas y en la transformación de la realidad.




